jueves, 3 de junio de 2010

184.- JAIME LABASTIDA


Poeta, periodista y ensayista mexicano nacido en Los Mochis, Sinaloa en 1939.
Licenciado en Filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México, también realizó allí estudios de postgrado
y ejerció como profesor. Formó parte del grupo literario La Espiga Amotinada, fue director de la revista Plural y presidente
del Instituto Mexicano-Cubano de Relaciones Culturales. Actualmente es Miembro de Número de la Asociación Filosófica
de México, Miembro de Número de la Academia Mexicana de la Lengua y director de Siglo XXI Editores.
Ha publicado, entre otros libros, "El amor, el sueño y la muerte en la poesía mexicana", "La palabra enemiga", "Elogios de la luz y la sombra", "Humboldt, ciudadano universal", y "Cuerpo, territorio, mito".
Parte de su obra poética está contenida en "El descenso" 1960, "La feroz alegría" 1965, "A la intemperie" 1970, "Obsesiones con un tema obligado" 1975, "Las cuatro estaciones" 1981, y "Dominio de la tarde" 1991, integradas en el volumen "Animal de silencios".
Ha sido galardonado con importantes premios, entre los que se destacan, Premio Tuxtla Gutiérrez 1980, Premio Internacional de Poesía Ciudad de la Paz 1981, Premio José Fuentes Mares 1987, Premio Nacional de Periodismo 1992, y Premio López Velarde 2007.


De "El descenso" 1960


El crecimiento

Con la palabra inauguramos, damos vida.
Yo te nombro la playa de mi cuerpo,
la bahía de mi boca,
el abra de mis brazos.
Yo te nombro callada,
yo te nombro vibrante.
Te digo aves, te digo remolinos.

Espeso ahora mi juventud, tú la adulteces.
Grave ahora mi corazón, tú me lo sanas.
Tú me haces crecer como la tierra plantas,
como la tierra uvas,
como la tierra creces.
Y yo crezco contigo.
Me haces crecer sobre tu cuerpo
y soy como una enredadera
tendido entre tus brazos.

Peso ahora tu corazón y el mío:
peso lo doble.


* * * * *


Invocación a una alta imagen

A Ruth

Mujer de viento,
permite que la playa de tu oído
recoja el mar de mis palabras.

He de enseñarte a amar lo que yo amo
y has de aprender a amarte toda tú:
He de romper lo unido a la costumbre
para que tu sed conquiste calma.

Ya te hundiste en el agua
y vives, como océano,
ciñendo el continente de mi torso.
¿Ves el reflejo de la sal en los esteros?
He aquí que tu mirada dulcifica.

Estela es tu nombre.
En mí la dejas como un vasto ámbito de espuma
o una turbia primavera aflorando hasta la piel.
¡Ah, la tierna región que ahora me señalas!

Recoge de mi antorcha el fuego suficiente
para quemar la casa de tus padres.

Corazón de designios amables,
acaricia mi esperanza arrodillada.
Te invoco, mujer:
siente la savia de mi voz;
te imploro, imagen alta abierta a mi resguardo.

Abanico del aire, tócame.
Cabellera del fuego, incéndiame.
Ánfora de la alegría, sáciame.
Señora de la luz, concédeme la sombra.


* * * * *


La realidad y el sueño

Espesa turbulencia preside mis palabras.
Para mí, tú eres aún una doncella.
Dentro de mí, habito un nido de fantasmas,
un lecho de cigarras, casi un cielo infantil.

Tomándote los pechos, jugamos a ser niños.
Ríes. Rozo apenas tus párpados.
Inocente me miras.

Yo te beso en la boca y tu misterio se abre,
ávido de abrazos.
Mi cuerpo se abre en cruz.
Nuestras manos se estrechan.
Tu palpitante corazón deshoja mis latidos.
Dicen ser esto la alegría.

Yo te estrecho,
yo te estrecho.
Somos los dos turbias bestias
crucificadas en los brazos del otro.

El antiguo ensueño azul se desbarata.
He aquí la vida, hermosa y dura.







De "La feroz alegría" 1965



Amanece

Hablo en plurales giros
porque plural o universal me siento.
Y luego reparto mi alegría,
tal vez sin alma,
lo cierto es que sin cuerpo,
pero conmigo adentro.
Es la crisis total de mi sistema.

Desarticulo puertas,
me desgozno,
me desplomo
como una casa del Virreinato,
y te nombro
y te nombro,
y es que quiero desgajar,
morder, día dije,
la naranja cercana de tu vientre.

Amanezco. Amanecemos.
Somos ya multitud
abierta a las preguntas.


* * * * *

Como dura puerta

Para Valentina

Aprieto mis espuelas
en el ijar de consonantes,
me simplifico de este modo longitudes.
Sé lo que digo.
Me brotan letras unidas en un signo:
el de tu nombre.
Y estoy como mareado
de tanta resonancia total.
Maduré para ti horas enteras
y llegué a tu camino por derecho.

Y sin lóbrega luz me voy ahora
hasta tus pasos.
Sosténme, te sostengo.
Apóyate, me apoyas.
Caminemos ya juntos,
pueblo, mujer míos.


* * * * *


Diálogo y migraciones

Fue entonces cuando aprendiste a dialogar,
quizá de noche, con voz de migración y cataclismo.
Entonces aprendiste a hablar con un rumor de pozo.
Volcada, salías de ti y en ti permanecías.
Descubriste en tu vientre un objeto vecino
en el que concentraste un trabajo paciente,
un amor de minutos sostenidos. No hubo dolor.
Desgarramiento acaso, que mujer te hacía.
En ti edificabas un motivo de riesgo,
una elección posible ante una encrucijada.
Escribo estas palabras frente a tu gravidez.
Y luego vienes a leerlas.
Tu mirada de amante trastorna los poemas.


* * * * *


El júbilo se enciende

La memoria es una piel que tu recuerdo llaga,
una herida de torpe geometría,
es una carne, un nervio vivos.
Lacerada memoria donde el fuego
es la violenta agua apaciguada.
Miro así tu jadeo,
en ese mar, en esas olas me hundo.
Qué hermosa sed que nunca más se sacia,
qué agua: no apagas sino incendias.
Tu cuerpo resplandece con mi yesca;
tallo tu imagen de carbón
y es fósforo, sol, óxido el que brota
de esta chispa de luz.
Rescoldo quedan nuestros cuerpos y aluzamos
todo cuanto habita la pieza.
El júbilo se enciende.
De los cuerpos que se besan
viene este parto de la brasa.
Los objetos adquieren sus perfiles de gracia
y desdeñan la sombra.


* * * * *


Relámpago de obsidiana

Siento resorte ser,
siento agonía.
Siento mi cierta humanidad
junto a tus meses.
Y repito tu nombre o yo descolorido.
O yo me simbolizo entre metales.
O yo soy ese cuerpo que te embriaga.

Sucede que hallo apenas
no cosas qué decirte,
sino cómo decirte que te espero,
que de mis piedras eres veta,
quede mi pie junto a tu huella.
Pero cómo decirte es que no encuentro.
Pero cómo decirte así, sin más:
tuércete en mí como bejuco.
Siento dejarte.
Siento que te dejo.
Y al despedirme,
algo de mí se va,
algo de mí se queda
adentro de mis huesos.
Siento tu danza.
Siento tu guerra así con el espacio.
Y desvanezco sueños.
Y piso realidades.
Y trémula tú,
tremolo vientos aurorales.
¡Ve mi relámpago fijo de obsidiana:
he de venir a hincarlo hasta tu suelo!



* * * * *


Sobre el invierno

Bajo mi torso sonreías,
bajo mi abrazo.
Bajo mis ascendentes escaleras,
bajo las nupcias que a tu lecho llevan.
No es sombra ya mi corazón hecho badajo
que golpea la campana de mi tórax.

Mis huesos quieren descoyuntarse,
salirme enfurecidos hacia arriba,
abandonarme.
Mis huesos quieren danzar
en ritmos de alegría.

Y es que tengo con tu pasión queveres.
Tengo a tu cintura aprisionada.

Y un cielo azul muy duro
anuncia a nuestros vientos el invierno.







De "A la intemperie" 1970


2. Estoy desamparado, interiormente destruido...

Estoy desamparado, interiormente destruido,
como si sólo azufre hubieran en mi pecho
encontrado mis dedos,
como si sólo úlceras, desnudez y vacío.
Una orfandad sin límite me descubre y denuncia.

¿Quién me arrebató mis cicatrices?
Estrechar tu cintura es descubrirme.
Quiero encontrar un cuerpo donde refugiarme,
un cuerpo, ¿el del anís, el tuyo, amor,
el de la lucha? , que sea el mío.
Pero ¿en dónde protegerme
si llegan de todos sitios
noticias del desastre y adentro
de mí mismo las nutrias
devoran ruiseñores? Sólo veo
el tentáculo carnívoro de las anémonas,
los huracanes
y el enmohecido epílogo del mundo.
Ya sólo queda en mí
esta anatomía de garabato,
de sacudido en todas manos guiñapo
y caigo en el dolor, su ala me arrebata.

Ya no me reconozco.
En el aire camino como en una
inmensa piel de luces y topacios.
Nada peleo, pero desciendo
al nauseabundo
pozo en donde están la escoria,
la muerte de mi amigo,
la herida que no me cicatriza,
la vida de tragedia
que somos y seremos.

Destruyamos. Que nuestros sucesores,
a su vez, destruyan. Que nos recuerden
por ser brujos de violencia;
porque yo, a golpes de continuada gracia
me construyo: mujer, revolución,
la vida, el mundo.


* * * * *


3. No hay sitio en el que pueda...

No hay sitio en el que pueda
apoyar la sombra de mis pies
del que no brote sangre
coagulada en piedra,
esqueletos del aire abrazados al limo.
De muerte y barro antiguo mi alimento.
Y nosotros, ceniza.

Cuando toco tu torso
hay algo que se quiebra.
Cuando estrecho la mano del amigo,
siento que crujen
arquitecturas de cristal y hielo,
que los pinos se hienden.
Parece dialogara con ausentes:
galopa, cráneo adentro, la vigilia,
ánades furiosos baten mi cerebro.
No tengo paz,
ni soy feliz, ni nada.
¿Por qué esta mancha vegetal en la palabra?
Quizá arrebato esta mujer a otro hombre,
oh coágulo de tela, plumas, voces.

Cuando yazgo a tu lado, mujer,
brota un fantasma,
una mano sin huesos,
un cartílago muerto;
y entre mi boca y la tuya
gritan y juran desahuciados hombres.
¿Cómo besar entonces
tu mirada de ola, tus axilas
definitivamente submarinas!
Parezco dormir sobre siniestros.

Riesgo es entonces la cosecha,
pequeña alcoba tu vida
que me duele, mujer,
en el constante insomnio.


* * * * *


4. Apoyada en mi sangre...

Apoyada en mi sangre,
observas el vuelo regular de los insectos
y quiero desgajarte;
repetir este gesto que descubre
tu ya mil veces vista desnuda piel
de abedul tambaleante.

No duermas. Una vez más,
merodeador nocturno, encuentro
tus secretos resortes de delicia.
Y sin embargo entre los dos combate,
enemigo, un cenzontle.
Parece no tuviera ya más
derecho al goce,
alguien en mi conciencia torturado grita.
Casi no puedo amarte,
hay cielos asesinos.

Sólo siento una espantosa lasitud de selva,
bostezos de caimán, nitidez de garzas frágiles,
enjambre de insectos que caminan,
carcomido tronco de oyamel, mi cuerpo.

Y entonces me acostumbro
a disparar a bultos en la sombra,
maldigo al transitorio igual que yo
despojo del granito, la hormiga
que cercena la tierra paso a paso
buscando inútil horizonte
y entonces te combato,
crueldad y humillación de la esperanza,
parálisis del mundo,
hasta que anclemos
nunca
en un abra infinita.







De "Obsesiones con un tema obligado" 1975


Aguja en el pajar

Aunque pudiésemos representarnos lo que
es, no podríamos decirlo ni comunicarlo...
Gorgias

Desde la pluma brotas, súbita
llama tensa que se prende aun a la madera
húmeda y la quema y la guarda.
Entonces tu jadeo (reiterado,
sonámbulo sonido que atraviesa
las destruidas, de amor, paredes
de mi cráneo y pronuncia sin decirlo
mi solo nombre oscuro y dibuja mi rostro),
tu jadeo me recorre. Yo gozo
la tensa y acre miel de tus axilas
y el vello, violento y deslumbrante,
que sube, musgo negro, de tu vientre.

Echado sobre ti, dejo en tus senos
la huella de mi pecho, un turbio laberinto
de cabellos y amor. Desaparezco en ese instante
y respiro ahogado en tanta sombra. Se acelera
mi sangre. Apenas reconozco tus ojos
en la apretada luz que me golpea las sienes
y las manos. Son, no sé, tres, cuatro, diez
segundos de gozosa inconsciencia.
Nuestra palabra es una sola letra terca.
¿Qué nombre concederte ahí, un signo
que sin lastimarte te construya? Tu nombre
no te agota ni puebla por sí solo,
con tu imagen, la memoria de nadie.
Lo tienen también algunas aves
que sólo cantan al atardecer. Tendría
que inventar, para mirarte bien
entre la turba terca de las cosas,
un cúmulo de voces y de signos.
Te reconocería así en la muchedumbre:
una voz te haría aguja encontrada
en el pajar. Pero ¿quién compartiría
mi manera de hablarte? Idéntica
a ti misma, diferente de todo,
sólo a mí momentáneamente te asemejas
cuando por mi boca respiras.
Te doy cuanto yo necesito
y cambias ya de rostro.

Una eres cuando caminas entre automóviles
y grasa que hiere el paladar y otra
cuando recibes el peso de mis venas.
¿Cómo decir
con sólo un nombre las siete especies
de mujer que tú eres? Seis, siete voces
por la llama que fuiste; diez, doce
nombres por el mar que serás. Tu nombre
pronunciado en la penumbra despedaza
al que digo bajo el sol de noviembre.
¿Para qué destruirte con una voz, entonces,
para qué encerrarte en un sarcófago sonoro?
Quedémonos así,
goloso uno del otro, y sin hablar.



* * * * *


En el centro del año

El sol es nuevo cada día.
Heraclito

Hoy he tocado tu corazón, sombra desnuda
o vorágine o sola nota de dolor obstinado.
Hoy he tocado tu corazón en las yemas
de los dedos y he oído el mismo agudo acento
que llevó a los amantes al amor
desgarrado y a los pactos suicidas.

El año está en su centro y se desploma
lo mismo el sol ya derretido que el agua
musical y clara. Detrás del sol yo veo
una armonía destruida por las sombras tercas.
Nada nuevo se yergue bajo él: Cleopatra
mordida por el áspid o la muchacha
que después de abortar se ahorca con su media,
rayo, avión o nube combatida. ¿Todo es igual,
desde hace siglos? ¿Ballesta o bala trazadora,
tú o Casandra, la de nombre arrasado? Lo húmedo
se seca, asciende y se contrae. Lo seco
se humedece, avanza y retrocede. La arcilla
se hace águila; el buey lame el salitre
con su lengua de trapo. Pero todo es distinto.
El amor de Alejandro no es el mío y tus labios,
con ser labios como los labios de cualquier
mujer, son solamente, indescriptiblemente
tuyos. Todo es nuevo bajo este sol, agua,
deleite o muerte compartidas.
¿Para qué atormentarnos y roer
nuestros sueños como si fueran fósiles
por arena y cristal conservados? Me levanto
y deliro. El sol, el mismo sol entonces,
es nuevo cada día, su violencia se altera
de minuto en minuto. La alegría de tu rostro
sube ya, vegetal, desde la sábana
y recobra en los ojos la luz de la ventana
(aquella luz, empero, corroída por distintos
cristales). Hoy he tocado tu corazón
como una gota de ámbar o milagro obstinado.
Hoy he tocado tu corazón en las fronteras
de tus ojos y lo he oído latir tranquilamente,
con la mansedumbre del agua que bulle dormida.
Tu cabello negro, que absorbe luz a borbotones,
me arrastra a donde el mes de agosto
se dilata. Somos remeros sordos en las aguas
contrarias: tu barca va en mi sangre,
mi remo ya perfora tus nostalgias profundas.


* * * * *


Un largo, lento aprendizaje...

...aprender a morir ya estar muerto.
Platón

Me dañará, lo sé ya desde ahora,
la nostalgia. Se ha cerrado
el ciclo de toda destrucción y el amor
y el amor se combaten. Nos hemos desgarrado
como quien tercamente, hora tras hora,
regresa al mismo sitio por tocar
animales destruidos o muecas disecadas.

Un rencor de pupilas o ceniza
anunciado en el fuego.
Así también endurecimos. Es posible
que llegue un día en el que ya no quiera
hacer ningún esfuerzo por reconstruir
tu mirada más débil, aquella que borraba
hasta el presagio de la pesadumbre.

Nos matamos con los adioses simples,
con la sonrisa puesta mal
en la frontera tensa de la noche. También
morimos cuando una cuchara cae desde la mesa
con un ruido de terremoto impresionante
a la mitad de nuestros dos silencios.
Un día, éste, tal vez, tan luminoso
bajo el azul abril,
descubriremos que podríamos vivir,
un minuto lo mismo que diez años,
con la llaga del otro en ambas manos;
dirás entonces: ya no es posible
continuar, destrúyeme; y sumidos
adentro en la inconsciencia
nos besaremos quizá por la vez última.

Como si con una espada
de suavidad te penetrara y sufrieras
y temblaras entonces. Porque oscilamos,
péndulos ambos, de uno a otro. Árboles
podridos que aún pudieran ofrecerse
frutos. Despedirse, desprenderse,
hasta el muñón, el brazo oscuro, separarse
así del propio cuerpo, quise decir: el tuyo
que fue mío. Todo en el amor derrota
y convulsión, todo un sencillo
aprendizaje: el de enseñarse
a morir y a estar muerto.







De "Las cuatro estaciones" 1981


Piel

Creyente sólo en lo que toco, yo te toco,
mujer, hasta la entraña, el hueso,
aquello que otros llaman alma, tan unida,
tan cerca de la carne mortal y voluptuosa
o siempre ardiente o nunca maltratada
sino dulce, oscilante entre querer
y subir, adentro de la espuma.
Te toco, dije, mujer, hasta el más húmedo
hueso de tu vientre, donde ya gimes tú,
y el aire libre viene, sin sangre
o pensamientos: un solo extremo
de mi cuerpo se convierte en el todo.
Ni un pensamiento impuro empaña entonces
ese goce: cuando estoy en tu vientre
sólo estoy en tu vientre. Soy ahora
ese límite extraño, esa piel que consume,
que se quema y se gasta, ese tacto
profundo que va desde la piel
al pozo ciego de mis venas, y también
un ruiseñor y un alto sol, tendido,
mudo. Un beso apenas, un leve,
ya risueño fulgor que lento acaba:
la piel que se contrae. La sangre
toda y los sudores hablan. Vuelven
a mí los pensamientos. Por ti camino
llano, por el tiempo. Cuando estoy
a tu lado, no estoy sólo a tu lado:
el agua entera fructifica, el espacio
se amplía y un lento sol nocturno
nos enciende por dentro.


* * * * *


Sombra

Matamos lo que amamos.
Oscar Wilde

¿Podremos dar acaso lo que somos?
¿Jamás? La carne, la mano misma
con la que yo me doy, se vuelve
dulcemente acero, y al durazno
del día -que mastico, goloso-
lo carcome la sombra. Un rastro
de egoísmo contrae el gesto
de la dádiva, un antiguo cansancio
se detiene en el aire. La sonrisa
se hiela. El agua mata la sed,
es cierto, y hace trizas el vaso.

Algo de mí, seco, enmohecido,
se despega conmigo cuando la piel,
ya tensa, de mis labios
roza apenas tu sangre. Algo
pierdo de mí, calcinado,
destruido, en cada río de cólera,
no importa, o de cariño, con los que intento,
miope, asirte, oh tú,
por siempre inalcanzable.
Pues algo detrás de ti se queda,
durísimo, inasible, al otro lado
de una puerta de llanto sólo
y de tristeza y de goznes
inútiles: no tengo llave,
no tengo voz con qué lograr
que la montaña se abra. Porque te digo
amor y sin embargo mato
aquello mismo que deseo, equívocos,
equívocos. Somos aquello
que construimos, nada, sólo
un poco de polvo en la mitad
inhóspita del llano, una columna
lenta, con basura y humo, un instante
de piedra, detenido. Más que ser,
tocar un rostro. Nuestras vidas
se cruzan como dos aires turbios
encima de la arena o las heladas nubes
de la playa. Así, ni más
ni menos, coincidimos: en la calle,
en la casa, en el jardín de agosto,
en el abril profundo o en este julio
que sangra azules y fugaces hierros.

Soy una brisa que abrasa el centro
del espanto. Todo cuanto te he dado
pasará, como nosotros mismos. Y la sombra,
la sombra sólo, la sombra enorme,
húmeda, la ceniza tediosa
quedará en el cielo, como una cegadora,
abierta herida en la piel de la luz.







De "Dominio de la tarde" 1991



Horas

11.30 p.m.
Durísima la luna. Igual que tú, tan lejos.
Suéñame, te digo, como te sueño aquí,
hasta que los dos sueños se conviertan en fuego,
hasta que mi aliento sea el tuyo,
hasta que respiremos cada uno
por la boca del otro. La luna
asoma, llena y sorda. No estás
al otro lado del teléfono y sólo
por un hilo de sueño podré hablarte.

Paz y fuerza me habitan. Entro
con pies descalzos en el lecho.
Estás hecha de espumas, estás
hecha de nubes, estás hecha de luz.

Compartamos los sueños.

10.30. a.m.
Moles de nieve, quietas, perturbadas
apenas por la luz. Nada conmueve
al resplandor, arriba. El cielo está
desnudo. El vértigo está aquí,
adentro, en la conciencia.
La nube derretida es piedra densa.
Más en calma este mar de vapores
que las nieves deshechas en la cumbre.
Allá la roca dura, el hielo, la nostalgia.

Un techo largo aquí, de plomo,
lagunas sólidas de plomo.

Yo viajo lentamente, encima de un gran
mar, blanco y sin sangre. El mundo
tiembla, abajo. Un segundo después,
la vida será otra. Nada más frágil
que este valle de nubes, arriba
del Atlántico. La rotación insomne
de la tierra, el calor implacable,
el viento cruel, el simple y lento
tránsito del tiempo, la más ligera
sombra, destruirán el paisaje.
Nadie podrá volver hasta este
sitio. Baja el avión y el valle
no se altera. Atrás, horas atrás,
queda el desierto techo sin fronteras.

Pongo mi pie en la tierra, entro
en la sombra. El tiempo se estremece.

8.30 p.m.
Sé que voy a morir. Lo sé de cierto.
He vivido como si la muerte fuera
un recuerdo lejano. Pero tú has hecho
que la luz se prolongue en la alcoba.
¿Esa piel que tocaba en el sueño
era la tuya? Era en verdad la piel
amada de tu cuerpo entero.
Has hecho que renazca.

La luz, el cielo, el mundo
eran tiniebla. Pero viniste tú,
como nacida desde una piedra de fuego.
Llegaste como un pájaro súbito,
como un rayo de espuma. Semejabas
un espejo de soles, un mar de luz
que me envolvía. Amanecí. El sueño
era desnudo campo compartido.
Soñaba que te ahogaba
con mi aliento de hombre.
Iguales ambos sueños, te soñaba
como si mi cerebro anidara en tu cráneo,
como si el territorio de los sueños
fuera el débil territorio de una sangre común.

Tú te abrías como el mar,
para tragarme. Como la nube blanca,
envolviéndome, como la tierra negra.
El sueño era verdad. Entrábamos en él,
como por un espejo. Salíamos desde él,
como a través de una puerta de viento.
Mis ojos eran tuyos. Tus ojos me miraban
en la penumbra blanca de la alcoba.
Despertar o dormir era lo mismo.
Vivíamos vidas iguales, a un lado
y otro de la muerte, el amor era el mismo
de un lado y otro de la vida.

Te besé hasta la dicha, te mordí
hasta la muerte. Granada
fue tu boca,
tamarindo
tus labios.
Compartimos el sueño.



* * * * *


Límite

Para saber hasta qué límite en mi sangre,
para que las manos reconozcan
el hueco azul que horadaste en el aire
y que se queja, a diario, por tu ausencia,
para que la memoria de hoy me diga dónde,
hasta dónde, en la carne, me eres necesaria,
necesito que prescindas de mí,
necesitas pensar que estoy ya muerto.

Imagíname cuerpo del que nada puedes
reclamar, que nada puede darte: ni paz ya,
ni sonrisas, ni un ángel de exterminio
o extranjero, ni el pan nuestro de la casa.
Imagina también tu vida así, bajo mi ausencia
fría, con las uñas creciéndome
en lo oscuro, en lo oscuro, en lo oscuro.

Y luego, torpemente, descubre que estoy
una vez más, adentro, en ti, raíz y luz
en el voraz torrente de tu pelo.

Puede la música acosar al corazón,
pueden el arpa y los relámpagos
atravesar las nubes, porque hubo un tiempo
azul en que comíamos el pan, la miel,
el dátil y los higos del desierto.

Hoy la abundancia nos destruye
y habría que aprender a convivir
con la miseria. Con la miseria,
sí, pero también
con el amor más triste.



* * * * *


Voces

¿Dónde, en verdad, nace el idioma?
¿En la garganta o en la piel?
¿En el hoyo más denso, más
amargo y profundo de la historia?
Lengua y palabra somos, pregunta
acaso, el grito ya voraz, hambriento,
seco, súbita voz de ronca arquitectura,
aire que rasga el árbol,
de la raíz hasta la suave
explosión de la semilla.

Pues el amor era casual y cuando
la lluvia se estrellaba en los cristales
y hacía que la luz naciera, adentro,
cuánta crueldad, cuánta premura,
cuánta prisa y desolación
amargas, cuánta.

Pero el amor era un abismo
y yo iba hasta el fondo de ti.
Y nada ni nadie, pese a esa
desolación y pese a aquella
prisa amarga, podía separarme
de ti. Yo te pertenecía
como una brasa pura,
como un harapo de carne
adherido a tu carne. Y tú,
como una voz, como una palabra
más en mi cerebro, como algo
nacido en el centro de mí,
hablabas y todos te escuchaban.

Mi voz había cambiado. Lengua
y palabra somos, pregunta acaso.

La verdad es que yo
vivía de tus alientos
hasta un sitio imposible,
hasta donde yo no era yo,
hasta donde tú empezabas a ser
una parte gravísima, enferma,
de mí mismo. Ésas eran mis letras,
ésta ha sido mi voz, la sangre
estremecida en cinco largos,
infernales y felices años.
Porque el idioma
no nace en la garganta. Porque
la voz no nace en los pliegues
más hondos del cerebro.

Somos lengua y palabra, sí,
pregunta a veces, sorda
respuesta, negras voces.
Somos el otro. Yo soy sólo tú.
y tu historia me niega
y me edifica. Soy un pájaro ciego
que una vez y otra vez,
como la lluvia, contra las ventanas
de los cuartos, resbala, lento.
Soy un pájaro que recuerda
y que canta, enceguecido ya
por tu memoria. Cuando estoy
a tu lado, cesa el canto.
Vivir es todo. Mi voz nace
desde la extrema raíz de tus sentidos.

Lengua y palabra somos, preguntas
encendidas, respuesta a veces,
aire que mueve un árbol,
pájaros ciegos en un bosque
extraño, recuerdos largos de la especie,
voces llenas de sangre,
Cantos que rompen el inmenso
silencio blanco de la noche,
una luz que se apaga, un rescoldo
contra la brasa cruel de las estrellas.
Valió la pena vivir este minuto.
Alegría. Moriremos.

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