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lunes, 26 de diciembre de 2016

KEISELIM A. MONTÁS [19.794]


Keiselim A. Montás

Santo Domingo, República Dominicana, 1968.  Desde 1985 vive en EE.UU., donde terminó sus estudios secundarios e hizo una licenciatura y una maestría en lengua y literatura castellanas.

Además de publicar poemas sueltos, fotos, cuentos, ensayos y entrevistas en revistas literarias, ha publicado: Pequeños Poemas Diurnos, (poemas, plaquette, New York,1992 y 2005); Amor de ciudad grande (poemas, New York, 2006); Reminiscencias (Premio Letras de Ultramar 2006, cuentos, Santo Domingo, 2007); Allá (diario del transtierro) (poemas, New York-New Hampshire, 2012 y versión digital 2013).  Sus poemas y cuentos aparecen en antologías tale como: Viajeros del rocío (25 narradores dominicanos que escriben desde el extranjero), Santo Domingo, 2008; Nostalgias de Arena (escritores de las comunidades dominicanas en los Estados Unidos), Santo Domingo, 2011; Shortstop microrrelatos de béisbol dominicano, Letra Negra, Ediciones Ferilibro (Guatemala, 2014).  Primer lugar en el XIX Concurso de Cuentos Radio Santa María 2012, La Vega, República Dominicana, con “Sin lágrimas”; Segundo lugar en el Premio de Cuento Juan Bosch (FUNGLODE/GFDD 2014), con "Serás para mí" y el poemario Como el agua (2016). 

En la actualidad vive en New Hampshire y trabaja en Dartmouth College donde ha desempeñado la función de Faculty Fellow, además de su cargo permanente como Director Asociado del Departamento de Seguridad.  Ha trabajado en el sector de la seguridad pública por más de 25 años, mayormente en el área de educación universitaria.




Por mi ventana veo un temprano invierno,
se acerca; nos cae encima.
Es una fusión de blanco y verde,
el verde será rojizo, marrón, caerá;
y el blanco se hará nada, desaparecerá.
Esqueletos desnudos habitarán entre nosotros,
y de vez en cuando lucirán de gala
un vestido blanco.
Vendrán azotes y soplidos,
habrá aguas torrenciales y,
sin darnos cuenta, de pronto,
volverán a la vida los esqueletos;
se vestirán de fiesta y bailarán alegres.
Y yo, sentado frente a mi ventana,
esperaré a que otra vez
nos caiga una fusión de verde y blanco.

        Miércoles 23 de octubre, 1996 (12:05 p.m.)
        Santa Fe, New Mexico



Está baja la marea,
sigue frío afuera, ya no llueve,
pero el viento no ha dejado de azotar.
Hay una coraza de hielo al rededor del alféizar de la puerta de cristal.
El mar se bate de frente contra la playa,
contra el arrecife, contra la casa,
contra mi ventana.
Sólo las gaviotas se aventuran en busca de algas:
están en la playa, escarban en la arena;
otras vuelan y se dejan llevar –de lado- por el viento;
otras flotan en altas olas.
El mar es incesante,
la vista maravillosa, y la música es: ese va y ven de la olas (y nada más).
  
        Jueves 26 de diciembre, 2002 (08:09 a.m.)
        East Hampton, Long Island, New York





Hace tanto frío afuera que se me aguan los ojos;
se me aguan los ojos y se me nubla la vista;
se me nubla la vista y tengo que pestañar;
pestaño y se me mojan las pestañas;
se me mojan las pestañas y el frío me las congela.
Con las pestañas congeladas, se me nubla la mirada.

Dirán que no tengo sentimientos, y que mis lágrimas son pequeños témpanos de hielo.

        Martes 18 de diciembre, 2007 (10:16 hrs.)
        Hanover, New Hampshire -En el curro




Retrato de proscenio

Amanece, comienza a clarear el día;
no es un día
como todos los días de mi infancia.                                       
Comienza a clarear el día, amanece;                       
es un día                                   
como ninguno de los días de mi infancia.                                    
El cielo en calma, con sus borretones grises, refleja                             
-en el horizonte- amarillo fuego naranja.                                        
No hay un ápice de viento, y                      
el silencio es industrial (murmullo de luz eléctrica);           
el suelo está todo cubierto de hielo, y el hielo                                      
de seca nieve.                                    
Amanece y está más claro;                                     
se va perdiendo el amarillo en azulejos
y el fuego naranja en delineación clara de oscuras formas montañosas de horizonte.
El suelo se hace más blanco,
el día se hace más claro, y es un día
extranjero a todos los días de mi infancia de guayabal.

         Jueves 13 de diciembre, 2007 (07:04 a.m.)
         Hanover, New Hampshire




Deshago versos completos (a menudo)
quedo deshecho,
reatino y los creo, los entretengo,
quiero escribirlos (condenarlos al papel)
y los pierdo; me abandonan,
Los busco por días, me palpan,
pasan de largo y se burlan.
Recurro a la imagen; trazo líneas
entre carbón y borrones (figuro)
espero al acecho la llegada del verso,
llegan: (la atrapada)
los condeno perpetuos.



*


Busco y te busco por las líneas telefónicas,
por las ondas cibernéticas,
por los espacios, las distancias,
desde Manhattan, por las avenidas,
en Brooklyn, por el tiempo,
entre los recónditos espejismos de mis ensueños te busco.
Te busco porque si no te encuentro,
no tiene sentido el espacio ni el tiempo
y respirar sería simplemente una manera de gastar la vida.



*


Nos cayó un
aguacero,
sinfonía de gotas en
el techo,
desahogo y despejo.
Falta que nos hacía;
lo sé por lo bien que lo
recibimos.
También lo sé
porque noté
que cada gota mostró
su empeño
en venir a acompañar
a las otras,
en caer con las demás
al justo tiempo,
en sonar perfectamente
sobre el techo
y luego,
confundirse con las ya caídas,
y esperar:
esperar a las demás
y deslizarse juntas hasta el suelo.
Qué bien nos cayó
la lluvia,
como si todo lo que
necesitásemos
fuera un aguacero.



Insomnio (para Maya)

La necesidad inmensa que me invade irrumpe
en la desolación del descanso,
pierdo el sueño.
Busco desesperadamente el idioma inerte, la palabra precisa,
el poema monumental, el conducto perfecto,
la palabra que pueda establecer el puente
que me lleve a compartir el poema por excelencia
que sirva de constante
y siempre al compás de una existencia.
Existencia que respira vital y cercana
que me resuena y baila en las palabras
de una poesía rápida, fluida, trenenal (de tren)
que consta y hace constar su momento,
que vuela y viene tocando las puntas de sus alas en espumas gaviotales,
en orillas de horizontes, entre árboles que pasan
y aguas que destellan precipitosas y recogen la gracia
que me atrae a una existencia,
a un lenguaje poético, a versos de instantes,
a sonoras palabras que fluyen de labios
que besan el tiempo, que soplan espíritus,
que invaden el verso; es y son y resuenan
como recital de versos que me crean la inmensa necesidad de buscar
el idioma que contenga
las palabras del poema con los versos de monumental constancia
que provean el puente que me recobre el sueño
a la hora del descanso.


Amenazas para aroma de mango banilejo

Un hombre (mañana de lunes, temprano)
entra a un vagón del subway,
amenazado por tropel humano, se sienta.
Su codo amenaza al bulto de cuero
(en él carga papeles y diario).
El bulto se ve amenazado por codo
y rodillas, se encoje, trata de no estorbar.
El bulto amenaza a un mango banilejo.
El mango banilejo se achata, busca no aperrucharse.

El hombre, casi al término de su trayecto, abre la solapa del bulto
y mete dentro el grueso libro de poemas
que le alivia las mañanas de estos días
El libro de unos sonidos (todos poetas peruanos).
De inmediato el mango se ve amenazado
del libro; no pudiendo más, se defiende
aperruchándose.

Sin saberlo, el hombre,
mete la mano en el bulto para sacar la chequera
(que cree allí llevar) y así aliviar de amenazas
al mango, al libro, al diario,
a sus papeles.
¡Es demasiado tarde ya!
El hombre siente la herida del mango,
todo aperruchado; viscosidad.
Pulpa de mango en el libro,
jugo de mango en el diario,
en los papeles, en el fondo del bulto (de cuero).

El hombre saca de su bolsillo trasero
un pañuelo.
El pañuelo, que hasta ahora sólo tenía a su enemigo mayor: mocos,
se ve amenazado por pulpa de mango banilejo,
y jugo de mango banilejo; (limpia).

Después de todas estas amenazas;
sólo el aroma del mango banilejo nos apacigua,
nos reconforta:
al hombre, al codo, al bulto de cuero,
al diario, a los papeles, al libro de unos sonidos.
Aroma de mango banilejo.


Reyes

Es Día de Reyes en Cambita
¿Habrá quién salga a la calle con una escopeta
de penca de coco?
Hubo Días en que yo dejé un vaso con agua,
un manojo de yerbas, un cigarrillo
y una menta verde debajo de la cama.
Hubo Días en que los Reyes me dejaron
un carro de pilas que encendía luces y daba reversa,
sonaba una bocina y era cosa de encanto.
Hubo otros Días en que temprano, y con la salida del sol,
llegué a tocar la puerta de mi casa con un cigarrillo en las manos,
para los Tres Reyes Magos,
y ellos no pasaron por ahí ni dejaron
debajo de la cama juguetes ni regalos; pues,
aunque era mi casa, no era mi casa.
Luego llegaron los Días en que tuve
que explicarle a mi hermano
que no esperara juguetes ni regalos,
que Papi no tenía dinero
y que no existían los Reyes Magos.
Y mi hermanito sólo quería un juguete,
ya sea que se lo comprara Papi, o se lo dejaran debajo de la cama
Los Tres Reyes Magos;
era cuestión de infancia, de ser niños:
¡qué importaba si existían o no Los Reyes Magos!
Importaba que todos los niños tenían juguetes
y nosotros no teníamos ni escopetas de palo.
Hoy es Día de Reyes en Cambita
y aquí tengo una funda de soldaditos para mi hermano,
y se la doy todos los años.

                    Martes 6 de enero, 2004 (09:40 a.m.)
                    New York, New York

p. 35 en Allá (diario del transtierro)



América

            para Richard Blanco, Presidential Inaugural Poet, 2013

Su madre (la madre de ese gordito simpático que fue) guajira,
con su inglés machaca'o,
sentada ahí, a su lado:
sonriendo; diciéndole que en su mocedad –ella–
tenía el cuerpo como Beyoncé;
llorando (tu padre debería estar aquí); volteándose para tocarle el hombro
–Cálmate, deja de hacer tantos garabatos–
ofreciéndole un dulce (como si fuera aún aquel niño gordito).

Él, con su dicción perfecta, de pie
frente a la nación y el mundo:
"Mr. President" comenzó diciendo,
y versó de su madre (esa guajira) que lo acompañaba,
al hablar de toda América ejemplificada –One Today– en toda labor:
"on our way to clean tables…
            to teach geometry, or ring up groceries as my mother did"
como esa guajira lo hizo "for twenty years,"
"so I could write this poem" aquí, hoy,
hoy es América.

(6:26 a 6:34 am)
Viernes 4 de octubre, 2013
Lebanon, NH



Como el agua: una vasta concisión.

Sobre Como el agua (2016),
de Keiselim Montás


Hombre es caña
sobre la barca -lombriz-
el pez es agua.


*


Fluidez de cristal
en ronroneo que va
rumbo a abril.


*

Los desvestidos
de otoño reviste
la primavera

*

Blanco el papel, 
no lo he escrito aún:
hay esperanzas.


*

Bajar y subir
-senda de doble vía-:
albor - óbito.


*

Verde fondo del
patio -cede- del Torii
rojo abierto.




prólogo que escribió el poeta José Kozer al poemario Como el agua (2016) de Keiselim Montás.

Por: José Kozer

Agua al comienzo y al final: dos puertas que se abren y cierran a lo largo de este libro de poemas de Keiselim A. Montás, forjando una vasta concatenación, guirnaldas de agua que acaban siendo un eterno retorno, visión cíclica de la naturaleza, la vida y la escritura por la vía del agua. Título que funciona a la vez como símil (o sea, como escritura y aliciente de continuidad en la escritura) y como fundamento de entendimiento y retención de uno de los cuatro elementos (agua) que conforman la realidad desde la perspectiva de la tradición occidental: agua que “como el agua”, entre sus diferentes momentos, tiene tres que este libro privilegia: su fluir (donde fluir implica modulación y cambio heraclitiano, implica obstrucción y desvío), su estancamiento (y aquí la naturaleza, detenida, puede reflejarse en acto autorreflexivo y de contemplación) y su momento último de desembocadura (que es a la vez hecho natural, concepto filosófico y personal narración del poeta ante lo irremediable: “nuestras vidas son los ríos / que van a dar a la mar / que es el morir”).

El agua tiende a desbordarse, el diluvio universal (catastrófico) es una de sus posibilidades cotidianas, recurrentes, a la vez históricamente mitificada, universalmente contada y recontada en numerosas tradiciones, y asimismo interiorizada en toda la poesía universal como signo de devastación y muerte: y de resurrección y continuidad. El poeta tiene la opción del desbordamiento, o la ocasión (escogida por el estro de Montás) del comedimiento: el haiku, que no se utiliza sistemáticamente a través de esta obra por capricho, sino como arma de corrección que rectifica la realidad y modera el lenguaje, es el mecanismo poético, para nada gratuito, que en este caso se propone coordinar los abruptos cambios a los que el agua nos somete. Agua que se desborda tiene en el haiku su dique, no tramoya sino límite, no enredijo sino limpidez, y desde esa nitidez escueta y rápida de esta forma de expresión poética, un fulcro que une y reúne los elementos diversos de la naturaleza, de la viva realidad y su escritura, en un espacio acogedor en que las criaturas tienen su obligado sitio (la función del poeta estriba en descubrirlo y revelarlo) sitio donde persiste, a través de todo el poemario, una relación armoniosa entre sujeto y objeto, entre naturaleza y escritura, entre vida y sensación de vida.

La premura de la existencia lleva a la separación entre sujeto y objeto, más la instantaneidad que caracteriza el haiku (pincel, papel, intuición, gesto y acto de inscripción, entronque y raudo final) le devuelve a la existencia la unión del sujeto con el objeto, de modo que mientras todo fluye, se desvía y busca su camino (de perfección) todo a la vez se vuelve unidad, mutua participación, viva relación. Así, “Hombre es caña / sobre la barca —lombriz— / el pez es agua”. La lombriz no es símbolo de nada, no es signo de dolor humano, ni transferencia alguna, la lombriz es la lombriz, y en este caso su función es la del cebo, función natural que tiene su propia lógica, vehículo de conjunción entre poeta y poema, entre necesidad de expresión, que es necesidad de comprensión, y un resultado, el haiku de un libro que como el agua brota, se mueve, se detiene, continúa, forja realidades, establece ajustes y reajustes, como sucede con todo camino, y termina desembocando: no es casualidad que el título contenga agua, ni que el primero y último poema del libro terminen, con sentido diverso, en agua.

Libro referencial que exige del lector un conocimiento y una búsqueda de puntos de apoyo para la mejor comprensión del texto. Donde se cruza por un brazo de agua al otro lado tenemos, por ejemplo, una oculta y válida referencia al Sutra del corazón y su gate gate paragate parasangate bodhi swaja. En el haiku donde “Corren las aguas”, el yo poético se ve abocado al cambio, dándole al poema su sentido heraclitiano, uno de los signos fuertes del pensamiento histórico, entreverado de tonalidad occidental y oriental, de modo que Heráclito sirve de puente, de torii, a dos culturas que siempre hemos tendido a separar y contrastar como opuestas, y que ahora por fin intentamos comprender como parte de una misma visión compleja y plural de la Humanidad. O unas luciérnagas que bailotean en la noche oscura y despiden propia luz, pueden referirse tanto a Noche oscura de San Juan de la Cruz como a la naturaleza que utiliza la poesía de Basho.

Como el agua es un delicado tapiz verbal y de imágenes, una fronda que verdece, se seca, muere y reaparece en cuanto estaciones naturales y lenguaje diestro y breve, centrado en un ojo fisiológico y mental que busca, sin exasperación ni desespero, la mayor comprensión posible de lo que a la vista, día a día, se nos presenta. Poema a poema, página a página, los elementos se concatenan, se entrecruzan e intercambian sus fundamentos, para romper compartimentos estancos y círculos viciosos, y crear en su lugar ese hermoso “vaivén de rocas” de uno de los primeros poemas del libro. Estamos ante una obra donde todo, en armonía, es secuencia, consecuencia, continuidad: Heráclito se da la mano con Parménides, lo que fluye acoge a lo que permanece. No hay enemistad sino comprensión, no hay daño sino suave cauterio y reparación. Carpintería, arquitectura, visión. Las estaciones centradas, una a una, se hermanan en la concentrada atención del ojo y la mano del poeta. Agua retenida y agua que fluye, agua que es agua y que es como el agua. Todo conecta y puede darse el lujo de ser vapor, niebla y nebulosa, ascenso y descenso, caída y sacudida, y recuperación.

Y en todo este proceso, fugaz e interminable, espejo y espejismo de la naturaleza, el lenguaje está al servicio de la creación poética, y fluye como fluye el agua para desembocar en un hermoso libro de poemas de la mano del poeta dominicano Keiselim A. Montás, que a la vez ha sabido conjugar escritura con pintura, alfabeto propio con alfabeto ajeno, belleza ulterior desde la cercanía del momento, su chisporroteo primero y su largo camino a la luz más quieta y límpida de una geografía de arenas congeladas, y una arquitectura personal y universal, donde, desde la humildad, un “Árbol desnudo, / sueña en febrero con / la primavera”.



The shittiest apples in the world, 
which are pretty darn great!

Those who have apples would know that I have the shittiest apples in the world;
but for those who have none,
my apples might look pretty good.
And since I never had apples before,
for I grew up amongst guava, mango and avocado trees,
these apples I have now are not bad at all.

This morning around 10, the grass was wet,
the leaves were falling,
the trees were yellowish, some even red.
Between a fine rain and a light mist,
bucket in hand, in my mud boots up to the knees,
I walked around and under my apple trees.

The leaves were wet and poured on me.
And my apples really don’t look that great;
but, for someone who has no apples, my apples,
these apples might just be the best!

I don’t care that they are bitter,
that some even might have no taste.
I have picked them. I have washed them,
and I keep them for their smell: on my desk, at the office;
on my writing table, at home;
on the night stand, by my bed;
and all over my book, between shelves.
My apples, I keep them all over the place.

I know, I have been told: I have the shittiest apples in the world.
But,
this morning I picked my own apples,
and for one who never had any before,
my apples are pretty darn great!

11:18 a.m.
October 3, 2009
Lebanon, NH





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domingo, 16 de octubre de 2016

MIGUEL ALEJANDRO VALERIO [19.294]



MIGUEL ALEJANDRO VALERIO 

Miguel Alejandro Valerio (República Dominicana, 1985) es n jóven autor dominicano que ha cursado Filosofía en la St. John’s University, NY, y estudios literarios en español en la misma institución. Ahora está cursando estudios culturales y literarios latinoamericanos en The Ohio State University. Piensa escribir su tesis sobre la vanguardia poética en República Dominicana. 

Su primer poemario, Los presentes de la muerte, fue galardonado con el Premio Interuniversitario de Poesía de la editorial Paroxismo en 2012. Su segundo poemario, La noche de Ohio, fue editado por la misma editorial en 2015. También es académico y actualmente trabaja una tesis sobre la participación negra en los festivales de la América colonial, particularmente en México y Brasil.  


Autorretrato a los 31

Monotonía de lluvia tras los cristales. 
Antonio Machado


Miedo… a qué le tengo miedo?
Me pregunto sin arrogancia
ni intención de ofender a los dioses
en estos días de interminable lluvia.
He tenido tan poco…
He perdido tanto…
Supongo que le tengo miedo
a la policía y al desahucio.
Pero desde nuestra comodidad
esas son cosas que les suceden
a personajes periodísticos.
Y supongo que como todos
le tengo miedo a la muerte.
Pero a pesar de su silencio milenario,
la conozco tan bien…
(En Roma nos hicimos aún más íntimos
una noche de inclemencia.)
Miedo…¿a qué le tengo miedo?
Sé que no se vuelve.
Y si le tengo miedo a algo
quizá sea a no llegar. 
No llegar a tiempo a tu lecho.
Tener que vivir con tu recuerdo
sin jamás llegar a conocerte.
Llegar al fin del camino
sin haber sembrado una buena semilla.
Sí, tengo miedo, como Neruda,
de morirme sin haber labrado una mesa.



Aeropuertos

donde es Ulises
el que espera


Hijos de Sísifo

qué dios hemos ofendido
para correr la misma suerte
que Sísifo


Madre

Diría –como Poe–
que no hay palabra
más dulce. Pero
siempre se la he
dicho –petrificado–
a una extraña.

  
A Alba

La vida es extrañar.
ALBA

Alba, la vida será extrañarte.
En un instante la ola que te trajo
ya te aleja. Que el viento favorezca
la nave en que viajas y que todos
los puertos te reciban con brazos
abiertos. Dejas una huella
en nuestro corazón que ninguna
marea borra. Aquí quedamos
a la espera de nuestra próxima
embarcación. En cada puerto
preguntaremos por ti.



Telémaco

Me voici, mon père; votre fils est prêt à mourir pour
apaiser les dieux; n’attirez pas sur vous leur colère.
Fénelon

Canto 1

A quién buscas, Telémaco
en el agua estrellada

Por qué abandonaste
el encargo paterno

Por qué dejaste a Ítaca
en busca de nadie


Canto 2

Heme aquí, padre
dispuesto a aplacar a los dioses

No temas como Abrahám
No esperes otro cordero

Clava tu puñal en mi garganta
con la caricia paterna que nunca recibí

Descuartízame y tírame al vacío
que ya soy espectro sin tu cuerpo

  
Canto 3

Ya no caerá sobre ti la ira
que aún no he sentido

Ya puedes atravesar
el Aqueronte en paz

He aquí la moneda
Abre la boca





Interuniversitario de Poesía de Editorial Paroxismo.  Con el libro Los presentes de la muerte.

“Ya desde el título, tan rico como sugerente, que presenta la muerte, cualquier muerte, como un don y, a la vez, como una actualización de la experiencia fundadora de la angustia existencial, este libro trata de una vida siempre íntima y a veces recóndita, agazapada en el pasado. Un yo encarnado bucea en las aguas turbias de la infancia en busca de los dones de la muerte y las existencias que, entrelazadas, derraman una música en sordina, para emerger en un presente marcado por el tiempo que huye: “nunca regresa al espejo el mismo hombre”,afirma Valerio, reescribiendo la célebre sentencia de Heráclito, para después detenerse en esos “rostros que jamás volveremos a ver”.

La muerte, en efecto, es un don y una presencia; la presencia y la dádiva misma de la vida. La muerte es una serie de tiempos implacables y presentes, porque “el que muere no es el muerto, sino el que le sobrevive” (Jaime Sáenz). La muerte de seres queridos, la muerte de la inocencia, la muerte de Dios. Con elegante contención y lucidez, la escritura de Valerio se hace errancia por “las mil y una noches sin

electricidad de [la] niñez”, en busca de alguna luz que no sea la de la muerte. Un viaje paralelo al de la vida, sin otra posesión que la memoria –“el verdadero equipaje”–. Una escritura que, en ciertos poemas, se hace lúdica, recordándonos que toda escritura es solo un juego ante la muerte. Un juego que, en un perpetuo hacerse y deshacerse, no puede tener fin, pues la muerte acecha, los brazos llenos de presentes. Porque –como escribe el poeta de forma admirable– “la niñez es un juego / dejado a medias / para siempre” y “también la vida / padre Shakespeare / es un país del cual no se vuelve”.

Libro terriblemente unitario, de una coherencia sobrecogedora, despojado de titubeos juveniles y de modas, Los presentes de la muerte nos ofrece el don y la presencia de una voz madura, medida y próxima, no pocas veces emocionante.

Reseña preparada por Guillermo Ruiz Plaza
Poeta y cuentista boliviano


María estaba cansada
de estar cansada
de morir sin muerte
y una noche de año viejo
al alborear
se fue al monte
a buscar un nido
donde dormir
el sueño profundo
del olvido.


*


Esta mañana la muerte
vino por ti
¿Quién la mandó?
¿Tu Dios misericordioso?

No hay cliché o verso
que consuele
cuando la muerte
llama a la puerta equivocada
a las tres de la madrugada


La extraña muerte de Miguel Alejandro Valerio, escrita por él mismo

El 11 de marzo de 2014 fue un día extraordinariamente veraniego en Columbus. A las tres de la tarde se registró una temperatura de sesenta grados Fahrenheit. Ese día Miguel salió a hacer su primera sección de jogging de la temporada. Se puso tenis y salió a ver si el tiempo requería cazadora. Se dio cuenta que no. Volvió a ponerle llave a la puerta y salió definitivamente. Caminó el corto tramo entre su apartamento y el sendero donde haría jogging. Al llegar al sendero encontró dos asiáticas tomándose una foto en el puente que cruza el Olentanyi en ese punto. Comenzó a hacer jogging corriendo lentamente. Corrió treinta segundos y después comenzó a caminar enérgicamente. Se justificó este cambio de ritmo con la excusa de que no quería alcanzarle al tipo que iba delante de él. 

Siguió caminando enérgicamente detrás de ese tipo y la tipa que iba delante de él. Cruzó otro puente que cruza el Olentanyi y pasó por debajo del puente Dodridge. Volvió a hacer jogging cuando se hizo distancia entre él y aquellos que iban delante de él. Esta sección duró mucho menos que la primera. Pasó un gordo con la música a todo dar en los audífonos. Vio una chica muy guapa que venía corriendo en la dirección contraria y pensó proponerle que se acostara con él si él mantenía su ritmo. Se imaginó un diálogo entre él y ella. “Di que sí sólo para tener una razón para correr.” “¿Y qué me darás si no mantienes mi ritmo?” “Cien dólares.” Siguió caminando sin hacer nada. Pasaron tres chicas en patines. Iba pensando que la propuesta no estaba bien articulada, porque acostarse no implicaba tener sexo, y si la tipa era lista, podía interpretarlo a su favor. Pero se imaginó que al llegar al apartamento con la chica, en vez de bañarse, se entrelazarían apasionadamente, bañados en sudor. El tipo que iba delante de él dobló. Miguel apresuró el paso y fue alcanzándole a la chica que iba de delante de él. Se dio cuenta de que no era tan gorda como se le figuraba a distancia.

Iba en el teléfono. Al parecer hablaba con su compañera de cuarto. Miguel se echó a la izquierda para rebasarle pero tuvo que detenerse a amarrarse los cordones del tenis derecho que se habían desatados. Después le rebasó corriendo. Corrió el último tramo del sendero que haría ese día. Corrió debajo del puente de Lane. Subió los escalones del puente corriendo. Pensó en Rocky Balboa y en aquella vez que vio su estatua a los pies de los escalones del Museo de Arte de Philadelphia una cálida mañana dominical de marzo. 

Cruzó la calle Lane corriendo. Pasaron algunos coches. Al volver al sendero, se encontró con la que no era tan gorda, que ya no venía en el teléfono. Ella tomó la calle Lane hacia la calle High. Había terminado su sección. En la distancia divisaba la chica de la propuesta. Pasó una chica medio gorda en patines. Pasaron otras chicas en las que pensó hacerle la misma propuesta. Pasaron algunas parejas. Pasaron algunos gordos en bicicletas. Cuando ya estaba llegando donde dejaría el sendero para volver al apartamento, se encontró con tres chicos neonazis. Éstos procedieron a darle una paliza. Cuando estuvo inconsciente lo tiraron en el Olentanyi, donde se lo comieron los patos.                        





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jueves, 6 de octubre de 2016

ELSA BATISTA PIMENTEL [19.208]


ELSA BATISTA PIMENTEL

Elsa Batista Pimentel, nació en San José de Ocoa, República Dominicana. Se graduó en Passaic County Community College y la Universidad de Kaplan. 

Batista Pimentel ha publicado los libros Puerto del Deseo (2004), Cenizas de Ausencias (2007), Lasitud del Vuelo (2011) y Siempre odié los gatos (2014). 

Su trabajo fue incluido en las antologías Noche de Vinos y Rosas,  Nostalgias de Arenas, y A viva Bosh, Cien poetas cantan a Juan Bosh.  Uno de sus poemas fue hecho canción y se incluye en el CD Del poema a la canción  producida por el Centro para el Desarrollo de la Mujer Dominicana en NY. 

Elsa Batista es la actual directora de La Casa de la Cultura Dominicana de New Jersey y es también directora ejecutiva de la revista Rumbo Dominicano.



Cada noche muere un pájaro

Cada noche muere un pájaro en mis ojos
en la desolación cansada de mis sábanas
cada pájaro es un relicario
donde se guardan celosamente los tormentos
esperando el segundo determinante y preciso
Cada noche es pájaro muerto
mi almohada,
víctima de mi verdad, vieja y recién descubierta
albores falsos
de tantos despertares imprecisos.
Las alas de la frialdad envuelven mi pesadumbre
sembrando pájaros muertos en mis parpados
para multiplicarse luego
en la realidad de las cenizas
Desfile de cadáveres penígeros
dejan su estela acuosa
en cada intersticio de la nocturnidad
cada noche hay un pájaro menos en la risa
una sonrisa que se ausenta de la ventana
donde hecha polvo el alma nigromante
no es mentira de lo eterno.



Each Night a Bird Dies

Each night a bird dies in my eyes
in the tired desolation of my sheets
Each bird is a reliquary
where are jealously kept the torments
waiting for the critical and precise second
Each night my pillow is dead bird
victim of my old and recently uncovered truth
false dawns
of so many inaccurate awakenings
Wings of the coldness, wrap my sorrow
planting dead birds in my eyelids
to multiply then
in the realty of the ashes
Parade of winged corpses
leaves its watery trail
in each gap of the nocturnality
Each night there is a less bird in the laugh
An smile is missing in the window
where done dust, the necromantic soul
it is not lie of the eternal.




Puedo soñar

Puedo soñar, amor, que no estás lejos,
que se ahogan en mis manos las distancias,
que en mi pecho encuentras tu refugio,
que tus besos hacen nido en mi mirada

Puedo soñar, amor, que no es el viento
el que canta su canción en mi ventana
que es tu voz la que rompe mis silencios,
que es por mí que despiertan tus palabras

Puedo soñar, amor, que yo soy río
que en mí ahogas tus horas de ternura
que en un segundo naufrago yo en tu vida,
que tu tiempo y mi tiempo se conjugan

Puedo soñar, amor, que hasta ti llego,
que soy leve transparente mariposa
que emancipada retozo por tus prados,
que ahogo mi néctar en tu boca.

en Puerto del deseo (Mente Editorial, Santo Domingo, República Dominicana, 2004).






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