domingo, 28 de noviembre de 2010

ALBERTO LAISECA [2.164]


Alberto Laiseca

Alberto Jesús Laiseca (Rosario, 11 de febrero de 1941  -  Buenos Aires, 22 de diciembre de 2016) fue un escritor argentino, autor de la novela Los Sorias y de otros 19 libros, en los géneros de novela, cuento, poesía y ensayo.

Pasó su infancia en Camilo Aldao, un pueblo ubicado en el límite entre las provincias de Córdoba y Santa Fe. Protagonizó el antológico programa de televisión Cuentos de terror en el canal de cable I-Sat y presentó películas en el ciclo Cine de terror del canal de cable Retro.

A poco de su nacimiento los padres se trasladan a Camilo Aldao, localidad al sur de la provincia de Córdoba donde transcurre su infancia y adolescencia. Esta última etapa en la vida familiar está profundamente marcada por la muerte de su madre y por una relación conflictiva con el padre. Trabajó en diferentes oficios en distintas provincias: fue cosechero, empleado telefónico, corrector de pruebas de galera en el diario La Razón.

En 1976, Editorial Corregidor, de Buenos Aires (Argentina) publicó su primera novela, Su turno para morir. Recién después de varios años, en 1982, Editorial Sudamericana, de Buenos Aires, publicó su segunda novela Aventuras de un novelista atonal. Ese mismo año, se publicó también su primer libro de cuentos Matando enanos a garrotazos.

En 1985, después de desempeñar distintos trabajos, entre ellos el de operario de la empresa telefónica estatal Entel, comienza a trabajar como corrector de galeras en el diario La Razón. En adelante, realizó también notas y comentarios bibliográficos para diarios y revistas. 1987: Publicó Poemas chinos, su único libro de poesía. En 1989 la editorial Emecé de Buenos Aires publicó la novela La hija de Kheops. 1990: Apareció en Buenos Aires la novela La mujer en la muralla (Tusquets Editores). En 1991 la editorial rosarina Beatriz Viterbo publicó el ensayo Por favor, ¡plágienme!.

Recibe la Beca Guggenheim. 1993: Editorial Planeta publicó la novela El jardín de las máquinas parlantes. En 1998 apareció la novela Los Sorias. Esa primera edición, publicada por la editorial Simurg, consta de 350 ejemplares de más de 1400 páginas. 1999: Tusquets Editores publicó la novela El gusano máximo de la vida misma. En 2001 se publicó el libro de cuentos En sueños he llorado (Fundación Municipal de Cultura, Ayuntamiento de Cádiz, España). 2002: Apareció en Buenos Aires Gracias Chanchúbelo, libro de cuentos publicado por la editorial Simurg. En octubre, comenzó a realizar su ciclo Cuentos de terror, emitido por el canal de cable I-Sat. Allí narró y reinterpretó cuentos clásicos del género. 2003: Interzona Editora, de Buenos Aires, publicó la novela Las aventuras del profesor Eusebio Filigranati. 2004: La editorial Interzona publicó el libro y el video Cuentos de terror, una recopilación de los cuentos leídos por Laiseca en su programa de I-Sat. Se publicó en Buenos Aires la novela Beber en rojo (Grupo Editor Altamira).

En 2004 recibió el Premio Konex otorgado por la Fundación Kónex, Diploma al Mérito, en el rubro Novela: quinquenio 1999-2003. La editorial Gárgola reeditó Los Sorias. El programa Cuentos de terror recibió el premio Martín Fierro a la producción en cable 2003, en el rubro «cultural/educativo». Recientemente se hizo un poco más conocido para el público general, cuando condujo un ciclo de cuentos de terror en el canal de cable argentino I-SAT. Este ciclo constó de episodios de diez minutos.

Su obra literaria fue extensa. En 2005 se reeditó su libro Los Sorias, considerada la obra más larga de la literatura argentina. En 2011, la editorial Simurg editó sus Cuentos completos.

Obras

Novelas

Su turno para morir (1976)
Aventuras de un novelista atonal (1982)
La hija de Kheops (1989)
La mujer en la muralla (1990)
El jardín de las máquinas parlantes (1993).
Los Sorias (1998).
El gusano máximo de la vida misma (1999)
Beber en rojo (Drácula) (2001).
Las aventuras del profesor Eusebio Filigranati (2003)
Sí, soy mala poeta pero... (2003)
Las cuatro Torres de Babel (2004)
El Artista (2010)
La puerta del viento (2016)

Cuentos

Matando enanos a garrotazos (1982)
Gracias Chanchúbelo (2000)
En sueños he llorado (2001)
Cuentos Completos (2011)

Otros

Poemas chinos (1987)
Por favor ¡plágienme! (1991)
Manual Sadomasoporno (Ex Tractat) (2011)
iluSORIAS (2012)

Filmografía

Deliciosas perversiones polimorfas, Dirección: Eduardo Montes-Bradley; Argentina (2004) (Documental)
El artista, Dirección: Mariano Cohn y Gastón Duprat; Argentina (2009)
Querida voy a comprar cigarrillos y vuelvo, Dirección: Mariano Cohn y Gastón Duprat; Argentina (2011)




Poemas Chinos. Ed. Gárgola, Bs.As., 2005


La Gran Muralla

No es su costumbre,
pero la garza amarilla desplegó sus alas e inició anoche un vuelo nocturno.

No es frecuente en China;
pero a veces ocurre que alguien desarma la Gran Muralla
para que el corazón quede expuesto
y pueda volver a amar.

Yuan Ho. Dinastía Han.



Despedida flotante

Hace once años que partiste.
Nadie toca ese laúd pintado de rojo
pero yo todavía escucho su despedida flotante.
Los caballos pasaron ayer frente a la casa donde vivo;
sin embargo, el coral aún tintinea sobre mi mesa.
La tarde no ha terminado
y el campesino sigue empeñado en el arrozal.
Ni la más severa disciplina logró dispersar la niebla de la mañana,
que conservo en el hueco de mi mano.

Yang Ch'eng. Dinastía T'ang.



El rey Ch'in quema libros y contruye murallas

El rey Ch'in quema libros y contruye murallas;
pero la nieve de las cuatro montañas aún no se ha fundido,
pese al estío.
El rey Ch'in lleva un trozo de jade desde su nacimiento;
pero entre los cañaverales una mujer ha parido.
El rey Ch'in ha escrito la Historia, con finos caracteres,
sobre papel de arroz;
pero Confucio dijo: "Odio el color púrpura
porque se confunde con el color rojo".
Los emperadores Yao y Shun, sonríen.

Yen Ts'anglang. Dinastía Ch'i.



Ayer, no estabas

Oigo la abominable música de Cheng.
Su disonancia convierte mi alma en Reinos Combatientes.
No es música del cielo ni del mundo terrenal.
Detesto la pintura de Foh,
porque sus masas intencionalmente mal balanceadas
arrojan a un Mundo Amarillo.
Veo huecos fundidos
que con insolencia arguyen contra las formas.
Maldigo los excecrables poemas de Tut,
porque dan bríos al puñado de arena del centro del oasis;
así, la mancha en la cosecha crece
hasta tomar dimensiones gigantescas
y la pasta del fondo adquiere magisterio sobre el agua clara.
Ayer, no estabas.

Chung Tshia. Ducado de Ts'in.



Arreglos de paisajes en miniatura

Tomo un puñado de tierra y hago creer a quien mira,
que se trata de una montaña.
Ella toma una copa labrada, llena de agua,
y la convierte en un río.
Ayer la vi
y acordamos transformar algo entre los dos
para burlar a los Seis Demonios del desierto.

Ho Yuan Chen. Dinastía Legendaria.




Conociendo a una persona antes del momento adecuado

Pocas desgracias pueden ser tan formidables,
como la de estar deslizado en el tiempo.
Cinco años puede ser todo lo que hace falta
para la diferencia entre el horror y la felicidad.

Ho Yuan Chen. Dinastía Legendaria.




El recuerdo de tu sonrisa

El rocío aumenta el peso de mi túnica.
El sueño danza lejos de mí
ignorando la entrada que le proponen mis ojos.
Sin embargo es preciso que descanse esta noche,
pues mañana deberé cruzar ese desierto de bambúes de arena.

Casi no tengo agua,
pero el recuerdo de tu sonrisa
puede cambiar la desesperación y el destino.

Cho Tang. Dinastía Chin.



El crecimiento de las grandes aguas

Por ti me he vuelto extravagante
como un diablo extranjero.
Miro tus ojos y veo florestas oscuras con algo de amarillo.
Senos infantiles pero de inmensos vértices;
pies diminutos y perfectos.
Entre tus piernas una pequeña Diosa China desnuda.
Cuán clamoroso el brote de bambú,
el marfil rosado,
con que la deidad se corona
como atributo divino.
Me fascina tu pelo negro
sobre la convulsión marrón de los tapices.
Pero Grandes Oídos captan el roce de los dedos
antes de que éstos lleguen a tocar la piel.
Te miro en público y mi corrección se altera.
Sé demasiado bien que múltiples ojos lo registran,
mientras las verdes aguas de la vergüenza
amenazan tragarnos.
No comprendo por qué,
a causa de mi condición femenina,
y de tu Origen Celestial,
sería mal visto si dijese
que eres encantadora.

Poema escrito por una cortesana desconocida 
del palacio de Nancia a la Reina.



Bajando el opuesto

Insinúas con tu actitud
que mi excesivo interés te inspira rechazo.
Pero el movimiento es siempre un punto de vista.
Yo digo que es la terraza la que baja su vuelo
alejándose de la grulla.

Tsé Fung Tsi - Reino de Chou



En aguas bajas 

Mis poemas antes tenían
toda la profundidad de la superficie.
Ahora tienen toda la superficialidad
de lo profundo.
Yo sé de la molicie que espera en las aguas bajas.

Shen Chin - Dinastía Wei



PEQUEÑO GORRION

Mi amada no conoce jaulas;
va y vuelve cuando se le ocurre.
No te cantaré cuando te hayas ido,
pequeño gorrión salvaje.
Te canto ahora que me amas.

Shen Chin. Dinastía Wei




TRES AÑOS

Hay un momento donde más muerta está la ilusión
de eso que, desesperados, conseguimos en sueños.
No mucho después,
sino en el instante del despertar.
Abro los ojos luego de un sueño de tres años.

Cho Tang. Dinastía Chin.




Ayer sonreíste

La música de este pequeño tambor
habla de raros tesoros.
Ayer sonreíste, aunque no sé si para mí.
Sólo tengo el brillo del adorno de plata,
de ese carruaje que pasa alborotando a los gorriones,
pero me basta para aplastar la insolencia de un presentimiento abominable.

Tsé Fung Tsi. Reino del Chou




Arbol ciruelo

Digo “te amo” y tú sonríes,
pero al minuto siguiente
tu rostro afila el borde de una larga sombra.
¿Deberé decir “me fastidias”?
Quizá así, luego de tu pena
tengamos por delante un día luminoso.
¿Deberé talar el único árbol ciruelo de mi jardín
para ganar la benevolencia ante la arrogancia del bosque?

Teh Ping. Reino del Ch´en




Un viejo maestro

Al final de las riveras del Ho,
como un genio fabuloso,
vivía un Viejo Maestro.
Diez milenios duró su existencia.
Para dibujar cada ideograma demoraba cien años
y el largo poema aún no a terminado.

Fan Meng Li. Dinastía Sui.



Escribiendo un poema

Escribo este poema con una delgada varilla de junco;
la tinta, al deslizarse, produce un ruido ensordecedor.
La clarividencia otorga deslumbramiento
y un pequeño dedal de malaquita
crece hasta contener el Río Amarillo.
En la pared de mi cuarto
está la vieja pintura de una rosa bermellón;
ese inofensivo objeto neutro e indoloro
me aturde con el insoportable perfume de miles de flores.
Todo eso has producido en el corazón de quien espera.

Hwang Tsi Lie. Dinastía Chou.



El estancamiento

Cabello, Manantial del Este:
¡cuán grande tu error!
Antes que dejarte conducir
por la Pandilla de los Cuatro Retrógrados,
habría sido preferible tu retiro y tu poesía.
Siete Malas Cabezas intoxicaron la tuya.
¿Dónde está la industrialización?
¿Dónde la tecnificación de los campos?
¿Por qué tus ejércitos medran con armas primitivas,
inermes frente a los Dos Imperialismos?

De los papeles que se han recuperado del camarada Feng, muerto durante la Revolución Cultural.




Una frase que obliga a la reverencia

La dura princesa Wu pidió una canción. 
Muchos han muerto ya, procurando satisfacerla. 
Grande es el premio, empero: 
su propia mano. 
 Por la posibilidad de su sonrisa festiva, 
mueren uno tras otro. 
Cantó un joven poeta; 
fuerte y vigoroso, pese a su juvenil carencia. 
La princesa Wu chasqueó los labios 
como una muerte china. 
"Castigad la desfachatez de cantar mal." 
Como un juego, con alegría, 
entregó al joven a sus verdugos, 
para que lo transformaran en un niño sangriento. 
También cantó un adulto guerrero; 
con tal ingenio, que movió sus batallas hasta la poesía. 
"Tu canción me gustó bastante más. 
No lo suficiente, empero. 
Tendré para contigo la piedad de la naturaleza. 
¿Cuándo has oído que el lobo hambriento sea perverso? 
Dadle una muerte rápida." 
Pero él, desprendiéndose de sus guardias, 
se arrojó a un abismo, 
deslizando su cuerpo sobre el arpa de las rocas. 
Ella movió la cabeza en raro gesto. 
"Cayendo hizo música, pero ni aun así me convence. 
Preparadle un sacrificio crematorio. 
Pero no a su cuerpo, 
que ahora está siendo destruido 
por los pequeños lavadores de seda. 
Quemad una imagen de papel, 
previo escribir en ella su nombre. 
Así tendrá doble muerte, 
como el final abrupto de un segundo sueño. 
Ponedlo dentro de una armadura completa y sepultadlo. 
En esta forma se mezclará con el hierro, 
y poco a poco adquirirá la fortaleza 
que le faltó en el último instante." 
Por fin vino un sabio arpista. 
El músico atrevióse a mirar a la joven princesa Wu. 
Ella estaba inmóvil y sin embargo, 
pintaba huesos con laca. 
El artista sonrió. 
Ella dijo: 
"Un joven de veinte años es muy tonto. 
En su conversación siempre está la disonancia 
o el ruido inesperado. 
Un hombre de treinta es más tonto aún. 
Pretende superarme pero no tiene edad suficiente. 
Me parece haberte visto antes. 
De cualquier manera, 
un anciano de cuarenta es demasiado viejo. 
¿Cómo podría conmover mi corazón? 
Deberás cantar tres veces mejor 
que el centro de los otros. 
Pronuncia entonces la frase 
que me obligue a la reverencia". 
"Ellos murieron por no comprender a tiempo, 
princesa Wu, 
que tú, bajo tus ropas, 
estás desnuda." 

Shen Kuci. Reino de Ch’u






Alberto Laiseca: Poemas Chinos. Ed. Gárgola, Bs.As., 2005

Hace muchos años (aunque hace poco pude ubicar que, sin embargo, fueron Alberto Laisecavarios después de la publicación del libro, de su primera edición en 1987), llegaron a mí estos versos de Alberto Laiseca:


EL TRUENO DE LA SEDA

Escucho el trueno de la seda,
miro el brillo deslumbrador de esa piedra opaca
y huelo las escamas del pez de madera.
Sin embargo, no supe sentir a tiempo tu corazón.


Y tuvieron que pasar tantos siglos para descubrir la dimensión de tal poema... o quizás, fue el encuentro casi fortuito con la reimpresión de este libro de poesía y con quien sostiene su autoría, encontrarme con la noticia que "en realidad" el autor de aquellos versos era un tal Lü Ch’iu. Dinastía Hsia.
Y no sólo eso, sino que el libro, Poesía China (Ed. Gárgola, Bs.As., 2005) es la concepción y la invención de un antólogo chino llamado LaTis Chiá, también "responsable" del “desorden” con que presenta a una cantidad de poetas… chinos, también. Y la alegría al fin de ese encuentro con aquellos versos y con muchos otros, de una poesía sutil, por momentos extranjera, extraña y entrañable a la vez.

Como se afirma en el prólogo, “Entiendo, sin embargo, que no hay ‘progreso’ en poesía. Por lo tanto no existe orden que mostrar. Los poemas se insertan, por su cuenta, en determinados lugares”.
Lugares donde la memoria ubica o produce como invención, al autor, a Alberto Laiseca y que éste a su vez, inventa a su antólogo, dinastías y a cada uno de sus poetas.

[Susana Espíndola]









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