lunes, 31 de octubre de 2016

JOSEFINA BOLINAGA [19.426]


JOSEFINA BOLINAGA  

Aunque fue conocida principalmente como autora de literatura infantil, Josefina Bolinaga publicó también poesía previamente al año 1936. Por lo demás y a pesar de ser una autora de cierto éxito en el periodo –como demuestran las noticias y reseñadas aparecidas sobre la escritora en algunos diarios de tirada nacional como el ABC y el Heraldo de Madrid y el hecho de haber ganado el Concurso Nacional de Literatura-, no he podido localizar los lugares y fechas de su nacimiento y muerte. 

Más que como poeta, la escritora fue sobre todo conocida, tanto en el periodo de preguerra como después en la posguerra, como autora de cuentos infantiles, entre los que destacan Amanecer, 1934, que se llegó a convertir antes de la Guerra en libro escolar de lectura, y Cuévano de aventuras, 1935. Publicaba, además, narraciones infantiles en la sección “Gente menuda” del suplemento Blanco y Negro del diario ABC.

El primero de los libros de poesía de Josefina Bolinaga, Alma rural, salió a la luz en el año 1925, precedido de un prólogo de Wenceslao Fernández Flórez, quien, ya desde estas primeras páginas, que generalmente deberían ser elogiosas, caracteriza el poemario como “un libro sencillo, escrito para almas sencillas”, cuya nota predominante es la ternura. Sitúa, por tanto, la obra, al margen de la “literatura con mayúsculas”, considerando que no es recomendable para quienes, como señala el autor, “gusten en literatura de manjares fuertemente sazonados” (apud. Bolinaga 1925: 6). Finalmente destaca la condición de entretenimiento que la poesía tiene para las mujeres, subrayando que “si la señorita Bolinaga fuese una señora que tuviese en su hogar tres o cuatro hijos, no hubiese escrito tales versos” (ibid. 8).

Alma rural es un libro peculiar, ya que no se ajusta de un modo exacto a las tendencias estéticas generales observables en la poesía de autoría femenina en el primer tercio del siglo XX. Así, si bien se aprecia en él la influencia de la lírica tradicional – versos de arte menor, lenguaje sencillo, estructuras paralelísticas-, no hay tanto una exaltación de lo popular como de lo rural, de manera que no se busca, a través de la poesía, la esencialidad sino la reproducción de unas formas de vida ajenas a las de la gran ciudad, cuya progresiva expansión generaba, sin duda, el rechazo de un sector de la población española, más apegado a las “esencias” tradicionales. El poemario está, por lo  demás, construido siguiendo el modelo de José María Gabriel y Galán, a quien la autora dedica el primero de los poemas, “Al eximio poeta Gabriel y Galán”, y a quien considera su maestro. La suya es, así, una poesía que, al igual que la del poeta salmantino- extremeño, ensalza la vida rural y campestre en su aspecto más tópico y superficial (frente a la actitud crítica y, a la vez nostálgica, presente en algunos de los autores tradicionalmente adscritos a la llamada “Generación del 98” como Unamuno, Azorín o Baroja), recreando escenas pintorescas y reproduciendo una forma de hablar rústica y ya claramente arcaica en un momento como mediados de la década de los veinte. La mayoría de los poemas tienen, por lo demás, un carácter narrativo, siendo frecuente la reproducción de diálogos entre personajes (generalmente entre madres e hijas, maridos y mujeres, amigas) y que son quienes precisamente reproducen la forma de hablar típica de ciertas áreas rurales españolas280:


¡Madre, cuidado en la ciudá
qué modo de bailar llevan!
M’asusté de lo que vi;
pero cuánta diferencia
del bailar de nuestros mozos
 y las mozas de mi tierra (…)
 ¡Pero, madre, en la ciudá,
 qué empujones, qué regüeltas,
 q’ajuntarse bien las caras,
 qué tocase las cabezas! 

(“Como los angelicos…”, ibid. 101- 104)


____________________________
280 Con todo, también en algunos de los poemas se ponen de manifiesto los diferentes roles de género de los hombres como proveedores y las mujeres como “ángeles del hogar” dedicadas a la crianza y al cuidado de los hijos: 

“Te lo dije muchas veces 
endenantes que casaras,
no hiciste caso a tu madre 
llevaste un hombre, Blasa, 
que en tan solico sirve
pa comer y p’a pintal” 

(“Audacia”, Bolinaga 1925: 153- 157).




El segundo poemario de Josefina Bolinaga, Flores de amor, se publicó en el año 1927, con un poema- prólogo de Luis Fernández Ardavín, a quien le interesa subrayar de un modo reiterado que se trata del producto de “un alma de mujer/ desbordando su amor en cuanto la rodea!” y que, por tanto, presenta una serie de características, tales como sencillez, inocencia, “templada inspiración”, que tradicionalmente, como vamos viendo, aparecen unidas a la creación poética de autoría femenina. Al igual que en otros casos, la obra se presenta como un “infante”, que “viene envuelto en mantillas”, llegándose incluso a equiparar la actividad literaria creadora con las labores de costura, “puntaditas de aguja en nítidas cuartillas” (apud. Bolinaga 1927: 7- 9). La obra se presenta, además, como “un canto de amor y de ternura”, que “debería llamarse ‘Maternidad’ y ser/ mejor que un libro, un cuévano de inmaculada albura”, situando a la autora bajo “las nobles sombras” de algunos poetas del siglo XIX como Gabriel y Galán, Campoamor, Grilo y Vicente Medina (ibid.).

En efecto, tal y como señala el prologuista, en este libro de inspiración popular – la mayoría de los versos son de arte menor y predominan las estructuras romancescas- y ambientado, al igual que el primero de la autora, en un entorno rural, la relación materno- filial ocupa un lugar destacado, siendo, sin duda, el tema central de una parte considerable de los poemas. Destaca, en este sentido, el segundo de los textos, “¡Sólo mío!”, en el que encontramos el estereotipo de la “madre coraje”, que ha criado sola a su hijo pequeño recientemente muerto y que se dirige al “juez de mi vida” para implorarle su resurrección. El sujeto poético expresa, así, de un modo hiperbólico su dolor y su incapacidad para asumir un acontecimiento que parece contrario a la lógica racional. Se plantea, además, en cierto modo, una lucha entre la muerte y la madre, que se enfrenta a las leyes de la naturaleza humana:


Su madre puso flores
en su vida, colmándola de ensueños
y regó su jardín con alegrías
y sembróle esperanzas en el pecho, (…)
Señor juez de mi vida,
sea usté justiciero…
Si le reclama el padre
le dice que hace tiempo
llorando dije al niño
Tu padre ya se ha muerto. 

(Bolinaga 1927: 17- 20)


En “El benjamín”, nos encontramos también el tópico de la mater dolorosa, de la mujer que sufre intensamente por el más pequeño de sus hijos que nació deforme y al cual ella entrega, por eso, más intensamente su amor: 


“Con zozobras siempre espía 
que se marchen a sus juegos 
los querubes deliciosos
sus hijitos, dioses bellos;
pues quedarse sola ansía
para hartarse bien a besos” 

(ibid. 75- 80).

Por contraposición al carácter “trágico” de estos poemas, en otros de los textos se da una exaltación del amor maternal dichoso utilizando, para ello, la fórmula de la canción infantil, de manera que se emplea un lenguaje sencillo, al tiempo que se incorporan referencias que forman parte del léxico de los niños. Es, como si de algún modo, el sujeto -madre tratase de transmitir a sus descendientes, en un lenguaje comprensible, el cariño que siente: 


“Es mi hijo 
flor de espuma, 
un trocito
de una nube primorosa, 
que es de Cielo, nieve y rosa” 

(“Fue una nube”, ibid. 28). 


De hecho, muchos de los poemas del libro parecen dirigidos a un público infantil, tal y como se puede apreciar en los romances de carácter narrativo, “Princesa, mi princesita” y “Las dos jaquitas”, o el poema “Idilio”, en los que los protagonistas son los niños. Por lo demás, en muchos de estos poemas, se pone de manifiesto la diferente socialización que reciben los niños y las niñas: así, mientras que en “¿Qué serás?”, el sujeto madre desea que su hijo tenga un “destino grande” como soldado, médico, marinero, duque o torero (ibid. 47- 48); en “Oye, muñeca”, desea para su hija que sea una “mujer bella/ como un sol de hermosa, cual una aurea estrella” (ibid. 91- 92).

En el año 1934, Josefina Bolinaga publicó Candor: Niños y flores, que es un libro de poemas para niños, descrito, en una breve dedicatoria que coloca al frente –“A los que como yo aman a los niños y por si este libro cayera en sus manos”-, como “Rima sencilla. Templada inspiración. Carencia absoluta de tópicos, ni de imágenes. Eso hallaréis en mi libro” (Bolinaga 1934: 3). En este poemario, a diferencia de lo que sucedía en los dos anteriores, un público infantil, interpelado de una manera reiterada, se convierte en el destinatario de unos poemas que tienen, en la mayoría de los casos, un carácter narrativo y están generalmente protagonizados por diferentes tipos de flores (girasol, pensamiento, tulipán, lilas, clavel, rosa, margarita, amapola, etc.) y plantas (como, el perejil, el trébol o el sándalo), que aparecen personificadas y que toman la palabra para dirigirse a unos niños que parecen escucharlas con atención y que proponen asimismo un diálogo281. Con frecuencia, a través de los parlamentos de las flores, se busca plantear a las criaturas una reflexión de tipo moral o existencial, como sucede en el caso del poema “Rosa”, en que la flor “bonita” pero perecedera aconseja la eliminación de la actitud orgullosa ante la fugacidad de la existencia: 


“Así, niños míos, 
no tengáis orgullo, 
porque las bellezas 
son cual mis capullos.
 ¡Y nunca presuma
la niña de hermosa,
puesto que ella dura 
igual que una rosa!” 

(ibid. 37- 40). 


En “Espuela de caballero”, la flor lleva a cabo una exaltación de la paz, rogando encarecidamente a los niños la huida de cualquier disputa, envidia o desunión 282.


281 Junto a los poemas, aparecen algunos cuentos infantiles de carácter narrativo: “El viaje de un capullo”, “Periquín”, “La cigüeña”, “El escarabajo de oro” y “Flor de luz”.
282 

“Vivir siempre sin envidias, 
que emponzoñan, matan, hielan. 
Es la paz amor divino
en los montes, en la aldea,
en las chozas y las ciudades,
que la Paz bendita sea.
Siempre juntos, niños míos,
y en unión honda y fraterna
vivir todos como hermanos:
escucharnos nuestras quejas,
consolar al que esté triste
rezar con el que reza” 

(“Espuela de caballero”, Bolinaga 1934: 51- 53). 

[Texto: IMÁGENES FEMENINAS EN LA POESÍA DE LAS ESCRITORAS ESPAÑOLAS DE PREGUERRA (1900- 1936)

Doctoranda: Inmaculada Plaza Agudo] 





Poemas de Josefina Bolinaga

El primer beso

   -Madre, yo una cosa
decírsela debo,
que me quita el jambre,
que me quita el sueño.
¡Una cosa grande!
¡Madre, es un secreto!
¡Venga usté a l´alcoba!
¡Venga p´allá drento!
que no l´oiga padre,
que no l´oiga agüelo.

Pues verá usté, madre...,
casi no m´atrevo
a decirla todo,
y es que endemás miedo
de que usté me riña
mucho yo le tengo.

¡No se ponga seria!
¡No m´arrugue el ceño!
Mire pa otro lao...
Que me da usté miedo...
Ahora lo digo,
ahora alcomienzo.

Ayer para el campo
se vino el Usebio,
s´acercó pa mí,
y dijo, contento...
Lo de siempre, madre:
¡Que si yo le quiero!
Le dije... que sí,
que ley yo le tengo;
s´acercó él altonces
más p´hacia mi cuerpo,
juntó la su cara
casi con mi pelo...
¡No se ponga seria!
¡No m´arrugue el ceño!
Q´altonces no sigo
este mi secreto.
   ¡Mire pa otro lao!
pus iba diciendo
Q´ajuntándose a mí
el mocico Usebio...
¡Y altonces! ¡Altonces!
¡Ay, madre! ¡Qué miedo!
Me dio en la cara
así como un beso.

¡No me riña, madre!
Q´ha sío el primero.
¡No me riña, madre!
Que más ya no vuelvo
a dejar besarme
del mocico Usebio.

- No te riño, hijica;
no me tengas miedo.
¡Cuánto que me gusta!
¡Cuánto que m´alegro
Q´a mi m´hayas dicho
eso del Usebio!
¡Pa estar con mil ojos!
¡Pa velar por ti
y pa estar yo siendo
la tu sombra siempre
que siga a tu cuerpo!

¡Cuánto que me gusta!
¡Cuánto que m´alegro
q´a mí m´hayas dicho
ese atrevimiento...!
Ya estoy mu tranquila:
No vendrá otro beso,
que tendrá tu madre
mil ojos para ello.

Porque tú no sabes
y has de tú saberlo,
q´es mucho dañino
ese primer beso.


El hondo sufrir

I

Se murió la nenita, y el padre
con el alma transida de pena,
iba tras la caja
blanco cual la cera.
¡Qué congojas tan grandes el pecho!
¡Qué latir de las sienes con fuerza!  
Iba como un ebrio
Tras la niña muerta.


II

En los campos brillaban las mieses
cual chispitas de luz y centellas,
doradas espigas
se inclinaban del peso a la fuerza.
Los cotos bravíos,
allá en la pradera,
retozando triscaban alegres
y balaban también las ovejas.
¡Todo convidaba
a la vida buena!
El ambiente cargado venía
de las madreselvas,
los zarzales, de rosas floridos,
perfumaban sencillos la tierra.
¡Qué alegre la vida,
qué hermosa, qué bella!
Y a lo lejos se oía la copla,
tan sencilla, tan fresca,
copla campesina
de suave cadencia,
que traía pensares benditos
del honrado vivir de la aldea.


III

¡Qué hermosa la vida;
vivirla, qué buena!
qué cansado subía el cortejo
por la dura cuesta.
Todos, en silencio,
caminaban de prisa y con pena,
¡qué dolor tan hondo
en la tarde aquella!
Pobre padre, pobre padre,
blanco cual la cera,
que cómo iba, ni él lo sabía,
tras la niña muerta.

Peces en la tierra. Antología de mujeres poetas en torno a la generación del 27. Edición y selección de Pepa Merlo. Fundación José Manuel Lara.      




Elogio de la biblioteca escolar

Diez años antes del mayo revolucionario, las únicas revoluciones que agitaban nuestra plácida vida escolar consistían en el reparto de la leche en polvo americana, el carro que una vez al año traía las roñas para alimentar la escuálida estufa de la escuela, y el polvo que, filtrándose por las mal machihembradas tablas del piso, […]






INTERVENCIÓN DEL PRIMER MINISTERIO DE EDUCACIÓN NACIONAL DEL FRANQUISMO SOBRE LOS LIBROS ESCOLARES.

Carmen Diego Pérez
Universidad de Oviedo

(Artículo publicado en: “Revista Complutense de Educación, 1999, vol.10, n.º 2, pp. 53-72)


RESUMEN
   
Los libros de texto utilizados en el primer nivel educativo estuvieron en el punto de mira durante la Guerra Civil española por ser un objetivo, primero a destruir y después a controlar. Qué medidas se arbitraron para conseguirlo durante el primer gobierno de Franco es el objeto de las siguientes páginas.

         
Durante la Guerra Civil española el enfrentamiento armado tuvo su parejo en la distinta concepción de la enseñanza y en los recursos educativos utilizables, especialmente los libros escolares. Cómo se arbitraron y pusieron en marcha medidas para controlar y supervisar los libros utilizados en la enseñanza primaria durante este doloroso trienio ha sido estudiado aún sólo parcialmente, bien en trabajos que analizan la política del libro escolar desarrollada por el franquismo o bien en estudios sobre algunas medidas específicas como el intento de dotar de un único libro de lectura a las escuelas – El libro de España – o la más ambiciosa de diseñar ex profeso los de todas las materias objeto de enseñanza – los del Instituto de España –. La inusual actividad desplegada en medio del conflicto armado en relación  con los libros escolares requiere aún trabajos sobre otras iniciativas tomadas por el bando que resultará vencedor y ése es nuestro propósito en las siguientes líneas.
   
A partir del 30 de enero de 1938 el Ministerio de Instrucción Pública se denominó Ministerio de Educación Nacional y ese cambio señaló el comienzo de una política educativa diferente, encauzada, hasta abril de 1939, por Pedro Sainz Rodríguez (1898-1986), periodo que analizamos en este artículo. Desde la sede provisional del Ministerio de Educación Nacional en la Escuela de Artes y Oficios de Vitoria, Sainz Rodríguez, curtido en temas educativos durante los gobiernos de la Dictadura y la República, marcó las directrices de la función del Estado respecto a la enseñanza, lanzando una serie de ideas – sugeridas en muchos casos por simpatizantes – que arraigaron profundamente. A pesar de la precariedad de medios para desarrollar su labor, consciente y orgulloso de su papel histórico, ha conservado en su archivo personal informes, cartas, notas personales, etc. que hoy permiten contrarrestar la escasez de fuentes documentales para este periodo. Entre sus papeles hay varios informes y sugerencias para diseñar un nuevo modelo educativo enviados por quienes se adherían a los generales antes de la victoria para auxiliarles “con nuestra experiencia dentro de nuestras actividades, al más pronto logro de aquellas patrióticas aspiraciones”. En varias ocasiones se señaló como “fuente de donde han surgido los males que hoy padecemos” al Ministerio de Instrucción Pública, “cuartel general de los enemigos de España”, a pesar de haber “en uno de los Gobiernos de 1935 hasta cinco ministros de la CEDA (...). Por eso si alguna actividad nacional necesita reforma honda, profunda y urgentísima es la de la enseñanza, y si en algún Ministerio hay que entrar a sangre y fuego, sin respecto a lo preexistente es el de I.P.; en todos, los errores, los derroches, las pasiones, han causado el daño de no hacer un bien; en éste eso mismo ha impedido que se haga el bien y han producido los males que padecemos”.

Comenzado el curso, el Jefe del Servicio Nacional de Primera Enseñanza firmó la orden del 18 de octubre de 1938, con una relación de libros aprobados “solamente para el presente curso de 1938 a 1939”40, que eran los únicos que podían utilizarse en las escuelas. El total de libros escolares autorizados, con indicación del precio de venta de los mismos, salvo en los originales inéditos a los que no se les señalaba, aparecían agrupados bajo distintos epígrafes siendo el primero el de temas varios que comprende 109 libros; bajo la denominación de libros de aritmética y geometría se incluyen 35; además están los 18 libros de Geografía e Historia; también 24 libros de religión e historia sagrada y, por último, 9 libros de ciencias naturales. En total quedaban aprobadas 195 obras que, por editoriales, se distribuían del siguiente modo: Hijos de Santiago Rodríguez, 31; Bruño, 23; Magisterio Español, 18; La Educación, 16; Luis Vives, 15; Sanchez Rodrigo, 10; Porcel y Riera, 7; Sociedad de María. Marianistas, 7; Producciones Naverán (inéditos) 7; Corazón de María, 5; Florencia, 4 y de varios autores 52, dos de ellos inéditos. En definitiva, los maestros podían elegir entre dos centenares de libros para seleccionar los que querían utilizar en el curso 1938-39.
        
Lógicamente no todos los libros examinados satisfacían los requisitos pedagógico, moral, tipográfico... etc., y por eso la Comisión “les consideró inaceptables para la Escuela del Nuevo Estado y por estas razones no han sido aprobados”. La relación de rechazados incluía 42 títulos. El tiempo del expurgo no había terminado. No se conservan los documentos de trabajo de esta Comisión Dictaminadora de los libros de texto que se han de usar en las Escuelas Nacionales, pero de la relación de obras no aprobadas en esta primera sesión, celebrada en Vitoria el 28 de septiembre de 1938 tenemos el motivo del rechazo, pues en la lista hecha pública en 1940 las obras iban acompañadas de una valoración. Las razones del rechazo, por orden de frecuencia, eran: antipedagógico, anticuado, deficiente presentación, carácter laico 41, e incluso, algunos por contener definiciones inexactas o erróneas – fundamentalmente éstos son los de aritmética  y de geometría –, por expresiones duras, o “gran frialdad en su Tratado de Moral”, dictamen aplicado a Enciclopedia. Grado preparatorio de Virgilio Pérez.

Nuevamente el cotejo del texto de la orden original, con lo publicado en el BOE y en el BOMEN, evidencia diferencias tanto en la reproducción de la lista de los libros prohibidos como en la de los aprobados, al matizar las prohibiciones hechas a los Inspectores.


41 Esta es la razón para prohibir Amanecer, obra de Josefina Bolinaga, editada en Burgos por Hijos de Santiago Rodríguez que había recibido el tercer Premio Nacional de Literatura en la convocatoria de 1932. Es posible que a la autora se le hiciera saber qué enmiendas o rectificaciones debía hacer, pues fue nuevamente presentado a juicio de la Comisión Dictaminadora de textos Escolares de Primera Enseñanza y fue aprobado en la orden del 27 de diciembre de 1940 (BOMEN del 10 de febrero de 1941). En 1955 lo seguía editando Hijos de Santiago Rodríguez.





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