lunes, 28 de noviembre de 2011

CARLOS DE ROKHA [5.226] Poeta de Chile



Carlos de Rokha


Carlos Díaz Anabalón, más conocido como Carlos de Rokha (n. Santiago, Chile, 17 de octubre de 1920 - d. Santiago, Chile, 29 de septiembre de 1962), poeta chileno, integrante de la generación literaria de 1938.
Carlos de Rokha fue el integrante más joven del grupo Mandrágora, fundado en 1938 por los poetas Teófilo Cid, Enrique Gómez Correa y Braulio Arenas.

Carlos de Rokha nació en la ciudad de Santiago de Chile, el 17 de octubre de 1920, con el nombre de Carlos Díaz Anabalón. Fue hijo de Pablo de Rokha y Winétt de Rokha, y miembro de una familia de reconocidos artistas en Chile, entre ellos sus propios padres, y sus hermanos Lukó, José, Pablo, y Laura, entre otros.
Seguidor de Arthur Rimbaud,1 es catalogado dentro de la Generación Literaria de 1938, pese a la brecha etaria, temática y estilística.
A lo largo de su vida sufrió de esquizofrenia,2 por lo que en más de una ocasión fue internado en el Hospital Siquiátrico.
En 1961 su obra Memorial y llaves fue galardonada con el Premio de los Juegos Municipales Gabriela Mistral de la Municipalidad de Santiago. En 1962 su obra Pavana del gallo y el arlequín logró el mismo galardón.
Carlos de Rokha falleció el 29 de septiembre de 1962, a la edad de 42 años, por una sobredosis de fármacos. La razón de muerte es debatida entre una ingesta accidental o un suicidio.3
Su muerte afecto profundamente a su padre, Pablo de Rokha, quien nunca pudo recuperarse de la muerte de su hijo. En Carta perdida a Carlos de Rokha4 escribió: «el sello del genio de Winétt te persiguió, como una gran águila de fuego, desde la cuna a la tumba, pero no te influyó, porque no te influyó nadie, encima del mundo./Perdóname el haberte dado la vida».
Mahfúd Massís (esposo de Lukó de Rokha, hermana del poeta) se refirió a su muerte de la siguiente forma: «Carlos fue el ángel sediento, desinteresado, atormentado, que cumplía una sola función en el mundo, una sola función, y ninguna otra, una función principal, impuesta por el destino de su organización psíquica, y hasta física, pues todos sus rasgos acusaban al poeta sin redención posible. Era, así, el poeta irremediable, el poeta sin salvación, condenado desde la partida. Terrible, triste, envidiable destino». También Enrique Lihn le dedicó una elegía llamada Elegía a Carlos de Rokha, en su libro editado en 1963, La pieza oscura.
En 1964 se publicó su primera obra póstuma: Memorial y llaves. Luego, en 1967 se publicó su segunda obra póstuma, titulada Pavana del gallo y el arlequín.
En 2004, Patricia Tagle, sobrina de Carlos de Rokha, recibió $ 9.000.000 de parte del Fondo Nacional del Libro para la publicación de los poemas inéditos compilados en cerca de diez cuadernos que poseía el poeta.


Obras

La obra de Carlos de Rokha se encuentra recolectada en sólo cuatro publicaciones.
Cántico profético al Primer Mundo, 1944.
El orden visible, 1956.
Memorial y llaves, 1964.
Pavana del gallo y el arlequín, 1967 (segunda edición, 2002).
Enrique Lihn se refiere a la escasa difusión de la obra de Carlos con las siguientes palabras: «La poesía de Carlos de Rokha es de las que saldrían gananciosas si se historiara, verdaderamente, el total de nuestra literatura. Con caracteres propios e inconfundibles la obra de de Rokha registró todas las inquietudes expresivo-formales que han coadyuvado al desarrollo de una pequeña pero brillante tradición literaria».



A LA LLEGADA DE LAS HORDAS

Mi gran furor que os dará la medida de mi cólera.
En fuga al centro de mí y hacia mi ser en lo profético desencadenado.
Mi pasión por la noche, mi clarividencia.
De poseso coronado por Orfeo y la Bella.
Me hacen más libre, y a la vez, más dichoso y más múltiple.
Que vosotros que todo lo tenéis.
Que vosotros oh corsarios blancos.
Oh, hijos de un cielo que habéis adquirido al menor precio.
A quienes nunca he visto jugarse una última carta.
Como quien juega su cabellera a las aguas envenenadas.
En el supremo juego donde el que pierde es el gran victorioso.
¿No os espanta mi lengua de animal solitario?
¿O no es a vosotros a quienes ciega
mi ojo centelleante como un vasto océano?
Temedme. Alejaos de mí.
Soy el monstruo sagrado, el asesino celestial y benigno.
Aquel que jamás tuvo nada, pero aún así
Su inaudita riqueza sobrepasa a la vuestra.
Porque yo hice mío lo desconocido.
Yo he tocado los límites del infinito.
Y, por último, sabedlo!
Vosotros, que alardeáis de santidad y pureza.
Nunca estaréis tan cerca de Dios como yo.
Que soy la otra cara de El.
Que soy la eternidad que revive en un hombre.
Que soy una edad desconocida.
Avanzando de himno en himno, de conjuro en conjuro.
Hacia el centro de mi corazón.
Hacia los mundos puros, los mundos malditos, los mundos negados.
Donde he llegado a ser
Un titán bronceado por los sueños
Y que marcha, sí, que marcha.
Abrazado a su abismo como a un postrer anhelo.




JULIETA O LA CLAVE DE LOS SUEÑOS

Una mujer de champagne me llama desde un sueño
Donde ella con sus ojos me pervierte
Deliciosa es fascinante
Adorable envenenada
Sobre la boca una mancha más negra
Ese gesto que marca sus pasos
De bella condenada a las habitaciones
El Océano en sus manos renueva sus espejos
La vida que yo amo es ésta entre sus brazos





CASCADA DE COPA

Escribid mi nombre en el libro de la noche
Donde yo anuncio la venida de un océano más negro
A la caída de los pájaros que han perdido sus alas
Sobre los follajes en que sangra el sol
Es preciso saber sonreír a cualquier precio
Ser el paseante de un bosque de árboles negros y blancos.
Las araucarias puede servirnos de puentes levadizos
O de lo contrario todo estaría perdido
Al borde de un espejo sin fondo
Donde un gran pájaro de nieve imita las cascadas
Decidme
Dónde hay una reina que devore el corazón del prisionero
Decidme
Cuántos ángeles pueden nadar en una gota de agua




LAS DEGOLLABLES

Bellas a un aire de nadar
Se desnudan visten ropajes propios
Y sobre sus cuerpos presumen la clave
Del encanto de las chacales
Del tigre de la ronda
Mejor vestidas que jamás errantes sanguinarias
Aquí están consumiendo varillas de leche
Sorteando sus partes de azar
Entregan sus peinados a la silla maldita
Las chacales tatuadas con armiño
Son éstas panteras del orgullo henchidas de virtud
Con un cuerpo por roja rosa de la ronda
Evaporada sobre sus bocas todas semejantes
A la risa de la boa que encantan
Más puras están ebrias fascinadas envenenadas
Lobas obsesivas en el tratado de sus detalles mágicos
Liberáis por avaricia los enigmas favorables
Vuestros cuellos semejantes al hastío de las cascadas
Vuestros cuerpos semejantes a la pereza
Libres ya de ligaduras crean un pacto de dicha
Así con marcas de amor las adorables de las horcas
Viven de un cielo prestado a la ciudad perdida
Y como arrogantes vestiduras en los más crueles paisajes
Los pájaros son su ropaje de Medusas
Cantan a la llegada sobre la costa de granito
Sueñan cuándo vendrá el gran día
Hollad las rocas bellas gavilanes





JEAN ARTHUR RIMBAUD O LA SUITE NEGRA

El, que jamás ha osado poner precio a sus sueños,
Vio a los centinelas escupir los más espléndidos tapices
A ellos, los mismos que un día negaron las uvas del delirio.
El Festín de las Gracias lo había maldecido.
Bebía un licor extraído de todos los pantanos.
Donde la más bella aventura se perdía en sus propios misterios.
Mientras los aldeanos le veían salir de Les Ardens.
¡A dónde iba cuando en los graneros ardían los mitos del silencio?
¿Hacía qué radas de desventura en qué oscuros caballos de espuma lloraba a orillas del mar?
Ángel por demonio su ensueño se ha saciado.
Con los heliotropos mea las estrellas
Cuando las Furias le soplaban las orejas
Y su cabeza de fauno ardía por las hidras
Por el ángel que afeitan vive siempre sentado
Prófugo de sí mismo quienes le adoraban eran los malditos
Los que pedían sus visiones a un Leviatán de los paraísos infernales.
Ellos han besado sus manos igualmente lamidas por larvas en desorden.
Ellos amaban al infante prodigioso.
Alquimista de vocales hechicero castigado despierta.
Rompe las llaves mágicas que guardaban su clave
Y contra toda piedad arroja el mismo hastío.





OSCUROS SORTILEGIOS

A un soplo del azar que perderá por mí
Yo no seré sino el hombre que azota a su querida
contra la muchedumbre
Y se halla sumergido en un tonel hasta la cintura
Allí donde los ojos lavan sus heridas
más quemantes que el arsénico
Al fondo del túnel una bóveda conduce a la playa
El amante más soberbio que el bailarín de Ballet
Aparece con un pequeño cofre y de él saca
los instrumentos necesarios
Para la tortura de las mujeres encerradas en largos espejos
Por orden de los sueños
Por orden de una palabra
De una imagen del mal la más centelleante
Esa que aparece en los periódicos a primera plana

Pequeña sorpresa de la crueldad
Del amor
A toda furia
A todo frenesí
A todo resplandor

en Poesía chilena de hoy (Erwin Díaz, ant.), 1988




CARLOS DE ROKHA: SIN TIMÓN Y EN EL DELIRIO

Por Víctor Minué



Psiquismo torturado de un vidente

Hay quienes nunca han escuchado hablar de Pablo de Rokha. Algunos guardarán en su memoria una vaga persistencia lejana y nominal asociada a la poesía. Hay quienes sabrán que fue el púgil favorito de Neruda, en las guerrillas literarias de los pesos completo de la poesía chilena. Otros seguro, conocerán su poesía de cerca, la disecarán enarbolando pinzas con oficio de taxidermistas, u otros militaran el rokhianismo por una cuestión de honor o incurable enfermedad infantil. Pero quizás, y sólo quizás, ninguno de ellos, haya leído o conozca con esmerada dedicación, el alucinado don poético de su hijo: Carlos de Rokha.

Carlos de Rokha, uno de los hijos del matrimonio de Winnétt y Pablo de Rokha, trajo desde el útero sangrante de su madre, un luminoso tesoro en las sombras que lo hacía un prematuro y hábil huésped del lenguaje poético. A los 15 años, el poeta Eduardo Anguita, celebraba su aparición como un “milagro verbal, una especie de aparición angélica”(1).

Incursionó en la pintura, Juan Guixé lo ha calificó como “original, transformaba la vida en un mensaje, que después se hacía dispar, llena de recovecos, que más parecían un laberinto. Lamentable que, su muerte fue prematura, ya que él, podría haber dado mucho más de lo que todos admiraron, en su corta existencia”(2).

Adscribió distintas influencias estilísticas de las cuales sólo en algunas pudo salir intacto. Quizás la más importante fue la de su padre, quien con su caudal furioso de lirismo, sólo logró salpicarlo con algunos retoricismos absorbidos en su gestación más inocente, por un natural impregnación de inercia mimética. Aunque podríamos decir que la inocencia en Carlos de Rokha, pensada a si misma como despojo autonómico de la inautenticidad, de un encorsetamiento de convenciones poéticas de antaño o de vanguardia, era el primer paso a la revolución íntima e ignorada, que figuraría su poesía.

De quienes fue evidente su préstamos poéticos, fue de variados poetas como Vallejo, - el primero de todos – Góngora, Bretón, Huidobro. Según el poeta Eduardo Anguita, a quien más se le acercó con astuta indiferencia; Baudelaire, y por supuesto, Arthur Rimbaud(3), quien de él, no sólo adquiriría moldes estilísticos, sino biográficos, llegando a pensar, fuera de todo parentesco genético, en una asombrosa y cruel coincidencia poético-espiritual, que lo hace ser o parecer el auténtico Rimbaud chileno, el único ángel demoníaco de la poesía chilena.

“Si algún chileno ha pasado –como Rimbaud- una temporada en el infierno, es Carlos de Rokha. Si alguno supo de los “paraísos artificiales” de Baudelaire, fue Carlos. Si alguno fue un ángel incapaz de comprender la vida y se expresó en una lengua de fórmulas encantadas, es este arlequín, es este gallo –ambos son Carlos de Rokha- afirmó el poeta Mahfud Massis.

Su-rrealismo: “Don alucinado de fantasía creadora”(4)

Para Enrique Lihn, Carlos De Rokha fue un surrealista en estado de naturaleza. Frecuentó el grupo surrealista Mandrágora(5), donde no agotó su veta surrealista. Para de Rokha, el surrealismo; el dictado automático, la enumeración caótica, la asociación libre, formaban parte de su organización síquica-biológica, no era parte de un ejercicio artificioso e instrumental para auto inducir un estado alucinatorio de inconciencia, como lo hacen y siguen haciendo muchos poetas, con distintas suertes.

El surrealismo de de Rokha, no residía en un estado de ensoñación elevado, sino que un estado de mayor conciencia. Eduardo Anguita habla de Carlos como un poeta que vivía en una superrealidad “de manera que sus versos eran el resultado más claro, la fosforescencia más próxima a nosotros, de un océano de visiones en el cual vivía y sobrevivía heroicamente”(6)

La poesía, el magma incandescente en sus primeros años como poeta, por un lado influido por la despótica belleza de la obra de su padre, y por otro lado mimetizado con el trance ensoñatorio del mandragorismo, lo llevó a publicar dos libros, “Canto profético al Primer Mundo” 1944 y “El orden visible” 1956, aunque según Lihn, ya en “El orden invisible”, intentó aplicar un anti método surrealista, culpable de la disipación de muchas riquezas poéticas, que lo alejaron de su vena más pura.

“La muerte huye despavorida a través de tus pestañas
Que saben ir de noche en noche
Cuando la eternidad las hará caer
Sobre playas de fuego (…)” 7 (orden visible)



Retorno (Pavana…)

“A causa de la noche son más bellas las islas
Los árboles más azules porque así lo ordena el mar
[a las lámparas de coral
Y ellas no desean oponerse a lo que desea el arco iris
Cuando los peces mueven sus colas para decir basta
[ a las disidencias
Y los pájaros ponen sus huevos entre los vidrios y
[ alambres llenos de escarcha
Un bello animal de oro diseñado por la tiza de los
[algodones
Aparece de pronto al medio de las pizarras del jardín (…)” 9

“En la poesía de de Rokha puede rastrearse a lo vivo la presencia intermitente de un furor verbal genuino y de una especie de infalible sentido de unión libre de las palabras” (7)



Cuadro de verano (Pavana…)

I

“Los gallos son soles de la tarde
Que salen al verano y ellos todos cantan
Cuando sus plumas rojas ya de sangre
Se vuelven a sí mismas se van pero se quedan
Sobre un alto granero que les da la acogida
A esas plumas de gallos embriagadas de vino
En la tarde que muele y muele su molino
Los ojos de los gallos se ruedan a la hierba
Y los techos hilachan un cielo de cenizas
Mientras otras escarchas golpean los alambres de
[Vidrio

Una lluvia de pastos invade los graneros
Un tren rojo pasa sobre el puente
Se va a la eternidad con sus ojos de Búho
El paisaje dibuja luciérnagas de frio
En las verdes acequias que suben al molino
Ellas vienen de a poco otras veces se atrasan
En los rubios tapices del trigo y sus escalas
Porque el rio las llama con sus lenguas de mármol
Y grises piedras blancas grises tablas muy blancas
Le dan sostén al día que se mueve en su rueda
Pero se van las piedras las tablas y los días

II

Los gallos de la tarde son mis sueños verduras
Que vuelan al verano y se queman sus plumas
Ellas sus rojas plumas que se queman al sol
Mientras el cielo cae a hachazos bajo el viento
También unas encinas que reclamar ser libres
Y se ovillan las nubes prisioneras alambres…
Que enjaulan una diurna eternidad columnas
O trigos que se incendian en tapices de nieves
O pájaros que escriben un número en la arena
Este número gótico de áureas esencias”

Este extracto del poema “Cuadro de verano” perteneciente al libro “Pavana del gallo y el arlequín” 1967 (segunda edición 2002), es uno de los poemas más elogiados por la crítica, según el crítico Ignacio Valente(8), el mejor del libro “(…) extraordinario poema que tiene la fluidez del sueño y al mismo tiempo el aplomo de una realísima experiencia (…)(9)”, es quizás el poema donde mejor concentra la turbulenta imaginería encantada, sujeta a un conjunto de imágenes tomadas como al azar; tocadas por misteriosas cuerdas mágicas, invocadas por el poder infantil de fantasear en una libertad creativa, tanto inocente como vidente. Alcanzando particularmente en el poema e intermitentemente en el libro, una visible unidad totalizadora – apenas distinguible antes -, hilada por símbolo-objetos; el gallo, el pez, el vino, el pan, el tren, y por la esencia trágica y atormentada de mundos paradisíacos, láricos(10), sobrenaturales.


V

(…) “Y lloran las abejas en sus jaulas de hilo
se demoran los gatos en la siesta de estío
Ahora ésta la tarde son los gallos de enero
Que juegan a los dados su roja eternidad
Ahora ya la tarde son diez gallos no más
Que bailan sobre un fuego en vértice tenaz
Los gallos degollados multiplican la esfera
Los gallos, ¡ah!, gallos su terrible coral”

Tanto Pavana del gallo y el arlequín, como Memorial y Llaves (1964) fueron laureados con el primer premio de los juegos Municipales Gabriela Mistral de la Municipalidad de Santiago, el primero en 1961 y el segundo un año después.

Esquizofrenia + poesía= poesía

Carlos de Rokha, sufrió hasta sus últimos días de esquizofrenia, razón por la que fue internado más de una vez en el Hospital Psiquiátrico. La enfermedad le proporcionaba un estado de videncia creativa que lo ayudaba al convulso derramamiento verbal y metafórico en su poesía. “Personalmente vi a Carlos caer en estados alucinatorios, aunque, es claro, víctima de ellos, que no lúcido y demoníaco agente provocador de los mismos”(11)

La correlación existente entre su desequilibrio síquico y su poder de configuración poética, se puede detectar a través de la observación propia en sus poemas. Al igual que en los casos de Holrderling(12) y Van Gogh(13), o incluso Jorge Cuesta(14), pagó con su desequilibrio mental, un enajenamiento social, pero fundó una candorosa y endemoniada poesía que perdurará el paso de los años, o figurará en cualquier antología poética chilena del siglo XX en Chile, o en cualquier antología poética surrealista latinoamericana del mismo siglo.

La enfermedad provocó en Carlos, una liberación de energías – inhibidas para el hombre corriente –, liberación simbólica en medio de un tempestuoso movimiento síquico, gracias a lo que Rimbaud llamó “un largo, intenso, y razonado desarreglo de los sentidos” y Freud(15) interpretaba como “esa exaltación mental que en algunos enfermos aviva las facultades de la memoria y de la imaginación a punto de emularlos a hablar de astronomía, de filosofía, y a hacer poesía sin parecer haberlo aprendido”, en este mismo sentido, el crítico Alone(16), reconoce en de Rokha, cierta fatiga de la intuición en su poesía, ya que ésta se basada fundamentalmente en un instinto vidente de desbordamiento verbal, más que el perfecto dominio de la técnica. Estos arranques de furor poético, lo llevaban tanto a acertar en la métrica(17) o en la belleza visual, como a desfallecer fugitivamente en un sentido de unidad o a desvanecerse en una vegetación barroca de imágenes permanentemente en fuga hacia lo desconocido. Entendiendo por esto que la unidad en un poema no es propiedad del orden o de una confección circular, sino también del caos.

Suicidio poético o invocación simbólica de la muerte 

El viajero de la noche (Pavana del gallo y el arlequín)

“(…) Me pienso muerto en una antigua silla
con un perro a mi lado que me mira
y yo le hablo al perro de ese sueño
en donde estoy ausente de la tierra.

Me duele el niño oscuro que fui un día
y creo que en la muerte volveré hacer más joven
porque ella nos devuelve el tiempo sin memoria
de los ríos que in día vieron nuestros ojos…(…)”

“(…) pienso en mi muerte antigua casi absorto
y me pongo a llorar y me doblego
sojuzgado al silencio del los arboles
y a la visión obscura de una hiena…(…)”

“(…) Es la ya hora de invocar a la muerte
y de llamarla en cada rosa viva
para dejar que el tiempo se demuela
en una devastada piedra obscura (…)”

En estos cuatro párrafos extraídos del corazón del poema, la multiplicación de la palabra muerte, sin signos ni retruécanos, ni alegorías. Una plegaría al eterno retorno de la inocencia abandonada, “Me duele el niño oscuro que fui un día/ y creo que en la muerte volveré hacer más joven/ porque ella nos devuelve el tiempo sin memoria”, en una escritura desacralizadora, despojada del impetuoso flujo surrealista dominante en el poeta, balbuceando con la lengua sencilla, invocando a la muerte con el verbo mismo: “Es la hora de invocar a la muerte”.

(…) “ Ven, dulce muerte de ropaje benigno
Y ardientes instrumentos!
Porque no encontré nada sino a Ti
En la víspera de cada viaje.
Y en el error de todo tumulto.

Voy a darte mi vida a cambio de los sellos
que me cubran el alma.
Y del postre del licor que me moje los labios
Voy a darte este cuerpo y estos huesos
que hondas hachas hirieron negándome el reposo.” (…) 14

Este fragmento del poema perteneciente al libro Memorial y Llaves, llamado precisamente Memorial y Llaves, muestra en un arrebato de angustia el llamado irrecuperable a la muerte; “Porque no encontré nada sino a Ti/ En la víspera de cada viaje”, en primera persona, no increpa ni pelea heroicamente con la posibilidad de la muerte, sino que la invoca y le habla con desarmante naturalidad, sobre lo único que acompaña el viaje implosivo de crear una nueva belleza, o el viaje exógeno hacia el mundo circundante como ser social “en el error de todo tumulto”.

“Voy a darte este cuerpo y estos huesos/ que hondas hachas hirieron negándome el reposo”, aquí el cuerpo, el psiquismo torturado por la enfermedad, es la causa del dolor, del ostracismo y lo entrega como último regalo no correspondido. Por un lado, el cuerpo le confiere el don alucinado para que la obra crezca en medio de un impetuoso trastorno síquico y por otro, estrangula la posibilidad de una vida social en normalidad.

Esto ha generado, y lo hará siempre, que esa especie de lepra en que se ha transformado la historiada santificación de la malditez, llene de fabulosa heroicidad y lo convierta en un secreto mártir suicidado por la sociedad.

Carlos de Rokha no era un loco, era una persona que se hundía en estados alucinatorios intermitentes producto de la esquizofrenia. Esto lo hacía prescindir de ciertas normas convencionales de sociabilización, y permanecer directamente en el mundo de la imaginación, pero lo que Carlos de Rokha se limitaba a volcar en el verbo, el loco lo vive integralmente. En otras palabras de Rokha no perdió la razón, se había acercado al límite de lo que Apollinaire llamara “la razón ardiente”.

Suicidio “fronterizo”

“Siempre recuerdo al niño que en 1938 nos leía sus poemas en una esquina cualquiera de Santiago. Fui uno de los que escucharon sus primeros cantos mientras resonaba el ritmo urbano y rugía. El niño poeta no hacía caso de la gente que pasaba al su alrededor…” (…) “El vivía en el ritmo de la belleza eterna, en sus grandes y prodigiosos sueños (…)”, “(...) Imprevistamente me sorprendió la muertes de Carlos de Rokha. No me pareció posible. No hacía mucho, compartíamos, justamente con Hernán Cañas, uno de los hermanos mayores de la generación de 1938, buenos recuerdos y luchas de otros días de más apasionada convivencia y más esperanza. Por eso me resulta injusto, terriblemente injusto, que un hombre con su condición poética, tan bien dotado de materiales liricos y de tan fecunda labor creadora, entregue prematuramente su presencia física a la muerte (…)”(18)

El suicidio como acto reflexivo y consiente en Carlos de Rokha no está del todo determinado. La versión oficial de la familia es que Carlos de Rokha, tuvo una ingesta de medicamentos accidental, envenenándolo hasta la muerte. Para la familia es una historia dolorosa y un karma trágico que ha teñido de sangre al clan familiar, con cuatro suicidas; Pablo de Rokha padre, su hijo Pablo de Rokha, su hermana Carmen Luisa Díaz Loyola y el fatal inaugurador de esta fatal cadena de suicidios: Carlos de Rokha, que por una cuestión ética, llamaremos suicidio “fronterizo”.

Eduardo Llanos Mellussa(19), califica el caso como “fronterizo” y cree que ingesta de medicamentos para el tratamiento de su esquizofrenia que ingirió hasta la sobredosis, no fue alevosa o auto inducida. Llanos, respeta la explicación de la familia y no cruza ese límite moral. Hay que aclarar que la familia se negó a la autopsia del cadáver – especialmente su Padre Pablo de Rokha – y que hasta el día se debate la razón de muerte entre una ingesta accidental o un suicidio.[]

En el campo epistemológico y periodístico; las premisas y creencias con que se fundan esta versión de la verdad – suicidio “fronterizo” – creemos responsablemente que es amparada y blindada por un discurso oficial, esto nos conduce a la necesaria tentativa de fijar la indagación en las versiones no oficiales, precisamente en los microdiscursos o relatos fronterizos que nos hacen llegar a la conclusión que en el caso de Carlos de Rokha, el misterio es más poderoso que la verdad.

“Predestinado remador en las galeras del arte que escribió, o pintó, en toda circunstancia, a cualquier hora de la noche o el día, solitario o en medio de las multitudes, abstraído, casi ausente. Mientras el horror de las diminutas obligaciones nos avasallaba el alma, él, viajero ignoto, estaba lejos en el mundo de las emociones, de las imágenes y las palabras”(20)

En sala de espera de los poetas subvalorados, “en esa sala de espera sin esperanza”(21), olvidados para siempre, y vueltos a olvidar otra vez. En esa sala oscura y mosqueada repleta de hombres desesperados, que se mira al espejo con cualquier sala de espera en cualquier hospital de nuestro país, estará parado Carlos de Rokha, junto a Rodrigo Lira, Armando Rubio (22), Carlos Pezoa Veliz(23), en esa suerte de limbo, ese extraño y maravilloso lugar, infecto de abismos y de imposibles redenciones, donde esperan los valientes, muriendo sin el bautismo del reconocimiento.

Un poeta silenciado y vuelto a silenciar. El poeta niño. El arlequín demoníaco y angélico, desbordado a fuerza de alucinaciones en esa contradicción dialéctica, predestinado por el don excepcional de su poesía, abstraído de las multitudes, sumido nervio adentro en un siquismo auto lesivo devorado por visiones oscuras de “palabras como brasas, balbuceos de fuego” ardiendo sin timón y en el delirio paradisiaco de su poesía.





Carlos de Rokha - 
Canto profético al primer mundo.


I

Sobre toda porfía el hombre aviva su sagrada soberbia porque quiere volver al principio del mundo. Su cuerpo real toma los destellos del bronce y es arrastrado al sueño para así no ceder: Veámosle venir, su ceniza cubramos con la nuestra.
Su himno oigamos con júbilo y su entrada feérica nos siga: sea su imagen trocada por el furor maligno.
De ningún modo podrá ese exorcismo cumplir si abandona su gloriosa esencia.
No caerán las visiones como secreta retribución que llamean en su imagen. Él lo sabe y aguarda tranquilo.
A ratos busco algo más; la misma luz me hace creerme irrevelable, pero después retorna a la muerte entre los que a gritos la anuncian.
¿Acaso yo quiero abolir lo terrestre? ¿Despreciar ese límite que a veces toco y me deslumbra? ¿Arrancar de mi espalda los signos del sueño y cambiarlos por los del sueño?
Nada conjuro sin tentación, nada conjuro para en mis adentros alcanzar lo inefable.
Igual a mí mismo lleno de fugaces poderes e irreparables pérdidas.
Hay algo además de un secreto temor que informa mis sentidos; barcas llenas de ojos que son los del ser, angélicos y feroces, luego brillan.
¿Ahí no es donde estoy y me descubro con cólera y fría reserva?
Soy yo el que se predice entre los lobos.
Cada ángel pierdo en un sollozo: en su costado agítanse carbones y nada retiro de su justo lugar.
Yo me muevo con signos: aprendo a tomar del sueño lo necesario. Así me bato entre los estériles hijos de la tierra.
Aparece oh madero de luz y condéname, aparece precedido por jaurías de lobos que ahí llegan y en tus alturas me estremecen.
Aparece arrebato en mí y cíñeme, tu corona destrocen mis pies dulce y solitaria.
Tú te desprendes de mis bienes, luego soy yo el desheredado.
Oh, cúbreme de horas para en ti sobrevivir. Mi lengua llena de sangre y mi espalda de orgulloso brillo.
¿Qué visión recóndita me nombra a ciegas?
Hacia esa total amplitud ensálzame y adentro de mí en tu luz prefiéreme al que te desolla.
Bebe lo que arde en mis sellos según la hondura del tiempo.
Hago brotar lo sagrado apenas estalla en mi memoria revestido de admirable sentido.
Cógeme en tu aceite, tu luminoso aceite arrancado a la entrada de los peces.
Mas, ¿qué inmortal ráfaga terrestre me transfigura a su sola posesión?
Vivo entre los criados de mi casa y oigo sus sollozos mientras descubro el misterio: vigilan a la puerta acompañados de blancas liebres y armas de caza.
Abro en señas el cuerpo, el sagrado cuerpo colérico, abro los lobos y exclamo: «¡Levántate la liberación del durmiente es llegada!»
Restituidos son a su origen los primordiales misterios del ser cuya frente entrega a las águilas de una calle nocturna.
¡Oh, blanco cuerpo saciado de alas, las lámparas volcad una a una!
A nadie muestro la suprema escritura del pacto, a nadie detengo para ello; la marca invisible hará que retrocedáis, pero al fin la tocaréis con vuestra hacha.
Mi corcel mojo en la lengua de los ancianos parecida a lúcidos testimonios de promisión, recibo la heredad endurecida de la muerte y su ceniza retengo.
Llenadme de su sentido como de una llave, pues nada poseo y cae mi alma para adorarte entre los ángeles.
De la muerte soy: ved en mí al enemigo que se ensancha, al iniciado por los brujos.
Así me cubro de desvelados confines aparecidos, desahogados animales me siguen y yo abro los molinos a los bandoleros de agua de invierno.
Quiero caer, extendido estoy, pero necesito resplandor.
Oráculos fríos del hombre despertadme entre lo que yo otorgo.
Ofrecedme el profundo designio que a viva fuerza reclamo.
Pero del tiempo nazco acaso en segunda forma.                                                           
Ocaso de altivas resonancias en mí te reproduces.
Mas sólo la sombra del ámbar de tus brazos es la que forma una copa sobre el cielo, pero esa copa yace quebrada: animales en cuya frente yo veía el jade, bebían en ella; reyes y leprosos lloran al pie de sus ruinas y la copa se rehace para volver a perderse.
Aparición de profundos conjuros hechízame si a tu cetro me condenas.
Para ti descubro ¡ay!, no imito el mundo inmolado, lo insondable, lo cruel.
Otorgado a mi sangriento linaje el sueño obra tu rostro he de poner contra el día en secreta obstinación.



II

Somos llagas de carnicería divina y masacre.
Viejos principios mueven la luz y nos tocan el cuerpo y luego vuelven a teñirse de engendros del mal cuando en mí su melancólica proclama ondea la tierra.
Descúbrase el gemelo natal de mi vida: éste es el fuego.
Toma de ti el celo que incumbe al durmiente deposita tus bienes como arrebatados cinturones.
Así son contados los pasos del hombre y los oímos aunque sellen sus designios.
Oh, dioses que habéis hecho mis desgracia, desterrad de mis labios el misterio que los cierra.
Desnudo bajo la tempestad encarno su imagen. Soy el fiel intérprete cuyo canto horada las rocas.
Sobre mi mano, a esta hora que ella rasga las arpas de la tiniebla, leed, leed la clave de la horda.
Mis sellos se demudan: corceles rojos cantan en el fuego y sus jinetes se alzan, pero desprovistos de hábitos de seguridad el holocausto invisible agita sus reyes.
Promisor es el vino que mancha los labios de la bella: la oigo cantar entre los muertos preñada de rosas.
Hija de la cólera; sus vestiduras son vendidas a los gitanos, pero su amor no tiene precio.
Untas tu cuerpo con anémonas de calor y orquídeas benignas. Mas ¡ay! El barquero mortal sube ya las aguas de la Estigia.
El misterio temporal te revela sus signos; mi ojo arrastro ahí para devorarte sin lengua.
¿Qué soy yo sin que me sustenten los enigmas cuya posesión pretendo sin cesar?
Miro con ese ojo único: tu cabellera persigo sobre el cielo y alguien espera su señal.
Dotado de enigmas vengo, oigo el eco del océano, a nada temo.
Vuelvo la cabeza a la alquimia maldita y espero la consumación de mis antiguos y postreros designios.
¿Dónde ilumináis la heroína de la muerte?
Soy traslúcido a esa vigilia en lo irreal.
Todo vuelve al mudo e invisible sino y allí la bestia natal destruye su corazón al roce de los soles sumergidos.
Sudamos geología criminal y miseria dorada: niñas asesinadas cantan entre nuestros párpados.
Nadie puede trocar el conjuro y sólo le es dado asistir al desvelo de su propia resurrección en la muerte, que al fin luminosa e inocente, ellos encarnan.
Yo canto lo terrible; lo terrible es más bello que lo diáfano oh ciega memoria temporal de lo que somos: efímeras llagas nocturnas de carnicería divina y masacre.
La bestia y el ángel luchan en mí hasta destrozarse en lujuriosos soles.
Yo ataco con locura los cuerpos que adoro y aprisiono entre mis besos a la joven matinal cuya aparición entre las barcas es mi súbita recompensa y mi deuda.
Pero bebed, ¡bebed! Un vaso de vuestra propia y maligna sangre y habréis sellado el gran pacto.
Mi corazón tatuado por panteras y buitres sucumbe bajo las garras del dios ebrio.
Cuatro mancebos vestidos de negro interrumpen el festín y levantan la cabeza de la bella inmolada a la altura del rey de los pájaros como para señalar al culpable entre la horda divina.
Espuma y sal hay entre tus labios, oh tú qué haces tú participación en mis sueños y danzas hasta imitar la perfección de tu propio artificio de muerte en cuyo espejo todo es posible.
Ven, mi graciosa ondina, cierra tu cuaderno de sabiduría y allí juguemos, ese círculo que ondea los molinos nunca termina.
Habito un litoral de corales donde enseñas diurnas oponen su esplendor a mi avance.
El viento de las jarcias juega en el rostro del extranjero. Extranjero de todos los mundos ¿qué buscas a mi puerta? ¿Por qué interrumpes al ausente? ¿O la hora del té de los pálidos vagabundos?
Creedme, ¡ay!, un ángel muerde las raíces minerales del viento y sus pies doran las aguas mientras una leche azul brota de sus dedos heridos por las arpas del alba.
Sus extremos lúcidos arraigan en mí, y, cazador del más allá, yo interpreto la densidad de sus consignas.



III

Ser el hereje que se levanta a símbolos
Yo he amado a quienes descubrían su crimen en sueños.
Que surja el dios de sienes selladas por el espanto, pero amadlo cuando haya reído.
Todo dios es impuro, más su impureza es divina; en el estiércol recogeré su testimonio para transmitírselo a los hombres.
¿Qué puedes decir, Esfinge, mi Esfinge, ¡oh! mi Esfinge sino repetirme el “Adivina o te devoro”?
Dispongo mi espada a los adolescentes, silbante instrumento que me das tu resplandor, a pesar de la estrella de fuego que baila a mis pies como una doncella untada de vino para luego fosforecer.
En seguida ella es arrastrada hacia los molinos silenciosos donde ruedas doradas la encadenan y de noche llama a su padre: ahí acude un viejo leñador que la trata a latigazos.
Por eso los deudos vienen cuando su espuela dotada de alas cruza los bosques y nadie cree.
Nadie puede trocar ese resplandor, que no es el postrero para no perecer.
Pensad que acaso la última esperanza del hombre sea su sola perdición.
¡Héroes míos, orad por el que llora sobre vuestras tumbas!
Espectros, ruinas mías para vosotras surjo de todas las raíces, con la boca babeante y profética, entre mis secretos corceles, con el rostro estrellado, lacerándome, con mi corazón estallando en los profundos icebergs donde sin escafandra me sumerjo.
Extremos muros de coreografía sanguinaria y ornamentación sacramental me circundan.
Os conjuro párpados del vidente: Oíd el cántico maldito y solemne como un ritual de pastores al vino de las maderas rojas que centellean bajo la pezuña de la bestia inmolada en mi frente por extraños guardabosques.
Decidme si este acto de amor a la creencia antropofágica no hará más bella vuestra auto-idolatría en la pureza del ser que habéis arrancado a las tinieblas, el cual no siente por vosotros más que aversión, pero al que habéis embrujado para siempre con vuestra adoración y vuestro odio.
Mercaderías de espanto y tortura circulan entre mis huesos cuando el rey de las tinieblas asesina la aurora.
Para algunos la noche es un impenetrable sortilegio, pero tú no temas sus conjuros que nada podrán contra ti porque forman parte de ti mismo.
Bailas sobre las arenas sangrientas, magnífica mujer corroída de lo sublime como de la muerte, en una alianza, en un súbito resplandor, en un profundo hálito nunca desmentido.
El misterio nos envuelve, pero al fin cae y dulcemente cede en nosotros el tiempo donde nos arrastran sus propias corrientes para alcanzarlo a obscuras, recuperar al ser y luego llorar.
Sin embargo, no osamos conjurarle. Porque entonces algo hemos perdido en las tinieblas.
Ah, pequeña prófuga de inconsolable cabellera de oro, volcada sobre tu rumor te pareces a mí, desde donde te ocultas a los ángeles, cautiva de los helechos que miran hacia arriba.
Te agito contra mi rostro en llaves tallada las que luego caen al mar; por tus alas de fuego puedo alzarte a su altura.
El hombre ordena las visiones que mezcla a su sueño y ellas le precipitan entre las que elige. Desde allí vuelve la espalda al dulce testigo del mediodía juramentado. Entonces se abraza a un madero que hunde bajo la tierra hasta hacer detener sus propios pasos y cargarse de enigmas que estallan en el bronce.
Parecida a lúcidos testimonios de promisión cambias al tiempo su centella: El te envuelve y arrebata tu única encarnación y te desnuda como a una visión proscrita ante los espejos donde yo soy el visionario.
Te han arrojado entre los desterrados como un dios sin virtud; tu canto avanza hacia el mundo al brotar de los hermosos carbones que te deslumbran a diario.
Tus látigos dejas caer sobre el poseedor de tus entrañas.
Oh, deslumbramiento ardiendo estás y nadie lo sabe.
Llevo grabado en mis manos a un niño que no sonríe, que se penetra en oráculos: me espera vestido de luto ante las puertas que jamás se abren.
Vuelvan a colmarle los cantos; rodeado está de cuanto hálito encantado fortifica con júbilo.
Yo quise levantar a alabanzas el primer mundo y a menudo probaba el pan matinal entre abejas y largos sollozos.
Yo vivía para descubrirme en los misterios; en sueños ascendí y aventajaba en sabiduría a mis hermanos, pero yo temblé y dulcemente fui postrado.
Aprisiono sobre la colina un gallo azul de corales y alas terrestres y mis uñas clavo en su corazón hasta sofocarlo.
Oh, impuros, la confesión fantasmal ha hollado mi canto.
Surjo de las tinieblas con mis garras hundidas en los tres vientres de la diosa.
Un gusano corroe las vísceras de la bestia sagrada a la que honráis con cantos y vinos de sepulcro y danzas de vírgenes desnudas.
Oigo las cerrajerías divinas y los carros dorados: el sol danza en su frente como un dios negro al claro de los bosques prometidos.
Visión, te formas de esas ruinas, que cantan en mi rostro la virtud de este himno.
Pero el mar, el bello mar no entorpece más mi marchar que tú, ¡oh, sol!, en perpetua adoración de ti mismo.
Libre desertor de la luz, rey de las tinieblas, soberano del imperio de las sombras, yo soy quién te saluda desde hace mil siglos.
Cargado de promesas y frescos nacimientos para siempre brotas de lujuriosas cenizas y tu efímera melodía de peces y corales que se unen desciende sobre el mundo.
Veo una calle de desolación y de misterio donde las mujeres desaparecen convertidas en plantas fosfóricas, toman mi cabellera y la depositan entre blancos carbones.
¿Por qué me derribáis, oh resplandores?
A la ondina me entrego y las llamas de su vaso de oro contra el rostro de los mendigos agito.
¡Ay!, un hombre anuncia en la plaza pública lo sublime.
No puedo seguir, hay revelaciones que algo me iluminan, mas yo troco la esperanza en deshonra y todos tiemblan al ver mi nombre en la carta del acto mágico.
Los vagabundos contemplan una visión que va a morir, ¡envolvedla de hálitos!
Yo escribo los oráculos abandonados, el libro de los oráculos sagrados e impenetrables.
“¡Oídme!”, grité desde la colina del día gracioso, pero el mar me invade y nadie osa acercárseme.
Revelación de mi alma no te amo sólo por ti, sino por lo que brillas en el mundo; eres la hija de los desérticos reflejos que así te envuelven.
Soy yo el que invento la vida y esta virtud me pone feroz, pues realmente no estoy libre de malicia; a la vida me entrego como a una red obscura lo insalvable, porque estoy lleno de lo que no muere.
Mi vieja casta sagrada arrastro a sus corrientes, y si armada de destellos me cubre, he de levantarla sobre mi cabeza como un trofeo de tormenta.
Pero todos los confines se alejan al fin de mí.
Invoco el fuego y él atraviesa los bosques con el brillo de una fresca materia de blancos poderes.
Y ahora, ¿cómo nombrarte? ¿Cómo adorarte entre los ángeles hasta el día que viene? ¿Qué seremos, qué sabremos de nosotros mismos en la última cima?
Estaré en sueños encantados para alcanzar la sabiduría, rodeado de cosas que acaso tú no ames.
Aléjame de los incendiarios, circúndame en las plazas.
Mis ojos ruedan sobre tu cabellera: ahí inmóviles adolescentes levantan hogueras y esperan la marea de la muerte.
Las bestias rituales se acercan entre las que a mí te ciñen y me hacen adorar tu sexo como un fruto maligno.
Asido a tus raíces, madrugando, extraigo lo terrestre, el aceite de los bandoleros.
Abro mi insólita llave a los desheredados, que mojan su cuerpo en la humedad de las bodegas y se llenan de alas rojas, alimentándose de pan lívido.
Hay sellos herméticos al fondo de mi alma.
Alguien vuelve la cabeza como un postrer saludo a los hechizados.
Vedme conjurar el viento de granito para mi júbilo dorado.
Yo conjuro el día que viene y sus blancos animales despertándose al fin de la selva donde los ídolos cantan contra mí.
¡Ah, hábito ciego, cómo ensalzarte! ¡En ti me envuelvo y tu resplandor sobre el mundo me corona!
En todos los confines he muerto por un dios.
Oh, certidumbre, levantad mis vivos orígenes.
Oíd el himno del hombre y el testimonio sagrado de sus bestias sobre el mundo que se le revela por el fuego.
Cantad, cantad con júbilo el himno al retorno perdido; allí la imagen real de vosotros mismos os aguarda para recorrer bajo vuestras vestiduras la colina de la noche.
Un hondo desvelo de infinitas latitudes me penetra y me divide, porque estamos hechos de muerte y somos muerte.
Yo predico la justicia del crimen, la necesidad de la guerra: hundid vuestro puñal en el corazón del que os abraza y habréis pagado con amor un acto de odio.
Yo sueño la edad dorada en que el odio determinó los actos mágicos de los animales del himno del hombre con los cuales vivirá en perfecta comunión.
Oíd el himno de triunfo del hombre y su imagen sobre sí mismo volviéndose.
El dios impuro desato de mi boca y sólo me es dado conjurar lo invisible.
¿Hay otros mundos más allá de los sueños? Nada sabes fuera de lo que te han enseñado los sueños.
¿Puedo creer en ti, felicidad perversa?
Me escucho, me evaporo, pero me reconozco en ese espectro de fuego que mira a través de mi ventana.
Más el mundo invisible no será a vosotros visible hasta que yo lo quiera.
Si gozas con tu miseria, si ríes de tu caída, toma el fusil y llama a tus negros lebreles.
Vigía de las costas de una bella eternidad, ángel sometido a tu propio demonio, si afuera de ti mismo nadie te aguarda ¿qué esperas todavía?
Lo sabes todo, lo has probado todo, pero menos la dicha.
Dicha, extraña palabra, ¿qué fantasmas te escriben?
Evasión de la dicha ¿no eres la evasión del pequeño mundo de las risas compradas?
El hombre necesita un dios para su debilidad, un dios para su amor.
Pero yo busco un dios para mi crimen, un dios para mi herejía idolátrica.
Somos llagas de carnicería divina y masacre.











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