viernes, 11 de noviembre de 2016

CATALINA CLARA RAMÍREZ DE GUZMÁN [19.524]


Catalina Clara Ramírez de Guzmán

Catalina Clara Ramírez de Guzmán (Llerena; Badajoz, 1611-1684) fue una poetisa del Siglo de Oro.

Perteneció a una familia de elevada posición social. Sus padres fueron Francisco Ramírez Guerrero y doña Isabel Sebastiana de Guzmán, que tuvieron seis hijos entre los que se cuenta Catalina Clara.

A pesar de que las últimas investigaciones han aportado valiosos documentos sobre la familia, no hay muchos datos de la vida de la autora, y la mayoría de los que tenemos proceden de su propia escritura. Suponemos que debió recibir una esmerada educación, propia de su clase, y que toda su vida se desenvolvió en la localidad de Llerena, hecho que explica tanto la temática como la difusión de su obra como la escasa difusión de esta, que no llegó a imprimirse nunca. Este enclave geográfico y la estrecha vida familiar son dos claves importantes para entender su obra

La ciudad de Llerena gozó de bastante actividad artística en el siglo XVII, lo que debió ser un estímulo para Catalina Clara. Por ejemplo, Zurbarán residió allí más de diez años. En su poesía se dibuja el perfil de una mujer iniciada en la cultura clásica y atenta al conocimiento de la vida social y política del momento. Nunca se casó, vivió cómodamente gracias a la fortuna familiar y desarrolló una intensa actividad cultural plenamente integrada en los círculos intelectuales de la ciudad, hasta que a mediados del año de 1684 su salud se deterioró y murió a finales de este año o inicios del siguiente.

Obra

Toda su obra se conserva manuscrita (en los Mss. 3884 y 3917 de la BNE) y, de acuerdo a los datos que se manejan hasta ahora nunca se imprimió.

La edición más reciente fija su corpus poético en 117 poemas, aunque quedan por resolver cuestiones sobre la atribución de algunos textos y la noticia de una obra perdida.

Su poesía se incardina plenamente en la literatura barroca, con una gran variedad de registros y una gran calidad literaria, que en las últimas décadas ha sido subrayada especialmente por la crítica americana, con estudios de gran rigor y novedad.

De su obra poética cabe destacar el cultivo de la poesía satírico-burlesca, registro poco frecuentado por las escritoras y en el que el ingenio de Catalina Clara sobresale con gran brillantez, para burlarse de los hombres, para atacar tópicos sobre la belleza femenina o sobre las cualidades tradicionalmente asociadas a lo femenino, como la inconstancia.

En su poesía aparecen los temas y motivos de la literatura de la época: el retrato, la poesía amorosa, de circunstancias, los temas familiares, filosóficos morales o religiosos.




SONETO

Cuando quiero deciros lo que siento,
siento que he de callaros lo que quiero:
que no explican amor tan verdadero
las voces que se forman de un aliento.

Si de dulces memorias me alimento,
que enfermo del remedio considero,
y con un accidente vivo y muero,
siendo el dolor alivio del tormento.

¿Qué importa que me mate vuestra ausencia
si en el morir por vos hallo la vida
y vivo de la muerte a la violencia?

Pues el remedio sólo está en la herida...
mas, si no he de gozar vuestra asistencia,
la piedad de que vivo es mi homicida.


SONETO A UN HOMBRE PEQUEÑO:
DON FRANCISCO DE ARÉVALO

Mirando con antojos tu estatura,
con antojos de verla me he quedado,
y por verte, Felicio, levantado,
saber quisiera levantar figura.

Lástima tengo al alma que, en clausura,
la trae penando cuerpo tan menguado.
Átomo racional, polvo animado,
instante humano, breve abreviatura.

Di si eres voz, pues nadie determina
dónde a la vista estás, tan escondido
que la más perspicaz no te termina,

o cómo te concedes al oído.
En tanto que la duda se examina,
un sentido desmiente a otro sentido.




“A la preñez de una dama”:

Un romance de Catalina Clara Ramírez de Guzmán (1618 - 1684)

[Por ARÁNZAZU BORRACHERO MENDÍBIL
Queensborough Community College (CUNY)]


Para Yosune, mi madre

En 1944, el médico español Manuel Usandizaga Soraluce publicó una Historia de la obstetricia y la ginecología en España en la que, entre
muchas aportaciones interesantes, describió las costumbres relacionadas con el parto en la España de los siglos XIV-XVII. Era este un acontecimiento que tenía lugar dentro de un espacio exclusivamente femenino y muy dinámico, como se observa en un buen número de pinturas de los siglos XIV y XV (125-26).1
Usandizaga señaló, sin embargo, que a partir del Concilio de Trento (1563) “serán mucho más raras las representaciones de la habitación de la recién parida, con su delicioso sabor a cosa viva” (127).
Varios estudios recientes coinciden con él: durante los siglos XVI y XVII
desaparecieron, en las artes plásticas y aun en la literatura, las imágenes y descripciones de los aspectos biológicos de la procreación.2 El cambio se percibe sobre todo en la pintura religiosa, pues los artistas de la Edad Media no parecían tener reparos a la hora de representar a la Virgen embarazada, amamantando al niño o en la cama después del parto, mientras que los del Renacimiento, dice Sherry Velasco, prefieren la figura de la “inocente doncella o madre sufriente” (xv). Luisa Accati describe las imágenes de la Virgen que surgen a partir de la Contrarreforma como recipientes “sin mancha, sin responsabilidad en la generación del hijo” (73-74). Las representaciones de José, al mismo tiempo, adquieren un porte más viril y un aspecto más joven. A medida que la Europa católica avanza hacia el dogma de la Inmaculada Concepción, comienza a ser frecuente la imagen de Dios como único creador (Ibero).

Los desarrollos artísticos aquí apuntados revelan un impulso masculino hacia la apropiación simbólica de la procreación que comienza en el siglo XVI y culmina en el XVIII, mas los cambios no se produjeron sólo en el orden de la representación, claro está, sino también en el grado de control que ejercían los hombres sobre la reproducción real y material, como explicaré a continuación.

Adrian Wilson ha destacado el carácter ritual de los comportamientos sociales que se desarrollaban en torno al parto en la Europa pre-industrial. Sus observaciones coinciden con el cuadro “de delicioso sabor a cosa viva” que Usandizaga celebraba en las pinturas de la Edad Media y del Renacimiento temprano: cuando comenzaban los dolores del alumbramiento, explica Wilson, la comadrona y cinco o seis mujeres más (amigas, vecinas y parientes) se congregaban en la habitación de la futura madre, que estaba separada del lugar de la casa donde el esposo iba a dormir durante el mes después del parto. Las funciones de este grupo de mujeres eran asistir a la partera y prodigar cuidados al niño y a la madre, tanto los de primera necesidad (lavar y fajar al recién nacido, calentar su ropa en un brasero, etc.) como los que surgieran durante el periodo normativo de descanso, que duraba entre treinta y cuarenta días (alimentar a la madre con vituallas que ellas mismas traían como regalo, vigilar su descanso, cuidar la casa, etc.). Al término de esta “cuarentena”, se consideraba que la madre estaba lista para salir a la calle. El grupo de cuidadoras la acompañaba entonces a la iglesia, donde se llevaba a cabo la acción de gracias por el alumbramiento (Wilson 86-88).3

Desde la consideración de que el matrimonio en el Antiguo Régimen era un contrato desigual por el que la mujer entregaba sus bienes, trabajo y sexualidad al esposo, Wilson interpreta el ritual del parto y del post-parto como un periodo en que las relaciones normales de poder entre los sexos se invertían temporalmente: la mujer salía provisionalmente de la esfera de dominio masculino y permanecía durante algo más de un mes en un entorno de total autoridad femenina, donde estaba exenta de realizar trabajos domésticos y de tener relaciones sexuales. Todo el ritual “lo creaban y lo mantenían las mujeres porque iba en interés de ellas, y representaba una forma exitosa de resistencia a la autoridad patriarcal” (86-88).

Constituía, además, un proceso que permitía el retorno gradual de la madre a los lugares de dominación masculina.
Pues bien, así como el espacio artístico y simbólico se llenó de imágenes maternales depuradas de los aspectos biológicos de la procreación, el espacio físico de autoridad femenina que describen Usandizaga y Wilson—la habitación de la parturienta—se vio invadido a partir de la segunda mitad del siglo XVII por la presencia del obstetra. Como resultado, las mujeres fueron relegadas a un segundo plano en el proceso del alumbramiento. Este cambio, que supuso la profesionalización de la medicina reproductiva durante el siglo XVII, se acompañó, en España y en otros lugares de Europa, de la promulgación de leyes que lo respaldaban y de pruebas académicas a las que las comadronas no podían concursar (Usandizaga 112).4
El propósito de la apropiación física y simbólica de la procreación, en palabras de Velasco, era el de “restituir la supremacía de la creación masculina” (xv).
El papel de la madre en la reproducción perdió estimación social y se exaltó al padre como el progenitor más importante, coincidiendo con la evolución de la familia de tipo troncal hacia la estructura patriarcal de la familia nuclear moderna (Velasco 54-56, Ibero 107).

Catalina Clara Ramírez de Guzmán escribió el romance “A la preñez de una dama” a mediados del siglo XVII.5 En él, una voz poética que en algunos momentos se identifica con la de la propia autora se dirige al futuro hijo o hija de una amiga y diserta con humor sobre los aspectos fisiológicos del periodo de gestación, incorporando ciertas creencias populares en torno al embarazo y algunos elementos del ritual del alumbramiento descritos por Usandizaga y Wilson. Leído dentro del contexto ideológico y artístico descrito más arriba, el romance de Ramírez de Guzmán se impregna—nunca mejor dicho—de ricas interpretaciones y complejos significados: a contrapelo de las tendencias imperantes, he aquí un artefacto artístico en el que madre e hijo aparecen innegablemente vinculados por la biología humana, y no por algún tipo de milagrosa concepción. En lo que sigue, me propongo realizar dicha lectura y comparar el poema con el texto contemporáneo que más se le aproxima: el romance de Anastasio Pantaleón de Ribera “Al conde de
Ampudia”.6
Ramírez de Guzmán nació en Llerena, Extremadura, en 1618 y, por lo que se sabe, vivió allí toda su vida. Llerena gozó, durante el siglo XVI y principios del XVII, de cierta preeminencia administrativa, militar y económica dentro del panorama peninsular, aun estando situada lejos del bullicioso Madrid. Era sede de uno de los catorce tribunales de la Inquisición (el tercero más grande), sirvió durante años como centro administrativo de las órdenes militares de Santiago y de Alcántara, poseía excelentes tierras de pasto y un gran mercado, y estaba geográficamente próxima a Sevilla, desde donde se gestionaba la actividad comercial con América. Es indudable que Llerena, por todas estas características, ofrecía oportunidades interesantes a la nueva clase media burocrática que se estaba forjando en España.

Así debió considerarlo el padre de la poeta, Francisco Ramírez Guerrero,
quien desarrolló una intensa actividad económica y administrativa en la región, ocupando puestos de regidor, alcalde, tesorero de alcabalas, gobernador de varias localidades y persona de confianza de la nobleza local. Francisco era sobrino del erudito humanista Lorenzo Ramírez de Prado, político con simpatías en la Corte y dueño de una de las bibliotecas más grandes de la España del siglo XVII. Tío y sobrino mantuvieron siempre una relación estrecha.

La madre de la poeta, Isabel Sebastiana de Guzmán, descendía por línea
paterna de García Fernández, maestre de la Orden de Santiago, vínculo que, si bien lejano, era valioso en la sociedad española del siglo XVII, tan obsesionada por reclamar privilegios de sangre.
Isabel y Francisco tuvieron once hijos, de los cuales seis llegaron a edad adulta. De ellos, sólo tres contrajeron matrimonio, y no fue la poeta uno de ellos.
Puesto que el poema que analizo en este texto tiene por tema la maternidad, es pertinente señalar que Ramírez de Guzmán murió sin descendencia a los 66 años. De sus cinco hermanos, tan sólo Lorenzo tuvo un hijo, Manuel, concebido con una sirvienta de la casa llamada Benita. Las hermanas Ramírez de Guzmán se encargaron de la crianza y educación de Manuel a partir de la adolescencia. Los documentos de archivo y cartas dibujan una relación de afecto y confianza entre la poeta y su sobrino, a quien donó parte de sus posesiones cuatro años antes de morir. Los Ramírez de Guzmán parecen extinguirse con Manuel, que se hizo clérigo.
La familia Ramírez de Guzmán tenía aficiones literarias. Los dos hermanos varones, Pedro y Lorenzo, componían versos, según datos que se desprenden de los poemas de su hermana.7 A Francisco Ramírez, el patriarca, se le menciona como poeta en el Panegírico por la poesía de Fernando de Vera y Mendoza, de 1627. Sin embargo, ninguno de ellos sobresalió ni dejó un corpus poético como el de Catalina Clara, de cuyos versos deducimos que sabía música, que era ávida lectora de la literatura de su tiempo, que conocía bien las modas del vestir, que la jerga legal no le era extraña y que estaba al tanto de los acontecimientos bélicos más importantes en España y Extremadura. Sin duda, era bien conocida en los círculos cultos y literarios de la Llerena del siglo XVII, amenizaba las reuniones sociales y familiares con sus poemas (muchos de los cuales seguramente se cantaban y se acompañaban de instrumentos musicales) y participaba en las academias literarias de la ciudad, que contaba con un nutrido grupo de escribanos, notarios, licenciados, militares y eclesiásticos. En sus textos encontramos también varias referencias al intercambio de versos con poetas y amigos.
Ramírez de Guzmán supo gestionar los bienes que heredó de sus padres
para vivir cómoda e independientemente hasta su muerte, sin entrar en convento ni casarse. De su obra literaria se conservan 117 poemas entre los que hay décimas (su estrofa favorita), romances, redondillas, sonetos, coplas y silvas. Cultivó con especial dedicación el registro satírico y mostró poco interés por la temática religiosa, a diferencia de la mayoría de sus contemporáneas. En algunos de sus textos se alude a una novela suya titulada El Extremeño, quizás del género pastoril, que hasta la fecha no se ha hallado.

El romance “A la preñez de una dama” se encuentra, originalmente, en un cuadernillo inserto del manuscrito 3917 (f. 366v) de la Biblioteca Nacional de Madrid que contiene ocho composiciones de la autora. Consta de 176 versos y un sobrescrito de ocho colocado al final. Se dirige al retoño aún nonato de Josefa de Mendoza y Diego de Almezquita Paz y Mendoza.
El apellido Almezquita8 es de Guipúzcoa, pero una rama de la familia pasó a Llerena en el siglo XVI para trabajar en el Tribunal de la Inquisición. Allí nació Diego, que era hijo de Pedro de Almezquita y Bolaños, corregidor de Salamanca y familiar del Santo Oficio a partir de 1629, y de Francisca Enríquez de Paz y Mendoza. Siguiendo los pasos de su padre, Diego ingresó en la Orden de Santiago en 1654. Su esposa, Josefa, también de Llerena, era hija del sevillano Pedro de Mendoza y de Ana de Albarral, de Valencia de las Torres.
Hasta donde sabemos, Josefa y Diego tuvieron dos hijos: Antonio y Josefa de Almezquita y Mendoza, nacidos ambos en Llerena.9 Desconozco cuál de los dos fue el destinatario del romance de Ramírez de Guzmán, o si lo fue otro hijo que no llegó a edad adulta. Antonio se hizo caballero de Santiago en 1668, como su padre y su abuelo, y oficial del Santo Oficio en 1695 (Barredo de Valenzuela 90).
Deduzco que, para la fecha de su ingreso en la Orden, Antonio era un adulto de más de veinte años. En tal caso, y si el romance fuese para él, Ramírez de Guzmán tuvo que escribirlo antes de 1648, es decir, con menos de treinta años. De Josefa de Almezquita sólo he podido averiguar que se casó en 1680 con Antonio de Vargas Zúñiga, caballero de la Orden de Alcántara (Cárdenas y Cadenas 125).10
Su suegro, Álvaro de Vargas Chaves, había nacido en 1622, cuatro años después de la poeta. Si este tenía la edad aproximada de la escritora, Diego y Josefa debían tener también la misma edad que Ramírez de Guzmán.
El sobrescrito del romance indica que la poeta lo compuso o leyó en Valencia de las Torres, villa que dista de Llerena unos 22 kilómetros hacia el norte. Ramírez de Guzmán debía estar allí visitando a Josefa de Mendoza, a la sazón embarazada de seis meses. Su esposo ejercía de alcalde y alguacil en la villa, según leemos en los propios versos. Valencia de las Torres era un importante enclave santiaguista, por lo que es comprensible que Diego y Josefa residieran allí, dado que los Almezquita fueron caballeros de la Orden por varias generaciones.


El poema, entre cuyas funciones está el entretener y agradar a los futuros padres de un vástago de familia privilegiada, puede considerarse dentro del género menor de la “poesía de circunstancias”. Ramírez de Guzmán escribió cincuenta composiciones de circunstancias que celebran diversos acontecimientos públicos y privados, desde fiestas oficiales y glorias de aristócratas hasta los cumpleaños de su hermanas. Por los giros coloquiales que hay en el romance, las bromas y las alusiones burlonas a ciertos miembros de las familias de Diego y Josefa, me atrevo a suponer que existía una relación de mucha familiaridad entre la poeta y los padres del futuro niño o de la futura niña. La composición, en todo caso, servía para reforzar los vínculos de los Ramírez de Guzmán con la nobleza local.11
En la producción literaria áurea encontramos pocas poesías en las que la maternidad figure tan ostensiblemente. Además del ya citado romance de Pantaleón de Ribera, del que más adelante me ocuparé, existen cinco romances de Sor Juana Inés de la Cruz, escritos unos cuarenta años después que el de Ramírez de Guzmán, en los que es posible detectar algunos elementos temáticos y estilísticos comunes.
Los poemas de Sor Juana tienen de protagonista o destinataria tácita una mujer de alcurnia, la marquesa de la Laguna, como es también el caso del romance “A la preñez de una dama”. En el primero de la serie (“Desea que el cortejo …”), Sor Juana le pide a la marquesa nuevas del embarazo, expresa su ferviente deseo de que prosiga bien y emplea la imagen del vientre de la embarazada como prisión dulce, en lo que coincide también con Ramírez de Guzmán. Sor Juana compara la “cárcel” del feto con las “dulces cadenas” que la atrapan a ella, que no son otras que las virtudes de la marquesa. De esta manera, traslada la intención inicial del poema, una felicitación para el marqués, al tópico del embarazo y, de ahí, al del vínculo platónico entre ella y la marquesa.12

Nacido ya el heredero, Sor Juana le da la enhorabuena a la madre con otro romance (“Habiéndose ya bautizado su hijo …”) en el que vaticina las glorias del pequeño, que han de tener lugar en el ancho territorio de América (“que es Europa estrecha Patria / a tanta familia regia”, vv. 35-36).13 Cuando el marqués de la Laguna cumple un año, Sor Juana le dedica un segundo romance y se dirige a él directamente con unos versos que recuerdan a los de Pantaleón de Ribera para el conde de Ampudia: 

“Gran Marqués de la Laguna, / de Paredes Conde excelso, / que en la cuna reducís / lo máximo a lo pequeño” (vv. 1-4).14 La poeta menciona
las enfermedades y los peligros a los que el marquesito ha estado expuesto durante el primer año y se muestra aliviada en sumo grado por que las haya superado (“habemos llegado al puerto”, v. 74). También Ramírez de Guzmán exorcizó en su romance los males que el hijo de Josefa de Mendoza podía enfrentar después de nacer.
Sor Juana y Ramírez de Guzmán invocan, en sus respectivos poemas, la
continuidad del patrimonio de los Almezquita Mendoza y de los marqueses de la Laguna, preservado en las figuras de sus hijos varones. Sor Juana obsequia al pequeño marqués con un andador, y la imagen del marquesito erguido se convierte en sinécdoque de los bienes del marquesado: “Ponedlo en él [en el andador], gran Señora, / pues vuestra riqueza es: / que no es fija renta mientras / no está el Mayorazgo en pie” (vv. 61-64).15 Cuando el niño cumple dos años, Sor Juana le dedica un último romance en el que celebra, como también hizo Ramírez de Guzmán, las excelencias de su progenitor, expresando el deseo de que el infante sea su vivo retrato.16
A pesar de las coincidencias, ninguno de los textos de Sor Juana se acerca a las descripciones gráficas del embarazo y sus síntomas que encontramos en la composición de Ramírez de Guzmán, cuya inspiración está, muy posiblemente, en el romance que treinta años antes le dedica Anastasio Pantaleón de Ribera al conde de Ampudia. Este era el futuro hijo—o hija—de su mecenas, Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, segundo duque de Lerma, y de Feliche Enríquez de Cabrera y Colonna. Su abuelo había sido el poderoso valido de Felipe III, primer duque de Lerma y también de Ampudia.


Así las cosas, la advertencia de la poeta a la niña potencial cobra pleno sentido:


Y si fueses Francisquilla,
ven en manto por taparte
y, por si acaso, enojados,
te envïasen a la calle. AA


No siendo suficiente el manto para ocultarse, la poeta aconseja una estrategia más radical para sobrevivir en una sociedad tan hostil al género femenino:


Sal a ser una pimienta
en lo vivo y lo picante;
Mendoza, muy sin azar
y como mil azahares. AA

Periquillo se le avisa de que le conviene cumplir sus nueve meses de “prisión” para no enfrentar la ley de un padre que ostenta tales cargos:


Si intentas quebrantamiento
de la prisión en que yaces,
te cumplirá de justicia
a pedimento de parte. AA


Como si esta mención de camaradería femenina pudiera despertar alguna ansiedad en Diego, la poeta, al hablar sobre el género de Periquillo, introduce una imagen fuertemente sensorial y evocadora del dominio masculino en el espacio doméstico:


Güela, pues, la casa a hombre,
pues tienes el padre alcalde
y algualcil mayor, y es harto,
que de dos varas no pase. AA


Adorne ya tal perico
la cabeza de los Paces,
que la tía del Infantado
te ha de derribar lo infante.AA





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