miércoles, 15 de febrero de 2012

5899.- SIGFÚS DAÐASON





SIGFÚS DAÐASON
Sigfús Daðason (1928-1996) fue uno de los más notables poetas de Islandia del siglo XX.
Hacía ya tiempo que queríamos hablar de un libro de poemas de Sigfús Daðason titulado “Provence í endursýn” (Revisión de la Provenza), publicado en 1992 en la editorial Goðorð. Dado que nuestro padrino, Guðbergur Bergsson, ya le ha dedicado un artículo en la revista “Stína” (www.stinastina.is) con la que, como bien saben nuestros lectores, estamos hermanados, hemos pensado que sería una buena idea traducirlo a nuestras lenguas. Añadimos, como siempre, nuestra versión de algunos poemas del libro que, junto a las imágenes de la portada y la contraportada, harán más comprensibles las palabras de Guðbergur Bergsson.


¿Qué es un libro? Un objeto. ¿Qué es un poemario? Un objeto con algo que llamamos poemas. Un poemario es como otros libros. Tiene una determinada forma mensurable; un determinado número de páginas. Dado que un libro de poemas es un objeto, es algo tangible. Es algo evidente, al menos en su parte externa. A veces es suave por fuera, a veces rugoso. Si es rugoso, es bueno para el tacto. Un libro como “Provence í endursýn” (Revisión de la Provenza) de Sigfús Daðason posee todas estas peculiaridades, aunque en ninguna parte se dice que sea un libro de poemas o que las palabras y oraciones constituyan poemas. En la última página se califica de “librito” y se dice que se han publicado 700 ejemplares. En lo que se refiere al color, se combinan el negro y el blanco y por eso es gris, gris oscuro, o incluso verdoso. Podemos llamar libro al librito, un libro color verde musgo junto a una fuente. Seguramente es más sencillo. El libro está concebido de tal modo que puede cerrarse como una carpeta o la palma de una mano. Está hecho con la intención de mostrar al lector el carácter cerrado de la forma que apunta a un contenido también cerrado.

El contenido es más una revisión (en el sentido de ‘volver a ver’) que un recuerdo. Sabemos, sin embargo, gracias al texto número 11 que el poeta ha tardado cuarenta años en transformar en palabras lo que fue una vez su asunto terrenal. Sin duda es el momento adecuado para que un poeta decida que ha llegado la hora de ver algo, el tiempo transcurrido, en forma de una nueva visión, sin que el tema acabe cubierto de musgo. En la portada hay un cuadrado y en ese cuadrado hay otros dos, uno oscuro y el otro, claro. El dorso de un hombre toca las dos superficies. El hombre de espaldas es el poeta. En la contraportada encontramos el mismo cuadrado que en la portada con el mismo contenido, aunque la imagen del hombre de espaldas es más grande. De este modo no ve el lector de frente al escritor que brilla a través de su obra. El rostro queda oculto en ella. El libro es convencional, las proporciones son agradables a la vista y los dedos perciben su belleza por el tacto. Es delicioso tenerlo entre las manos.

El libro no está directamente dedicado al recuerdo o al hecho de desaparecer en las regiones del pasado para volver los ojos a lo que los ojos vieron en otro tiempo y ahora ven con nueva luz. Más bien el libro está relacionado con el miedo a algo que fue y que es, el miedo surgido del talento de un hombre por estar dotado de memoria y quizá no intentar escapar de ella o falsearla con el poder de las palabras. El poeta busca a menudo hacer del asunto algo superficialmente hermoso y emotivo. Pero el recuerdo en el caso de Sigfús Daðason se hace realidad al transformarlo en palabras. Es un lazo de la subjetividad. Aunque en el último poema se dice que la piel es el sentido más perfecto, el libro parece mostrar que no es así. El final remite al principio como la imagen de la contraportada remite a la misma imagen de la portada. La imagen posterior es mayor pero no dice directamente más. Así, las palabras del último poema (si son poemas) no dicen más en sí mismas que las palabras del primero. Hay algo que se aleja más del contacto con la piel, que engaña al poeta, a sus ojos. Entre estos poemas, desde el inicio hasta el final, hay una vida, importantes acontecimientos. Algunos están relacionados con las creencias, otros con la admiración por ciertos hombres o casas, con la tragedia de las plantas, con la crueldad hacia los pájaros, con un musgo especial en una fuente que no es más ni menos, aunque el tiempo haya pasado. Pero también es posible encontrar en ellos la señal de la neutralidad del agua en la fuente que los gorriones bendicen como si fueran ángeles.

El libro es una totalidad de imágenes contradictorias. Se pone en duda la naturaleza de la memoria. En los poemas se denomina “máquina” a la memoria y en ellos se dice también que la capacidad auditiva y olfativa son hombres descarriados. A pesar de ello, es este desdén por la memoria lo que singulariza a estos poemas y los hace memorables. Descarrían al lector mientras lo encaminan en el tiempo y lo conducen a su verdad. El poeta se muestra inseguro respecto al tiempo y hace como si nada. Mientras se afirma esto, el poeta lleva al lector a lo que cree que recuerda, el número de una casa; pero, cuando llega hasta la casa, no reconoce nada. Entonces deja pasar unos días antes de volver. Y cuando lee los nombres en el timbre de la puerta, se da cuenta de que se han sucedido las generaciones en la casa, han desaparecido una tras otra; pero la casa permanece y el poeta llega hasta ella, mira los timbres, no reconoce ningún nombre, no recuerda nada. Así tantea el poeta la puerta del pasado, que permanece, a pesar de todo, en su lugar, en la calle que recorrió decidido; y después se va. Este vaivén, esta marea ascendente y descendente, es típica de la memoria. La marea es el tiempo, es el poema y el individuo. Nada encontramos aunque todo exista. Todo dura solo un instante. A esta verdad se aferra quien toma este libro de poemas y lo relee, quien se apoya en su valor perdurable, como el de tantas cosas procedentes de los tiempos de duda y renovación de un arte poético islandés que quizás ha terminado o que quizá ya no existe, ni siquiera en forma de nueva visión.



Í Lacepède-götu
tel ég mig muna eitt húsnúmer.
En þegar ég sé nú húsið það arna aftur
kannast ég ekki við nein sérkenni þess.
Það er ekki fyrr en að nokkrum dögum liðnum
að ég herði upp hugann á ný
og fer að lesa nöfnin við dyrabjöllurnar.
Og mér verður ljóst
að kynslóð hefur tekið við af kynslóð
að ég er ókunnugur
því sem ég kunni einusinni utanað
þreifa fyrir mér hikandi á þeim vegum
sem ég gekk fyrrum hiklaust.
Svo flýti ég mér burt.








En la calle Lacepède
me parece recordar un número.
Pero cuando ahí veo la casa de nuevo
no reconozco ningún rasgo distintivo.
Solo después de pasados algunos días
me armo de coraje
y me acerco a leer los nombres junto al timbre.
Y veo claramente
que se han sucedido las generaciones
que ya no conozco
lo que antes conocía de memoria
y ando a tientas, inseguro, por esos caminos
que antes recorría sin dudar.
Y me alejo de allí.










Húðin er fullkomnast skilningarvitanna allra
sagði vinur minn Kort Kortsson einusinni…
skynja gleggra skilur dypra… man lengra og betur.
Nei! varla Kort Kortsson, varla hann…
Ekki held ég Kort Kortsson hafi getað vitað þetta þá.
Hann var ekki nógu gamall til að vita það…
Ekki nógu gamall til að vita svo mikið.








La piel es el más perfecto de todos los sentidos
dijo mi amigo Kort Kortsson una vez…
perciben más claramente, comprenden más… recuerdan más y mejor.
¡No! Difícilmente pudo Kort Kortsson, difícilmente él…
No creo que Kort Kortsson hubiera podido saber algo así entonces.
No tenía edad suficiente para saberlo…
No tenía edad suficiente para saber tanto.










Heiti brunnurinn
á Cours Mirabeau
sýnist næstum alveg
eins vel mosavaxinn
og hann var
fyrir fjörutíu árum.
Mosinn fer honum betur
en flestum öðrum.
Og er eldgrænn.








La cálida fuente
del Cours Mirabeau
parece estar
tan cubierta de musgo
como lo estaba
hace cuarenta años.
El musgo le sienta mejor
que a muchas otras.
Y es de un verde intenso.




http://www.strokkur.org/Strokkur_21/Poesia___Poesie.html

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