miércoles, 23 de febrero de 2011

ADRIANA LANZA [3.123] Poeta de Bolivia



ADRIANA LANZA



Nació en La Paz (Bolivia), el 2 de noviembre de 1978. 

Estudió Arte Mención Literatura en la Universidad Católica de La Paz. Hizo una Maestría en Literatura Latinoamericana. Profesora de jóvenes y adultos. Ha publicado los libros de poesía Primer Alumbramiento (Ofavim, 2005), Tiempo de Sirenas (Gente Común, 2011) y de relato breve Libro de Armar (Preview Gráfica, 2009. Los siguientes textos pertenecen al libro Poesía Silvestre (Editorial 3600, 2013).




EVIDENCIA

Mirar la estrella
debajo de la luna,
el pez en el vacio
(al menos la latencia)
el velo de agua
después del nudo en la garganta,
los poemas de Santa Teresa de Jesús
Juarroz
O
Yo que la llevé al rio pensando que era mozuela
todo es indicio de que el corazón rebasa la jaula.





CUADRO A LA MAREA

Pidiéndole a la virgencita no meterse con sirenas y una de ellas coleteando en la cama, tentando su templanza, jugando a riesgo por jugar. No sólo eso. Sabiendo navegar.





TRANSMIGRACIÓN

Estás contenta de que te manden rosas. Símbolo de la pasión. Si luego te enviaran claveles, disminuiría tu alegría pausadamente. Flores al fin. Al otro día margaritas, retamas, dientes de león, tréboles, pasto, paja brava. Digamos entonces que te habías convertido en caballo y te sentías plena de tener qué comer. Al final, igual eras o estabas muerta.





RÍO

Permíteme hablar de ti,
cuánta extensión en tu romántica acuosidad
cuánto de incesante en tu fluir
regálame la noche de tus aguas
para eliminar un recuerdo,
porque a veces de tanto mirarte
siento que soy tú. 






VOLVER

Si aún para atravesar la espesura
empujar montañas galopar
lanzarse al frio
de las lianas
ciudad colgante periferia
sincronizar el baile del mago
en sintonía con el mundo maravillar. 






Por la ventana

Palpo este mantel a cuadros
crudo bordado blanco
por la ventana de todos los días
aparece un ser
muy diferente al que extraño.
Había un bosque opaco
había una laguna de barro.
La niña corrió hasta hundirse
donde se perdió el caballo.
Descubrió sus amuletos
en los ojos de Atreyu1.
Prodigio de esta historia,
salió al otro lado.
La otra niña, no osada, rosada,
la miraba desde su orilla
sin perder el color.
Ennegrecido, el cuerpo
supo de su destino siniestro.
Trepó al cerro, llegó a la cueva,
niña consagrada al agujero.
Sólo ahora la extraño.
Muero por la niña
encerrada en la caverna.




El sendero

La infancia es un sendero
elegido en la memoria
que la niña recorría
para cruzar los cerros.
Un niño le había dicho
que del otro lado su sombra
encendía las lámparas
de un país hechizado.
¿Soñaba con ese país?
¿O con el niño heraldo?
Al despertar le susurraba la canción
de un pingüino viajero.
Alguien atravesaba
con la niña el abismo.
Eterno amigo el recuerdo.
El miedo atisbaba desde sus pupilas
que invocaban a las siluetas
de los juguetes en la oscuridad.
Danza macabra de mis desvelos.
Yo aquí, hablando de ello
con el íntimo vértigo
de cruzar el estrecho sendero.





La saga

Si tú así lo deseas puedo ser tu hechicera
estar cuando me busques
desaparecer cuando ya no me quieras.
Puedo trocar este cuerpo
hacerlo más largo, angosto, más ligero
y ponerme un vestido violeta.
Soplar el humo que me rodea
ungirme de lavanda o jazmín
si me prefieres más sensual pachoulí.
Si mis manos te molestan
fabricaré guantes de seda.
Cambiaré estas rotas sandalias
por zapatos abiertos de tacos negros
para que goces el cuidado de los dedos.
Reposaré los pies en agua tibiamente salada
un masaje de menta
convertirá lo tosco en marea
y las uñas en caramelo.
Pero supongo que no eres tan tonto
para creer todo esto.
Ni por tu amor domado
movería yo un pelo.




Invocación

Con el aliento de otro aroma
salía de la noche a la noche
a veces encontraba buitres
o toros muertos
siempre restos.
Vestía de negro
o era la noche que se
adhería a mi cuerpo.
Yo no conocía a nadie.
Nadie me conocía.
En esa inmensidad tenebrosa
en un extraño punto
otra se revelaba.
Si ella lo recuerda
soy un sortilegio.
Más me gustan tus enormes ojos verdes
y te quiero por dragona enamorada.
Tu baile es mi escalera
mar abierto.
Tanto femenino en todas partes
y yo sin nariz.




Cuántas palabras

Es tan fácil cuando estás adentro
y alguien te sirve el té
y duermes todo el día
para empezar de nuevo
a memorizar las palabras de la noche.
Pisas tierra firme
no hay mar
y el poncho a cuadros de la abuela
te calienta. (Dicen que hace frío.)
Es tan fácil mirar la ciudad
desde la ventana
y hablar de las casas y el sol.
Te complicas llorona
engendrando palabras.




Alimentar muertos

Una mujer de cabello largo y negro
cubierta por un paraguas blanco
me mira con mejillas de cera.
Yo la estaba mirando
cuando la lluvia empañó el espejo.
Un calzón negro es el conjuro.
Ha llegado de no sé qué confines a mi puerta.
Yo que no suelo hablar con los muertos
encendí una vela y miré al abuelo en el umbral:
«Queremos comer», me dijo al pasar.
Entonces la recordé
con sus dientes de nácar
y sus ojos de luz.
El primitivo calvo
creía que yo
seguía siendo niña.
Fue tan fácil comérmelos a todos.

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