domingo, 31 de agosto de 2014

LIYOU LIBSEKAL [13.118]


Liyou Libsekal

Nació en 1990 en Etiopía y creció viajando con su familia, pasando la mayor parte de su infancia en diferentes partes de África oriental. En 2012, obtuvo una licenciatura en Antropología de la  Universidad George (Washington). Después, tras un breve período de tiempo en Vietnam, Liyou regresó a Etiopía. Desde enero de 2013 escribe sobre  cultura y sobre el entorno cambiante de su país en los últimos años para “Ethiopian Business Review” [*].

Su poesía gira en torno a las influencias de la tradición, la modernización y la globalización en el rápido desarrollo de Etiopía.

El poema, por el cual ha ganado el Premio Brunel, es “Riding Chinese Machines“, y su inspiración le surgió de la observación del crecimiento de Addis Abeba: el poema es el resultado de vivir en una ciudad que está en medio de un auge económico y una inmensa transformación. La construcción, el asfalto y las máquinas aparecen por todas partes y el boom económico, el cambio enorme y el auge de la ciudad forman parte del día a día etíope.

Lo que viene a continuación es mi interpretación del poema. El título se refiere a las “chinese machines” (las bestias de la modernidad y el mundo construido; unas motocicletas, o una oportuna mención muy significativa a China, en todo caso hace referencia a la máquina). Junto al feroz avance de la maquinaria de construcción y derribo, en el poema aparecen los leones, que el antaño emperador Haile Selassie poseyó, y que fueron símbolo en otros tiempos del imperio etíope; una manera de reflejar su fuerza y su poder (las bestias de la tradición y el mundo natural). Addis Abeba se ha convertido en un tumulto de carreteras a medio asfaltar, de obras en todos los sitios, envueltas en los ruidos de la maquinaria extranjera. Libsekal añade que es prácticamente imposible no participar de este progreso, al tiempo que se cuestiona. Todo un repaso al momento actual etíope (y africano).





Riding Chinese Machines 

There are beasts in this city
they creak and they crank
and groan from first dawn
when their African-tongued masters wake
to guide them lax and human-handed
through the late rush
when they‘re handled down and un-animated
still as we sleep, towering or bowing
always heavy

we pour cement through the cities
towns, through the wild
onwards, outwards
like fingers of eager hands
stretched across the earth
dug in

the lions investigate
and buried marvel rumbles
squeezed for progress


http://literafrica.wordpress.com/2014/05/17/liyou-libsekal-poemas-desde-etiopia/






MIGUEL ÁNGEL HERNÁNDEZ ZAMBRANO [13.117]


Miguel Ángel Hernández Zambrano

(MARACAIBO, VENEZUELA. 1983).
Poeta, dramaturgo, ensayista e investigador. Licenciado en Letras. Desde el año 2007, forma parte como miembro fundador del grupo literario Per Verso, al lado de los jóvenes poetas Luís Ángel Barreto, Adriana Prieto y María Elisa Vera. Obtuvo el XIX Premio Nacional de Poesía Fernando Paz Castillo, el I Concurso Nacional de Poesía Delia Rengifo, organizado por la Editorial del Sur y en septiembre de 2013, ganó el Concurso Nacional de Poesía en su cuarta edición, que entrega la Casa Nacional de las Letras “Andrés Bello”, con el poemario ¡Oh, Lorem Ipsum! Ha publicado: Antología del descapotable (poesías, 2006), en coautoría con Eduardo A. Pepper y utilizando el seudónimo Pinipón. Además tiene inédito dos libros de poesías. Obtuvo una Mención Especial en el I Concurso Nacional de Poesía Delia Rengifo (2011), con el poemario Un decir errado e incluido en Antología Poética (2013), publicada en Caracas por SUReditores.

Obra poética: Antología del descapotable (2006); ¡Oh, lorem Ipsom! (2013); Un decir errado (2013).




Selección de poemas


*


Algún día sabremos su nombre
pero hoy no
hoy se trata de instalar un insulto
en lugar de un semáforo roto.


*


Antes decíamos que nos gustabas
solo antes
ahora hemos crecido
visto algo de tus úlceras soleadas
y nos tapamos la boca.



*


Tus hijos explotan en el sol, en aceite caliente. Y no nos dimos cuenta. Miami es una
mariposa que revolotea en las cabezas.



*


¿Maracaibo?
No, no conozco esa ciudad.



*


Es un sol que odia
de cuervos que danzan alegres en el cielo.
Baralt no sabía nada.



*


INVENTARIO BREVÍSIMO DEL VERBO YA NO
Puerto, lago, puente, relámpago…
Maracaibo es una quimera
¡qué atrocidad!



*


—Estas calles…
—Perdón, ¿dijo calles?



*


¡Oh, pozo cristalino!
¡baba de lagarto!
¡dragón de Komodo!



*


Idiosincrasia

Somos así porque somos así porque somos así porque somos así porque somos así porque somos así porque somos así porque somos así porque somos así porque somos así porque somos así porque somos así… [bis]



*


Maracaibo se enciende de alegría

Con el encendido de las luces de la avenida Bella Vista se marcó el inicio de la celebración de la época más esperada del año.

[…]

El interruptor que dio inicio al encendido de luces de la avenida Bella Vista fue presionado por la máxima autoridad municipal en la región, ET en compañía del Gobernador del estado Zulia PP.

“Hoy se enciende la gaita, la emoción, y la fe pero sobre todo hoy salimos a recorrer esta hermosa Bella Vista que les ha querido brindar la gobernación y la alcaldía” 

La Verdad, 4-XI-2011



*


§

—¿Y ahora cómo hacemos?

—Es que por aquí no se puede pasar; están poniendo las luces.

—Nada, nos toca regresarnos, cruzar allá, bajar hasta la otra cuadra y ver si por el semáforo —si sirve— está abierto.

—Sí, si no, te dejamos por acá y a echar pierna…

[Risas]



*


¿Qué voz?, ¿cuál estilo? El poema, acaso por mímesis, tenía huecos y una alcantarilla destapada que exhalaba olores que alcanzaban incluso la primera página. Entonces hubo que rasparlo y echarle una mezcla negra para allanar la lectura. Sin embargo, con tales trabajos se fueron las voces que lo habitaban, no así las máquinas, aparentemente varadas en las curvas de una ese.



*


Clic
la avenida es brillante
esplendente
todas las calles cercanas la envidian
clic: la telaraña
los perros de Pávlov
—Vamos, ya viene la comida.



*


Utopía

Latitud: 10º 34’ 0” N
Longitud: 71º 44’ 0” O
Gloria a ti, casta señora,
de mi pueblo bravo y fuerte,
que en la vida y en la muerte
ama y lucha, canta y ora.

Gloria a ti, casta señora,
de mi pueblo bravo y fuerte,




DIEGO MORA [13.116]


Diego Mora 

(Vásquez de Coronado - Costa Rica, 1983) es poeta y narrador. 
Egresado de psicología de la Universidad de Costa Rica (UCR), con una maestría en literatura latinoamericana de la Universidad Estatal de Nuevo México, Estados Unidos, donde ha sido profesor de español y editor de la revista Arenas Blancas. Miembro fundador del Grupo/Taller Literario Libertad Bajo Palabra. Columnista del periódico El Coronadeño. Editor de la Cartonera Tuanis. Finalista del Premio Joven La Garúa (Barcelona, 2007). Su obra ha sido incluida en diversas antologías y revistas electrónicas costarricenses e internacionales. Ha publicado Mono a cuadros (Cuadernillo de poesía, Arboleda, 2006); Tótem Suburbano (Poesía, Andrómeda, 2006) y Estación tropical (Catafixia Editorial, 2010).




NO TODAS LAS CASAS TIENEN UNO COMO YO

Basta de ser lobo macho alfa el perseguidor ser prehistórico abandonado en Chepe Ni madre ni mujer Auténtico y autónomo Que baste conmigo Que llegue y no haya nadie suplantándome




[NOTICIA CENSURADA EN THE TIMES]

El príncipe Harry a sus veintitrés años ya lo había probado casi todo Cansado de los escándalos en centros nocturnos londinenses se le ocurrió otro capricho: matar cruel e impunemente y su abuela siempre complaciente dijo "a Irak" Así la casa real tuvo unos meses de paz mediática y Harry se ganó definitivamente el corazón del feudo al demostrar su patriotismo En Basora una niña aún recuerda al principito rodeado de guardaespaldas disparando como en un videojuego sin percatarse de la sangre persa en sus BatesDesert Boots




CONFESIONES DE UN ADICTO

A Ilama & Ramírez

La poesía es la madre de las drogas Sin ella no habría vicios ni abusos Los alcohólicos no verían elefantes rosados ni flores los jipis En la calle los piedreros no mendigarían y los cocainómanos se acostarían temprano Por eso la poesía sobrevive clandestina por vía intravenosa esnifada ingerida o aspirada Pero los hay que la consumen en su estado puro y pronto se vuelven adictos de la peor calaña Seres despreciables en la esquina contemplando un semáforo en rojo un perro con pulgas o simplemente los adoquines hexagonales del boulevar Es deprimente verlos en las bancas o buses leyendo No tarda mucho en aparecer el síndrome de abstinencia cuando los deberes los alejan por un instante del vicio Entonces mandan el sistema a la mierda y mazcan versos en la oficina para soportar el ruido de las impresoras y fotocopiadoras

Los adictos a la poesía —mal llamados poetas— se reúnen ocasionalmente a consumir sus palabras Se creen los seres más dichosos sobre el planeta cuando deducen que las musas o un enjambre de voces ha bajado o subido (dependiendo de la posición orbital) a revelar profesías y cánticos épicos Más de uno cae en cama ante la severidad de su intoxicación Otros pierden sus empleos y amigos con tanto exceso Quien entra al mundillo poético difícilmente saldrá a menos que choque en moto o reciba el Premio Nacional de Poesía en más de cuatro ocasiones Al final el poeta -para seguir utilizando el eufemismo- sobrevive con sorbos de lluvia cayendo de su cabello Con migas de pan encontradas en el camino y ratas de Hamelín en invierno

Es en noches ventosas que el adicto sufre terribles convulsiones accesos de ira y lucidez que expulsa por vía renal u oral Una materia viscosa se adhiere a las paredes sobre todo al papel Entonces ocurre lo más asqueroso Se tragan su propio vómito o materia fecal y caen de nuevo extasiados por el efecto de sus propias palabras

No vale la pena exaltar esta vida Podrían terminar como pequeños dioses huérfanos en una calle sin salida con fondo de reguetón mientras esperan estúpidamente el próximo Bigbang




BONUS TRACK

Déjenmelo a mí— dice una pero no Tampoco es ella No está marcado mi nombre en su espalda como dijo Gonzalo Rojas No cruza alambradas ni avenidas No es la mesera del Park Avenue —aunque no estaría mal que fuera ella— ni la vecina por suerte Mi mejor amante para no cansarlos con el cuento ni con otro ramillete de mujeres y para desilusión de todas las desilusionadas soy yo que me soy fiel y me doy de comer y me visto Yo que no cambio de cuerpo ni dono sangre y mucho menos mi riñón Yo que espero el tren conmigo y juntos vemos la ventana repleta de paisajes justo antes de besarnos




Cupón de descuento

Entré y de inmediato me di cuenta: ahí estaba yo Y eso no pasa casi nunca Menos en una cadena de supermercados al Sur de los Estados Unidos Me quedé mirando la nada de las cajas registradoras con filas de carritos repletos de todo y yo ahí detenido en el tiempo sin saber por qué me estaba encontrando así en una civilización no muy encontrada que digamos No sé qué iba a comprar pero me llevé a mí mismo y no me costó ni un centavo



A la piedra azul de Paul Auster

Es uno de éstos Pero no sé cuál Ni siquiera conozco el programa Pero sé que es uno de estos códigos De eso no cabe duda En principio servían para instalar un antivirus pero yo estoy absolutamente convencido que hay uno que suena a jazz Suena a Lena Horne cantando Singing in the rain al final de Lulu on the bridge No me pregunten cómo puedo estar tan seguro Un siete Un cero Un guión Una té Una hache Una equis Una eme Una uve Un uno Otro guión Una pe Una jota o una ye Luego una cé Un dos una be un nueve una jota un uno Luego puede ser un cuatro una pe una a o una hache Lo más lamentable es que tal vez el programa que busco no requiera código de acceso Tal vez alguien más lo esté utilizando en este momento Tal vez sea freeware y yo ni lo conozca Talvez.exe se llame el programa Tal vez no se haya diseñado y alguien lea algún día estas palabras y lo diseñe y coloque cualquiera de las opciones como clave de acceso y me regale una copia del programa y yo lo instale emotivo pero demasiado tarde para mi satisfacción orgánica A lo mejor no se trate de un programa y este asunto de los códigos no sea más que un pretexto para llenar de ceros y unos mi alargada espera de su nombre con ceros y unos sonriendo al mejor estilo de Mira Sorvino en una azotea neoyorkina con ese cabello tan sexy al lado de Harvey Keitel repleto de ceros y unos y códigos lamentablemente equivocados



Causas y defectos VI


I

Escena rechazada en Forrest Gump

A cien millas del pelotón soy un soldado que ve la guerra bajo los efectos del LSD Alucino turbas juveniles Sé que perderemos Antes que me traspasen las balas me adelanto a los hechos y sonrío Media vida menos de absurdos sueños americanos



II

Noticia censurada en The Times

Soy el príncipe Harry a los veintitrés años cansado de los escándalos en centros nocturnos londinenses Habiéndolo probado casi todo se me ocurrió otro capricho: matar cruel e impunemente y la abuela siempre complaciente dijo “a Irak” Así la casa real tuvo unos meses de paz mediática y yo me gané el corazón del feudo al demostrar mi patriotismo En Basora una niña aún me recuerda como el principito rodeado de guardaespaldas disparando como en un videojuego sin percatarme de la sangre persa en mis Bates Desert Boots



III

Historia prohibida en la campaña presidencial republicana

Veo la guerra bajo los efectos de la tv No sé si perderemos pero estoy triste desde que nací Entonces como si intuyera la estrategia del gobierno armamentista aprieto el gatillo en mi colegio Muchas vidas menos de absurdos sueños satelitales





Beaumont, Texas

Casas destartaladas Barrios enteros destartalados El pueblo completo destartalado como si America acabara de recibir deliciosos cocteles de plutonio catorce o una sabrosa invasión bacteriológica Estos autos oxidados a la orilla de la carretera son lo único que queda de una guerra perdida con rendición anónima




PEDRO ENRIQUE RODRÍGUEZ [13.115]



Pedro Enrique Rodríguez 

(Maracay, Venezuela 1974) es psicólogo, profesor de la Universidad Católica Andrés Bello, es autor de los libros Oficio de lectores – Textos de detectivismo literario (2008) y El silencioso vuelo de los peces (2009). Fue ganador del Concurso de Poesía José Barroeta 2012, convocado por la IX Bienal de Literatura Mariano Picón-Salas, con el poemario La fugaz caligrafía del resplandor.


Pedro Enrique Rodríguez ganó el II Premio Equinoccio de Poesía Eugenio Montejo, 2014
Antiguas Postales del fin del Mundo: 



1.

En los años noventa,
poco antes de que se acabase el mundo,
las páginas culturales de los periódicos
(las mismas mariposas sucias de Tranströmer)
nos daban los partes del Apocalipsis.
El hombre, nos decían, había muerto.
También estaba muerta la historia,
el futuro, los conceptos.
Los lentos suplementos culturales
hacían las veces de páginas de sucesos.
Yo las imaginaba escritas por un comisario Treviranus,
triste y somnoliento,
quien redactase sus noticias en mangas de camisa
mientras un viejo tocadiscos RCA Victor
dejaba sonar un suspiro de Debussy
y un lejano estuario brillaba como arena del desierto.

Eran los tiempos de la historia policial
ilustrada con los cuadros de De Chirico.
De toda la taimada genealogía de los disparos de nieve.
Estábamos suspendidos en el centro de la nada.
Imitábamos a una ráfaga de lluvia
que se estrella contra la superficie del parabrisas
en una carretera sola del Canadá.
El final era eso. Esa quietud.
Esa desoladora trivialidad.

Me pasaba casi todo el día en una universidad,
en su biblioteca, en sus salones espaciosos y fríos,
en los cubículos de sus salas de estudio,
o tumbado en la grama bajo las ceibas
mirando el paso de las nubes.
Leía, leí, todos los libros que me fueron posibles.
En el fondo, buscaba a Mesopotamia.
La imagen de una ciudad que descubrí,
aun sin saberlo, muchos años antes
cuando era todavía un niño
en el último filón de una ciudad
incendiada por el color rojo de la tarde,
por una melancolía que solo era mía;
un mundo donde habitaba una madre triste y sola,
un padre que fumaba un cigarrillo tras otro
mirando caer la tarde,
intentando comprender la magnitud de su derrota.

Yo leía a Lyotard. Leía a Vattimo.
No les creía ni una palabra.
Fumaba mucho también.
Ignoraba que, a su manera, quería inventarme
algún gesto que pudiese diferenciarme de mi padre.

A veces, solo a veces,
intentaba hacer círculos de humo.
Un fantasma que se dibuja en una falsa bruma.
Así me sentía.
Buscaba fuerza para aprender alemán,
pero no la encontraba por ninguna parte.
Si el hombre estaba muerto,
pensaba entonces,
en verdad se le veía igual que siempre.


2.

Durante años visité una costa amplia y feraz.
Una bahía rumorosa.
A veces, en las tardes
la radio del corredor sintonizaba los ecos
de alguna emisora de las Antillas.
Curaçao, Aruba, quizá Bonaire.
Patois, holandés, variantes de un inglés nasal en amplitud modulada.
Me habían dicho que las ondas se atrapaban mejor en las noches.
A veces captaba las canciones de las novelas de la época.
Cantantes italianas que cantaban al amor y a la nada
sabiendo que ya lo habían perdido todo,
que estaban condenadas a envejecer solas y en silencio
tomando Campari y escuchando las canciones de Edith Piaf.
Una voz espectral leía poemas de Andrés Eloy Blanco
y, al otro lado del transistor,
yo le imaginaba con patillas como chuletas
vestido con un flux color crema y zapatos de patente.

Todo era, al anochecer, un playón inmenso y plano
repleto de casas con bombillas de un amarillo melancólico,
aguas empozadas donde los ranuecos
se ahogaban sin prisa dentro de la luna.
Corredores tristes y solos, aromatizados por discos de repelentes
que se quemaban en la oscuridad como cigarrillos asmáticos.
Todas las casas escondían lo mismo:
Balsas desinfladas, máscaras de buceo, bombas de aire.
Casas solas y distraídas en las que era preciso asolar la hierba
una y otra vez, con la obstinación de la Conquista.
Casas repletas de corredores, alcayatas, cocinas de juguetes.
En las noches, pequeñas parrilleras
con la forma de un Steel Ban
se encendían para asar trozos de carnes rojas y estriadas,
chorizos, vísceras que iluminaban los rostros
de los niños curiosos
como en un remoto cuadro del Greco.

La casa de mis tíos olía a la madera de los muebles.
Al lento reposo de las camas semiortopédicas.
Alirio, Aura, mamá, todavía eran jóvenes
y conversaban hasta tarde en los muebles de mimbre
bebiendo Gin Tonic,
escuchando las canciones de Air Supply,
mientras los limones amarillos descartados
daban la impresión de malogradas pelotas de tenis.

Yo me acostaba a dormir en una habitación con tela metálica.
A lo lejos, el mar hacía un sonido lento y fuerte,
como si estuviese intentando trepar sobre el mundo,
arrasar las radiografías de las palmeras.
A lo mejor lo hacía y, en las noches,
mi sueño estaba influido por sus profundidades,
por abismos azules en los que, sin saberlo,
me esperaba una hilera de recuerdos.
Una caligrafía que flotaba lenta y suave
junto al movimiento sincopado de las algas.
Una estampida de objetos difusos,
perdidos entre la bruma del agua salada
y que, sin saber,
tiempo después anotaría
en una libreta que flotaba junto a mí
y que cada día, como en un generoso acto de magia,
también amanecía seca.


5

A veces nos llegan noticias de otros sobrevivientes,
hombres consumidos por los padecimientos del cuerpo,
mujeres demacradas, con la piel escaldada por el frío de Vancouver.
Licenciadas lentas y memoriosas,
graduadas en profesiones inútiles que jamás ejercieron,
sumergidas en un tedioso arrabal de la ciudad de Perth,
donde preparan tortas en cocinas amplias y limpias
viendo crecer a sus hijos en el jardín mientras suspiran, aliviadas,
creyendo ingenuamente que en realidad escaparon de algo que llevan dentro.
Llegan cartas de los viejos amigos divorciados
que comienzan a rehacer sus vidas entre papeles notariados,
inventarios de cosas gastadas. Grecas. Un sofá cama.
Un florero en el que pende una flor absoluta.
La sala de un apartamento donde habita un fantasma con corbata,
adicto al vodka, derrumbado sobre su propia sombra
(La incómoda herencia de un bisabuelo persistente)
Mujeres todavía jóvenes que miran pasar la noche del viernes
junto a dos niños silenciosos y tristes,
atrapadas en la habitación de una ciudad que no conocen,
iluminados por el reflejo de un programa de concursos
y un pote de helado de dos litros.
Antiguas jóvenes rebeldes que ahora abrazan, con fervor,
a las imágenes de estampas milagrosas que brillan en la oscuridad;
remotas muchachas que ya no sueñan con nada,
convertidas en señoras prudentes que se aburren
y que, al entrar al baño, después de ver dormir a sus hijos,
de pronto notan que desde lejos, más allá del vapor de la ducha,
el espejo les muestra, por un instante,

el celaje del rostro desolado de sus propias madres.


8.

Durante semanas husmeé entre los estantes.
Tenía quince años, era tímido, estaba asustado,
pero sabía el valor de una edición anotada.
Un fantasma recorría Europa.
Contaba con una alianza de enemigos.
Me había tomado el trabajo de copiar sus nombres:
El papa, el Zar, Metternich, Guizot,
los radicales franceses, también los alemanes.

Yo era ingenuo y soñador
como un personaje dentro de un poema de Gerbasi,
y estaba asustado y lleno de dudas.
Pero también estaba decidido:
Debía tener ese libro.
¿Lo vendían a menores de edad?
Podía tener restricciones. Una forma de pornografía de la mente.
Hice la prueba. Pregunté alguna trivialidad al librero:
Un troskista lento y taciturno,
con efectos extrapiramidales
(efectos secundarios de la medicación antipsicótica).
No dijo que sí. No dijo que no.
Sólo me dijo que debía leer a Hegel.
No quedaba claro si era un requisito.

Tuve la duda por dos, quizá tres semanas.
En ese tiempo miré caer la tarde.
Caminé por calles donde Neruda había hecho estragos
y la gente recogía las orejas de las monjas
como trozos de duraznos confitados para la suerte.
Era joven, era tímido.
Algo quemaba dentro de mí. Era la vida.
Una tarde me decidí y entré a esa librería espectral,
a ese recóndito pasadizo al siglo XIX.
Durante un rato releí, de pie, los regalos perfectos de O’Henry
en una edición de relatos sentimentales
hasta que me creí dueño de mi propia fuerza.
(Casi me traiciono y compro, a último minuto,
una novelita de Jack London
por el sólo deseo de evitar inconvenientes).

Salí con el libro en una bolsa de papel.
Me pareció que estaba usada.
Mejor así. Asunto de tabernas,
pornografía en lengua romance. Cosas prohibidas.
De una forma supersticiosa y mezquina
me sentía un poco más hombre.
De una manera vaga y turbadora,
me parecía que entraba dentro de algo parecido a la historia.
Afuera de la librería, la ciudad crujía, traqueteaba,
se desgastaba inútilmente en una sinfonía inconclusa.
Los autobuses pasaban y tenían la misma lentitud
de un trolebús.
La ciudad era vasta y plana, y comenzaba a incendiarse
por el cielo dramático de ese miércoles 8 de noviembre.
Tenía un león dormido. Una bestia viva.
Era ignorante, pero creía en las palabras,
creía en esa luz diáfana de finales del año,
cuando las cosas tienen ese gesto angulado,
esa ingenua cualidad de levedad, de brillo.

La foto de Ceauşescu y su esposa apareció
en la primera página de los periódicos esa navidad.
Dos campesinos lentos y taimados,
arrasados por el brazo lento y seco de la metralla.
Un decrépito señor Claus a quien,
por lo visto, no terminaron por salirle muy bien las cosas.
Todo el periódico del día estaba dedicado a ese fracaso.
A eso, y a las imágenes edulcoradas
de la navidad en la puerta de Brandenburgo.
Lo leería en la mesa de madera
de la casa de la playa de mis tíos.
Varsovia, Ucrania, Bielorrusia
serían lugares de ciencia ficción.
Entraba un crudo invierno en Europa del Este,
pero a mí me iluminaba un sol blando y redondo.
Yo cerraba los ojos.
No entendía casi nada.
Pero igual hacía esfuerzos por imaginar la nieve.



11.

No hablas de ti, no se trata de ti. No se trata de esas tardes falaces que ya no existen y en las que estuviste atrapado sin saberlo. No se trata de tu historia privada. De una historia que, después de todo, no le interesa a nadie, a veces ni siquiera a ti mismo. Como en los sueños, donde están cifrados tus secretos, tus enigmas, tus vanas frustraciones, todo lo que escribes sobre el papel es apenas una forma distorsionada de fraguar un universo cerrado, un torpe círculo de cristal dentro del que cae eternamente la nieve, una dulce y conmovedora manera de ensayar un poder que no tienes y que jamás tendrás.



24.

Me gustan las venganzas que de tanto en tanto
escriben las muchachas solitarias,
esas furiosas leonas dormidas,
poetisas a las que casi nadie desea.
A las que nadie interesa publicar. A las que muy pocos leen.
Improbables invitadas a los coloquios de lujo.
Eterno público de los mediocres recitales de las plazas.
Sus venganzas son honestas:
profetas de un mundo nunca conquistado.
Mariposas fallidas,
a quienes todos han dicho con desdén que son bellas por dentro.
Artistas de la introspección
que cultivan y odian, precisamente,
ese trozo de hielo que les habita
y que conocen al dedillo,
donde solo encuentran
sustancias gelatinosas, parajes de gases cósmicos,
fotos desgastadas que conservan un grito.

Les define el temor y la tentación de la vida y de la muerte.
A veces tienen cosas importantes que decir al respecto,
pese al desdén del auditorio,
pese al fatídico ámbito de autoayuda
que intentan ofrecerle los talleres de escritura
que nunca necesitaron pero a los que,
por un furioso y tímido anhelo de compañía,
siempre pertenecen.

Son lo que son, y bien nos valdría saberlo.
Profetas que nunca lograrán dar con el número de la lotería.
Adivinadoras que chocan, en las noches,
con las puertas abiertas de los anaqueles de la cocina.
Copistas de verdades profundas que queremos ignorar
y que ellas se toman el trabajo de apuntar en sus cuadernos
pese a que la fama y el éxito corresponda, siempre,
a otras muchachas mucho más bonitas.

Todo les ocurre. Todo les daña.
Episodios psicóticos, psoriasis,
obesidad mórbida,
patologías de un triste y vago exotismo.
El recuerdo amargo y sólido
de una mañana de febrero sometidas
a la lenta tortura de una curva de la glucosa.
Malos resultados.
Un médico de pelo blanco que mueve la cabeza
y después les olvida para siempre.

Conocí a una muchacha psicótica que escribía poemas.
Leí algunos.
Cosas hermosas.
Estaba brava, estaba aturdida, estaba asustada.
Contaba sus historias con el shampoo que debía guardar
junto a su cama,
durante los meses de hospitalización.
Las hojas que caían de los árboles en el mes de mayo.
Las noches lentas y repetitivas donde la luna,
una luna que era también una oreja,
escuchaba los pensamientos eróticos
que ella apuntaba secretamente, escondida bajo las sábanas,
desnuda y fría y pálida.
Urdiendo un puñal para matar la noche.