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martes, 25 de abril de 2017

KARINA MEDINA [20.111]


KARINA MEDINA

Karina Medina (Lima 1986) He venido desarrollándome como artista desde muy niña. En la primaria solía hacer imitaciones y pequeñas muestras teatrales que solían dar risa. En la secundaria me di cuenta que realmente debía contraer matrimonio con la actuación.

En el 2003 ingresé a la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas [Portal web de la UPC: http://www.upc.edu.pee intenté estudiar publicidad por intereses económicos a largo plazo.

Desistiendo luego de esa idea, en el 2006 postulé a la Escuela Nacional Superior de Arte Dramático a la carrera de Pedagogía Teatral. Ese mismo año pasé a ser parte del colectivo multidisciplinario “Cultural Moiras” y formé parte por unos meses de “Mimesis”, un grupo teatral que hace obras infantiles.

Mientras todas estas cosas se daban, la poesía se volvió mi amante consiente.

En el 2008 decidí estudiar Teología en la Academia Internacional ELOHIM y luego de cinco años decidí retomar la Pedagogía Teatral.
En la actualidad me desempeño como profesora de teatro y promotora cultural en mi distrito de Los Olivos. Tengo un hijo de 2 años y un bondadoso esposo.




POEMAS:

Cómo nos gusta

El boom de sus corazones adolescentes
Ha mostrado su máximo apogeo
y las redes sociales sienten las cosquillas
que les permiten seguir vivas
bajo los versos joviales
que buscan trascender.
Más likes no nos vuelven poetas
Porque los comentarios son contra protesta
Y el ahínco se ve en trabajo
Del lenguaje que está guardado
Entre los dedos del climax de la expresión.
El romántico activista
Escribió un libro hace unas lunas
Y el izquierdista realista
Nuestro pellejo quiere esconder
¡Pero si! todo vía web
Porque así lo manda la orden del día.
Así nos quieren vender
Pero ¡cómo nos gusta el panfleto!
¡Cómo nos gusta el cliché!
¡Cómo nos gusta perder el tiempo!
Sintiéndonos escritores
De lápiz, lapicero y papel.
Y los editores
¡Pobres! ¡Pobres!
Abren revistas
Sintiéndose fieras,
Sintiéndose fuertes.





Invisible

Has colgado en el viejo perchero
tus años mozos en el malecón
en los que coqueteabas al abuelo
y te ganabas su atención.
Hermosura exótica
caminabas cual desnudez
y el aroma de tus cabellos
se han quedado inmersos
en la parsimonia de tus años,
perdiéndose cual leyenda,
volviéndose tan invisible,
desapareció tu corazón.
El olor a cigarrillo
de morena canela
que arrastraba tus vestidos
y el suave brillo de tu piel
que lucía cual arena
del muelle "San Gael",
se han quedado cual imagen
impregnada en el cristal
de tu sucia ventana
de tu arrimada habitación
en la que tus hijos
te han echado
porque la carga de tu cuerpo
se ha vuelto anciana
y ya no eres la hermosura y esplendor
que en antaño
el pueblo admiraba.
¿Dónde estás abuela?
¿Por qué ellos te desprecian?
Sacrificio olvidado,
inconsciencia a flor de piel,
absurdo desprecio
y desencajado desamor.
¿Qué has criado?
A ¿qué engendros tu útero
despidió al parir?
Te han dejado sola en medio del malecón
que es tu sala de espera
en la casa del teatrón,
dónde tus nietos juegan
pero no te miran,
donde tus hijos cantan,
pero no te hablan,
donde tus gatos maúllan
y los perros te husmean,
como a la so-sobra de tu aliento exprimido.
Ya estas muerta, anciana
aunque aún no compraron ataúd.
No eres musa
ni sirena
en el muelle
ni en el callejón.
Tratando de andar contigo en sus espaldas
avanza la vida de los tuyos,
llevándote con ellos cual carga,
vil y despreciable,
olvidando el dolor
de tu viejo corazón.





Cliché P.O.E.T.I.C.O

El kril de mi interno tiburón
es el panfleto sistematizado
de mi poesía diaria
que ha estado oculta por nueve años.
He sido prófuga de mi misma
y mi palabra de mi ensimismado proceder
por las gracias de Dios
y por mi complejo aceta.
Unos cuantos días escribí en un papel
calca
(así se decía en los ochentas)
Pero luego morí.
Cuando solía suicidarme
los versos me miraban aburridos
y el color azul de sus h's parlanchinas
guardaban su silencio.
En un trance del renacimiento
mis poesías hablantinas
se abrazaron como cursis melodías
pero esto no es más que un cliché.





Locura o libertad

Los pequeños trances de los hombres,
en distintas dimensiones
en las que sus miembros se encuentren,
los transforma en seres libres.
Yo sé Enrique,
que la locura
nunca tuvo maestro,
pero ese doctorado en desborde,
ha destronado mi ahorro de alegría.
La calle
Se vuelve un mar orates
y caída doña tarde,
los cuerpos sienten agonía
y la razón llega al destierro.





Remembranza de Marzo

-A mi hermana Pamela-

Bajo un rojo algarrobo de Piura
nuestra casa cobra figura
y los dulces recuerdos de nuestra niñez
han tomado asiento con suma rapidez.

Pequeña hermana mía,
te cargaba en mis brazos y llorabas...¡llorabas!.
... Con en el reflejo del sol, tu piel brillaba
y cuidábamos de ti, todos nos cuidábamos.

Las antiguas y gigantes risas de verano en la piscina
han resonado después de tantos años.
Y el viejo patio con escalera a la derecha
despide a nuestra amiga que por el muro se endecha.

Aun parece que te veo
por tu habitación al lado del baño,
en la cocina, en la escalera bailando
o para una foto posando.

Hemos caminado tres cándidas niñas
- "¡Porque es la más chiquitita de la casa!" papá decía.
Y nuestro infante blanquiñoso nacía
siendo cuatro hijos, la familia crecía.

Tu cara de sorpresa me acuerdo Pamela
el día que nacer de nuevo todos decidimos,
- "¡Ya pues hijas...!" mamá decía
cuidando el alma a priori.

Y papá ¡cuánta ternura!
pagar la ceremonia gratuita quería,
tu ingenuo rostro reía y reía,
y tu alma tan solo llegar a Sion quería.

Los marzos han hecho su desfile colosal
y mi corazón cuando escribe estos versos
no concibe que el tiempo
sea tan perverso!!!

¿Cómo podría hacer? ¿Cómo?
detrás del sol han quedado mis oportunidades,
regresar el tiempo quisiera
para que tu hermana mía entiendas
que te amo más, cada día más...cada día.

He invocado a los Dioses en este día 
para que hoy 29 acontescan las alegrias
con la familia, con tus amigos
y por supuesto con la humilde Camila.

Démonos un abrazo a la distancia,
beilemos juntos los seis de nuevo,
como los años pasados.

¿Pamela? ¿estás ahí? 
te hablo desde lejos
¡No os preocupéis!
Pronto volveré y nos diremos como en el cielo
¡Cuánto y cuánto nos queremos!










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viernes, 14 de abril de 2017

AUGUSTO LUNEL [20.087]


AUGUSTO LUNEL

Augusto Lunel (Lima, Perú 1925), seudónimo de Augusto Sánchez del Ottre. Escribió un Manifiesto del cual suele citarse la frase: «Estamos contra todas las leyes, empezando por la ley de la gravedad». Felipe Buendía escribe: «Lunel se paseaba con su cara de hórrido plenilunio y terno negro y sus maneras de sierpe, con gafas que en vez de cristales tenían apuntalados palillos de fósforo y así contemplaba la estupidez pictórica del academicismo criollo. Dadá-Breton, pasaba de mano en mano, venían a la Biblioteca Nacional a sacarme bajo el guardapolvo bibliotecológico, el Ulises, Una temporada en el infierno de Rimbaud, Les Chants de Maldoror de Lautreámont y algunas tripas de Sade. Lunel era Sade. Se parecían incluso». En los años 50 viajó a México, y al parecer por intercesión de Octavio Paz publicó su libro Los puentes (1955), con ilustraciones de Leonora Carrington. El crítico Hugo J. Verani en su libro La hoguera y el viento. José Emilio Pacheco ante la crítica (México DF: Era, 1994), apunta este hecho: «A las doce del día, Octavio Paz salía de la Secretaría de Relaciones Exteriores a tomarse un café al Kikos, con Tomás Segovia, Ramón Xirau o Augusto Lunel, un peruano siempre hambriento y muy buen poeta» (p. 20). Lunel tiempo después viaja a Francia, y se instala al sur, algunos poetas peruanos como Elqui Burgos lo conocieron y lo recuerdan como todo «un personaje». En 1971 entrega a la imprenta su segundo poemario, esta vez editado en Lima, con el título Espejos paralelos. En el artículo «La fantasía sediciosa» (Letras Libres, Nº 11, 1999), Mario Vargas Llosa afirma sobre Lunel —aunque este dato no ha sido corroborado fehacientemente— que era «un versátil poeta peruano que terminó ejerciendo el sorprendente oficio de guardaespaldas del general De Gaulle». Fue parte del grupo surrealista peruano de los años 50 al lado de Ricardo Milla, Fernando Quíspez Asín Roca, Luciano Herrera, etc.

Libros: Los puentes (México: Talleres de Periódicos y Revistas S.A., Serie Los Presentes, 1955); Espejos paralelos (Chosica: Ediciones Universidad Nacional de Educación, Serie La Flor de la Cantuta, 1971).



ESPEJOS PARALELOS

El pájaro que se alimentaba de su vuelo
devora su caída
y la lejanía se lo come por dentro.
Preso en la jaula de oro de la noche,
su propia mirada lo tenía ciego;
su voz, mudo;
su vida, muerto.

El pájaro que comía por las alas
se ha estrellado contra el cielo
y los vidrios rotos han mojado la calle,
y una niña se ha cortado los dedos de azul,
y la altura le aleja las uñas.

Un pájaro ha llorado
y ha caído junto con sus lágrimas.

(Del libro: "Espejos paralelos").



El habitante del sol

A mi País se llega dejando todos los caminos.

Cuando pienso en mi País, se llenan mis bolsillos.
Cíclopes cuyo único ojo es el mar,
nuestra mirada provoca el nuevo día.

Cuando los árboles piensan en mi País, nace la primavera.

A mi País se llega haciendo que nos sigan las estrellas,
abriendo un agujero en la pared, que atraviese a Saturno,
metiendo la mano en el fondo de la luna.

A mi País conduce el extravío.

Cuando se es el mar, a mi País se llega en cada ola.



INSOMNIO EN EL ATAÚD

Mi cadáver se pudre conscientemente,
recuerdo la tierra agusanándose de hombres,
me devora una bandada de pájaros subterráneos,

Veo la niebla –mi casa abandonada–
donde pedazos de hada, las gaviotas,
alumbran dulcemente
niños que entierran vivos sus palotes.
Siento allá mis muletas inválidas,
de quietud vertiginosa,
en el océano mis ojos, burbujas estallando.

¿Podré levantar mis párpados, pesados de negrura?
¿Saldré a la luz, que cicatrice mi corrupción,
que reemplace mi piel destruida por la oscuridad,
que llene mis vacías cuencas
de sendos ojos para ver por dentro y por fuera?


*

Un rayo de oscuridad ha partido la tierra
–¡sonidos destilados en lentas telarañas,
bañaban pájaros de cabezas apagadas!–.

Miedo de oír cuartearse la oscuridad.

Miedo a que un rayo de luz rompa todos los cristales.

Estas tinieblas nos llegan de algún astro.
¡Sólo sedimento de luz molida, en el fondo del mar!
¡Sólo cabellos de náufragos despiertos
ardiendo bajo el agua!

Oscuridad con los ojos abiertos,
oscuridad que penetra en el sol;
ciénagas dormidas le abren las entrañas,
cuervos pulverizados baten las alas.

Mas la claridad de la brisa, que la piel percibe,
lo que queda de luna en el rostro de la amada,
y la luz exprimida a los cristales
(aún son los cabellos del hada del estanque)
harán abrirse auroras en las naves.


*

Flora mineral que penetramos
para coger frutas de gusto transparente.

Días que se suceden en el interior vacío de un gran ojo.

Un súbito silencio rompería los cristales.

Una transfusión de savia en el otoño
provocaría la caída de las manos.


*

Hasta nosotros los escualos caíamos
en las finas redes tendidas por la luna.
Como soles mojados,
se dilataban medusas en lugar de pupilas,
arpas líquidas se derramaban en la costa,
la música granaba entre las piedras.

Los mil oídos rotos abierto a la luz,
las estrellas cortando los guijarros,
en las arenas disperso el firmamento.



LA MAGIA DORADA

¡Magia dorada!
¡Ciudades siempre en llamas,
en cuyas torres la inocencia nos devora!

Alimentemos el verano que provocan los tigres en su lucha,
golfos del mar de fuego, nuestros ojos
acojan las escuadras, incendiadas al hender el cielo.
El canto de las tripulaciones de oro abrasa el horizonte.
¡Todo resplandor es la araña que hila la red en que caigo!

Las ternuras del sol, que ya es nuestra garra derecha,
hacen arder la sombra con una cabellera;
los jardines absortos con que miras;
tus manos,
que las grandes verdades se descubren con las manos.
El más oscuro bosque tan sólo es llamarada detenida.



EL DÍA TIENE VEINTICUATRO VERANOS

Siempre despertamos a un nuevo sueño.
El mar es la otra cara del sol,
Y el aire sigue siendo el océano.

Llena de alondra el agua en los rompientes.
Entre sus llamas, súbitos aposentos
donde el eco de nuestros pasos abre la tierra, el cielo.

Todo el fondo del mar nos llega en una ola.
¡Los propios ojos son castillos
de la hechicera de cristal!

En el reino del agua que salta embravecida,
¿qué pantera es la ola más alta?
¿qué puñalada azul la más profunda?


*

Mi amada es un día de dos soles,
su mirada es la estación de los metales.

Viajo por su garganta,
por desnudos planetas que habito con los labios.

Mis manos sueñan,
atraviesan jardines donde las flores son aves.

Sus hombros, ángeles atrapados en el vuelo,
me raptan en la huida.

Su corazón y el mío palpitan entre sus muslos.

Viajo por sus cabellos hasta el estanque de los peces de oro,
por aguas de otro planeta, cuando me mira.

Mi amada es la ciudad
donde por todas las calles se llega a la luna,
hermosos tigres se asoman a las ventanas.



7

En las siete ciudades de la
princesa de siete años

En la ciudad cuyo silencio confina con su pelo de niña.
En las dos ciudades sumergidas bajo las aguas.
En la ciudad donde hay una niñita siempre enamorada a quien devoro dulcemente.

En las dos ciudades, en la cumbre de cuyas cúpulas repletas de palomas, crecen los botones de dos rosas, cuando llega el amor.

Y en la flor más amorosa del mundo, donde habita el niño más amoroso del mundo, al centro del universo.



EL QUE PUEDE MIRARSE SIN QUEDAR CIEGO

La música herirá los ojos del durmiente,
¡tan blanco será el rumor de su vuelo!

Todo el cielo a su paso se poblará de glaciares.

Un solo cisne: la nieve
–las comarcas de armiño que se anexa a la luna–,
las albas plumas que nacen a las olas al intentar el vuelo,
y la bandada nívea que purifica el aire.

Aún hendido el azul que en otra edad
cruzamos los albatros.
El eco de nuestro grito tiende estepas como ángeles,
y el candor de la espuma
que hace nuestra imagen, reflejada en el agua,
provoca los aludes.

Su reino se abre,
Siempre que se abren las alas de los cisnes.
La pradera de alabastro es una rosa de pétalos compactos.

Con su implacable bondad
clavará en tu corazón la estrella de mil puntas.

Mi osamenta dispersa levantará los brazos, hará señas,
con un brazo en la tierra, otro en un lácteo planeta.
           

*

Entre dos albas corre un jinete negro,
su propia lengua le quema el paladar,
un cuervo ciego muere en su garganta.


*

Algo queda de tus ojos en lo que miras;
el pájaro deja en el espacio un vacío
que me arrastra a los abismos del cielo.


*

Voz negra
que deja amarga la boca


*


El hacha del resplandor cae sobre tu cuello.

http://sol-negro.blogspot.com.es/2017/03/poemas-del-surrealista-peruano-augusto.html


Augusto Lunel, por Lasse Söderberg

Siempre estaba hambriento, me decía. Era palpable la doble connotación del hambre en aquel cuerpo enjuto de mirada ardiente. Un peruano en destierro, como lo fue Vallejo antes de él. Un indio despojado de su cordillera, un poeta errante. ¿Cómo podía sobrevivir en París? Era uno de los enigmas que lo rodeaban. ¿Alimentándose sólo de metáforas?

La respuesta a ese enigma era: las mujeres. En los cafés de Montparnasse se rumoreaba, no sin envidia, que Augusto Lunel convivía con dos mujeres que lo sostenían. No se trataba de ninguna aventura frívola sino de un triángulo amoroso que, según se supo más tarde, duró hasta el final de su vida. Recuerdo que una de ellas se llamaba como la esposa del compositor Robert Schumann, Clara Wieck. La otra, menos románticamente, tenía nombre de midinette, Odette o Yvonne.

Estábamos al comienzo de los años sesenta. Un tema de conversación recurrente entre Lunel y yo era Vallejo. Me contó que había buscado a Georgette, la viuda, y se había decepcionado al percibir que parecía interesarse por la obra de su esposo básicamente como fuente de ingresos. El, por su parte, desdeñaba el dinero. Mario Vargas Llosa se ha referido en diferentes ocasiones al manifiesto que Lunel lanzó en aquellos años cuya frase inicial indicaba ya lo grandioso del programa: «Abajo todas las leyes empezando por la Ley de gravedad». Yo nunca vi ese manifiesto que el mismo Vargas Llosa sitúa en cierta tradición latinoamericana: la del rechazo de la realidad en nombre de lo imaginado. En otro momento también cuenta que Lunel terminó como guardaespaldas del presidente de la República, a la sazón el general Charles de Gaulle. Aquello suena inverosímil, pero a la vez revelador, por lo menos como ejemplo vivo del realismo mágico. Es fácil imaginarlos: el talludo general con los brazos en alto, su enigmático Je vous ai compris, exclamado ante los coroneles subordinados de Argel, y este indiecito detrás, equipado según las reglas, con walkie-talkie y todo. Tengo que confesar que me gusta la imagen pero seguramente es falsa.

Los cafés de Montparnasse eran entonces frecuentados por muchos latinoamericanos, principalmente artistas plásticos: el argentino Seguí, el venezolano Vigas, el cubano Cárdenas y otros. Así como algunos, Lunel entre ellos, dedicados a la literatura, desde Julio Cortázar hasta un personaje peculiar de nombre Fedor Gans, antiguo combatiente de la guerra española exilado luego en Brasil. Estaba en ciernes lo que más adelante se denominó el boom, que en buena parte tuvo sus inicios en París, e involucró a los poetas sólo indirectamente, y menos aún a Lunel, por una sola razón: apenas publicaba.

Antes de llegar a París había vivido un tiempo en México, donde solía reunirse con Octavio Paz, Ramón Xirau y otros amigos en un café llamado Kikos. Durante su estancia en México publicó en la editorial Los presentes su único poemario, Los puentes (1955), con ilustraciones de Leonora Carrington. Veintiocho piezas por lo general cortas, situadas en la tradición surrealista, con imágenes que oscilan entre fantasías de muerte y connotaciones eróticas. De un lado: «Acostumbraba a morirme/ atravesado el corazón por un pez vivo, me devoraron insectos caídos de las estrellas». Y del otro: «Mi amada es la ciudad/ donde por todas las calles se llega a la luna,/ hermosos tigres se asoman a las ventanas». En el mismo poema parece predecir su posterior relación doble: «Mi amada es un día de dos soles» (Nota de edición: Los puentes como se sabe no fue el único poemario de Lunel: Espejos paralelos. Chosica: Ediciones Universidad Nacional de Educación, Serie La Flor de la Cantuta, 1971.).

El crítico francés Maurice Nadeau, reputado por su olfato literario, le publicó un poema en su revista Les Lettres Nouvelles. Pero no llegó a más, que yo sepa. El nombre de Augusto Lunel cayó en el olvido. Decenios más tarde fue incluido en una antología llamada 10 aves raras de la poesía peruana. Por cierto, el nombre Lunel era una invención; de hecho se apellidaba Gutiérrez (Nota de edición: al parecer su nombre real era Augusto Sánchez del Ottre o ¿también se trataba de otro seudónimo?). Sin duda con este seudónimo quería mostrar que se sentía poeta nocturno, uno de los lunáticos, pese a ser descendiente del pueblo que se consideraba hijo del sol. La patria quedó atrás, dentro tenía otra, innombrable pero con mayúscula: «A mi País se llega dejando todos los caminos».

Un día me confío algunos poemas meticulosamente mecanografiados con tinta azul, en papel de correo aéreo, que supongo permanecieron inéditos. Uno de ellos está dedicado a Leonora. ¿La ilustradora de su libro?


A LEONORA

El castillo donde se unen el cielo y la tierra
abrió sus puertas.
A nado salvo el foso
que las estrellas llenaron durante la noche.
El castillo cambia a cada instante;
y al atardecer se llena de alondras
que hacen durar el día toda la noche.
La luz derrumba el muro;
soy dueño de la torre interminable.
Sé volar a la manera de ese árbol
cuyas hojas devoraron el paisaje
de esa blancura que devora la piel de las mujeres.
Leonora ha creado el mundo;
trae detrás el universo como si fuese sus alas.
El sol está en su casa.
El firmamento corre por las habitaciones como la sangre;
las distancias se desbordan y se meten por las ventanas.
El día suelta un ruiseñor por la claraboya
y se convierte en aquella vaca albísima que alumbra a un aposento
y en ese pájaro cuya sombra
es otro pájaro volando en sentido contrario.
Las velocidades del azul llegan a la blancura.
La lentitud del silencio se convierte en una roca
y es tal la quietud de la flor que da alcance a la flecha.
La nieve arde en ambos polos;
hay un ángel dentro de un huevo;
hay ciertas estaciones cuya fruta primera es el corazón;
hay una mujer volviéndose una lámpara
luminosa al tacto
como una planeta que acaricio en mis rodillas.
La negra música no está del todo perdida;
siempre se puede encender una cabeza;
saltar a las abejas, que traen el día en sus alas;
montar el caballo blanco, cuyo relinche eleva las cordilleras;
o simplemente abrir la caja de caudales de la música.
En el centro del sol
maduran las granadas con que haremos la guerra
y en el centro del planeta
el inmenso diamante que Leonora fabrica.

Fuente: Cuadernos Hispanoamericanos (Madrid) No. 718, Abr. 2010, p. 107-110.



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KILKU WARAK'A [20.086]


KILKU WARAK'A

Kilku Warak’a, seudónimo del poeta Andrés Alencastre (Parq’o, Cusco, Perú 1909 - Pacobamba, Cusco, 1984)

Andrés Alencastre Gutiérrez, también Kilku Warak’a o Killku Warak'a fue un hacendado, profesor, poeta y escritor peruano que escribió en quechua cuzqueño y español. José María Arguedas lo consideró el poeta quechua más importante del siglo XX. 

Andrés Alencastre nació en 1909 en la hacienda de su padre en Parq’o a orillas del lago Langui. Aprendió en una escuela primaria unidocente, después en el Cusco en el parroquial Salesianos y el Colegio Nacional de Ciencias hasta 1929. En 1921 su padre Leopoldo fue matado en una rebelión campesina.

Desde 1940 hasta 1945 estudió educación en la Universidad Nacional de San Antonio Abad del Cusco y se graduó con la tesis “La alfabetización en el Perú”. Entonces escribió sus primeros huaynos, Puna desolada, Maizalito quebradino y En la laguna de Layo, y otros. Su primera obra de teatro Pongo Killkito, que había escrito en quechua, fue representada en algunas comunidades quechuas y recibida con entusiasmo. Por su poema Illimani ganó el primer premio de poesía quechua en Bolivia. Alencastre escribía con el seudónimo quechua Kilku Warak’a (Kilku, Andresito, warak’a, honda).

Trabajó como profesor de castellano en el colegio nacional Mateo Pumacahua de Sicuani, donde había enseñado antes José María Arguedas. Después trabajó como docente en la cátedra de quechua en el Cusco. En 1960 se graduó de doctor en letras con la tesis “Fonética, semántica y sintaxis del quechua”.

En 1950 publicó sus obras dramáticas Los arrieros, Ch’allakuy, El ayllu de Qhapatinta, El pongo Killkito y Los cumpleaños de Catita en un libro con el título Dramas y comedias del Ande. En 1952 salió el libro Taki parwa (flor de canciones) con treinta poemas en quechua cuzqueño que tantean la naturaleza, los apus y el amor. Siguieron los poemarios quechuas Taki ruru (fruto de canciones) con 32 poemas en 1960 y Yawar para (lluvia de sangre) en 1972.

Después de su retirada de la universidad se trasladó a “El Descanso”, una casa de su familia en los páramos de Canas. El 1 de agosto de 1984, campesinos rebeldes lo mataron en una choza en Pacobamba, donde se había parapetado y armado con un fusil, y mutilaron su cuerpo. En la actualidad, su último descendiente es.

Recepción de su obra

En 1955, José María Arguedas expresó su sorpresa sobre el autor y Taki parwa: “Este poemario pueder ser considerado como la contribución más importante a la literatura quechua desde el siglo XVIII. Es comparable con el Ollantay en cuanto al dominio del autor sobre el idioma. Creíamos que tal dominio era ya inalcanzable para el hombre actual del habla quechua.”

Obras

Poesía en quechua

Taki parwa (Cusco, 1952)
Taki ruru (Cusco, 1964)
Yawar para (Cusco, 1972)

con traducción al castellano

Kilku Warak'a: Taki parwa. Traducción al castellano de Odi Gonzales. Biblioteca Municipal del Cusco, 2008.

Artículos

Fonética, semántica y síntaxis quechua (Cusco, 1953)

Dramas

Dramas y comedias del Ande (Cusco, 1955)
Cállaky
El pongo Kilkito



ILLIMANI

Illimani, gran dios,
fortaleza de nieve, de huesos de piedra.
Con mi aliento empujo las nubes que te cubren
y yo, yo te saludo, cada amanecer.

De la inmensa llanura te contemplo
y mis ojos se queman en el fuego de tus nieves,
fatigado miro tu alta, tu alta cima,
Señor de los ayllus, Amauta de blanquísimo manto.

El Sol, al aparecer por el oriente
adora primero tu cumbre helada
y cuando muere en el occidente
con sus pestañas en que el oro tiembla te cubre de sangrienta luz.

La Luna silente con su rostro suave de ñusta
noche a noche te mira enamorada ¡oh gran dios!
Las estrellas con sus pestañas de plata
abren y cierran los ojos, bellamente, por ti.

Los torrentes que bajan lanzándose por abismos,
los grandes ríos que calladamente avanzan,
son nada más que tus lágrimas, tu llanto;
retorciéndose como serpientes plateadas
pronuncian tu nombre con su incierto vocerío.

Illimani, poderoso dios
el que blande el rayo de oro
y con su trueno esparce las tormentas de nieve;
tú fuiste, con el Illanpu,
quien puso la luz en los hombres antiguos,
quien alimentó su fuerza.
Por eso hicieron de la piedra, barro,
y modelando la roca con sus manos levantaron las fortalezas.

Illimani, poderoso dios, señor de todos los dioses montañas
que tu nieve brille
en nuestras cabezas pensantes,
que tu nieve descienda
de nuestro corazón a lo profundo
para que podamos ser hombre unidos
de vidas hermosas que no ofendan.

Tú eres, gran Señor,
quien dispone el invierno y el verano;
mirándote a ti, el hombre desfalleciente,
recobra la vida y trabaja.
Las negras nubes henchidas que respiras
vierten la lluvia fecundante;
el viento, el río, la nevada, el rocío,
nacen de tu aliento.

Las tres cimas, las agujas en que tu nieve acaba,
son el reposo de los cóndores,
y de tu corazón de rocas impenetrables
nacen los pumas.

De todo ser viviente
el principio, la semilla elemental,
el amor creante, amado, el germinal arquetipo
en tu honda entraña duermen viviente sueño.

Por eso los hombres de todos los ayllus
cada menguante, cada plenilunio,
vienen a ofrecerte la coca sagrada,
el regocijo, la imploración de sus corazones.

Illimani, poderoso dios,
fortaleza de nieve de huesos de piedra,
en tu cumbre ha de erguirse
el hombre elegido, el excelso, que renovará el mundo.

El canto de su clarín marino
despertará a los pueblos,
y un río de sangre caminará,
se extenderá por la faz de la tierra.

El mismo sol tendrá vergüenza
al ver la masacre humana
y la Luna acongojada
se ocultará tras la nube tenebrosa.

Fin tendrá el bélico conflicto
cuando rueden muchos años;
después los hombres en acuerdo
nueva organización se darán.

Se delimitarán las regiones
con más precisión y justicia
y los gobernantes serán
hombres de justa selección.

Los gobernantes deben ser
patriarcas de verdad,
que con sutileza ausculten
y dirijan a sus pueblos.

Deben gobernar los pueblos,
doquiera que fuera, los ancianos
de prestigio, los de experiencia,
nunca los que no la tienen.

Bondad y talento posean
los gobernantes todos
y la existencia humana sea
mazorca de maíz de apretados granos.

Illimani, gran espejo de plata,
para la eternidad con tu luz
el corazón del hombre alumbra
que vaya al bien, siempre, a la hermosa vida.

Nosotros contemplamos, todos
cómo de la nieve formas el agua y la repartes
a las tierras de todas las regiones,
cómo apagas la sed del mundo.

Así la tierra debiera ser repartida
a cada hombre, a cada criatura,
para que el odio no exista,
el odio del rico y el odio del pobre.

Y advenido ese día, Illimani,
en tu alta cima una estrella giradora
dando vueltas, dando vueltas, brillará
y tus nieves impolutas
al universo darán luz.



PUMA

Tiznado gato crío de la niebla
Airada fiera, garra de piedra
Deambulas por los cerros
Cabizbajo por la nieve

Acechando con furor
Barres la niebla
Laceando con tu rabo
Lías montañas

Espinos filudos tus bigotes
Al sol deslumbran, relucientes
Candente brasa tu lengua
Se relame por sangre

Grácil felino de los Apus
Venerado crío
¿Deambulas hambriento
Rastreando una presa?

Ven y prueba
Mi desgarrado corazón,
Reposa en mi pecho
Aplasta mis penas

Con tus garras
(que rasguñan piedras)
Trenza mis nervios
Y adorméceme pronto
Para no padecer pesares



Puma

Phuyuq wawan uqi mici 
phiña uywa rumi maki 
urqullantan purishanki 
rit’illanta k’umu k’umu

Phiña phiña qhawarispan 
phuyutaraq picarinki 
cupaykita maywirispan 
urqukunata mayt’unki

C’awarkishka sunkhaykiwan 
intitaraq llakllacinki 
qalluykitaq sansaq puka 
yawartaña llaqwarishian

Apukunaq sumaq uywan 
inkakunaq yupaycanan, 
yarqasqacu purishanki 
aycatacu maskhashanki?

Hamuy ñuqa qarasqayki 
kay sunquyta qhasurispa, 
qhasquypatapi thallaykuy 
llakiykunata ñit’iykuy

Qaqa hasp’iq silluykiwan 
hank’uykunata watariy
hinaspataq puñuciway 
ama llaki mucunaypaq 



AFLICCIONES DE UN DESDICHADO

Pajarraco nocturno
Avecilla del alba
¿Qué es lo que presagias
En tu canto triste?
Si ya murió mi padre
Si ya partió mi madre
Por qué vas pregonando
La cercanía fatal
De nefastos nubarrones
El desembalse feraz
De la lluvia de lágrimas

Sanguinarios matarifes
Se llevaron a mi padre
El viento de la muerte, el de gélido soplo
Me arrebató a mi madre

De la noche a la mañana
Surgimos ocho párvulos
Que chillando sin fin
Clamaban por sus padres

Y al otro lado
Del río del llanto, arreados
Por la gélida brisa, los críos
Nos apiñamos allí
Para el júbilo de los infames

En el fragor de la tormenta
El mayor de los hermanos
A cada cual nos revivía
Con bocanadas de calor

Ahora también él se desvaneció
Embebido por las tinieblas de la muerte
Tan sólo ambulamos siete:
Apoyados unos
En la fuerza de otros

Oh pajarillo de las laderas
Tristísimo cantor del día y la noche
¿Qué has de contarme hoy?
¿Agoniza, tal vez, mi gemelo
Se desgrana quizás
Cual tierno choclo?


Wakca waqay

Wasiy p’istuq sumaq phuyu
ima wayran phukusunki
maytaq kunan kapunkicu
ñakariyniy llanthuykuqniy

C’inmi wasiy, c’inmi panpay
aqarapillan wayrawan pukllan
imatañan tariymanñacu
hanaq pacata t’ikraspaypas

Layu quca sani unu
taytallaytan muyp’uykunki,
qantapunin ñak’ashayki
yawar sut’ushaq sunquywan

K’iriymanta paqarispan
unuykita yawarcashan
Q’iruruma pukaquncu
Payaqcuma pukaquncu

Layu quca sani unu
waqayniywan yapaykukuq,
llakisqaymi phutiskaymi
pacaphuyuman tukuspa
wiñaywata p’anpasunki



¿Me olvidarías? 

Ese tu duro corazón 
Pedrusco remojado por mi llanto 
Tibio nido fue para mí 
En el frío, en el viento 

A la sombra de tus pestañas 
Dejé reposar mi vida, 
Y de tus labios tintos 
Sorbí la sangre nutricia 

¿Olvidarías a tu amor 
Al que mora en el limbo 
/de tus ojos, 
Segarías tu corazón 
Despedazando el mío? 

Traducción de Odi Gonzales


Qonqawankimanchu

Chay sunquykin, mat'i sunquykin
chay waqayniypa k'ayasqan rumin
q'uñi qisayman tukurqan
chiripaqpas wayrapaqpas

Qhichipraykiq llanthullanpin
kawsayniyta samachirqani,
puka ñukch'u simiykimantan
kawsay yawarta ch'unqarqani

Qunqawaqchu yanaykita
ñawiykiq yananpi kawsaqta,
ch'iqtawaqchu sunquykita
sunquyta t'aqarparispa





L a   d o l o r o s a   c o n t r a d i c c i ó n   d e   K i l k u   W a r a k ’ a 
e l   p o e t a   q u e c h u a   m á s   i m p o r t a n t e   d e l   s i g l o   X X
p o r   O d i   G o n z á l e s
   

 
Kilku Warak'a, seudónimo del poeta Andrés Alencastre; Cuzco 1909 - 1984.  en 1952, cuando se publicó su primer libro Taki Parwa / Canción en Flor, José María Arguedas consideró a Alencastre "el poeta quechua más grande del siglo XX", y añadió: "Este poemario puede ser considerado como la contribución más importante a la literatura quechua desde el siglo XVIII.  Es comparable con Ollantay en cuanto al dominio del autor sobre el idioma".

Odi Gonzáles, poeta y profesor universitario cuzqueño, ganador en 1993 del Premio Nacional de Poesía César Vallejo.

Este artículo fue publicado originalmente en la revista Mar con Soroche, en noviembre de 2006.


 
Feroz y ritualmente ejecutado por una turba de campesinos enardecidos — sus propios ahijados — el poeta (y hacendado) peruano Andrés Alencastre, que escribía con el seudónimo indio de Kilku Warak’a, llegó en cuanto al manejo del lenguaje quechua a un nivel más alto que el propio Arguedas, quien lo distinguió como el más grande poeta quechua del siglo XX.

Indios, mestizos y señores

Andrés Alencastre o Kilku Warak’a pertenece a ese impetuoso séquito de intelectuales cusqueños o cusqueñistas que, no obstante ser mayoritariamente blancos o mestizos, hacendados o señorones de antiguo linaje, promovieron — en la primera mitad del siglo XX — el movimiento indigenista que propugnó una revisión del problema del indio, reclamando sus derechos, ensalzando sus virtudes heredadas del inkario, cuando no magnificándolo en exaltadas composiciones literarias, pinturas y piezas musicales; una impostergable causa que si bien cundió, no siempre fue secundada por la consecuencia, pues lo que con vehemencia se afirmaba en el discurso no se aplicaba en la realidad, ni siquiera en el entorno de sus propios peones o servidumbre.

Desde luego que para quienes continuamos escribiendo en quechua, en aymara o en las lenguas amazónicas, o recreamos en castellano el subyugante universo andino, el mayor obstáculo es, sin duda, el lenguaje: cómo hacer verosímil — mediante la palabra — lo que de por sí es increíble en ese arcano territorio donde las fronteras entre vida/muerte, mundo natural/sobrenatural, no existen y es común, más bien, toparse en un cruce de caminos con un ángel andariego o recibir, tal vez, en una siembra de papas, la visita inesperada de un familiar muerto que viene — del más allá — a prevenirnos sobre el clima o porque simplemente tiene sed y desea un poco de chicha de maíz. No obstante ello, la poesía quechua contemporánea, la escrita por Alencastre por ejemplo, tiene autor y códigos propios y ya no más ese carácter colectivo, anónimo y oral de los inicios, cuando estaba conformada por oraciones e himnos que, de acuerdo a su naturaleza, eran wawakis (invocaciones para enterrar a un infante muerto), hayllis (poesía épica), harawis (poesía amorosa), qhaswas (cantos de regocijo), wankas, entre otros. Ni siquiera la luminosa personalidad de José María Arguedas confinó al limbo al poeta Alencastre, de quien dijo era el más grande poeta quechua del siglo XX.


Noticias del infante difunto

Nacido en 1909, en la hacienda familiar de Parq’o, a orillas de la relumbrante laguna Langui-Layo, provincia de Canas, Cusco, el pequeño Kilku — diminutivo quechua de Andrés —, luego de aprender las primeras letras en el centro estatal unidocente de la zona, se traslada a Cusco para cursar estudios, primero en el parroquial Salesianos y después en el Colegio Nacional de Ciencias, del que egresa en 1929. Años atrás, en el fragor de las rebeliones campesinas motivadas por el levantamiento del legendario caudillo mestizo Rumi Maqui, en Huancané, el adolescente Andrés pierde a su padre, que muere ritualmente ajusticiado por una turba de peones que, ante la confabulación de autoridades y patrones — para quitarles sus tierras —, decide hacerse justicia por sus propias manos. Este cruento suceso — ocurrido ante los ojos del púber Alencastre, en 1921 — desgarrará para siempre el espíritu del poeta, mas no servirá — según propia confesión — para urdir una venganza que, de todas maneras, se consumó con la feroz represión desatada tras la muerte de don Leopoldo.

Ávido y resuelto, el joven Alencastre ingresa — es 1940 — a la monástica facultad de Letras y Pedagogía de la Universidad Nacional de San Antonio Abad de Cusco donde, bajo el creciente influjo del pensamiento andino, empieza a componer fervientes waynos: Puna desolada, Maizalito quebradino, En la laguna de Layo, entre otros, que él mismo ejecuta diestramente acompañado de su diminuto chillador; pródigos años en los que además de esbozar sus primeros poemas recorre comunidades altoandinas representando — en plazas y escuelas — su primera obra de teatro, Pongo Killkito, sarcástica pieza costumbrista ensamblada con actores indios y mestizos que es recibida con festivo regocijo por los campesinos. Por esa misma época redacta diversos textos pedagógicos como "Lecciones de Quechua" que serían publicados en la Revista Universitaria. Egresa de los claustros universitarios graduándose como profesor (1945) con la tesis "La alfabetización en el Perú" y, al poco tiempo, enseña castellano y literatura en el colegio nacional Mateo Pumacahua de Sicuani, donde había trabajado hasta hacía poco el joven preceptor José María Arguedas. De allí pasa a la docencia universitaria para hacerse cargo de la cátedra de quechua, no sin antes haber ganado en Bolivia el primer premio de poesía quechua con su poema "Illimani". Años después, en 1950, aparece — recogida en libro — la totalidad de su obra dramática, bajo el formal título Dramas y comedias del Ande, volumen que contiene Los arrieros, Ch’allakuy, El ayllu de Qhapatinta, El pongo Killkito y Los cumpleaños de Catita, ilustrados con fotografias de algunas escenas representadas y partituras de las canciones. Andando el tiempo (1953) Ch’allakuy y El pongo Killkito escritos en qheswa — amalgama de quechua y español — serían traducidos al francés por el peruanista Georges Dumézil y publicada por la Sociedad Americanista de París.

Canción en flor

En 1952 sale a la luz Taki parwa, su primer libro, conformado por treinta poemas de rotundos tercetos, cuartetos, sextillas y décimas. El libro — cuyo singular diseño incluye una cinta delicadamente urdida por alguna tejedora de Chinchero — tiene notables poemas líricos y épicos en los que por un lado se hace una especie de prosopografía de algunas animales de la mitología andina, como el puma, y por el otro se ensalza la fastuosidad de las diversas deidades o apus de la madre naturaleza, pero también — y sobre todo — se honra sutilmente al amor. El puma, primer poema del libro y acaso el más conocido, inspirado en el felino que habita en los páramos y nevados del Vilcanota, revela desde ya la fuerza y riqueza de imágenes — común a todo el libro —. pero que por momentos decae cuando el poeta intenta ideologizar su transcurso.

"Este poemario puede ser considerado como la contribución más importante a la literatura quechua desde el siglo XVIII. Es comparable con el Ollantay en cuanto al dominio del autor sobre el idioma. Creíamos que tal dominio era ya inalcanzable para el hombre actual del habla quechua…Taki parwa es la expresión de un hombre nacido y formado en una aldea de la alta región andina, de un autor que después de haber sido compositor de waynos, tocador de charango y actor de comedias orales — por él mismo creadas — ingresa a la universidad e ilumina su exposición, enriquece sus medios de expresión con la sabiduría de la cultura occidental" sostuvo un entusiasmado Arguedas en un lúcido ensayo al que habría que agregar, tal vez, el particular manejo que el poeta hace del quechua, con únicamente tres vocales (a, i, u), así como su recurrencia y tenacidad para emplear la consonante c en lugar de la ch.
 
Una década prodigiosa

En lo 60’, el bachiller Andrés Alencastre Gutiérrez se gradúa de Doctor en Letras con la tesis "Fonética, semántica y sintaxis del quechua". Asimismo, publica Taki ruru, su segundo e intenso libro conformado por 32 poemas disímiles, precedidos por litografías y dibujos de Mariano Fuentes Lira, más un texto de presentación donde manifiesta: "este poemario quechua que lo he denominado Taki ruru es la continuación de Taki parwa en el que ofrecí a los hombres que sienten la emoción quechua, la flor del canto; en Taki ruru les ofrezco el fruto de esa canción".

Ocho años después, en 1972 y no obstante sus recargadas labores — que incluyen obligados viajes a su hacienda —, publica su tercer volumen de poemas, Yawar para/Lluvia de sangre, profético y desgarrador libro, una mazorca lírica del que se desgranan la muerte, el pesimismo y el fantasma del padre muerto que lo atormenta. Quizá por ello acepta viajar invitado a diversos encuentros de literatura étnica en Chile, Bolivia, Argentina y México. Son memorables sus participaciones como expositor en el Congreso Internacional de Lingüística realizado en Bucarest, en Quebec, o su comentada conferencia en quechua en la radio y TV de Moscú en 1968.
 
Atacan los indios

Retirado ya de la docencia, el sexagenario Dr. Alencastre se instala definitivamente con su familia en "El Descanso", desolado cruce de caminos que el irreductible amor del poeta por los indios le había impulsado hasta convertirlo en todo un pueblo con capilla y ferias sabatinas. En este páramo, cerca de la provincia de Yawri, habría de vivir intensos años, ejerciendo el poder y la impunidad — no ajena a su casta de patrón y cacique —, pero también, hay que subrayarlo, consagrado al ordenamiento y corrección de sus entrañables waynos y poemas, en una actitud dolorosamente contradictoria: dos lenguajes irreconciliables: el discurso y los hechos que, por cierto, jamás convergieron en su espíritu.

Lo imagino en noches de vela, asomándose a los bordes más espeluznantes; retornando a casa de madrugada (tal vez húmedo de sueño y de lujuria), mas, siempre, con el corazón desgarrado y los ojos empañados por hogueras que nunca veremos.

Así, la noche del 22 de agosto de 1984, en Pacobamba (alturas de Canas), seis décadas después de la escalofriante muerte de su padre, el poeta Kilku Warak’a muere igualmente ajusticiado por una turba de campesinos — sus peones —, que ante el inminente despojo de sus tierras por parte de éste y las autoridades cómplices, se organiza en rondas y, luego de sitiar la choza donde el poeta-hacendado se había parapetado escopeta en mano, proceden a incendiar su refugio y, muerto ya, le arrancan ritualmente la lengua y los ojos; le cercenan el miembro viril a su mentor y padre espiritual, el mismo que en su último libro había dicho: "El Ausanqati y el Salkantay son mis antenas receptivas. Yo escucho en sus cimas la queja de los hombres que sufren y que piden, pero esta petición, justa y tenaz, recibe en respuesta solamente lluvia de sangre y ríos de lágrimas".





 
 
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