lunes, 31 de octubre de 2016

CELIA VIÑAS [19.430]


Celia Viñas

Celia Viñas i Olivella. (Lérida, 16 de junio de 1915 - Almería, 21 de junio de 1954), autora española que escribió poesía infantil en español y catalán, con una obra breve pero considerada renovadora y clave en el panorama de la posguerra. Su infancia y juventud transcurren en Palma de Mallorca y en Barcelona, donde comenzó sus estudios de Filosofía y Letras, los cuales se vieron interrumpidos por la Guerra Civil, y que terminó en 1941. Entre sus profesores universitarios cabe destacar a Rafael Lapesa, a Ángel Balbuena Prat y a Guillermo Díaz Plaja, que en 1976 se encargó de realizar una antología de la producción poética de la que había sido su alumna para la colección Adonais. Durante estos años de carrera Celia amplió su formación realizando cursos muy variados, entre los que destaca el de Literatura italiana en Instituto Italiano de Cultura, y asistiendo a actividades culturales como conciertos, conferencias, exposiciones, etc. Viñas trabajó varios años como maestra en Almería, adonde llegó en 1943.



A su llegada a Almería en 1943, tras obtener la Cátedra de Lengua y Literatura con el número 1, habiendo elegido ella misma el destino de esa cátedra, se encontró con una ciudad provinciana, que sufría las consecuencias de la posguerra, sin universidad y sin vida cultural. Desde su juventud Celia Viñas demostró un extraordinario interés por la cultura, asistiendo en Barcelona a todos aquellos eventos que podía. La situación de la ciudad andaluza, lejos de desanimarla, supuso un estímulo que la incitó a ser ella quien promoviese distintas actividades que dieron a Almería un brillo sin precedentes que lamentablemente no se mantuvo tras su desaparición.Allí se casó con el profesor almeriense Arturo Medina y vivió muy unida a sus habitantes hasta su muerte en 1954.

La crítica ha escrito: "Los poemas breves de Celia Viñas son ricos en imágenes y colorido, unen lo culto y lo popular, son intimistas y descriptivos, manifiestan ternura por los niños y conjugan espontaneidad, sonoridad y sencillez".

Obras

Cármina, inédito, 1937, poemas bilingües
Tierra del Sur, 1945, novela
Viento levante, inédita, 1946, novela indaliana
Plaza de la Virgen del Mar, comedia almeriense estrenada en el Teatro Apolo de Almería, publicada en Almería en 1974
Trigo del corazón, Imp. Independencia, Almería, 1946, poesía
Canción tonta en el Sur, Imp. Marín Peláez, Almería, 1948, poesía
Estampas de la vida de Cervantes, Ed. Gredos, Madrid, 1949, prosa
El Amor de trapo, 1949, poesía amorosa
El primer botón del mundo y 13 cuentos más, 1951, narrativa (Cuentos para niños y para mayores), publicada en León en 1976
Palabras sin voz, Ed. Ifach, Alicante, 1953, poesía
Del foc i la cendra, Palma de Mallorca, 1953, poesía en catalán
Como el ciervo corre herido ("El ciervo que va huyendo..."), Almería, 1955, poemas sacros2
Canto, Col. Ágora, Madrid, 19643
Antología Lírica, Ed. Rialp, Col. Adonais, Madrid, 1976
Poesía Última, Almería, 1979, poesía (recopilatorio)



Busto en la plaza Bendicho de Almería


Celia Viñas es, quizá, una poeta poco conocida; aunque todo el que quiera disfrutar de una poesía conmovedora, traspasada por el afecto, por la ternura, de hondas vivencias líricas y existenciales, hará bien a leerla porque, pese a su corta vida, truncada a temprana edad, nos dejó poemas de tanta belleza como:

“La verdad está
en vivir intensamente
lo pequeño pequeño
como un niño
vive su castillo de arena
de verdad”.

Celia Viñas Olivella nació en Lérida en 1915. Vivió parte de su infancia y juventud en Mallorca, donde se trasladó toda la familia buscando un clima mejor para su madre, que padecía reumatismo. Celia Viñas fue una estudiante aplicada que inició sus estudios de Filosofía y Letras en 1934, en donde tuvo como profesores a personas de la talla de Rafael Lapesa, Díaz Plaja o Ángel Valbuena Prat. No obstante, la Guerra Civil, con su sinrazón, hizo que tuviera que interrumpir sus ilusiones, aunque, consiguió graduarse como licenciada en Filosofía y letras en 1941. Para ello tuvo que acreditar méritos de tipo patriótico y lo hizo porque, por amistad, había colaborado en la confección de vendas, aunque Celia había sido presidenta de la Asociación de Estudiantes de Izquierdas cuando estudio el Bachillerato en Palma.

Era, para España, la década de los 40, una época gris y sombría que estaba necesitada de la alegría y la poesía de muchas personas como Celia Viñas. Fue becaria en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas y allí, en Madrid, preparó oposiciones. Opositó, pues, a Cátedras de Institutos de Enseñanzas Medias y obtuvo una calificación brillantísima.

Celia Viñas escogió Almería para llevar a cabo su labor docente, quizá porque le gustaba mucho el mar y el clima mediterráneo. Almería le robó el corazón y allí se quedó para siempre, aunque, en más de una ocasión pudo haber pedido el traslado.

Educó a sus alumnos en la bondad, en los valores de personas libres, en la sinceridad y en el afecto. Así, las distintas generaciones de estudiantes que pasaron por sus manos la recordaron siempre con vivo cariño.

Celia Viñas no siempre fue comprendida por el ambiente provinciano de Almería y, sin embargo, llevó a cabo en esa ciudad una labor cultural y dinamizadora increíble. Era una persona inquieta y vital que se interesó por diversos aspectos del arte y la cultura. Participó y dirigió distintas obras teatrales y también empleó la radio como medio de difusión cultural. Fue asimismo una buena conferenciante y, gracias a ella, se celebró el I Congreso Indaliano en Pechina en 1947, que reunía a un grupo nutrido de intelectuales almerienses.

Se casó con Arturo Medina en 1953, al que conoció en Almería, aunque contrajeron matrimonio en Palma de Mallorca y, por desgracia, su vida se cerró en 1954, a raíz de una triste enfermedad, que ella, en principio, confundió con embarazo, aunque resultó ser una dolencia en el útero. Celia Viñas murió, el 21 de junio, días después de ser intervenida quirúrgicamente.

Celia Viñas publicó, en vida, distintos poemas en revistas, periódicos y boletines, un libro en prosa y cuatro libros en versos, tres en castellano, “Trigo del corazón”, “Canción tonta del Sur” (su obra más conocida) y “Palabras sin voz”, y uno en catalán, su idioma vernáculo, “Del foc i de la cendra”.

“Trigo en el corazón”, su primer poemario, es una especie de miscelánea en donde aparecen referencias lorquianas y al folklore. Escribe sus poemas espontáneos, vivos y cargados de energía; “Canción tonta del Sur” es un libro de poesía infantil, en el que Celia Viñas se deja llevar por la sonoridad de la palabras y por la alegría del público al que se dirige. Su último volumen, editado en vida, “Palabras sin voz” está mucho mejor trabajado y nos habla del paisaje, de los artistas, aunque ha perdido, quizás, el tono espontáneo de sus anteriores libros. A su muerte, su marido, publicó “Como el ciervo corre herido” que es un libro profundo, lleno de matices personales, que hablan de la muerte, de la angustia, de Dios.



LOS NIÑOS Y SU MUNDO: “No quiere mi niña / no quiere crecer”

Celia Viñas vio frustrado su deseo de ser madre. Tal vez por eso muchos de sus poemas están dedicados a los niños. Escribe nanas delicadas y juega con las palabras como si fueran música. En la “Nana de la niña mala”, la escritora se dirige a una niña que no quiere hacer lo “debido” y la amenaza con la llegada del lobo; sin embargo, el lobo se pone del lado de la niña:

“En los brazos de mi niña
el lobo dormido está”.
Ella misma, de niña, se duerme gracias a las manos de su abuela:
“Las manos de mi abuela,
unas manos de cuento
las manos de mi abuela...
-Me duermo. “(“Cuento”).

Celia contempla el sueño de los niños o lo intuye y lo presiente lleno de misterio. En “Alfombra mágica” un niño, al fin, se queda dormido tras una sesión intensa de juegos. En “Manos blancas” una niña, acaso, se duerme y sus manos, en hermosa metáfora, son “dos palomas dormidas /sobre su falda.” También se pone en la piel de los niños y, en “Hermana”, escribe un bello poema en donde una niña hala de su hermana recién nacida y concluye, muy seria:

“La cigüeña bien podría
traerme una hermana nueva
lista”.

Sigue en primera persona cuando describe, de manera muy graciosa, un primer resfriado:

“Me duelen los ojos,
me duele el cabello,
me duele la punta
tonta de los dedos” (“El primer resfriado”).

Aún sigue con las enfermedades y esta vez le toca al sarampión:

“Ha venido serio
el señor doctor
y me van a dar
agua de limón” (“Sarampión”).

A veces emplea canciones populares como telón de fondo de sus poemas. Lo vemos en “Pescador de estrellas”:

“Cayeron las estrellas
en el fondo de un pozo
y el niño se fue a verlas”.

Animales, elementos de la naturaleza, objetos... todo forma parte del mundo infantil en que cualquier cosa tiene gran importancia: una abeja que vuela, un pájaro, un clavel, un gato, el sonido del telégrafo, una estrella... y todo tratado con exquisitez, no con ramplonería ni cursiladas, sino con sensibilidad y un dominio excelente del metro y de la rima.

Celia Viñas sabe que los juegos infantiles no siempre son alegres, que a veces están cargados de tristeza y melancolía. En “El oso en la plaza” se duele de ese animal que ha perdido su libertad:

“Desde un balcón con claveles
echó una moneda un niño.
El oso triste danzaba
Su añoranza de caminos...”

Otras veces al niño le gusta más la contemplación que el juego y, así, no rompe la almendra porque le gusta que suene. Lo leemos en “Mirando el niño”:

“No quiso romperla...
¡quiso que sonara!”

Sigue con un juego popular y compone su bello poema “Un barco cargado de...”:

“Un barco cargado de
patitos de mazapán,
soldados de chocolate
y bolitas de cristal”.

Cuando se dirige a los niños, como veíamos, su poesía se remansa y se vuelve canción hecha de cariño y de afecto.



EL COLEGIO: “Las agudas se acentúan / cuando... –No sé cuándo”

Celia Viñas fue profesora de instituto y mantuvo, como se ha dicho, una relación muy intensa con sus alumnos que, aun hoy, la recuerdan con cariño, como una de las presencias más importantes en su vida. No obstante, Celia Viñas muchas veces nos habla, en sus poemas, de los colegios, de las escuelas y de los párvulos, amén de las maestras. Quizá lo hace llevada por esa nostalgia que siempre sintió al no tener hijos. Recordemos que , se casó tarde, para la época, y, cuando creyó que estaba esperando su primer hijo, vino la muerte a llevársela. Ahora bien, no hay tristeza en estos poemas que hablan de los más pequeños, sino cierta melancolía como en “Párvulos”:

“¿Tú has tenido una maestra
como yo, di,
con su falda de cerezas?

No sé cómo se llamaba
Mas tenía una cenefa
En su falda
De cerezas.

Y era el campo y era el cielo
De mi escuela
El cerezo de su falda
De soltera”.

Habla del aprendizaje de los niños, a veces aburrido y monótono y de cómo cualquier acontecimiento, por nimio que parezca, perturba y alegra a esos niños que tratan de aprender la tabla de multiplicar o la acentuación. Escribe, siguiendo la estela machadiana, sobre cómo estudiaban entonces los más pequeños. Así lo vemos en “Lluvia en el mapa”:

“-Río Azul, río Amarillo,
Asia...
¡Las cuatro partes del mundo mojadas!”



LA RELIGIÓN: “Te cantaré, Señor, en mi alegría”

Hay mucha ternura en algunos de los poemas de Celia Viñas, como en “Dios-niño” donde compara a un niño que juega con una naranja con el Dios-Niño:

“Dios-Niño juega también
con naranjitas de mundos
rotación y traslación
gravedad, círculo puro
por los mares y riberas
¡qué enorme juego es el suyo!”

Celia Viñas, no obstante, ante la incomprensión humana, vuelve su mirada hacia Dios y escribe poemas en la línea de la más pura poesía religiosa española, pero sin olvidar su vertiente humana:

“Encadenado perro de dolor,
sumisa mansedumbre de la vida,
cada camino, mano del Señor
restañando la sangre de una herida” (“Yo isla”).

Se fija, concentrada, en el Cristo de Velázquez y le canta con esperanza y también con dolor, pidiéndole al Cristo humano que luche:

“Si levantas tu testa dolorida
y miras esta muerte, cara a cara,
¡qué temblor de la vida renacida!” (“El fondo negro del Cristo de Velázquez”)

Aludimos, por último, a uno de sus poemas más hermosos, “El Canto alegre al Señor”, que fue Primer Premio del Concurso Poético Religioso de Valencia, en mayo de 1952. En este poema, Celia Viñas escribe un canto de exaltación, lleno de lirismo y de fuerza, como leemos en el final:

“El pan nuestro, Señor, de cada día
que me concedas, Dios, sólo te pido
y si no me lo das en tu justicia
seré un mendigo alegre en el camino
que danzará descalzo y salmeando:
¡Alabad al Señor de cielo y tierra!”



ILUSIONES, MIEDOS, DUDAS: “El alma partida en dos”

Celia Viñas se carteó toda su vida con amigos, con alumnos, con familiares y en cada carta ponía un deseo y una esperanza:

“Cada carta una mano
que envía un beso,
que el tren ya marcha
quizás también tú esperas
alguna carta... “ (“El cartero”)

Su poesía, en infinidad de poemas, sobre todo en su última etapa, alcanza un tono existencial, de angustia, de duda, de continua zozobra. Celia Viñas aspira a lo básico, a la sobriedad absoluta y así, en “Un árbol”, pide, mezclando sus miedos y sus frustraciones:

“Enterradme en aquel cerro,
en aquel cerro desnudo,
desnudo y seco,
como yo, sí, como yo
orfandad de unos hijos que no espero”.

Y sigue, aludiendo a ese final:

“¿Sabéis? Odio las manos cansadas
de los sepultureros.
Que me entierren cuatro niños
Cantando un romance viejo”.

La muerte aparece con frecuencia en sus versos, como una constante, como una duda que, algún día, se resolverá. En “Gádor”, un poema muy juanramoniano, escribe:

“Y un día yo moriré,
moriré de cara al cielo,
pensando en los cerros grises
y en los amigos que fueron”.

Uno de sus poemas más perfectos, muy en la línea de la poesía mística, de San Juan de la Cruz, puesto que está escrito en liras, o de Santa Teresa, ya que parafrasea uno de sus poemas más conocidos, Celia Viñas repasa su vida, su dolor y, de alguna manera, pone al Señor como principio y final. Se siente derrotada:

“Señor, no me olvidaste
que me has dado el dolor y la agonía.
La sal del llanto baste,
Que por lo menos mía
Es esta pena que deshoja el día” (“Y tan alta vida espero”)



EL PAISAJE: “la sombra de una palmera / y un volar de golondrinas...”

Gran parte de la poesía de Celia Viñas se dedica a ponderar el paisaje español que ella conoce de sus viajes. Fruto de esa observación ensimismada, escribe poemas llenos de cromatismo, con pinceladas sueltas y certeras:

“Allá a lo lejos
unos olivos,
tres pueblecillos blancos
y los tejados coloraícos” (“Paisaje”)

Juega con todos los recursos poéticos que conoce para describir un río:

“Pulsera de agua,
río de plata,
los ruiseñores
cantan al alba
y el río pasa...
pulsera de agua,
canción de plata” (“Río”).

El anterior poema sigue, de cerca, la poesía popular y entronca de nuevo con Antonio Machado al hablar del agua y del eco de la canción que nos trae, aunque, esta vez, para Celia Viñas, no es una canción remansada, sino viva, que fluye porque “el río pasa”. Dedica tros muchos poemas a elementos del paisaje que le llaman la atención, a un jardín, a un castillo, al camino sin más:

“Que no quiero yo llegar
que los caminos son míos
y no es mía la ciudad.” (“Camino de Burgos canta el caminante”)

Por supuesto, dedica muchos poemas al paisaje de Almería. Destaca precisamente el poema que lleva este mismo título, “Almería”, porque en él, la poeta hace una trasposición de sentimientos y se identifica con el paisaje almeriense, que es igual que su corazón. No estaría, en esos momentos, Celia Viñas atravesando un buen momento. Quizá se debió al poema, incluido en “Trigo del corazón”, a las críticas que tuvo sortear en la capital andaluza. Transcribimos el final del poema, escrito en arte mayor:

“En el desierto de tu angustia mansa
mi palabra en simiente de ternuras,
mi corazón sobre tus cerros grises
invocando al Señor de las alturas.
Mi corazón, Señor, desnudo y seco,
Como Almería, solitario, muerto”.



EPÍLOGO: “Que no quiero yo llegar”

La poesía de Celia Viñas, como acabamos de ver, de manera breve, merece la pena ser leía y gustada con calma, en silencio. Como en toda obra de cualquier poeta, encontramos poemas más endebles, que han surgido de circunstancias personales, pero también verdaderos destellos de poesía que destacan con luz propia. Celia Viñas cultivó el arte menor, la poesía popular y los juegos de palabras cuando se dirigía a los niños; pero supo concentrarse y dejarse traspasar por sus propios miedos cuando hablaba de su mundo interior, a veces nublado, a veces oscuro, ansioso siempre de una luz:

“Deja ya, corazón, esta frontera
donde el dolor su soledad descarga
maduro sollozar de primavera” (“Camino de la isla”)

Sus poemas, en suma, se centran en los temas más diversos. Nos hablan del paisaje, del mar, de los sentimientos, de sus vivencias religiosas, de la escuela, de los niños y sus afectos... En suma, Celia Viñas nos dejó una obra sugerente en donde la metáfora y el juego son presencias continuadas. Escribe versos sencillos y de rima fácil, aunque también cultiva estrofas más clásicas como la lira o el soneto. De gran cultura, Celia Viñas fue una mujer excepcional para su tiempo.



BIBLIOGRAFÍA: “Mi corazón en equilibrio”

Recomendamos vivamente el libro “Celia Viñas para niños y jóvenes” para quien acercarse a la poesía de Celia Viñas, con independencia de la edad y con un sólo requisito: que sea sensible. El libro está cuidadosamente editado por Ediciones de la Torre en su colección Alba y Mayo y preparado por Ana María Romero Yebra, poeta también afincada a Almería y con una buena obra destinada a niños y jóvenes. Contiene, además, ilustraciones de Dionisio Godoy, el que fuera alumno de Celia Viñas y que dan un valor emotivo al texto, aparte de embellecerlo. La edición se completa con un pequeño álbum de fotos que nos acercan a la figura de esa poeta que fuera Celia Viñas.

“Corazón,
corazón blando,
dormido crisantemo”
(Celia Viñas)



EL PRIMER RESFRIADO

Me duelen los ojos,
me duele el cabello,
me duele la punta
tonta de los dedos.

Y aquí en la garganta
una hormiga corre
con cien patas largas.
Ay, mi resfriado,
chaquetas, bufandas,
leche calentita
y doce pañuelos
y catorce mantas
y estarse muy quieto
junto a la ventana.

Me duelen los ojos,
me duele la espalda,
me duele el cabello,
me duele la tonta
punta de los dedos.



Canción tonta en el Sur

(1948)

GEOGRAFÍA                                                                      

Pintaba un mapa mi niño,                                  
¡qué color azul de mar!,                                    
¡qué verde tierno en los valles!,                          
¡qué montes color de pan!
Pintaba un mapa mi niño
de un país… yo no sé cuál.        
Vio que el mar era muy grande                          
y casi se echó a llorar;                                      
¡oh los pobres marineros                                    
sin un puerto a do arribar!                                              
Días y días y días,                                                        
sin ver color terrenal,                                        
azules serán sus ojos                                        
de tanto mirar al mar.                                        
Y si sopla el viento cruel,                                  
sus labios llenos de sal                                      
besarán las frías olas,                                        
naufragio en la soledad.                                    
Si llegan a pisar tierra,                                      
de andar no se acordarán,                                            
como patos caminando                                      
se burlará la ciudad.                                                      
Pero mi niño ahora es bueno                                        
y se pone a dibujar                                                        
un collar de islas pequeñas
que ahora acaba de crear.
¡Ya podrán los marineros
en las islas descansar!                                              
Pintaba un mapa mi niño
de un país… yo no sé cuál.




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JOSEFINA ROMO ARREGUI [19.429]



JOSEFINA ROMO ARREGUI (MARÍA SOLA)

Poeta de origen vasco nacida en Madrid en 1909 y muerta en 1979 en la misma ciudad.

Doctora en Filosofía y Letras. Completó sus estudios en Burdeos. Profesora de Lengua y Literatura españolas en la Universidad de Madrid. Colaboradora del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. En 1958 emigró a Estados Unidos donde se dedicó a la enseñanza en el "City College" de la Universidad de Munici-Storr. En 1978 se repatria a su tierra. Es autora de libros de poesías como La peregrinación inmóvil y Cántico de María Sola (1949). Autora, además, de un buen número de obras como ensayista y erudita literaria.



JOSEFINA ROMO ARREGUI (MARÍA SOLA)



(Retrato por Manuel León Astruc, 1889-1964)


Josefina Romo Arregui, que publicó un único libro de poesía previamente a la Guerra, La peregrinación inmóvil (1932), se doctoró en Filosofía y Letras en el año 1944 y fue profesora en diversas universidades de los Estados Unidos. Además de escribir poesía, desarrolló una importante carrera académica como crítica literaria.



Fundó, así, con Miguel Ángel de Argumosa, la revista Alma y fue coeditara de Cuadernos literarios (1942- 1952). Además de La peregrinación inmóvil, escribió otros poemarios con anterioridad al año 1936, algunos de los cuales circularon en edición no venal que no he podido localizar: Romancero triste (1935) y Acuarelas (1936). Algunos títulos posteriores a 1936 son Cántico de María Sola, 1950; Isla sin tierra, 1955; 396 Elegías desde la orilla del triunfo, 1964; y Poemas de América, 1967, entre otros (Jiménez Faro 1996a: 193- 194). El 5 de mayo de 1932, Josefina Romo Arregui fue presentada en la sección “Cubilete de dados” del Heraldo de Madrid como “una nueva poetisa”, a raíz de la publicación de su primer poemario, La peregrinación inmóvil. Se la consideraba, así, una “promesa de la poesía, para la que se abre un porvenir brillante, ya que, en su primer libro, había sabido dar “de manera firme y decidida los primeros pasos” (S.a. 1932a: 8).



El libro La peregrinación inmóvil apareció precedido por un prólogo de Rafael Villaseca. Como su mismo título indica, está presidido por un anhelo de libertad que, ante la imposibilidad de realización, se busca a través de la imaginación y de la ensoñación, “peregrinación inmóvil”, que permite la posesión y alcance de todo aquello que se ansía:


Todo es nuestro sabiendo abrasarlo en la hoguera
vivificante, extraña, de la imaginación;
todo es ruta, no hay tregua, ni languidez, ni espera
si marcháis en su inmóvil peregrinación. 

(“La peregrinación inmóvil”, Romo Arregui 1932: 9- 10)


La escritura se convierte, desde este punto de vista, en un espacio de protección y refugio contra la falta de concreción y realidad de los deseos: 


“No anhelo humanas glorias (…) 
que fuera todo verso, que fuera todo amor 
y todo iluminarlo los ojos del Señor” 

(“Preludio”, ibid. 13- 14). 


El sujeto poético se presenta, así, como un sujeto en conflicto con el mundo, enfrentado a una realidad hiriente que nada le ofrece y que, a su entrega, tan sólo responde con desprecio: 


“Yo he buscado en la vida 
el amor y el placer,
y tan sólo he encontrado el egoísmo,
el hastío y la hiel” 

(“Nada existe”, ibid. 24). 


Ante la falta de correspondencia en el amor, el sujeto busca la comunión con los elementos de la naturaleza con los cuales entabla una relación simbiótica de intercambio de afectos: 


“Llevo dentro del alma un amor a las cosas,
que es la esencia suprema de mi amor a la vida;
mientras haya jazmines y pomas olorosos,
¡qué importa que la dicha para mí esté perdida!” 

(“El amor a las cosas”, ibid. 20- 21). 


Dios queda, por ello, también convertido en un refugio y en un consuelo por el cual se renuncia al mundo: 


“¡Señor! Quisiera hundirme
en un abismo de renunciación. 
Darlo todo, consuelo de sentirme
huérfano de las cosas, rico en Dios” 

(“Tener que dar”, ibid. 48- 49).


Junto a estos poemas de corte religioso tradicional, aparece una serie de textos en los que es más perceptible la influencia de la lírica popular y que forman parte de la sección “Romancillos”. En ellos, bajo la estructura métrica del romance, se tratan una serie de temas característicos como la llegada del año nuevo, las estaciones y las sensaciones a ellos asociadas (“Romancillo de invierno”, “Romancillo de verano”), determinadas festividades (“Romance de la Ascensión”), la apelación a la madre, a la cual se dirige un sujeto infantil bien para preguntarle cosas que, desde su inocencia, no comprende, bien para contarle una historia (“Romance del niño y del mar” y “Romancillo de la ronda de los besos”), etc. Se trata de unos textos que siguen fielmente las pautas de esta forma clásica y en los que no es posible identificar un sujeto poético que toma la voz. En la última sección “Pétalos”, se incorpora también una serie de poemas de corte popular, en algunos de los cuales es evidente la influencia de la lírica infantil en consonancia con el deseo repetido por el sujeto poético femenino de infantilizarse y hacerse pequeño:


Quiero ser pequeñita
como un silfo o un hada,
vivir bajo una seta
de pintas coloradas,
tener sueños de niño
e infantil ilusión,
y cual menuda fresa,
sabrosa y encarnada
que ofrece su dulzura,
tener el corazón. 

(“Quiero ser pequeñita…”, ibid. 71- 72) 


[Texto: IMÁGENES FEMENINAS EN LA POESÍA DE LAS ESCRITORAS ESPAÑOLAS DE PREGUERRA (1900- 1936)
Doctoranda: Inmaculada Plaza Agudo] 





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MARÍA DOLORES ARANA [19.428]


MARÍA DOLORES ARANA

Nació en Zumaia, Guipúzcoa el 24 de julio de 1910  -  Falleció en Hermosillo, al norte de México, el 5 de abril de 1999.

Recuerdo de María Dolores Arana, 
exiliada en México

Hamaikabide Elkartea

María Dolores Arana era la primogénita de una familia profundamente tradicional, religiosa y acomodada de Guipúzcoa. Nació en Zumaia el 24 de julio de 1910, hija de Victoriano Arana y Remedios Ilarduya. Su padre era administrador de la aduana de dicha localidad. A causa del nuevo destino de Victoriano Arana, administrador de aduana de Irún, la familia regresó a la casa familiar de San Sebastián, donde María Dolores creció junto a sus ocho hermanos. Agobiada por el ambiente familiar, pronto entró en contacto con los círculos intelectuales. Todavía en San Sebastián, junto con otras amigas pintoras como Menchu Gal o Mari Paz Angoso, se integró en la sociedad GU, una sociedad gastronómica y cultural, ubicada en Angel 13, refugio de artistas e intelectuales, encabezada por José Manuel Aizpurua, el arquitecto que diseñó el edificio del Club Náutico de Donostia, preeminente miembro de Falange. Jesús Olasagasti, Juan Cabanas y otros frecuentaban esa sociedad, varios de los cuales compartían ideas con Aizpurua aunque también asistían otros artistas como Mauricio Flores Kaperotxipi y habían sido invitados además de Jose Antonio Primo de Rivera, Federico García Lorca, Max Aub o Picasso.

Dolores siguió en un principio los pasos de su padre y se presentó a las oposiciones para el cuerpo auxiliar de aduanas, pero también fue a Madrid a estudiar Filosofía y Letras. En 1935 publicó su primer libro de poesía, Canciones en azul (Zaragoza: Cierzo), y colaboró en distintas publicaciones de la época, como la zaragozana Noreste o la barcelonesa Hoja literaria. A pesar de trabajar como auxiliar de aduanas durante un tiempo, Arana quería presentarse a las oposiciones como profesora de literatura, pero el estallido de la guerra impidió que iniciara la carrera que la acercaría más a su vocación literaria. Arana inició su trayectoria literaria durante la II República. Con la guerra afloró su conciencia más política y consiguió aunar ambas inquietudes trabajando como secretaria de la Alianza de Intelectuales Antifascistas para la Defensa de la Cultura. Durante la guerra trabajó también para el gobierno republicano y prestó sus servicios en Caspe, donde conoció a quien sería su pareja, José Ruiz Borau —cuya identidad cambiaría más tarde en Francia adoptando el apellido Arana, José Ramón Arana—, líder de la UGT, entonces consejero de Obras Públicas y después de Hacienda en el gobierno autónomo de Aragón. Su compromiso con el gobierno de la República la obligó a marchar al exilio, junto a su compañero José Ramón Arana, en enero de 1939.

Después de una estancia en Francia, concretamente en Bayona, durante la cual su compañero estuvo recluido en el campo de Gurs y donde nacería su primer hijo, Juan Ramón, marcharon a América desde el puerto de Marsella, gracias a la ayuda de la norteamericana Margaret Palmer. Primero tuvieron que pasar algunos meses en Martinica, en la República Dominicana y en Cuba antes de recalar finalmente en México, en 1942. En Martinica precisamente nacería su segundo hijo, Federico.

Los primeros años en la ciudad de México fueron extraordinariamente difíciles. Para sobrevivir María Dolores Arana tuvo que emplearse como fabricante de colonia, como vendedora de golosinas, como comerciante de muñecas o como profesora particular de piano. Trabajó también como maestra en algunas escuelas, entre ellas el Colegio Madrid, fundado por exiliados españoles. No obstante, al mismo tiempo, continuaba su labor literaria en revistas del exilio como Aragón o Las Españas, con reseñas de libros y otros artículos de índole cultural, firmados con el seudónimo Medea.

Tampoco abandonaba su actividad poética, y así en 1953 publicó en el exilio su segundo libro de poemas, Árbol de sueños, con prólogo de Concha Méndez. Se trata de una poesía muy intimista, de un pesimismo marcado por las duras circunstancias del exilio, la cual surge como arma para la introspección. La soledad, la nostalgia y cierta tristeza son los rasgos predominantes del poemario, contrapuestos a destellos de optimismo y de vitalidad que explican finalmente la perseverancia en la poesía y en la vida. Por otra parte, su rigor y gran capacidad intelectual le posibilitaron colaboraciones en diversas publicaciones mexicanas.

En 1960 Arana y su compañero José Ramón se separan. Este episodio se sumará al dolor que le causaba el exilio. Su único refugio fueron entonces los libros y sus dos hijos. Su vida tuvo un gran paralelismo con la de su amiga, la también poeta, Concha Méndez. Al llegar a Cuba los Arana habían conocido a Concha Méndez y a Manuel Altolaguirre, amistad que se afianzaría posteriormente en México al reencontrarse ambas familias. Arana compartió inquietudes y experiencias con Méndez, lo cual les llevó a una admiración mutua que se puede observar en los prólogos a los poemarios que ambas poetas publicaron en México. A esta amistad se le añadió el poeta Luis Cernuda quien, desde su llegada a México, vivió en casa de Concha Méndez, a la cual fue muy asidua la propia Arana. Concha de Albornoz se sumó también a este círculo de amistad.

Las dificultades económicas remitieron un poco cuando hacia 1960 entró a trabajar en un taller de redacción de la Facultad de Economía de la UNAM y, sobre todo, cuando algo más tarde la contrataron como correctora de estilo en la Secretaría de la Presidencia de la República. Allí escribía discursos, llevaba a cabo investigaciones culturales para la presidencia, y traducía y corregía artículos.

En 1966 publicó Arrio y su querella, un breve libro de historia de la filosofía cristiana, en una colección de cuadernos de lectura popular editados por la Secretaría de Educación Pública. En la misma colección publicó más tarde otro título sobre la figura de Recaredo. Por otra parte, desde su estancia en La Martinica se había interesado por el vudú y la magia negra; fruto de este interés publicó en 1987 un libro sobre ello que tituló Zombies. El misterio de los muertos vivientes (México: Posada).

Nunca dejó de estar conectada intelectualmente con el País Vasco y España. Trabó amistad con distintos poetas y escritores del interior, con quienes mantenía correspondencia, y, a partir de la muerte del dictador, hizo algunos viajes en los que priorizaba sus estancias en la casa familiar de San Sebastián. A partir de 1961, y por mediación de su amigo Luis Cernuda, colaboró en la revista Papeles de Son Armadans, dirigida por Camilo José Cela, con quien entabló una larga amistad. Tal como le señaló el propio Cela, Arana asumió el papel de cónsul de Papeles… en México, por lo que ésta le mandaba periódicamente reseñas de libros de autores mexicanos.

Arana no volvió a España hasta después de la muerte de Franco. En el verano de 1976 realizó su primer viaje al acompañar a su hijo mayor al Festival de Cine de San Sebastián. En los 80 hizo algún viaje más y gran parte de su estancia la pasaba en la casa familiar donde había crecido. Pasados algunos años se trasladó a vivir con su hijo Juan Ramón a Hermosillo, al norte de México, donde falleció el 5 de abril de 1999.

Mar Trallero




María Dolores Arana (Zumaya, Guipúzcoa 1910-1999)  295 publicó un único libro, Canciones en azul (1935), previamente a la Guerra Civil, tras la cual se marchó al exilioen México, país en el que desarrolló una intensa actividad. Durante esta etapa, la autora,casada con el escritor aragonés José Ramón Arana, editor de Las Españas, se dedicó, adiversas actividades didácticas, editoriales y periodísticas, al tiempo que colaboró enalgunas publicaciones como Novedades, Las Españas, El ruedo ibérico, Mujeres y Papeles de Son Armadans. Con posterioridad al año 1936, publicó, así, un poemario sin título y editado manualmente en el año 1940 en Bayona, y Árbol de sueños (1953), en México, con prólogo de Concha Méndez (Rivera Rosas 141).

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295 A pesar de la intensa actividad de esta escritora durante su exilio en México, se tienen pocos datos de su trayectoria previa a la Guerra, con la excepción de la publicación del poemario Canciones en azul en 1935. Esta carrera literaria iniciada previamente al año 1936 continuó durante el exilio, publicando.
Durante su etapa como exiliada, se dedicó a actividades didácticas, editoriales y periodísticas y colaboró en diversas publicaciones como Novedades, Las Españas, El ruedo ibérico, Mujeres y Papeles de Son Armadans. María Dolores Arana estaba casada con el escritor aragonés José Ramón Arana, editor de Las Españas (Rivera Rosas 141).

Canciones en azul se publicó en la Colección de la Revista Noreste de Zaragoza, en Cuadernos de Poesía. La ornamentación corre a cargo de Comps Sellés, al tiempo que todo el libro está presidido por una cita de Gerardo Diego: “Porque es azul la mano del grumete, amor, amor, amor de seis a siete”. Como su mismo título indica, el libro está conformado por poemas breves y generalmente en versos de arte menor, de inspiración popular y en los que el azul, color del mar y del cielo, se convierte en símbolo de la libertad que añora un sujeto poético que ansía salir de sí hacia el mundo para poder alcanzar la realización personal: 

“Te regalo mis días 
y mis noches, 
azul viento,
viento azul.
Que así te quiero, 
con ese esmalte 
de ojos, ese bogar
marinero y esas
ráfagas, antojos
de destrozar mi velero” 

(Arana 1935a: 38). 


El viento se concreta, asimismo, como el vehículo que posibilita ese camino hacia la liberación, hacia la esencialidad y la desposesión total, ya que permite y facilita el movimiento tanto de los barcos como del propio sujeto: 


“¡Que me desnude el viento! 
¡Que me amortaje el viento!
¡Quiero vivir y morir en el viento!” 

(ibid. 46). 


En algunas ocasiones, este deseo de libertad está expresado de un modo extremadamente minimalista, en poemas brevísimos, en los que cada sema tiene significado en sí mismo: 


“Yo quiero un velero azul; 
como el de aquel marinero 
de gorra azul” 

(ibid. 28).


El sueño y la ensoñación se convierten asimismo en otra vía para alcanzar una cierta liberación mediante la salida a un espacio en el que es posible vivir nuevas vidas.
El sujeto poético se presenta, por consiguiente, como un ser lleno de anhelos y deseos, cuya sangre y pulso bullen en ansias de libertad: “Percibo el latir violento de los pulsos que derraman mi sangre bermeja por todas las esquinas. En no sé qué noche aprisionante de misterios y fatalidades” (ibid. 24). Con todo, incluso el camino de los sueños no está libre de peligros y dificultades que le causan temores irracionales: 


“He vivido en mil sueños 
mil vidas magníficas.
Cerradas las pupilas,
el pensamiento ignoto. 

¡Y tengo miedo siempre…! 
¡Y huyo de mi sombra…! 
Mi alma, gota a gota, 
en ansia se desborda” 

(ibid. 14). 


Este tono de angustia existencial y de miedo se puede identificar en numerosos poemas del libro que constituyen, sin duda, la otra cara, la visión alternativa a aquello que el título en principio parece sugerir. Así, por ejemplo, el siguiente texto constituye una desmitificación de la eternidad, que es vista como un estado que no resulta deseable, como un invento de Dios, tras el cual sólo queda la nada: 


“Eternidad fría,
insípida, falsa.
Oscilación sin pausa.
Muerte y vida. (…) 
Pulsación en el tiempo. 
Noche y día. 
Descarnada 
mentira de Dios 
y NADA” 

(ibid. 22).


En otros poemas, sin embargo, la influencia de la lírica popular resulta más evidente, de manera que es posible identificar algunos recursos característicos como la repetición de un estribillo que contribuye a dotar de una cierta musicalidad al texto.
Obsérvese, así, el siguiente poema en el que el sujeto poético parece estar reclamando el abrazo del día y la desaparición de la noche: 


“¡Bésame! 
Traga la luna 
y lávate la cara. 
Se enroscó mi alegría 
en los flecos 
de la madrugada. 
¡Bésame!
Traga la luna 
y lávate la cara
antes que nazca 
la mañana” 

(ibid. 43). 

En algunos poemas es posible identificar un cierto tono infantil, que viene dado por la sencillez del lenguaje, el minimalismo en la expresión y la simplicidad en las ideas expresadas. Así, por ejemplo, en el siguiente poema -que se sirve de la forma de la canción infantil- tenemos como protagonista a un pirata, al tiempo que una rima fácil y deliberada –riman entre sí casi todos los versos en consonante- , da la sensación de que el poema está puesto en boca de un niño: 


“No mata el pirata. 
No quiere oro y plata 
ni vestir su capa escarlata. 
Han falsificado su estrella 
¡tan bella!- 
con hoja de lata. 
¡Ay! Qué dolor tiene 
el pobre pirata 
de estrella barata” 

(ibid. 15). 


[Texto: IMÁGENES FEMENINAS EN LA POESÍA DE LAS ESCRITORAS ESPAÑOLAS DE PREGUERRA (1900- 1936)
Doctoranda: Inmaculada Plaza Agudo] 






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