jueves, 10 de febrero de 2011

DANIELA CAMACHO [2.984]



DANIELA CAMACHO 


(Culiacán, México, 1980) se graduó de ingeniería industrial y de sistemas por el ITESM y de lengua y literaturas hispánicas por la UNAM. Publicó los poemarios En la punta de la lengua (Tintanueva, 2007) y Plegarias para insomnes (Editorial Praxis, 2008); y el libro de palíndromos Aire sería (Editorial Praxis, 2008). Forma parte de la antología bilingüe, español-portugués, Tránsito de fuego (Casa Nacional de las Letras Andrés Bello, 2009), La mujer rota (Literalia editores, 2008), Los siete pecados capitales. La lujuria (Alforja, 2008) y Del silencio hacia la luz: Mapa poético de México (2008). Es fundadora y miembro del consejo editorial y de redacción de la revista El Puro Cuento. Sus poemas y ensayos han sido publicados en revistas y periódicos de distintos países de América latina; actualmente, vive en Tokio, Japón.


REMOLINO

entre paredes sin puertas
escondo mi cuerpo mudo
manchado

el día huele a orfandad
la medianoche es una hendidura en el muro

sé que no soy una sombra
sé que afuera hay guerrilleros
y hombres mutilados
que hay pájaros desnudos y hambrientos
hay guantes y gatos y gente

pero yo no soy la sombra:

soy el remolino
el huracán
la polvareda

o tal vez no

tal vez soy la huidiza tempestad de mis palabras
o solo una sonámbula que sueña

o no





LA VOZ EN RUINAS

I

Juntos mordíamos la carne de las uvas. La canicular mañana nos mostraba los espejos y el dolor multiplicaba los escombros. Debajo del amurallado corazón crecían larvas y palomas. Con el cuerpo lívido de tanto opio atravesábamos la puerta del amor y poco a poco nuestras manos se incendiaban como hulla. Nadie nunca supo descifrar la líquida caligrafía de nuestras sienes. Solos y desnudos abrazábamos la muerte. Yo, bañada por el fuego de tus aguas, con la carne amoratada y fresca, asistía al nacimiento de pequeñas flores en mi boca, flores que serían escama, cicatriz, libélula. Tú, herido por el láudano y la sal, hablabas de cruzar el puente, de sanar al fin todas sus grietas.


IV

La noche te pronuncia con un gesto de nieve sobre árboles enfermos. Hembras animales hacen del silencio un río, un gemido oscuro que inaugura la pavana de los muertos. Debajo de los párpados construyo un puente hacia el sudario de tu rostro y dejo entre tus labios un pétalo de carne, un rastro de niebla. No vuelvas la mirada ahora que la lluvia me resulta indescifrable. Déjame apagar tu luz sobre los astros, ser isla al centro de tus aguas. Cuida que el silencio de las aves no delate nuestra música, que la arena de tus ojos no revele la agonía en el corazón de los amantes. Canta con tu fracturada voz de arcángel y sea la negra luna de tu lengua una espada que me hiera en los jardines del ensueño.






MORIR DE PARAÍSO

Lavarás tu cuerpo poseída por la sombra. Al primer golpe de agua, la piel arrancará de tajo un nombre a la memoria. Querrás decir Leteo, canción del tenebroso, diamela, pero estarás muda de espanto. En la espera del que tañe mirlos en el aire, te descubrirás distinta a las demás hijas de Eva y hablarás por los desnudos.

Soy la que flota en el río, la despojada. Polvo de la madre extraída a su niña en trance.

La desnuda
dicen ellos
la bestia descarriada.

¿A qué tanto ropaje si en la piel se me calcina un nombre?
¿Para qué vestir de nube, aturquesada, si de arder me estoy muriendo?

Busco acordes en la niebla que apacigüen mi silencio. Me abandono en el lenguaje de las barcas. Del ciprés soñado por amantes solos nace una canción de cuna para las muchachas tristes.

En las ramas del almendro, madura el corazón del oboísta.

[http://sol-negro.blogspot.com/2010/08/cinco-poetas-actuales-mexicanas.html]




(Poemas del libro Plegarias para insomnes, Editorial Praxis, 2008.)




II

Morir. Morir insomne y desierta. Cuan­do todo huela a caléndulas y a mar. Amar. Cuando el mundo se convierta en el último murmullo de Dios, cuando no haya más si­lencio que el batir de alas de un pájaro ciego. Llover. Lluviar toda la fe que se me pudre en las heridas, hablar en monosílabos, morder la pulpa del dolor. Morir. Morir atenta, con el estómago vacío y los ojos muy abiertos. Mirar. Mirarlo todo, el cuerpo violentado de la niña, la sangre coagulada de los perros, el genocidio de poetas. Entender. Saber que en estas horas todo es mentira, el olvido, la guerra, la resu­rrección y el tiempo. Dormir. Dormir es im­posible. Por eso digo que es mejor morir.


XII

Yo no sé de la infancia
más que un miedo luminoso
y una mano que me arrastra
a mi otra orilla.

Alejandra Pizarnik

Sentada está la niña en el recuerdo de la in­somne. Sentada y sola, mudísima: sin boca, sin palabras, con la cicatriz de los silentes en la cerviz. Violenta la memoria de mujer. No pue­de nombrarse desde dentro, no sabe morirse ni olvidar. Dientes fragmentados, lunas en el vientre, y esa voz de agua que no sangra, que murmura los suicidios de los pájaros, que re­vienta el luto de las alas en los dedos. ¡Tempes­tuosa náusea la del viaje hacia el ayer! ¡Oscuros los naufragios en el alma de la niña! Ya sus ojos van lumbrando las espinas, va tejiendo con la vulva hilos de pus y vacuidad, va buscando los espejos y la muerte. Pero está sentada, sentada y sola, mudísima: criatura seducida por el llan­to de la noche.


XVI

Dicen que el suicida es un cobarde. No. El suicida es el orfebre de la noche, un insom­ne antiguo, delirante, el más bello antropófa­go del mundo. Sí, sólo aquel que repta con el alma hinchada de hipotermia sabe que se eva­poraron las promesas, que en sus fauces ya no hay nada, ni siquiera un resto de saliva para decir adiós. Aquí, sólo arcángeles famélicos atestiguan el silencio, llevan una cuerda atada al cuello, y sus ojos son dos úlceras que san­gran. Todos están solos, desiertos, pestilentes: los hombres, los ángeles, los niños y hasta los muertos. Todos locos y alienados por el frío, por el hambre, por la más letal desgana de existir.


En el laudario

Llora el laúd. Se cansó de musitar y musicar sus todas partristuras. Melógrafa mujer, escu­cha. Hay un crujir de huesos y de cuerdas en el alma, es el sistolar y diastolar de noches solas y desnudas. Y si finges la sordera de los otros, cierra bien tus ojos, niña dios, tal vez sientas la humedad entre los muslos, el temblor de un cuerpo carcomido por xilófagos insectos, el olor de sangre antigua que suplica por tus manos tañedoras. Pero mejor escucha, escucha sus laudías y sálvalo.





Desde otro cielo

Es levísimo murmullo el grito. En el cuenco de mi boca, un beso lírico se arrastra y me hu­medece el canto. ¿Cómo hablarte desde aquí si mutilaron cada miembro de mi voz? ¿Cómo recordarte que en las manos llevo un mapa y una brújula para ver si me extravío de esta mi locura de sin ti? ¿Cómo, si tu cuerpo está tan lejos de mi abismo, allí donde lo veo y no lo toco? ¿Cómo, si en tu cielo hay niños pecado­res y pájaros sin lluvia y en el mío mariposas que olvidaron que volaban, migas de libélu­las y nubes lloradoras? Tal vez si me lleno la mirada de silencios, si me arranco las antiguas cicatrices y ornamento tu tristeza con el hilo de mis venas, tal vez si me anudo los retazos de la lengua al arco de esa viola que olvidaste, sólo así sepultaré todos los barcos. Sólo así renace­rán las jacarandas.



Luz de azul ensueño

I

Un bramar de clavicordios ensordece el valle de los muertos. Yo lo escucho con mi sed de noche en un vaso sin estrellas.

II

Estoy azuleciendo de sin palabras. El silencio es algo muy hermoso y muy terrible.

III

La niña que olvidó sus ojos marrones junto a la noche soy yo. La ciegamente sola, amadora del silencio, de la luz.

IV

Atardecí como la ahogada en un río de pája­ros. La noche me resucitó las alas, pero alguien dijo que las muertas no saben volar.

V

Una horda de azafranes y su lluvia de semi­llas herrumbraron mi lenguar. Ahora espero, con los ojos muy abiertos, que un caballito del diablo venga y me lama la nuca.


VI

La más sanguínea hembra tiene hoy venas vacías. Y es otramente ella, tan cantando como siempre en su apátrida lengua.

(Poema del libro En la punta de la lengua, Tintanueva, 2007.)


Nada
te digo que vivir
es una mala noticia
nos abandonan en el mundo
con el cuerpo impregnado de otras soledades
y no tenemos nada

una casa enorme y vacía
nada
niños de ojos nublados
manos que envejecen
sin escribir una sola palabra
nada

despertamos sin saber qué día moriremos
ni de qué manera
caminamos con las piernas rotas
porque no sabemos nada
y te lo digo
no tenemos nada
sólo hambre
y fe
y miedo



Conversaciones con Remedios Varo




[III, La tejedora roja, 1956]




Eres la creadora de los muros de piedra, de la rueda, tejedora febril del corazón del gato y mujeres pájaro. Sólo tú conoces la perfecta geometría de tus manos. Amurallada por la negritud de tu silencio, hilas, tejes, reconstruyes a la otra en la urdidera de la noche. Ella nacerá de ti, morirá de ti, saldrá por la ventana derribando cada puerta de tu cuerpo, hecha de ti, de los hilos de tu vientre y de tu valva, rojísima en lo más negro de ti. Y una música hilvanada por tus dedos será aire, agua, luz que reverbere en las inanimadas sombras del delirio, sangre que apacigüe tus tormentos, nube, mácula innombrable en el telar del universo.


LA VOZ EN RUINAS



I


Juntos mordíamos la carne de las uvas. La canicular mañana nos mostraba los espejos y el dolor multiplicaba los escombros. Debajo del amurallado corazón crecían larvas y palomas. Con el cuerpo lívido de tanto opio atravesábamos la puerta del amor y poco a poco nuestras manos se incendiaban como hulla. Nadie nunca supo descifrar la líquida caligrafía de nuestras sienes. Solos y desnudos abrazábamos la muerte. Yo, bañada por el fuego de tus aguas, con la carne amoratada y fresca, asistía al nacimiento de pequeñas flores en mi boca, flores que serían escama, cicatriz, libélula. Tú, herido por el láudano y la sal, hablabas de cruzar el puente, de sanar al fin todas sus grietas.


IV

La noche te pronuncia con un gesto de nieve sobre árboles enfermos. Hembras animales hacen del silencio un río, un gemido oscuro que inaugura la pavana de los muertos. Debajo de los párpados construyo un puente hacia el sudario de tu rostro y dejo entre tus labios un pétalo de carne, un rastro de niebla. No vuelvas la mirada ahora que la lluvia me resulta indescifrable. Déjame apagar tu luz sobre los astros, ser isla al centro de tus aguas. Cuida que el silencio de las aves no delate nuestra música, que la arena de tus ojos no revele la agonía en el corazón de los amantes. Canta con tu fracturada voz de arcángel y sea la negra luna de tu lengua una espada que me hiera en los jardines del ensueño.

[http://www.laotrarevista.com/2009/10/los-universos-poeticos-de-daniela-camacho/]



[OH-236]


Escritura de súbito: al cuerpo que está por destruirse lo precede una voluptuosidad.


L’autómata, l’abandonada al esplendor, l’acalorada en una cama blanca, en una ciudad sin agua.


Un corte por debajo de la piel. Anomalía. Piel de color blanco-rosa. De color rojo-amarillo.  De color ya no respires. Escupe sangre, escupe palabras deleitosas por última vez.


Antes de aborrecer el lenguaje, memoriza secuencias extrañas (o sueña un jardín con flores nucleares). Como un vértigo. Como quien se ata al pensamiento una melodía arruinada:



CARCINOMA[1] mucoepidermoide de glándula parótida (2.1 x 1.8 cm.)
predominantemente quístico (89%) con estroma desmoplásico e inflamatorio
con focos de extraluminización de mucina y reacción granulomatosa focal
con células gigantes de tipo cuerpo extraño
con extensión a la dermis
 sin neoplasia en bordes quirúrgicos

Alguien ha venido a explicarle la ejecución. Las líneas del cuerpo. Por ejemplo: esto es un don. No. Un reemplazo.


[Después de tener sexo, abrirán las ventanas. Mi radioactividad no es contagiosa. Por ejemplo. En un país lejano, sacrifican caballos en mi nombre.]


De repente: ser un campo de batalla. La muy desesperada. Rabiosa de sí.


No hay más que una compasión un poco sucia en el hombre que la mira. Ella, insolente. Desnuda como todos los enfermos. 


A esta hora, el paisaje de la fascinación es improbable. Muy cerca de la habitación de los metales han construido una máscara para contener el furor. Asfixia a la medida de su rostro.


¿aún

me
reconoces?

Lo despiadado resplandece. Imposible mirar fijamente su herida y no quedar seducido/a.  El encierro, la promiscuidad, las células oscuras del deseo se están multiplicando


como los accidentes.



El aislamiento de los cuerpos puros


(a)


La enfermedad comienza aquí. Aquí termina el cuerpo, la simetría la belleza de tu rostro. El día casi. El éxtasis el trance que está por comenzar es invisible. De ahora en adelante, si piensas en la muerte, no será por ahogamiento ni electrocución ni por incendio. No habrá espacio entre tu máscara y tu piel para anudar la soga, temerás a los cuchillos y al veneno y las alturas. De ahora en adelante, acopiarás tumores


como una alucinada.



Pequeña caja de cristal donde se exhibe:

bala mágica o sexual
pequeña joya
pequeño monstruo


(Soy un pensamiento vertical. Una caída.
La palidez me separa del mundo.
Mi fábula de moribunda tendrá fin
antes de que el extranjero pronuncie mi nombre.)




(b)


Despídete de la infancia. Tus padres serán atravesados por una ballesta al conocer la noticia. Su pequeña cría desprotegida. Su niña  tenebrosa a la intemperie. Tendrán pesadillas como animales salvajes; al despertar, tu resplandor les parecerá extraordinario. Para calmarlos, ocultarás la fatiga, inventarás una astucia una pasión un estusiasmo.




(Nunca me sentí más viva.
Mi deseo simula un castillo al centro
de una ciudad construida sobre el agua.
La cicatriz sugiere un sueño
una incomprensión algo en peligro.
Por eso procuro no ser vista.
Por eso me protejo de la compasión.
Por eso busco mi lugar entre los elementos.)



[carcinoma]


Que el tumor no era cosa de inocentes


lo supe porque quedé incendiable y helada al mismo tiempo. Antes de dormir miraba imágenes de células escamosas que se multiplicaban dentro de mí. Hablaba sola porque quería decir mi pecado y una vez grité pero nada pareció alterarse. Quedé más turbia porque dicen que los sobrevivientes son así. Me llevaba la punta de los dedos hacia la herida para abrirla de nuevo y quería rezar pero mi voz era oscura y era como si graznara. 



*



El peligro se vive por dentro.

Pero si abro la boca:

a)    nunca verás el monstruo la bala invisible de la que ya he muerto antes

b)    verás un dolor
c)    la parte animal del dolor
d)    aullará para que comprendas el lenguaje del miedo
e)    lo verás multiplicarse
f)     ponerme los ojos en blanco
g)    llevarme lejos
h)   al final repetirás su nombre:
i)     c a r c i n o m a
j)      como quien cava un hoyo profundo en la tierra
k)    y deja caer en él algo muy vivo



[adagio de jardín con firmamento]


Has muerto, Ursinia, en este vaso de ginebra que ilumina la habitación de los enfermos. Ciega de metales, te extraviaste en otro bosque: nebral, nebreda, enebral. Tu sol de venas púrpuras, ese fruto, se pudre ahora en una bolsa de desastre por cuya cremallera entra el cielo.


Y lentas, majestuosas portulacas cubren con su seda roja seda blanca tus sueños a caballo y el camino pedregoso donde te dejabas coronar por la violencia de los pájaros.


Tú sabías que dentro de esa casa te esperaban niñas con paraguas negros y nombres de jardín: Tiarella, Astrantia, Betula. Niñas forajidas, manantialas donde flotan alfileres y pequeños cráneos. Tú sabías que la lluvia no traería más perlas sino huesos de palomas y temblabas de un paisaje como ese.


Muy cerca del amanecer te fuiste persiguiendo aquella música de niebla que salía del anfiteatro.




: fukushima


Bajo los cables de alta tensión y las centrales nucleares,
la pobre vida del hombre.

Birgitta Trotzig

genpatsu-shinsai. hablamos la lengua del desastre: temblor de tierra. fusión nuclear. el enemigo permanece invisible.

alondras particularmente oscuras, casi descompuestas, como nacidas del sueño de un hombre ya contaminado, agitan sus temperamentos sobre la fosa común.


fisión de uranio enriquecido, ¿era necesaria la luz?

cesio, plutonio, yodo radioactivo. ¿eres un héroe? ¿un samurái?

alguien dice:


¾al interior de las estrellas, la fusión detiene su colapso gravitatorio. en la corteza terrestre, los hombres moriremos con el cuerpo desorbitado. 


escucha, madre, han empezado a mutar las mariposas. se están deformando sus ojos. heredan malformaciones en antenas y patas. sus instrumentos de vuelo son cada día más frágiles.


las reses se alimentan de pasto envenenado. los perros morirán de soledad o de hambre.


hay alguien oscureciendo este peligro.


cuando creímos que el terror debía ser abolido, nos asaltó la duda. ¿y si el miedo fuera un regalo de la lucidez? ¿un líquido fosforescente para regar las azucenas? ¿flecha o alcohol que amotinara a nuestras bestias?


entonces cavaríamos con manos propias para enterrar nuestras córneas. todo con la gravedad de la última nevada.


entonces irrumpir en la zona prohibida por no saber cómo abandonar una osamenta. hay alguien oscureciendo este peligro. nos llevamos a la boca truchas de montaña, berenjenas, becquereles de cesio radioactivo.


a esta hora, madre, los desplazados están sufriendo problemas mentales. en sus pesadillas:


ningún tren volverá a detenerse en la estación de ōkuma.




El monstruo que hemos despertado


(e)



Yo también tomé el color metálico de la arena. Como ida en el mareo me convertí en Señora de los Animales. Me eché al sol como una loba y me confundió la simetría del espanto, un torrente cristalino que casi me ciega. Entonces volví a comenzarme: Fui, yo también, una sobrenatural. Como él lo había dicho. Mi fracaso en las pruebas de la creación del mundo me llevó a vivir en un charco. Kakaullari.  Desde ahí protegí a mi venado. Era dios y era azul mi venado. Un día vendrían por él y su elemento sagrado, abrirían su corazón con un cuchillo para recoger su sangre y la tierra sería fecunda.







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