domingo, 4 de septiembre de 2011

4588.- RAFAEL VALERA BENÍTEZ


RAFAEL VALERA BENÍTEZ
Nació en Santo Domingo (República Dominicana), el 6 de agosto de 1928. Se dio a conocer en 1948, en la Página Literaria de El Caribe. Publica luego en Cuadernos Dominicanos de Cultura, y en otras revistas nacionales. En 1957, junto con Máximo Avilés Blonda, Lupo Hernández Rueda y Abelardo Vicioso, funda la colección «El Silbo Vulnerado», con un libro colectivo de sonetos denominado Trío. Valera Benítez es, además, quien redacta los pronunciamientos del grupo que constan en las solapas de «El Silbo Vulnerado», donde leemos lo siguiente: «El auténtico rol del hombre intelectual y artista se compadece sólo con una actividad creadora orientada en función de su tiempo y de su medio». Pero es en el Prólogo de La Lumbre Sacudida de Abelardo Vicioso donde Valera Benítez toma en sus manos la representación ideológica de un grupo que al rebasar a los directores de la Colección misma, abarca a una parte de los poetas que se inician alrededor del 1948, denominado por Máximo Avilés Blonda «Generación del 48», por Víctor Villegas «Generación Integradora», y por el propio Valera, «Generación de Post-Guerra». El manojo de sonetos que Valera publica en Trío con el título de «La luz descalza», constituye su primera publicación en forma de libro. Sobre estos sonetos, el crítico Contín Aybar dice: «La tónica de la poesía de Rafael Valera Benítez es la luz, el deslumbramiento. En la reiteración de imágenes, en el continuado uso de palabras específicamente denunciadoras de luz, en la ambientación evocadora de claridades, va manifestándose su amor por la pureza, por el nacer, como si quisiese disponer su espíritu al instante de la creaci6n en una eterna fluencia de aurora». A este libro se suman años más tarde, Los centros peculiares y La luz descalza y Elegías. En estas obras canta con pasi6n jubilosa al amor, y con acento dramático a la patria pobre y oprimida, haciendo uso de un lenguaje orquestal, simb6lico, generalmente onírico y oscuro. A pesar de esto último, su poesía adquiere zonas de gran luminosidad y colorido. Sus influencias más inmediatas parten de Pablo Neruda (ya asimilado desde el extranjero sin las trabas que imponía la censura trujillista), de Octavio Paz y de Rosamel del Valle. Valera Benítez es abogado. A la calda del régimen de Trujillo ocup6 el cargo de Fiscal Nacional. Más tarde pas6 al Servicio Diplomático, habiendo desempeñado funciones en México, Argentina, Uruguay y Venezuela, donde se desempeñó, además, como periodista.
Falleció en Santo Domingo el 13 de mayo del 2001.


OBRAS PUBLICADAS:
Trío (Colección El Silbo Vulnerado, 1957), Los centros peculiares (Buenos Aires, 1964), La luz descalza y Elegías (Montevideo, 1966), Canciones australes (Santo Domingo, 1979), El desamparado y la provincia (Santo Domingo, 1994).








BALADA PARA LA PATRIA INOCENTE

A Aída Cartagena Portalatín

Delante de la noche no marcha sino tu
rostro, tu sangre de relámpago y musgo como
imborrable música, país mío desnudo, destrozado,
solo, tan solo que no es posible, sino de noche,
encontrar la mano baldía de la novia, la puerta
destruida, el comedor del huérfano que ya no
espera al hombre a quien le dijo: «padre»
con el último beso bajo la mañana.
Esta es la soledad, el centro de mi
patria donde conozco y vivo la tristeza. Llevo
el viento, los árboles, el olor de las casas
de mi país implantado en mi pecho. Conservo
su mejilla oscura en la parte intransferible
del alma, en el rincón avariento del llanto
como una roja espuela que me arara desnuda,
palmo a palmo, la vida. Conozco el sitio
del desamparado cuerpo que rodó aniquilado,
viva espuma del sueño, al seno del terrón,
al vientre de la noche que peina cabelleras
verdes cuando extravía los pasos del jinete.
Nadie hable del mar junto a su boca
inmolada, aplastada por los asesinos, por el
villano inteligente que le pudre la entraña.
Dejen su cuerpo, su voz en paz porque la risa,
la luz, el ruiseñor están bajo la tierra, bajo
el mar, en las cárceles de la pureza viril,
en países lejanos como pañuelos donde el
hombre exiliado mira apagarse su pecho
cuando recuerda, día a día, el maternal
aroma de la isla apagada.
Nadie toque su puerta si no tiene
las manos en alto todavía, el pecho levantado
a la altura del fuego. Veo los asesinos;
el despreciable académico, el que ha manchado
tus días y su propia renegada sangre a través
de los diarios. Los miro, patria mía, acecharte
la espuma, la casa, como hediondas perras
aguardando el desvío de las horas, el cambio
vergonzoso para volver a ensuciarte la mirada,
el corazón humilde, la fragancia que une
con amor tu boca al universo.
Aquí corrió el honor como un caballo
rojo, el sudor de la decencia viril, la sangre
del digno, irreductible. Quién, quién es el miserable,
el degradado que aún permanece, que arroja su propio
lodo en derredor para negar tu voz limpia, valiente?
Aquí hay y hubo gigantes que no caben dentro de
sus tumbas, de la podrida cárcel donde flamea el
decoro sin cesar. Un día, madre, te limpiaremos
para siempre, te cuidaremos con mano inolvidable
las entrañas. Te arrancaremos el mal olor, las
hienas bípedas que todavía enturbian tu
hermosura. Aguarda, madre, aguarda para entonces...
Patria mía en la sed, soy sólo un hijo
tuyo golpeado. No deseo ser nada sino una parte
blanda, pequeña de tu pobre pan. Sólo querría
ser la hierba tocada por tu mano dulce. Yo no
deseo nada sino mirarte, vivir en los escombros
de tu pelo. Sólo quiero tocarte la soledad
en medio de la noche, cerrar la puerta
por donde entra sin pausa tu martirio.
Cae la noche, mi patria, y no llega
sino la rosa del enfermo, la tristeza del
pobre hombre vencido, atormentado. El delirio
de la apagada viuda, los sollozos del huérfano.
Estas son las únicas ventanas de tu alma. El
purísimo rincón que arde en el martirio.
Esta es tu limpia mano, tu verde voz valiente,
patria mía. Somos nosotros. Seremos sólo pedazos
del nombre que alzas en medio del marítimo sueño:
los que te aman la oscura puerta, el corredor
misterioso, el muro de las llagas: estamos
patria, despiertos guardándote la voluntad,
la arena, el polen, el aroma con que levantarás
la solitaria casa, la luz viva del tiempo de mañana.







EL HIJO DEL AMOR

Impávido, el deseo me desnuda,
me da su plenitud, me torna huraño,
tan gozoso de siempre como antaño
el mar en su belleza testaruda.
Yo sigo su esplendor: me da su ayuda
con terrestre dulzura de rebaño,
de modo tan radiante, tan extraño
que el área del amor deviene ruda.
Soy todo de pasión en la medida
del tiempo enamorado, sin salida
entre el alba y la noche suspirando.
Entonces doy por puro lo que tengo,
y hallo, sin saber de dónde vengo,
todo mi cuerpo en el amor temblando.







Soneto para un amor más grande

Es para ti la luz, la luz nacida
en la tierra más pura y permanente,
alta niña de lluvia, dulcemente
desde un tiempo de trigo descendida.

Viene el sueño a nacer, viene otra vida
por ti, por la paloma de tu frente,
es un rumor el mundo y de repente
nace vasto el milagro, sin medida.

Dueña del tiempo solitario, dueña
de una ciudad delgada en la que sueña
por tu mano movido el firmamento.

Es el amor ahora y sobre el mundo
eres llovizna, luz, amor rotundo
y estrella, sobre todo, de alto viento.







La luz descalza

Ni una palabra más. Sólo la lumbre
atar podrá su mano y su misiva
a la sangre del hombre, a la deriva
por su sueño, su casa y su costumbre.

Libre, sin dolo o miedo o servidumbre,
ella, la luz descalza y pensativa,
por siempre impartirá su decisiva
orden de amor al ser en su quejumbre.

Deja pues, en nosotros tu suceso.
Danos el pan de cada día y danos
la delicada angustia, el alba, el peso

del arpa que te nutre: urde en las manos
tu aldea de oro siempre. Oh luz, venero
y pulpa, oh madre, o patria del lucero.









Único abril

Todo lleva tu nombre inalterable,
toda la luz es trigo prisionero,
la flor, el tenue soplo, el año entero
en tu pueblo nocturno, indescifrable.

Entra toda la luz. Alto, inmutable,
el sueño en tu desnudo brilla. Empero,
emerge y vive el rostro verdadero
del amor en tu espejo insobornable.

Gobiernas desde abril con tu memoria
el tiempo de la tierra toda abierta
como nunca la flor soñaría.


Muchacha: dime dónde, en qué alta gloria
renacerá el amor su mano muerta
cuando cese tu mar, tu melodía.


2 comentarios:

  1. Gracias por honrar el nombre y la obra de mi padre. Marina Valera.

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    1. marina, gracias a tí, si pudieras enviarme una foto de tu padre y más poemas, ampliaríamos la página, gracias y abrazos sabido49@gmail.com

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