martes, 31 de agosto de 2010

778.- TIZIANO SCARPA



Tiziano Scarpa nació en Venecia en 1963. Es uno de los escritores jóvenes italianos más importantes. Ha publicado narrativa (novelas como Occhi sulla graticola, 1996, y relatos, como los reunidos en Amore, 1998), textos de carácter ensayístico (Cos'è questo fracasso, 2000) y obras poético-teatrales (como Groppi d'amori nella scuraglia, 2005).


ATARDECER EN ZARA

Estimados señores, esto que ven
es el atardecer. Lo sé:
son apenas las seis de la tarde;
el sol brilla todavía.


¿Pero en qué momento exacto comienza
el atardecer? Yo creo
que cuando empezamos a esperarlo.


Nos encontramos en Punta Bajlo, frente
a la isa de Ugljan.
El islote que tenemos enfrente se llama Osljak.
Ese pueblito es Kali; aquel otro, Preko.


Les pido que observen
las boyas herrumbradas, los bidones que flotan
oxidados: ya sea la forma, ya el color,
si son impacientes,
puede servirles a ustedes
para hacerse una imagen no adecuada
de la forma que adoptará el sol al atardecer.


Hemos llegado con mucha anticipación
porque ésta es la empresa más difícil
de mi trabajo: explicarles el atardecer.
Y estoy un poco emocionado.


Si no los satisfago
pueden pues abstenerse de la propina;
nuestra visita terminará aquí.


Este no será un atardecer cualquiera.


Piensen que Alfred Hitchkock
cuando pasó por aquí dijo
que en Zara se contempla el más bello atardecer del mundo,
más bello incluso
que el que arranca aplausos a la gente en Key West.


El atardecer en Zara, a no dudarlo,
eligió al testigo mejor autorizado,
a alguien que sabe cómo encuadrar el mundo.


Sólo los directores son titulares
de esa pastosidad de la luz,
esa pegajosa mirada sobre la realidad
que en los filmes se llama fotografía.


Es decir que si lo hubiese dicho Albert Einstein,
Adolf Hitler, o acaso el Papa o Marilyn,
no habría sido pues lo mismo.


¿Se dieron cuenta
de que en nuestra época
no es posible representar
el atardecer? Es un tabú.


Las fotos, los cuadros, los videos
que lo representan son kitsch.
Empalagosos. Vulgares.


Lo que ahora nosotros estamos esperando
será el atardecer más bello del mundo:
será pues un superatardecer;
un atardecer hiperkitsch, de alto riesgo.


¡No saquen fotos! ¡No aprieten el REC!
Mantengan apagada las videograbadoras.


¿Es que no se dan cuenta del peligro?
Regresarían a casa con un patético souvenir.
Un ridículo objetíto
estimado tan sólo por ustedes. Insignificante
y banal para los otros.


¿Es eso lo que quieren?
¿Por qué razón vinieron hasta acá?
Vamos, adelante. No es un deshonor
admitir las propias debilidades.
¿Buscan la belleza? ¿Sí o no?
¿Por qué entonces avergonzarse?


Este acto de mirar debe vivirse
sin que nadie se dé cuenta del todo
y sin documentarlo. Lo prescribe
la estética en vigor.


El arte da un paso atrás
en presencia del atardecer: no hay
simulacro aceptable seriamente.


El buen gusto tutela este instante,
justo este, el de ahora.


Y a mí me paga
el ente de turismo
para decirles que el atardecer
tiene que ser visto en vivo.
Solamente en flagrante.
No es representa ble.


Y sí, hay que resignarse,
a estar aquí completamente,
completamente ahora.


Creo que ya lo tenemos frente a nosotros,
¿no lo creen?


Miren qué grande que es,
se expande hacia todos lados.
El rojo termina
en el lomo de las nubes,
ahí, detrás de ustedes.


Hay dos pesqueros que pasan.
Ellos también forman parte del atardecer.


Sí, está bien, está bien;
entiendo. Me callo.

Biografía y traducción: Diego Bentivegna





El órgano marino

Frente a la belleza de los paisajes
hay alguien que fuma mirando al horizonte,
que extrae su cámara y saca una foto,
que abraza a su noviecita,
que desafina una nana,
que escribe algún poema.


En todo caso, se siente la necesidad
de desbordarse, de hacer algo,
de desahogarse. También a ustedes los veo
un poco inquietos.
La belleza hace hacer. Hace reaccionar.

Y sin embargo es superfluo
hacer algo
frente a la belleza;
ella no tiene necesidad de nada,
y mucho menos de nuestras reacciones.

Aquí pues el paisaje mismo se preocupa
de autoelogiarse.
Incluso de noche, o con mal tiempo,
el morske orgulje sigue repitiéndole
al mar que él es hermoso.

El mecanismo es ingenioso: la fuerza
de las olas hace de fuelle de un órgano
escondido en las piedras de la orilla.

La energía muscular
de los siervos que inflaban y desinflaban
ad maiorem dei gloriam
los fuelles para Johann Sebastian Bach
aquí el agua misma la provee.
Se escuchan cómo se filtran
las notas sol y do.
Un mugido gentil
sale por los agujeros hacia la tierra
y también por las fisuras de los escalones,
que imitan adrede
la forma de una armónica.
También nosotros ahí por un momento.

Pero luego nos alejamos.
Volvemos a escuchar
el ruido del mar,
sin las notas, sin los caños del órgano.


La música del agua,
el ritmo de las olas.
Nada nuevo, pero siempre consuela.
El mar es el verdadero órgano marino.


Podemos hamacarnos
con la ilusión de que es él quien reacciona,
con sus lentas caídas arrastradas,
a una belleza cualquiera,
desconocida para nosotros mismos,
pero que nos pertenece
y que debemos descubrir.

Trad: D. B.






No hay comentarios:

Publicar un comentario