domingo, 4 de septiembre de 2011

4579.- MANUEL LLANES

Franklin Mieses Burgos, Aída Cartagena, Manuel LLanes,
Manuel Rueda, Hilma Contreras y Lupo Hernandez Rueda, 1953.




Manuel Llanes
Nació en Santo Domingo (República Dominicana), el 5 de mayo de 1899. Después de pertenecer al Postumismo y de haber publicado poemas en El Día Estético, se integra al movimiento de La Poesía Sorprendida junto a su compañero y entrañable amigo Rafael Américo Henríquez.
Su producción más importante es «El fuego»; en ella las fuentes, probablemente de la Biblia, están mezcladas y fusionadas tan admirablemente y con tanta propiedad al nuevo contexto, que el resultado nos llega con toda la fuerza de lo original. «El. fuego», sin lugar a dudas, es uno de los poemas más característicos y hermosos de la nueva estética implantada en la República Dominicana desde el 1943 por La Poesía Sorprendida. Dentro de este movimiento Llanes se encuentra a sí mismo logrando su tono más personal en nuestra poesía.
Falleció en Santo Domingo el 4 de mayo de I976.

OBRA PUBLICADA:
El fuego (Colección «La Isla Necesaria», 1953).







EL FUEGO

Y otro ángel salió del altar, el cual tenía poder
sobre el fuego, y clamó con gran voz al que
tenía la hoz aguda, diciendo: Mete tu hoz
aguda, y vendimia los racimos de la tierra;
porque están maduras sus uvas.
Apocalipsis: 14-18

Escucha las indeterminadas palabras:
¿Quién sabe de ti? ¿Quién eras aún?
Llegas desde una vez y trasciendes
fugaz para siempre.
A solas permea tu luz fría, en clara gestación
del cielo y loado sea tu espíritu en el fuego
celeste.
En ese andén de las incontables sombras,
¿cuál eres?
Ni tú ni yo lo sabemos. Pero dime,
aún antes de que seas signo:
¿Por qué sonó la voz de Dios desde donde te
tiendes
y detuvo la primera pareja en las volantes
hojas?
¿Qué será de mi dolor sin una eternidad?
¡Oh, fuego! Levanta adversa tu frente
a la soledad que nos traen las primeras
angustias,
a las clementes candilejas, temblorosas, en
el aire,
pues sólo existes para mí en una divisa,
porque de mí a ti, con tus demencias quizás,
me haces tu intercesor.
Acabarás, inconsolable, una breve escala
de oro
para que hasta mí bajen los ángeles
encendidos.
Tu culpa es sola, se sostiene, apenas se siente
trayéndonos la sangre entre gritos y cadenas,
y es un entrechocar de danzas, de cantos y
banquetes
donde se ven los que vienen delante, no los
de atrás.



Adónde irá el carro de fuego, el
carro de Elías?
En las ascuas gastadas,
escandidas en carbones,
eres un iniciado, entre sueño y vigilia.
No distingues la casa si te espanta: Te llama,
porque es de ella el turno, el golpe y las
puertas del escape.
Al arder, tú fuiste la talla tocada de una
forma
y dejas que tu queja en el hospital empiece
yacente,
hasta que tú, explícito, bailes en el salón de
la luz.
Antes de las nupcias de la brasa y el agua:
Sé una llama, sé una llama, sé una llama.
Tú hasta ese minuto duras, ese es tu momento
de arder
en las ínfimas chispas, las de aquí y las de allá
-¡Ay de mi!-
(Él es el que todavía holgaba en las
habitaciones vacías).
No mires para cambiar un poco de lugar estas
palabras,
porque asfixiarías un volteo, en el símil de la
Lámpara que vuela,
en donde una agónica oriflama de las ráfagas
que yacen
en los callejones que se apagan, otra vez,
dejan un olor azaharecido
en el regocijo supremo que ha de caer
para detener la luz y alargar el humo de la
casa de los carbones.
He creído en el acaecer de ese fantasma que
huye.
No encandece, se apaga de pronto y gruñe
bullente.

Tú tienes, -¡oh, fogata!-, tus gráciles pies en
las tinieblas
para dejarlas transfiguradas en cenizas,
y ya ves que mi cara se está poniendo rojiza
y veo la casa que se reenciende con un niño
que quema luces de bengala.
Tu faz es entusiasta mientras ceceas
en el falsete de las flautas oíbles.
Tú has de caer al fin, con tu esqueleto,
mientras abierto el humo se deshace como una
flor en las praderas.
Guardas la llama vigilante en las cenizas,
porque en torno de ti el caos es como debe ser:
Fuego.
(Ciertamente, pienso que fue desposeído del
cinto,
del cinturón de fuerza,
mientras caían las ardientes guirnaldas de
Sodoma y Gomorra).



Descender ya las escaleras de oro,
sin pisadas,
cuando tú aclaras, atestiguas y
dices:
He aquí la angustia del hombre
cuando le echo a andar un instante,
cuando miro y sorprendo los que corrieron
hacia el mar,
pues he dado el calor que venteo
monstruosamente.
Tú apartas, —oh, encendido—, las llamas
del bien y del mal que nos devoran.
Etcétera de impacientes mariposas que se
queman, tú apartas,
y entonces, ¿por qué al huimos, sobrepasas las
nubes
y nos consumimos en las acrobacias que se
mecen en el aire?
Tendrás que olvidar las violas, y en torno
tuyo todo.
Todo en las granjerías y destrezas de una
masa viva,
porque contaminaste la ciencia por amor a
la tierra.
¡Oh, torsión en que nos observan los dioses!
Indecisiones, choques, saltos, variaciones,
cadáveres.
Ninguna importancia tiene el Doncel que se
llamaba Luzbel.
Aparecerá en tus labios quemantes una
sonrisa breve
que hemos hecho nuestra cuando dije en
otro poema:
-«Esta sonrisa mía es tu misma sonrisa»-
¿Qué me puede decir la alegría que nos trae
la primavera?
Bailemos día y noche, en rondas, en el baile,
porque tú temes y amas el clima de tu calor
entrañable
mientras que en tu holocausto segregas bilis
para desatar la luz en adolescentes metales.
Así anulas mi conciencia cuando te espacías
en una hojalata que arrastra con sus
mortificantes alaridos
a las ratas encendidas, hasta donde mi sangre
se irá
donde nadie la mire.
Tú, tan confuso, me traes el átomo
atormentado,
tu nuclear colaborador, en la clausura
inmediata
a la insolación de este verano seco de ti.



Cuando tú gritas a un túmulo,
desesperadamente,
Dios tiene las alteraciones de su fiebre,
y empiezan las descargas de las tronadas
para vernos en los solsticios.
Yo sé que la luz es igual: mata en una porfía,
y admitamos, hermano fuego, el trueque de las
grandes radiaciones
de esa luz que vuelve a la tierra en menos
tiempo que la alondra;
quien puede ahora alcanzarte no lo sabe aún
decir,
por la integridad de las ánimas que me
causan terror
mientras persigo las hurentes tizonas de los
fuegos fatuos,
cuando alguien ve delante a las bestias
heridas
en la hora de los atontecidos, para correr
aprisa.
Es que tú tocas un clave que arde,
interrumpes un concierto, muchas veces,
de voces.
Y la casa, ¿en dónde? Vuela. Ella no
nos pertenece.



Así estoy seguro que se aparta,
puedes decirme:
Ahora que están aquí, no está
nadie conmigo
y la vida tuya y la mía continúan calladas, en
una meta,
al levantarse el orto y acostarse el día, en
el ocaso.
Salgo y voy como un pájaro enigmático y
sombrío
a buscarla en un reino.



Escuchamos formarse un acto en el
fuego de los aires.





http://www.obsidianapress.com/manuel_llanes.htm





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