domingo, 30 de enero de 2011

2958.- ROLANDO MERAYO


Rolando Merayo nació el 10 de marzo de 1985 en Turrialba, Costa Rica. Es cofundador del grupo “Los Despiertos”. Ha publicado en revistas y periódicos nacionales y se mantiene trabajando en su libro Alucinaciones en el jardín. También escribe cuentos y artículos para revistas turrialbeñas.




JAMÁS PASARÁN ESOS CABALLOS TRISTES POR TUS OJOS

Jamás pasaran esos caballos tristes por tus ojos,
ese frío, lo verde del camino,
aquellas cosas tan simples como ver grutas a la orilla de una mariposa,
aquellas aves tan olvidadas por los surcos del ciprés,
teléfonos, baldíos, arcángeles moribundos en los caños.
Te cedí esta noche al sueño,
las cicatrices que cuelgan desde el sepulcro de mis manos,
las lágrimas que guardaste en los pulcros tranvías,
manos cortando cabezas huesudas,
mis dolores consumiendo al dolor universal,
cada noche como un abismo paralelo, la flor de vinagre,
los buses oxidados donde la cicatriz te saludó con miedo,
la Virgen María que guardaste bajo tu manto,
mientras tanto la sombrilla gemía, y yo, me mojaba bajo el sol,
bajo el suelo de tus manos, en la ortiga del aguacero,
bajo el amor o la semblanza del orgullo,
los ciegos atados de tardes con el alba.
Jamás pasaran esos caballos tristes por tus ojos,
pasará el viento como pasó por los poemas de tantos poetas,
pasará la noche como una moneda de oro,
mi rostro decrepitándose al hurto de la muerte,
una mujer que no serás, que nunca fuiste, que nunca pensó,
pasarán cien o doscientos cigarrillos mientras leo o blasfemo,
pero no pasarás esta noche, ni las subsiguientes al beso,
ni los perros que no ladran,
ni los escalones que aún no trepo para llegar a Dios.
Jamás pasaran esos caballos tristes por tus ojos,
dormida soñaras que duermes,
o si existo en los callejones de la música que desafiné,
o si te vi alguna vez llorando por teléfono,
concediéndome otra noche como un soplo de sal,
como la flor de luto que vibra cuando ya es muy de noche,
y juro ante la corte de un libro que olvidé:
qué jamás pasaran esos caballos tristes por tus ojos,
mientras olvidas al mundo como olvidar un elemento,
que no sea el fuego, ni el aire, ni mis ojos más tristes
donde quizá duerma y termine el poema,
para que de una sola vez empiecen a pasar esos caballos tristes
por mi cuerpo, por mis ojos.

Jueves 02 de octubre de 2008

(Del libro: Alucinaciones en el jardín. Inédito)







LA PERFECCIÓN DEL MUNDO

A ella que no sabe que este poema existe, sinceramente, con mucho dolor.

(Your perfect body and my perfect mind
"Indication" of L. Cohen)

Te vi entrando a tu casa de espaldas
como se entra al mundo desde una ventana,
sin mirarme, tratando de olvidar áspera mi soledad
resbalando por el costado del poniente,
saludé a mi discordia, humillado regresé a juntar mi olvido,
ese poso del anochecer.
Vi tu cuerpo al contorno de la sombra,
que aislaba la luna de mis manos,
mientras hablaba a la otra sombra de un aullido,
trataba de mirar el reloj de tu casa, pero ibas de un lado al otro
y mis ojos borrosos no captaban la hora,
era tarde, como decir noche
en el cántaro del ave que entrecruzaba abismos.
Pero estabas libre,
herida de amor por los hombres que seguían tu belleza,
sordos e inútiles como cadáveres abiertos en las nubes.
Te vi entrando a tu casa de espaldas
y yo era el otro, el fracasado, el loco, el niño que dormía sosegado
por las desventuras de una tierra, que borraba las larvas, los dientes
de un neón maligno en tu ventana.
Vi tu cuerpo al contorno de la sombra,
tu hermana agitaba sus cabellos de dulce malignidad,
era el esgrima del demonio, el abrazo de lo sagrado
en un cuerpo siempre ausente para un hombre lleno
de pesadillas reales como la vida en la soledad, elogiando
a lo extraordinario, como ese quien tira pan al animal de una jaula o bebe
de vez en cuando su cicuta para amanecer con tu recuerdo en el dolor.
Yo sólo te vi entrando a tu casa de espaldas
como se entra a una salida o a la disputa de fecundar a una estrella, de miseria,
de hermano alga, de sol cuajado, de alba que se bebe como leche de poeta.
No tenías ni un nombre en mi mano y yo tenía manos sin nombre en tu puerta,
toc, toc, y la cerraste.
Tu hermana hablaba de cosas imperceptibles: fuegos,
miedos, acantilados serenos, cigarrillos, Dios y pianos.
Pero ya es ausente toda esta vida, y esa tarde que dije noche y dije luna,
será siempre estampa hundida en el desierto, tu hermana quedará ahí: eterna de luz,
hablando no sé qué cosa, inventando atrocidades, y quedarás ahí: eterna, de espaldas;
entrando para no volverme a ver donde nunca me viste, pero siempre que entres a una casa
serás el arcano de un lobo que cambió de camino, cada luna de marzo, pues ahora entre los árboles, distante al mundo, a tu casa, el recuerdo se me lanza como una bandada
de animales rabiosos y no quisiera terminar el poema,
porque cuando un dolor es tan grande una sola espiga en el cielo se ata a escribir
por los restos de este poema incurable;
y si me atraviesas por los jardines de la memoria, olvídame, que yo he aceptado el olvido
como la única forma de ir menguando el cierzo que trepa inevitablemente por mi ventana,
y empiezo a recapitular: quizá tu espalda era perfecta,
y esa asimetría era la perfección del mundo, y tuve que verla para ahora ir entendiendo todo o casi todo, mientras tu hermana se duerme en mi cama y sigue durmiendo en las atrocidades,
y tu espalda sigue entrando por esa puerta, perfecta, aquella noche en que rocé mi mente perfecta con tu espalda perfecta.

Miércoles, 29 de octubre de 2008







LA HERMANITA DEL DOLOR

Desperté tres días antes de este poema,
con la herida en la sombra de su voz
bajando por la calle del frente,
como suelen bajar los perros que vigilan la noche.
Pero todo estaba tan oscuro que me dolían los marfiles del aire
al rozar la tinta de sus pasos mientras nos ignorabas.
A mi lado estaba Armando fumando mis cigarrillos,
taladrando sus oídos para no oír esas gaviotas de violines
que surcaban ese cuerpo de tristeza.
No sé el final de la historia.
Nunca la vimos subir por ese norte hundido en su piel.
Sólo sabemos que bajó a ese rincón del pueblo,
sucio… asqueroso,
a finir con su cuerpo y su belleza los adoquines
que pisaba como si pisara el mar
dentro de una botella de estupor.
Hoy, tres días después de este poema,
escucho los violines
y finjo otras muertes de cobre
que cabalgan las esferas
y estoy infinito de fuego,
arañando la música que se expande por la calle del frente
al ser la una de la mañana,
y solo ver prostitutas,
gatos amarillos fornicando los tejados,
mientras Armando duerme
y no sabe que le escribo a la hermanita del dolor,
a esa muchacha trilce de agonía,
con su cuerpo finido de noches
posando con un gato blanco en la fotografía que él robó,
para que hoy un día antes del poema
yo persignara la paloma que lacró su cuello,
con agujas negras de vudú,
del vudú que cuelga en la pared.
Pero mañana habrá otra mujer bajando por la calle del frente,
cuatro días después de este poema;
y prenderemos un cigarrillo
y la pena de este escrito
viajará por su cuerpo
o quizá dentro de una de sus venas que hoy desconozco
y sangrará al verme o al ver a Armando
y el vudú estará jugando con su gato
colgado en la pared de mi cuarto.

Martes 2 de diciembre de 2008


(Del libro: Alucinaciones en el jardín. Inédito.)

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