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domingo, 14 de noviembre de 2010

1875.- TINO VILLANUEVA

TINO VILLANUEVA
Nació En San Marcos, Texas, EE.UU. (1941). Poeta, pintor, editor y profesor. Se crió en el seno de una familia de trabajadores rurales migrantes, de ascendencia mexicana, conviviendo con dos lenguas, el español y el inglés, y con la dura realidad económica y social que afectaba a su comunidad en el suroeste de Estados Unidos. Después de realizar diversos trabajos y ser reclutado por el ejército para servir en el Canal de Panamá, pudo asistir a la Universidad Estatal del Suroeste de Texas (Southwest Texas State University), donde se graduó en Letras. En 1981 obtuvo una maestría en la Universidad Estatal de Nueva York (SUNY) en Buffalo y, años después, el doctorado en la Universidad de Boston, donde actualmente imparte cátedra. En 1984 fundó Imagine: International Chicano Poetry Journal. Su obra pictórica, iniciada a principios de los 70, ha sido expuesta en galerías de arte de EE.UU. y Europa. La marginalidad y exclusión que sufrían los descendientes de mexicanos, aún cien años después de la guerra que terminó con la anexión de sus tierras al territorio estadounidense, está presente, desde sus inicios, en su poesía. Su obra ha influido en una generación entera de escritores chicanos y latinos que, desde la década de los 60 —en el contexto de las luchas por los derechos civiles— reivindicó el término chicano (apócope de me-chicano) usado antes despectivamente, para impulsar un movimiento político y cultural que aspira a poner fin a la discriminación y afirmar su identidad en pie de igualdad con el resto de la sociedad norteamericana. Ha publicado varios libros de poemas: Hay otra voz poems (Edición bilingüe, 1972), Shaking Off the Dark (Edición bilingüe, 1984), Crónica de mis años peores (Edición en español, 1987) y Scene from the Movie GIANT (1ra edición en inglés, 1993), el cual ha tenido varias reediciones y fue ganador del prestigioso premio literario American Book Award en 1994. En el año 2005, el libro Escena de la película GIGANTE fue publicado en edición bilingüe por la Editorial Catriel en Madrid, España, con una traducción al español del Profesor Rafael Cabañas Alamán.






LA PESADERRUMBE DEL DESAGRADO

El ojo se rinde a la luz y algo empieza
A desprenderse de ti, como si no pudieras hacer nada más que dejarlo ir: a

Marchitarse en el suelo, para nunca ser rescatado de la oscuridad.
Como fragmentos de pensamiento destellante, el lento quemar de
cada imagen se alza a la conciencia con el significado

De una fallida creencia. La pesaderrumbe del desagrado aumenta
en ti y algo, llamémosle el alma, queda ofendido en lo más profundo.
Te dan ganas de enloquecer o morir pero, sin embargo, te ensombreces.

Te inclinas hacia atrás firmemente contra tu sombra y deseas
poder disolverte en ella, disolverte, fundirte en lo negro.








LA CONSECUENCIA POSTERIOR: UN TRÍPTICO

− I −
Viaje a Casa

La película, de tres horas y media,
había llegado a su fin;
los créditos, tantos,
ascendieron a la inmortalidad.

El furioso arte del cine
había hecho mi cabeza zumbar−:
me levanté en la penumbra, desconcertado ante la verdad
desenrollada y ahora me hallaba perdido en mis pasos,
con los ojos lidiando con abismos irreales de luz.
Caminé a casa durante mucho tiempo
y en mi mente contemplé
la gran pantalla que se me echaba encima—
me iba alejando
de su estallido, aunque la medida de su violencia,
como una acusación de Sarge,
no se desvanecía.

No había viento.
Ninguna estrella apareció
para acogerme y darme seguridad.
El mundo parecía inmenso a mi alrededor
y según me movía en él
sentía que no podía viajar
más allá de mí mismo.
Pasaron unos minutos,
y después otro.
(Una vez vi, como en un sueño,
que nunca había llegado a casa.)
Crucé los raíles del ferrocarril, pasé de largo
el almacén de madera, el puente de cemento sobre Purgatory Creek,
y una vez más otros raíles—
una lógica agotadora me llevaba de nuevo a donde empecé.
Creo, de tanta desesperación,
haber apretado los puños
con tanta fuerza como los años
a mi nombre,
y allí creció en mi boca
un gran grito que nunca salió.

Una y otra vez: un chico a esa edad
no alcanza a ponerle palabras a lo que es torpe miseria.


− II −
Observador y Observado

Nadie camina conmigo
(por la calle cubierta de polvo
donde camino a paso ligero),
chico hosco, joven delicado.
En la tranquilidad de la tarde
que ha brotado serenamente de algo olvidable,
cada vecino
me traspasa con su mirada,
creyendo que la vida continúa como antes
cuando yo paso.
Los árboles y las casas entre ellos
miran fijamente que voy mudo;
desde donde están—casas, árboles,
vecinos—no pueden darse cuenta de
todo el repentino aliento hacia adentro,
un suspiro que yo mismo no alcanzo a comprender.

Algo ingrávido
se forma a mi alrededor, mientras mi cuerpo, sin aplomo
sostiene el impulso hacia delante
en silencio y a tiempo lento.

Cuando la tarde vaciada de significado

cobra una perceptible profundidad,

los suaves pasos huecos con que me muevo
constituyen mi única causa.


− III −
Soñando en el crepúsculo

La vencindad, 1956—:
Llegué hasta sus límites
sintiendo que yo no era nada
más que mi nombre.
Parece que fue hace mucho tiempo
que puse los pies en el patio,
me detuve un momento
antes de entrar a cenar
y me apoyé, en cambio,
contra el delgado
tronco de un nogal.
Y de pie, desde mi posición,
sentí un gran vacío
que, ardiendo, traspasaba cada pensamiento.

Para entonces el día se estaba desvaneciendo en crepúsculo,
y yo empezaba
a no proyectar una sombra donde siempre había estado,
cuando vi,
de repente, a un chico solo
que tenía que llorar para probar que existía…
Algo de la pantalla se había
introducido en su vida, su pequeño escudo de fe
ya no estaba con él.

El crepúsculo alboreaba sobre las copas de los árboles
cuando me llamaron adentro
donde se dieron las gracias, estoy seguro de ello,
pues siempre le agradecíamos al cielo.
Recuerdo el reloj haciendo tictac

y mi respiración
cuando finalmente

mi boca de nuevo probó
sustento étnico en el consuelo.
El resto de mí empezó a soñar y mi mente
se alzó al vuelo y llegué a ser, por ese instante:

otro chico de otra tierra, de otro tiempo,
otro tiempo, también hogar.






EL LENTO PESAR DEL TIEMPO

Buscando en vano al sinfín en
la memoria (Oh conciencia que acentúa
una historia repleta de modos de indagar en el
corazón) lo que no hace mucho sucedió,
regresas a cuando tu pequeño
mundo ofendido quedaba sin resolver. Cada

pensamiento anhela llegar a ser otro,
anhela cantar, siempre y una vez más,
profundamente una canción sobre lo que la memoria todavía

pudiera conocer. Aspiras aire, imprimes estos
pensamientos sobre el papel y desprendes tu
yo diario de los fragmentos perdidos del pasado.

Ahora: en la vigilia conquistada de tus
días, toda la distancia llora cuando
te alejas del viaje por

el lento pesar del tiempo, y afirmas
que estás a salvo para siempre en las
palabras mismas que has elegido ser.








EL ACTO DE CONTAR

En cualquier lugar, a cualquier hora, fijo en mi mente
que lo que sé y corre a través de mi
cuerpo, como una unción, es la ansiosa verdad dentro de mí:

la verdad que con ardor se eleva en luz y sombra,
que desciende de los días ostensiblemente perdidos;

de lo que el ojo ha captado, y el ojo
no confunde tiempo y lugar con
los hechos. En este momento de sentirse humano

(cuando el narrador es la narración que se narra),
la ceniza de la memoria se agita para que yo bien pueda hablar,

que pueda decir lo que digo con palabras
que son el pasado que se desprende de mi mente.
Que el guión revele: que en el acto de contar

me lanzo hacia delante en el tiempo, por donde transcurre
el presente—una franja de luz triunfante,

la suma de todo lo que enciende este salón
con vida, vida que no olvida, y que me está
llamando… Oh vida, este cuerpo que habla, este

yo repetitivo sacado de la vida revivida,
vida sacada de cada clamor. Al fin en casa,

confío en la luz que me atiende, y en la
cura natural del respirar, con palabras que
revelan su justa medida. Oh vida vivida y por venir…





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