domingo, 2 de enero de 2011

2755.- STEVEN WHITE



Steven WHITE
Abington, Pennsylvania (Estados Unidos), 1955. Poeta, crítico, traductor. Miembro Correspondiente de la Academia Nicaragüense de la Lengua. Poemarios publicados: "Las constelaciones de la historia" (1983), "Fuego que engendra fuego" (2000), "Escanciador de pócimas" (2003).






LLUVIA

Creo que la lluvia nos ayuda a vernos
como si no fuéramos menos que las gotas
que atraviesan los pétalos del cosmos.
En el ángulo de la lluvia hay respuestas.
En las gotas que caen caben otras.
Me veo rodando desde la piel de las flores.

(2002; de "Escanciador de pócimas", 2003)




FRAGMENTOS:



En un hilo sostengo mi vida
En un hilo tengo mi muerte
¿ Quién soy? Eres
La llama de la vela
Te encendimos para ver

(Para los no nacidos)





Los vehículos militares paran en El Calvario
El ejército avanza incómodo
Bajo el sol tropical: la ciudad de León
Sólo le pertenece de día. La gente aprendió
De los muertos un nuevo ideoso
Para los tejados nocturnos

(León)




Ninguna mano empujó la piedra de la críptica alborada
Corría la sangre sin milagros ni ritos finales
Mi rabia naciente ardía bajo torres de lo que fue:
Se olía el humo que ascendía de los muertos

(Pascua en Estelí)





Mi amada se contempla con hambre
En el cielo simultáneo de mis ojos
Mientras nubes industriales
Devoran un futuro despejado





Creo que la lluvia nos ayuda a vernos
Como si no fuéramos menos que las gotas
Que atraviesan los pétalos del cosmos
En el ángulo de la lluvia hay respuestas,
En las gotas que caen caben otras
Me veo rodando desde la piel de las flores






Bajaste de las montañas de escoria.
Te contemplaste como Narciso
En una piscina envenenada.
Aprendiste a resistir cualquier herbicida.
Me saludaste con mercurio en la lengua
Y un agujero en la memoria
Que te dejó con un ojo nublado
No te asustaste cuando te abandonaron
En el gran cementerio
De máquina corroídas y compactas
Donde flotan mariposas de metal

(Ars poética)







Steven White en la literatura norteamericana contemporánea

Por Alvaro Urtecho

No voy a hablar sobre su ya importante obra de crítico e investigador, cuyos intereses se prolongan no sólo a la poesía chilena, brasileña, quechua, la española contemporánea, sino sobre su poesía, poesía que, dicho sea de paso, no es tan conocida como sí lo son sus trabajos de estudioso y académico.

Sin embargo con sólo comenzar a leer sus poemas nos damos cuenta de que estamos frente a un poeta formado en la más seria tradición intelectual de la poesía anglosajona, es decir: la tradición de la poética meditativa y reflexiva que nos viene de Wordsworth y se prolonga en Eliot, Wallace Stevens, Robert Lowell y ya acercándonos a este Tercer Milenio, en un John Ashbery, representante de la llamada Escuela de Nueva York, y uno de los poetas más degustados por White. Sí: estamos frente a un poeta de severa tradición intelectual, practicante de un estilo casi siempre ceñido a las formas estróficas tradicionales, incluyendo a veces el respeto y la subordinación a la métrica.

Sin embargo, estamos también frente a un poeta de profundas resonancias interiores, surreales, irracionales, míticas, y místicas, escatológicas, que se apartan de la metafísica, y se orientan, por su tono impugnador, audaz y transgresor, hacia un pensamiento y una poética de la postmodernidad, es decir, hacia una poética del Tercer Milenio. Los núcleos y temas centrales de su poesía, tal como lo podemos advertir desde su primer libro Las constelaciones de la historia o En el país del trueno, giran en torno a una visión escatológica del mundo, que incluye lo apocalíptico.

Poeta cosmogónico, especialmente sensible a las visiones y transverberaciones de la creación del cosmos y del mundo, pero también poeta apocalíptico, consciente del pecado y del vacío de una civilización deshumanizada. Poesía llena de simbolismo y alegorías místicas, que incluye las de la desgarradora mística medieval con sus vitrales celestiales, sus juglares, cetrerías sus escenas de santos macerados y escarnecidos y sus dramáticas danzas de la muerte. No por casualidad, Steven White se inició en la poesía leyendo a William Blake, demiurgo del cielo y del infierno, y al galés Dylan Thomas poeta de las vísceras y la vida prenatal, tan estimado por nuestro Carlos Martínez Rivas.

En otras palabras, Steven White se sitúa con pie firme entre dos tradiciones igualmente importantes y enriquecedoras de la poesía anglosajona: la vertiente intelectual metafísica y la vertiente visionaria y surreal con sus raíces fuertemente ancladas en la tradición romántica. Aunque ha sido un visitante asiduo de los países emergentes, y conoce las expresiones de la cultura popular y la llamada contracultura de rock y del pop, su práctica poética difiere radicalmente de la gran corriente exteriorista y coloquial representada por un Ginsberg, un Kerouac o un Ferlingutti, aunque no por eso vamos a afirmar que es un poeta indiferente a la prosa cotidiana, un fellow de gafas doradas recluido en los campus del sistema académico de su país, indiferente a la política y los problemas sociales.

Aunque los referentes inmediatos de su poesía no sean sociales ni políticos sino existenciales y referidos siempre a una estructura mítica, algo del fragor y la tragedia del mundo contemporáneo hay en sus poemas, aunque estén asumidos desde una realidad profunda y trascendental. Como decía Darío, hablando de su poética polifónica y universal, “muy antiguo y muy moderno”. Así es la poesía de este poeta “muy antigua y muy moderna”: en ella cantaremos el espíritu profético de los Salmos (actualizados de una manera tan libre que incluye la transgresión y la exaltación erótica), así como los acentos de los libros de Horas medievales, los misterios de Santiago de Compostela y de los Santos Inocentes, los lamentos de la Era Atómica y la visión apocalíptica a partir de la vida intrauterina personal y familiar: así, por ejemplo, cuando ve nacer a su hijo David.

Gran fe la nuestra
en estos tiempos inciertos
porque dejamos multiplicar en silencio
la célula que eras.
Entones los continentes sin nombre
Daban forma a la oscuridad
y tú, aparición de ojos inacabados,
a la deriva con un cordón vital
y una calavera translúcida
te sentíamos ronda, acechándote
al abril de tu nacimiento.
¿Oíste nuestras voces de niño
llamándote entre las estrellas?
Si eres un augurio de los imperios
Que se derrumba, protégenos del sendero
de fuego que consume
tu corazón de hielo y polvo”.

Una poética en la que, como afirma el crítico brasileño, Edimilson de Almeida Pereira, en el prólogo a su libro “Paisaje con una vela y una abeja asiria, la naturaleza actúa como una fuerza potencializadora del verbo poético”.

El mismo crítico brasileño ha señalado con acierto la originalidad de los “siete salmos penitenciales”, incluidos en su reciente libro Fuego que engendra fuego (Antología personal), editado por la Editorial Verbum de Madrid) y publicado, en traducción del propio White, en La Prensa Literaria, en 1997. “Los Salmos penitenciales son como un rito de nacimiento y devoración, con una manera de expresar sensualmente la vida; el poeta revela a un interlocutor que supera las categorías de masculino y femenino: de modo dramático, White utiliza la antigua forma de los Salmos para expresar un nuevo contenido, en vez de la penitencia, el hombre implora el placer, en vez de pensar en la vida después de la muerte, el amante busca el amor del cuerpo presente”.

Estos salmos inspiraron a uno de los más destacados pintores nicaragüenses de los años 80, David Ocón, su “procesión del silencio” es una expresión plástica de estos versos:

“Pinta tu ropa en mi piel
como si fuera el fetiche que realmente necesitaras,
y nada pudieras hacer sin mí.
Rasgar el tejido es hacerme sangrar.
Desvestirme para el amor es matarme”.

Poeta moderno y postmoderno, creador de una poética en donde no se anulan las voces del pasado, sino que se reactivan constantemente: voces antiguas que vuelven y reactualizan el sentido de la historia contemporánea:

“Entramos en esta vida entre peñascos que fueron labios. Una lengua olvidada regresa”.

Una lengua olvidada que permanece, como diría Levi Straus, en las estructuras míticas del pensamiento, intacta pese al desarrollo de la ciencia y la filosofía en su sentido racional. De ahí el panorama de detritus y vacío de la sociedad de consumo.

“Tríos eléctricos, baterías, bailarines en la calle.

Lo que queda del eterno retorno es el camarero llevando botellas de cerveza.

Los verdaderos héroes ensayan para El carnaval; combate en la zona de guerra del éxtasis”.

Su poema “Ultimo río” es una especie de Barco Ebrio de la era tecnológica, la era de la página Wew y el ciberpoder: una reactualización del gran poema de Rimbaud precursor de las grandes aventuras poéticas del siglo XX, un poema que con rimas finales de Bob Dylan incorpora elementos de la mitología americana: símbolos y signos míticos indígenas insertos en el texto matriz de la lírica romántica y simbolista que en última instancia explican, como a Yeats o a Eliot, la poesía escatológica y profética de Steven White.

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