lunes, 30 de agosto de 2010

762.- ANTONIO JOSÉ PONTE


Antonio José Ponte. Escritor cubano (Matanzas, Cuba, 1964). Ha trabajado como ingeniero hidráulico, guionista de cine y profesor de literatura. Ha publicado dos libros de cuentos: In the cold of the Malecon & other stories (City Lights Books, 2000) y Cuentos de todas partes del imperio (Éditions Deleatur, 2000), este último traducido al inglés como Tales from the Cuban Empire (City Lights Books , 2002). Entre sus ensayos destacan Las comidas profundas (Éditions Deleatur, 1997) traducido al francés como Les Nourritures lointanes (Éditions Deleatur, 2000), Un seguidor de Montaigne mira La Habana / Las comidas profundas (Verbum, 2001) y El libro perdido de los origenistas (Aldus, México, 2002). Su ensayo más significativo es el titulado El abrigo de aire , escrito contra las manipulaciones de José Martí por parte del poder político revolucionario cubano. Su poesía está recogida bajo el título Asiento en las ruinas (Letras Cubanas, 1997). Es autor de la novela Contrabando de sombras (Mondadori, Barcelona, 2002), de: Un arte de hacer ruinas y otros cuentos (Colección Aula Atlántica, Fondo de Cultura Económica, México D.F., 2005; y de Un bosque, una escalera, México: Compañía, 2005 (poesía). Es uno de los más prestigiosos ensayistas cubanos. Expulsado en 2003 de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba, por sus ideas contrarias al régimen castrista, vive en La Habana. Publica regularmente en las revistas La Habana Elegante , Cuadernos Hispanoamericanos o Letras Libres.







BAJO UN ALMENDRO


Esta felicidad de estar bajo un almendro
de copa verde y roja,
este color Gauguin de nuestros cuerpos
en el otoño falso,
vuelven mi nombre Sangre,
el tuyo Clorofila.

Como un vitral que junta dos colores
–verderrojo– es nuestro abrazo.





CANCIÓN

Pasé un verano entero escuchando ese disco.
Para que la emoción no se le fuera
Lo escuchaba una vez cada día.
Si me quedaba hambriento salía a caminar.

A su manera la luz cantaba esa canción,
la cantó el mar, la dijo
un pájaro.
Lo pensé un momento:
todo me está pasando para que me enamore.

Luego se fue el verano.
El pájaro
más seco que la rama
no volvió a abrir el pico.





CORONACIÓN

Suda su fiebre la lata de cerveza.
La avispa carga otra vez contra el cristal.
Fabricar mantequilla
no es trabajo de hombres.
No es trabajo para hombres
de esta época.

Frente a cada relámpago
la avispa insiste,
heroica.

Suda la lata
su fiebre razonable.
No hay en toda la casa
una pizca de sal.

Lloverá,
va a llover,
llueve.
La puerta se abre
a un par de gotas últimas.

Lo mismo que un rebaño,
aparecen delante
las nubes de hace poco:
“¿Dónde está nuestro rey,
que venimos
a traerle corona?”
Fabricar mantequilla
no es trabajo de hombres.
No es trabajo
para hombres de esta época.

“¿Dónde está nuestro rey,
portero borrachín,
incapaz de sacar mantequilla
de las natas?”
Sale, por fin, la avispa.

Bueno es contar ovejas,
ver formarse las nubes,
juntar latas vacías.
La avispa sale al mundo
para ser aclamada.







La fe son los objetos

Una muñeca de amarillo y unas flores,
poco trabajo te dará conseguirlas.
Y no hay que desvelarse
(cuando tratas con dioses tan antiguos)
por la fe que le pongas.
Más viejos que Jehová,
ellos no exigen fe, sino unas contundencias:
las flores en el vaso,
la muñeca en la sala.
Ofrendas,
y recibes a cambio.
Al modo de las tribus,
anterior al dinero.
La fe son los objetos.
Yo colgué en la ventana
un mono de peluche
(para que dejen de monearme,
me advirtieron)
y ahí lo zarandea el viento






Carta última

...Y en cuanto a mí, no hay de qué preocuparse:

el jugo de un hollejo
a medio masticar corre por mi barbilla
como un río muy lento.
Circula por arrugas,
bordea los cañones,
cae sobre las hojas del periódico.
Suena como lluvia en un techo.

Termino de sorberlo

lo mismo que si despertara de una pesadilla
o algún escalofrío tanteara mi espinazo.

Dedos de algo o de alguien
vienen a descartar cuántas teclas no suenan.
Y me retracto
hasta escupir sobre el periódico esa porquería
donde se abrazan un hollejo y una mosca.

Muerta como una reina en mala colchoneta,
debió meterse por un olvido mío.
O fue que vi ese nombre en el periódico.

“Dulzura de mi encía”, recuerdo haberle dicho
y alguna vez sentí deseos de violarla.
La violé.
De ahí vienes tú.

Como fruta de injerto trajo pocas semillas,
lo suyo fue dejar pellejo y cáscara.
Y ahora que aparto la basura,
vengo a dar con su nombre en estas necrológicas.

Un hollejo. Una mosca.
El nombre de una muerta al que rodean
nombres de batallas.

( La guerra hace notable a cualquier lugarejo
sin importar qué haya significado en siglos su topónimo.)

Volverás a encontrártela
tal como yo me encuentro con la mía.
De noche,
zafado de toda responsabilidad,
me suelto,
orino

y unos minutos antes de despertar
navego por el curso caliente de mi madre.

Fluyo en cuna de oro.
Porque llega el momento de olvidar
las continencias
aprendidas temprano.

Alguien te avisará para que vengas.
No tienes por qué hacerlo,
a estas alturas no voy a reprochártelo.







Una casa incima vito al mondo


Nuestra suerte pendía de la alianza entre dos príncipes
ahítos de canciones italianas.

Seguíamos sus asuntos,
igual que ahora miramos

el sol en esos plátanos.

Era el Tibet que esperaba a Puccini,
Turandot terminada.
Un palacio alumbrado con esta luz de plátano,
nerviosa.

Y, detrás de la puerta,
empecinados envenenadores,
los príncipes aquéllos seguían copulando



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