viernes, 11 de noviembre de 2011

5151.- MIGUEL CABRERA



Miguel Cabrera

(Callao, Perú, 1945)

Poeta, periodista y crítico peruano. Reside en España desde 1971. Estudió Filología Hispánica en la Univ. Complutense de Madrid. Fue asiduo colaborador, entre 1977 y 1982, de Estafeta Literaria (Madrid). Ha publicado, como crítico y periodista, entrevistas y ensayos sobre poesía hispanoamericana en Cuadernos Americanos e Infame Turba (México), Lienzo(Lima) y Cuadernos Hispanoamericanos (Madrid). También en Códice y Sí(Lima) y en el periódico 6-16 (Villaviciosa de Odón, Madrid). Ha dado numerosos recitales y asistido así mismo a numerosos congresos en ambos lados del Atlántico.
Entre sus publicaciones, podemos encontrar:

POESÍA: 
Hogar de la semilla, Ed.Corona del Sur, Málaga,1986;
Noche contra noche. Ed.Devenir,Madrid 1989;
Fardos de la memoria, Ed.Devenir, Madrid 1992;
Para alcanzar el más allá del día. Eds. del Tapir, Madrid 1998
La señal agazapada, Ediciones El Nocedal, Lima 2009.

ENSAYO:
Milenaria luz: la poesía de Javier Sologuren, Eds. del Tapir, Madrid 1988.

ANTOLOGÍA POÉTICA:
Para alcanzar el más allá del día, Jaime Campodónico Editor, Lima, 1995.






Pasan los años:
bate escombros el vórtice,
la mano de obra.
Pasa el fracaso
taciturno y lento como una tortuga;
le duele al triunfo
alzarse reivindicador como Tupac Amaru,
y con la sombra sigue a cuestas,
con la aventura impetuosa de sueños
horadados por el ocaso.
Pasa el invierno,
y el hombre se redime de tantas muertes,
reconstruye a partir del olvido y de la máscara,
de la perspectiva de lo lejano;
pero la sombra,
espectro en la madrugada,
le tira de las sábanas,
amor voraz
hondo cala en sus entrañas.







En los avatares
y en la vigilia
zancos
se vuelven las piernas
Tac tac tac se apodera
en la soledad de la tarde
del testarudo vagar
hacia el ocaso
Es el bastón
báculo
que domeña a los feligreses
batuta
que dirige las hordas de la emoción
látigo
que rema lanchas balleneras
al renuente botín
Tac tac tac se aleja
en huella torcida
de sombrío luchador







El hogar del tren

El tren que me lleva por árboles y fanales
a donde nunca quise estar
a lo que nunca quise ser
el tren que nadie detiene
y siempre viaja y nunca vuelve
el tren perenne suspensión
suspiro de alegría
el tren que aúlla en la opaca multitud
que te mira sin hablar
y conoce bien sus rieles
que vende tarifas para el infinito
comercia con tu cuerpo y la madrugada
y sale siempre con las suya
con argucias al dorso del cerumen
que nunca agota su energía
que pasa contigo y sin tí siempre
y se deja llevar por anónimo maquinista
el tren
el largo tren salivero
el viejo tren mordaz / vano
transgrediendo el magma de la urna
llevándote
a donde nunca nadie quiere ir
a donde nunca nadie quiere volver
y del cual eres siempre un pasajero 

De Hogar de la semilla (1986).







LA LLUVIA... LA LLUVIA... su tintineo azul... sus ojos
enmarañados...
La lluvia... y tu mano escurridiza entre la niebla, entre la
humedad de los pastos...
La lluvia... la lluvia... el cielo nublado que existe en
nosotros martillándonos, el relámpago...
La lluvia... corres como goza el universo entre la fresca y
la tormenta...
La lluvia... la lluvia... su rugido, su piel apergaminada, su
sueño a solas...
La lluvia... siempre te acerca a mí, llena de gentes, llena
de matices, de palabras, de enjambres que se abren y cierran
como gaviotas al viento huyendo del fango de las fábricas...
La lluvia... has aprendido a irte con los estertores opacos
del cielo... tú eres intangible... incluso cuando nos inundas
con tu fluido, tú eres intangible...
La lluvia... el pozo de la calle en el que te reconozco... y
los claveles de tu jardín, Lluvina, y esa enorme palmera de
brazos abiertos presidiendo el hogar...
La lluvia... su rostro alargado entre los cristales y la yerba
abierta... su frío tenue que susurra afín la soledad, la lluvia,
los caminos...
La lluvia... mi brazo espumoso está levantado, siempre
levantado, para que tú poses, para que tú siempre anides...
La lluvia... hasta las puertas chirrían... estás ahí erguida,
ahí imponente, ahí virgen en tu propio monasterio, ahí
trasnochada, loca al no saber qué aguas fluyen, se empujan
unas a otras por las venas fogosas de tu elemento, estás ahí
sin penetrar, ahí penetrada por la furia y la noche, ahí abierta,
ahí cerrada, lentamente quedándote...
La lluvia... la lluvia... tardía... siempre...

De Noche contra noche (1989).







Rincón su luz

Para Ricardo González Vigil

Sólo están presentes
los que se fueron
Los que están aquí
no necesitan irse
para seguir vivos
su lumbre ¡cómo se marchita

Y si lograran huir
cuánto deben atravesar
para seguir vivos




De Fardos de la memoria (1992)







SOMOS LO QUE VEMOS. En el espejo platino.
En la paramera de este sueño. Somos
el incansable rastreo que venimos forjando.

Distorsionado enjambre. En mar convulsa
Tabla de salvación. Sueño azul de marea gris.

Confín inalcanzable somos, confín todavía
Por hacerse, todavía por soñarse.







CANSADO DEL NIDO PROTECTOR, mira al desafiante
cielo, su incitación al viaje. Muscula sus alas.
Deslizarse enérgico y relajado por la aurora
hacia la cumbre sin más soporte que su impulsión,
para alcanzar el más allá del día.

Sin amedrentarse, salta un poco más. Y las alas,
ya algo fuertes, lo sostienen en el aire. Carga
y lanzarse al vacío. Consigue planear, soltarse,
descender. Empica, ah, universal!

Por fin ha iniciado la forma su aventura
Independiente de volar.








MIENTRAS RUGE EL MAR, siempre está en lo alto
de la casa. A lo lejos. Créeme. Nunca a destajo.

Lo que somos no emite una señal nítida.
La contundencia del ritmo reverdecido, cerroso,
debil de sostener su decidido martilleo.

Desde muy atrás arrastra, escupe. Lo que somos
se confunde con lo que siempre hemos sido.

Hacia el hogar, fingida y debilitada huella,
ya eres una selva escabrosa.

De Para alcanzar el más allá del día (1998)








La segura luz

“Meto-me para adentro, e fecho a janela.”
Fernando Pessoa

Me voy para adentro y cierro la ventana
Métome adentro de mí mismo
todavía hasta lo que no soy
adentro en donde hay más estancias

Me voy para adentro y apago las olas
Contra la segura luz exterior
Opongo las puertas trancadas
La oscuridad de esta habitación

Me voy para adentro y corro la pestaña
Para penetrar algo en el soñar
No huyo de alguna luz divagante
Me transito y me recojo

Me voy para adentro Este es mi lechedo
Aún viajo más adentro de mí mismo
Viajo más adentro en el recinto del ser
Más adentro en mi propio regazo

De La señal agazapada






Velas encendidas

¿No has visto nunca
encenderse
el alba?

Como rosa
Como volcán
O nalga?


De La señal agazapada 








Del alba y del ocaso

El horizonte negro
no es aquel que vemos
allá a lo lejos
aquel al que nunca
daremos caza
allá a lo lejos

Metido a la fuerza
en mi casa
metido a la fuerza
en mi jardín
está el negro horizonte
y de mi siembra se ríe

En la vida
mucho crepúsculo hay que vuelve
siempre la tarde en el ansia
lentamente está cayendo

En la vida
como un río más
cada vez se abre paso
su lava de petróleo
toma cuerpo
envenena cuanto toca
ennegrece nuestra sangre
y asfixia nuestros pulmones

Su fuego atrevido
indómito bombardea
atropella y devora
Tormenta irracional
Con su eterna niebla
Civiles pulveriza

Mírenlo
Ahí humeado
Habría que desencajarlo
Y por su adentro colarse

Y yo en miedo de esta guarida
intento no agobiar los ojos
- no es más que yo el horizonte –
identificar las arterias
desentrañar uña a uña
el horizonte sin apellidos
aunque todavía me salpiquen
troncos quemados
chispas hambrientas
la ceniza todavía lance

Pero también el alba está allá
asomándose... insistente
Más acá el verde todavía
Crece...
Y yo estoy aquí
del alba y del ocaso
atento
de pie
todavía
frente a todo.

De La señal agazapada 


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