lunes, 4 de abril de 2011

3675.- TONINO GUERRA


Antonio Guerra, conocido como Tonino Guerra (Santarcangelo di Romagna, Italia, 16 de marzo de 1920) es un poeta, novelista, dramaturgo y guionista italiano. Autor de numerosos guiones para el cine, llevados a la pantalla por grandes directores italianos e internacionales.
Filmografía
La aventura (1960), de Michelangelo Antonioni
La noche (1961), de Michelangelo Antonioni
El eclipse (1962), de Michelangelo Antonioni
El desierto rojo (1964), de Michelangelo Antonioni
Blowup (1967), de Michelangelo Antonioni
Zabriskie Point (1970), de Michelangelo Antonioni
Il Caso Mattei (1972), de Francesco Rosi
Lucky Luciano (1973), de Francesco Rosi
Amarcord (1973), de Federico Fellini
Excelentísimos cadáveres (1976) Francesco Rosi
La noche de San Lorenzo (1981) de Vittorio Taviani y Paolo Taviani
Identificación de una mujer (1982), de Michelangelo Antonioni
Tempo di viaggio (1983), documental junto a Andréi Tarkovski
Nostalghia (1983), de Andréi Tarkovski
Y la nave va (1983), de Federico Fellini
Enrique IV, de Marco Bellocchio
Viaje a Cythera (1984), de Theo Angelopoulos
Ginger y Fred (1985), de Federico Fellini
El apicultor (1986), de Theo Angelopoulos
Crónica de una muerte anunciada (1987), de Francesco Rosi
Paisaje en la niebla (1988), de Theo Angelopoulos
Burro (1989), de Jose María Sánchez
The Suspended Step of the Stork (1991), de Theo Angelopoulos
La eternidad y un día (1998), de Theo Angelopoulos
Bab'Aziz- El príncipe que contempló su alma (2005), de Nacer Khemir
The Dust of Time (2008) de Theo Angelopoulos







MI CASA EN PENNABILLI

Ahora vivo aquí arriba
en una casa de montaña
y paso el tiempo con las hojas secas
y las pongo en fila sobre un escalón;
o voy a tocar esos hilos de agua
que saltan por una grieta entre las piedras
donde las truchas se acurrucan al fresco
y Sivestro las coge con las manos
como hacen los gatos con las mariposas-
También me gusta hacer cuentas
con una aritmética elemental:
dos y dos cuatro seis y seis doce
si compras siete huevos y se te caen tres
al suelo, ¿cuántos te quedan?
O si no, trazo rayas en la arena
del patio, astas una tras otra
para recordar las piernas esbeltas
de otros tiempos y el aire
llno de luciérnagas y la bicicleta
y el tirachinas, las cometas
y allá abajo cada mes de agosto
el mar que estaba tumbado detrás de las montañas de arena
como un animal bueno
bajo las caricias del amo.
Por las tardes me siento a ver el valle
y la montaña al fondo
cn los sembrados que parecen trapos
tendidos al sol y las lindes
rojas de amapolas y puñados de casa
como nidos de golondrinas sobre la tierra
y la gente agachada trabajando
pequeña como polvo y yo sentdo
con todas estas cosas en los ojos
y la memoria que se ha vuelto blanca
y sobre esta sábana de vez en cuando pasa
la voz de mi pobre madre
y el olor de los membrillos
que ella guardaba encima del armario.








Septiembre

Cuatro hermanos de mi padre
y una hermana de noventa años, la Nazarena,
vivían en América y a veces mandaban postales
como si fueran marineros que metían
mensajes en las botellas y las tiraban al mar.
He encontrado unas palabras de la Nazarena
dirigidas a mi padre: “Eduardo,
hemos tocado fondo y ahora nos toca
hacer cuentas con la vida. Aquí en Brasil
me acuerdo a menudo de aquella vez
que fuimos a vender pescado
a la feria de Verucchio un viernes de 1913
y la riada se llevó el puente delante
de nuestros ojos y nos quedamos un día
entero sentados en la hierba,
mirando el agua, sin poder cruzar.
En las cajas se echó todo a perder
y todavía siento aquella peste de pescado que
ahora me parece que es el olor de mi vida.”

“La Tartamuda” era una muchacha
que caminaba en chanclas
y se vestía con cuatro trapos
que se le pegaban a las tetas
duras como piedras. Su tartamudez
era tan grande que te venían ganas
de ayudarla y ponías palabras
en medio de las suyas
hasta que quedaba claro lo que quería decir
y entonces de la alegría
se echaba a reír, temblaba con un gozo
que parecía nacerle de dentro de la carne.

De los montes un polvo de agua fina
como la seda
apaga las últimas brasas del verano
y yo me pongo mi chaqueta de pana.

A pesar de que llovían
en la ventana rayas de agua larga
y espesa, se veía en los montes
la luna clara.

Fueron aquellos días
en que nos dábamos la mano
y las promesas quedaban escritas en las piedras.
Hoy ya todo da igual:
te abraza alguien
y es sólo un montón de trapos.

A veces viene a tocarte un olor
que no entendías desde hace años
y ves cruzar el cuarto
a la niña con su cubo de agua.

El mar tiene los peces en sus manos.


Llueve sobre el diluvio (1997)











Canto primero

Tenía ya setenta años cumplidos y cuatro días cuando cogí
un tren en marcha. No podía soportar ni un día más la ciudad
con todas aquellas uñas delante de la boca.
Ahora estoy aquí en mi pueblo, con mi hermano.
Está lleno de casas vacías. De mil doscientos que éramos,
sólo quedamos nueve: yo, que acabo de llegar,
la Bina, Pinela el campesino, mi hermano que está siempre
en la casa vieja, la Filomena con el hijo tonto,
y tres jubilados que están siempre sentados en la plaza
y que en sus tiempos eran zapateros.

Los demás se marcharon quién sabe adónde: a América, a Australia,
a Brasil, donde Fafín el loco iba de caza con un cuchillo
y un día mató un jaguar creyendo que era un gato.
En mil novecientos veinte un grupo de albañiles,
después de seis meses de viaje en barco mirando el mar
y el agua de un río que no acababa nunca,
llegaron por fin a la Muralla China
que se había roto por todas partes y hacía falta mano de obra.

Antes de desaparecer para siempre, el padre de la Bina
que iba con ellos mandó noticias suyas cada año
a las que luego llamaron «las cartas de la China». En la primera
preguntaba por una cabra que tenía fiebre el día que él se fue,
en la segunda contó que se había comido una culebra,
en la tercera hablaba de una mujer que le cosía los botones,
la cuarta estaba llena de garabatos como los que hacen las gallinas
en el barro, para dar a entender que se había vuelto chino
y se había olvidado de todo, hasta de las palabras.

Mis padres no se movieron nunca de casa: mi padre
vendía carbón
y mi madre llevaba las cuentas en un papel amarillo.
Como no sabía leer ni escribir hacía rayas
para los clientes flacos y círculos para los gordos.
Los números los llevaba apuntados en la cabeza y cuando pagaban
los tachaba con una cruz.

Aquí el aire es bueno y el agua va por sus cauces.
Coches no hay y los perros
están siempre tumbados en mitad de la calle.

Canto primero
De La miel, 1981. Ediciones La Palma, 1993
Traducción de Juan Vicente Piqueras










Canto segundo

Esta mañana, nada más salir al jardín,
ya me parecía haberme dejado algo en casa.
Dos pasos hasta el albaricoquero
y vuelta a entrar.
Ahora que ya no tengo nada que hacer
estoy sentado frente a la ventana
y me pregunto: ¿quieres esto? ¿quieres lo otro?
He quemado las páginas de los libros, los calendarios,
los mapas. Para mí, América
ya no existe, Australia nada,
la China es un olor,
Rusia es una telaraña blanca
y África un vaso de agua que soñé.

Desde hace dos o tres días voy detrás de Pinela, el campesino,
que va buscando la miel de las abejas silvestres.


La miel, Canto segundo
De La miel, 1981. Ediciones La Palma, 1993
Traducción de Juan Vicente Piqueras







Canto trigésimo segundo

Hará unos veinte días puse una rosa en un vaso
encima de la mesita que hay junto a la ventana.
Cuando me di cuenta de que todas las hojas
se habían marchitado y estaban a punto de caer,
me senté frente al vaso
a ver morir la rosa.
Estuve un día y una noche esperando.
El primer pétalo cayó a las nueve de la mañana
y lo hizo en mis manos.
Nunca he estado junto a un lecho de muerte,
ni siquiera cuando murió mi madre.
Yo estaba de pie, lejos, al final de la calle.


De La miel, 1981
Traducción de Juan Vicente Piqueras





LA MARIPOSA

Contento lo que se dice contento
he estado muchas veces en la vida
pero más que nunca cuando me liberaron
en Alemania
que me puse a mirar una mariposa
sin ganas de comérmela.

(La polvareda. 1978)










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