jueves, 17 de marzo de 2011

3486.- RAMÓN PERALTA


RAMÓN PERALTA (DF, México, 1972)

Durante cinco años fue codirector de la revista mexicana de poesía Oráculo. En 2005 obtuvo la beca nacional Jóvenes Creadores. Tiene publicados los poemarios: Diáfanas espigas (FETA, 2003) con poemas traducidos al francés, y Fotosíntesis (Ediciones Invisible, 2006) con poemas traducidos al portugués. Actualmente escribe una novela y estudia la maestría de Teoría de la Literatura en Lisboa. Ha traducido poemas de Arnoldo Antunes, João Miguel Henriques y el libro de cuentos Amor de André Sant´ Anna.






Una célula en mi cuerpo se rompe en dos porciones aproximadamente iguales, eso, según los médicos y biólogos es normal. Con la liberación de energía una enfermera corpulenta me bombardea con neutrones. Un globo en el parque se eleva. Dice que visitará mi pasado y que mi esperanza está en veremos. El planeta es azul / y no hay nada que pueda hacer. Space oddity. David Bowie. Veo el paisaje, camino, lo recorro, algo me separa de lo inmenso.






Cuatro ciclistas se disputan el primer lugar. En el cruce de dos avenidas llenas de gente, la estatua de un caballo. La luna saliendo sobre Hernández, Nuevo México. Ver a Ansel Adams. El estallido de la bomba atómica. Una línea negra sobre un cuadro rojo. Miramos como si algo estuviera ante nuestros ojos. Con el asiento y el maniublo, construyó la cabeza de un toro. Ver a Pablo Picasso. La mirada de Juan Rulfo apoyado sobre una calavera. Los cuervos descansan los trapos de sus alas en la cima del poste. El futuro es un arpón detenido en el aire. Del barco, un hombre cae al mar. Dos mellizas ciegas voltean en dirección contraria; se toman de la mano para cruzar la calle. Entre dos elefantes, una mujer delgada con vestido de novia, canta y eleva los brazos. Del plátano de la mañana salen moscas. Aquí había una estación de trenes. Me sentí un gallo blanco de pelea. Nada me corona en esta ciudad de muros anchos.








Un martes de lluvia - un martes de lluvia y viento - un martes de lluvia viento y sol - un martes sin sol - un martes de sol y viento - un martes por la noche - por la mañana - por la tarde - nos vemos - caminanos - un martes - después de la comida - en un martes nublado - después de que los niños salgan a la escuela - en un martes - todos los martes - en una tarde - nos vemos - caminamos. Un becerro bala al oler la sangre de sus compañeras. Gira la cabeza que se le escapa por momentos al hombre que la sostiene. Mira el horizonte, no encuentra nada en que detenerse. Sigue oliendo la sangre, sus patas traseras tiemblan, bailan, se doblan.








Escenitas de amor o como usted quiera llamarle

I never, never want to go home
Morrissey

Nos cuidamos de las curvas, de la interferencia en la radio, de los barrancos y las piedras,
de las luces que iluminan la mitad de tu rostro cuando tocas, y toco tus labios, y los dejo húmedos. Respiro hondo, hondo el amor, parece un barranco, y me pesa que te quiero tanto, tanto, tanto. No quiero ver a la gente, no quiero ver esas luces. Esta ciudad nos espera con las tijeras atrás de la espalda, bien afiladas para lo que se venga. Entonces me tomas del rostro prestado, dices que todo es tuyo, que la música te espera, y desde mi piel se extiende tu reino. Yo, me dejo mecer en un auto de fe y anuncios luminosos.
Qué detiene tu mano, qué puede detener tu mano, si toca el dolor, si toca tu brazo y pulimos un hélice, y está filoso, y corta esta noche, y nos arriesgamos a la sombra de una fila de árboles. Me dices no me vengas con poemas, porque teníamos todo tan perdido. Ahora, creo que por eso nos mirábamos a los ojos, se nos entraban de llanto. Mantenías una mano sobre mi rodilla, le bajaste a la radio, en mi mente reíamos, luego otro anuncio de curva, más rápido, tenía escurrido el delineador, entonces me dijiste……. ….. no me importa, y yo me hice lágrimas en tu hombro.
Más tarde se nos revelaron en el parabrisas todas las cosas, no teníamos mucho por hacer, el mundo estaba satisfecho, me resbalaba con violencia por la portezuela. A veces pienso en ti, contigo hasta una roca. Me gusta verte con tus manos veloces al aire. A veces, créeme, no te olvido, y a esa distancia, con la mirada de los santos, algo me disparó en la cara.





De complexión delgada

Subí primero a la pirámide de la Luna y luego a la del Sol, yo creo que por eso tanto castigo. Rompí con el orden natural de todas las cosas. Soy una estrella menos en el canal de las estrellas. Lo que significa que no hay un estado, una situación fija en la que podamos afianzarnos. Por eso no me convertí en un Dios chiquito. Por eso ya no seré el reemplazo biónico del Niño de las palomitas en el sacrificio azteca. Quiero un Porche spyder 550 para estrellarme contra James Dean.


Mi hermano Jonás (en 1986) fue el tercer Cristo de Iztapalapa y un helicóptero se lo llevó porque le sangraba la lengua. Después me dijeron: Él es el mayor, se ha desplegado majestuosamente (brilla) en tanto que la Tierra se ha convertido en un planeta pequeño y el Sol ha ingresado en el rezago del universo. Al final eso no estará escrito, y en México todos seremos sacrificados. Los árboles de tu ventana se los tragará un incendio. Dedícate a cepillar muebles. Manda frente a las olas el orden de tu memoria. Ese día estuvo a punto de pegarme. Porque lo único que hay en peligro es lo que menos importa. Y me repitió que el ojo es una bella criatura musculosa en alerta. Miro las pocas nubes. He regresado continuamente al oriente de las especies. Se mueven. Encuentro esa teoría viable, como un andamiaje necesario que hay que desmontar después de creer y tragarnos el concepto de organización social. Miro las nubes se mueven, avanzan. En el cielo aparece un gran televisor apagado.


Poco después de la estancia prolongada en La isla de los muertos, expongo al fuego la caja toráxica, mis cuatro dedos, mi peso de ajolote en el agua, mis cuatro pulmones, mis cuatro pequeños corazones. En esta ocasión, imposible de acceder a los resortes del psiquismo, aumento la experiencia de mi cerebro chamuscado. Me acerco a la emoción de lo sensible, veo al Sol y sus rayos me salen de las entrañas. Frente a esto: un espectro es el depósito de un fragmento y la sombra un merísimo accidente. Mi figura y sus contornos los reconozco de espalas en una fotografía. Por tanto mi muerte es un día entero porque ya radica entre nosotros.


Al fin
llueven
los espacios.







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