sábado, 3 de septiembre de 2011

4563.- OMAR PIMIENTA


Omar Pimienta, 1978, Tijuana. MÉXICO. Licenciatura en estudios latinoamericanos. Actualmente cursa la maestría en artes visuales en la Universidad de California en San Diego. Cuenta con tres libros de poesía, Primera Persona: Ella (Ediciones de la Esquina/Anortecer, 2004; Littera Libros, 2009), La Libertad: Ciudad de paso (concaulta/Cecut, 2006; Aullido Libros, 2008) y Escribo desde aquí (Pre-textos, 2010, Premio de poesía Emilio Prados). Es (y siempre será) herrero de oficio, artista visual y jugador de básquetbol en decadencia. Tanto su obra literaria y su trabajo como artista visual, además de observaciones cotidianas, se pueden encontrar desde 2002 hasta la fecha en

www.omarpimienta.blogspot.com
www.fotodefronteradiaria.blogspot.com




Él y ella

Él se ponía el desodorante de su ex novia
para recordarla cada que levantaba los brazos.
Pero al paso del tiempo, también se acostumbro a eso.

Ella se masturbaba con el control del Atari 2600,
hasta que su hermano se empezó a quejar de su mal funcionamiento
siguió experimentando.

Aún cuando se conocieron ocultaron verdades.
Pequeñas irregularidades que salían sobrando.
Anécdotas no tan fáciles y alguna que otra historia casi imposible.

Cuenta un amigo de ambos que ellos se amaban duro.
(En toda la extensión de la palabra.)
Que los visitaba en el departamento aquél de sus primeros años
y los encontraba llorando en extremos distintos del cuarto.

Otros días contentos y juntos, igual, llorando.

No pasó mucho tiempo para que empezaran a insultarse,
como inyección de afrodisíaca excitación, usando palabras fuertes y asonantes.
Diciéndose lo oscuro que puede ser el alma, lo lento que palpita un corazón herido
al eyacular la sangre que el golpe de sus frases desborda en sus sexos.

Pero -a decir de ella- Dios le dio fin a la lengua hiriente
con un periodo de impotencia donde sólo se tocaban y desesperaban
hasta que el tedio les pegó las espaldas y jaló las cobijas.

La causa fue una intoxicación que duró poco menos que lo inaguantable.

Regresaron a amarse duro -diría un amigo de ellos-
pero a boca cerrada, únicamente el lenguaje claro y preciso
de los gemidos, sollozos y suspiros decoraba las hondas sonoras
de su radiofusora instintiva.

Con la madurez invitaron juguete a la batalla, compañeritos de guerra,
armas nucleares para la reconstrucción lasciva.
Los ocultaban sobre un falso plafón del techo del cuarto donde dormían
y seguirán durmiendo. En la casa que por fin compraron

donde el perro y los niños correrán felices.

Primera Persona: Ella (Ediciones de la Esquina/Anortecer, 2004)









A mitad de los 80

A mitad de los 80’s mi familia estrenó vajilla de filos dorados y denso decorado de flores.
Nunca comimos juntos.
Por esos mismos años me vestía de camuflaje
desde las botas hasta la boina.
Coleccionaba cartitas de baseball como un junkie
y miraba las caricaturas con fe de ciego.

Mi hermano Marcos, el mayor, hacía casas al otro lado
ocho horas diarias por quinientos dólares semanales.
Mi hermana, Teresa, rizaba su pelo y delineaba sus ojos como Madonna;
nunca compró ninguno de sus discos.
Escuchaba El Andariego mientras escribía en su diario de hojas impresas con tenues imágenes de paisajes y nubes.

Don Marcos perdió un dedo en una máquina trabajando para U.S. Elevators

Carlos, mi otro hermano, escondía sus libros bajo el asiento mientras cruzaba con pasaporte a la escuela.
Mi madre leía la revista Hola para comentarnos a cada uno lo que le pasaba a la Familia Real o a Julio Iglesias y terminaba diciendo: pobres de los Kennedy, están malditos.

Primera Persona: Ella (Ediciones de la Esquina/Anortecer, 2004)









La caída de las torres

Te fuiste cuando se cayeron las torres.
Poquito antes, poquito después, no importa;
cuando se asentó el polvo ya no estabas aquí.

Comencé a cruzar la frontera en bicicleta;
la amarraba a la cerca del trolley,
haciéndole campo entre otras
como se mete un naipe entre cartas esparcidas.

Llorar sobre dos ruedas no es sano.
Tampoco pasar la noche esperando el cruce:
saturación de luces rojas,
demasiado tiempo para pensar en irse.

Esa mañana murió la abuela, 97 años
y monedas siempre en la mano para darme.
No alcanzó a ver los aviones estrellarse
sí la cara de sus hijos o el largometraje de su vida
a la velocidad que cae un cuerpo desde el piso 97.

En casa la noticia golpeó igual de fuerte, se rompieron vidrios:
las lágrimas de mi padre y el silencio de las cosas que se quiebran por dentro.

Aquí también se vino abajo algo, no todo, porque mucho en la casa
está acomodado y sujeto para no caerse.

La experiencia: prepararse para el temblor porque se espera otro,
el grande.

Yo cruzaba en bicicleta para no hacer las horas de cola en carro.

Tú, te fuiste cuando se asentó el polvo.

La Libertad: Ciudad de paso (concaulta/Cecut2006).






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