domingo, 20 de marzo de 2011

DON PATERSON [3.552] Poeta de Escocia


Don Paterson 

Poeta, escritor y músico escocés. Nació en Dundee, en 1963. Comenzó trabajando como músico y se mudó a Londres en 1984. Por su poema A private bottling, ganó el Concurso Internacional de Arvon Fundación Poesía en 1993. Fue incluido en la lista de 20 poetas seleccionados Poetry Society de la Nueva Generación Poetas en 1994. Sus colecciones de poemas son Nil Nil (1993), God's Gift to Women (1997), The Eyes (1999), The White Lie: New and Selected Poems (2001), Landing Light (Faber and Faber, 2003) y Rain (Faber and Faber, 2009), entre otros. Como guitarrista comparte la dirección del grupo de jazz/folk Lammas, con el que ha grabado tres discos. Ha recibido numerosos reconocimientos como el Forward Poetry Prize, el T.S. Eliot Prize, etc.



EMBOTELLAMIENTO PRIVADO

Si, me apartaré. Prefiero lamentarme de tu ausencia que de ti.
Antonio Porchia
De vuelta al mismo cuarto que hace una hora,
lámpara a lámpara, dejamos a oscuras
me siento y enciendo la radio muy bajito
mientras la última chica aún despierta en el planeta
lee una dedicatoria a los barcos
y pone una grabación del océano.
Dispongo con cuidado una hilera de tragos
en amplio anillo mágico; en cada vaso chato
la tintura de una geografía fallida, sus
exiguas quemas, bosques, fogatas de espino, brezos,
el sesgo de su viento y su lluvia salada,
los hábitos gastados de amor de su gente,
la ondulación de su lenguaje, y por añadidura,
cómo cantan, se ayuntan o aceptan una broma.

Y es que para estas cosas tengo buen olfato.

Después he de sufrir beso feroz tras beso,
y al sus doradas lenguas resbalar por mi lengua
entregarán por turnos cada uno su tonada
de años pacientes en vidrio y en barrica,
tímidas negociaciones con aire, mar y tierra,
el ardid con el cual al denso humo de turba
se le logró encerrar, como un designio negro.

Esta noche brindo por ella con las extintas maltas
de Ardlussa, Ladyburn, Dalintober
y un viejo voto de encendida indiferencia:
Ochon o do dhóigh mé mo chairsach ar a shon,
deseándole salud, como desearle el clima.

Cuando se cierre el círculo y hasta la lucidez haya bebido,
inclinaré apenas las persianas para ver
el alba subir en un vaso de sal de uvas,
esperaré a los pájaros, el afable cuchicheo del carro del lechero,
me deslizaré de regreso en la cama donde ella yace acurrucada,
y con delicadeza volveré a colocar el huevo vivo y caliente
de sus nalgas en el frío nido de mi regazo,
tan muerto para ella como ella para el mundo.


Aquí estamos de nuevo; exactamente
doce, quince, treinta años calle abajo
y una vuelta más alto en la troje espiral
que separa la cerveza quemada y los oscuros granos
de aquello que conozco de esto que recuerdo.
Ya cada vaso guarda su mínimo episodio
en permanente suspensión, como un cuadro de filme
en acetato, hasta que éste corre de nuevo,
reanimado por un estilizado gesto de conocedor
que ahonda en el silencio y en lo oscuro
hacia algo así como una infinita sensibilidad.
Ésta no es una fantasía romántica: mi padre
conoció a un hombre que dando un sorbo al mar,
dejaba sus redes colgadas en el puerto
porque ese día no habría peces.
Todo contiene a todo. Sólo es cosa
de afinar bien, como una vez, por medio del zumbido
y de la reverberación, sintonicé la voz de Dios en el cuadrante
ligeramente a la izquierda de Hilversum,
medio ahogada por un vals estruendoso y desdibujado,
a la manera en que las estrellas ocultan a sus compañeras enanas
durante siglos, hasta que a alguien se le ocurre mirar.

De igual modo, puedo aislar los amagos
de efluvios femeninos, la carroña, la mierda,
esos truhanes y toxinas incorporados sólo
para darle a la composición algo de peso,
como los armónicos toscos al violín,
o como Plutón, Caronte y los santos menores
lo hacen con nuestras vidas, hasta donde sabemos.
(Por Dios, notarías su ausencia, como lo haría
cualquiera después de haber vaciado
un vaso de North British, sacado de alguna destilería
de un suburbio de Edimburgo azotado por el aguanieve:
un sórdido alcohol, al que ninguna cantidad de caramelo
puede endulzar u ocultar, y cuyas secuelas
son entre un balde de agua fría y una puñeta triste.
Seguro que lo sirven en un bar de Lothian
en el que unos petroleros en paro y policías secretos
juran con él y lo beben de un trago,
hombres que odian la compañía de las mujeres.)

¡Oh, whiskies de Long Island y de Provence!
Un traguito te agarra la garganta
pero es todo dulzura en el final; mi lengua viaja
primero por un líquido de frenos, luego por nicotina,
pastis, Diorissimo, y húmeda hierba;
este otro es mangas de seda y jarabe de pico,
con un rebote de gato aplastado en una estación de trenes;
este otro, la carga ligera y el rastro de zinc
que el agua de la llave adquiere con los eclipses de luna.
Ya con esto sabrás la hora de la que hablo.

Porque en tu ausencia, tu singular ausencia
se ha vuelto dura, esta noche voy a las aguas
con todo el clan; nuestros ujieres sin rostro y nuestras damas,
nuestros cuatro perros pastores, tres ya sombras de sombras;
nuestros afables hijos y parlanchinas hijas
que a estas altas horas habrán crecido del todo,
quizás con hijos propios no nacidos.
Así que, finalmente, permítaseme un brindis:
no por el amor, o la vida, o un sentimiento real,
sino por su patético residuo;
por tu dulce memoria, no por ti.

El sol cierra su círculo en el cielo
antes de que yo el mío, y de que vacíe
este ofertorio vaso cuyo sabor es nada
sino silencio, polvo chamuscado en valvas, whisky.

(Traducción: Carlos López Beltrán
y Pedro Serrano)




POESÍA

De la misma forma en que el mecánico diamante lleva
por siempre atrapada en su red de hielo
una chispa de los primeros incendios del planeta,
no es el postrero fuego del amor lo que guarda la poesía,
sino el átomo del amor que la hizo salir del silencio:
de manera que si el carbón brillante de su amor
empieza a arder, el poeta escucha su voz
forzada de repente, como la de un cantante de taberna
—jactándose de su enorme sentimiento, o ahogado por los
violines;
pero si produce una luz más estable, él ya sabe
que el verso puro, cuando finalmente llegue, sonará
como un manantial de montaña, anónimo y sereno.

Bajo el ajeno cielo azul pasa un río. El agua
no canta de nada, ni de tu nombre, ni del mío.

(Traducción de G.A. Chaves, 2010.)





A Scholar 

Pro captu lectoris habent sua fata libelli 

The light is dying, and the clock has died; 
the page succumbs to the atrocious care
that disinters the things not wholly there
by which your solemn field is justified. 
You burnish them until they bear the shine 
of common knowledge, knowing one black skill 
is yours alone: before the greater will
all text is dream, and takes on the design
of what was sought there. Thus your word is God. 
This grammarie electrifies the gate;
none pass but such as you initiate.
The students hurry by you in the quad 
attending to their feet. What can you say? 
You know your Shakespeare would have walked that way. 




My Love

It’s not the lover that we love, but love
itself, love as in nothing, as in O;
love is the lover’s coin, a coin of no country, 
hence: the ring; hence: the moon—
no wonder that empty circle so often figures 
in our intimate dark, our skin-trade,
that commerce so furious we often think
love’s something we share; but we’re always wrong.

When our lover mercifully departs
and lets us get back to the business of love again, 
either we’ll slip it inside us like the host
or we’ll beat its gibbous drum that the whole world 
might know who has it. Which was always more my style:

O the moon’s a bodhran, a skin gong
torn from the hide of Capricorn,
and many’s the time I’d lift it from its high peg, 
grip it to my side, tight as a gun,
and whip the life out of it, just for the joy
of that huge heart under my ribs again.
A thousand blows I showered like meteors 
down on that sweet-spot over Mare Imbrium 
where I could make it sing its name, over and over. 
While I have the moon, I cried, no ship will sink, 
or woman bleed, or man lose his mind—
but truth told, I was terrible:
the idiot at the session spoiling it,
as they say, for everyone.
O kings petitioned me to pack it in.
The last time, I peeled off my shirt
and found a coffee bruise that ran from hip to wrist. 
Two years passed before a soul could touch me.

Even in its lowest coin, it kills us to keep love, 
kills us to give it away. All of which
brings us to Camille Flammarion,
signing the flyleaf of his Terres du Ciel
for a girl down from the sanatorium,
and his remark—the one he couldn’t help but make—
on the gorgeous candid pallor of her shoulders; 
then two years later, unwrapping the same book 
reinscribed in her clear hand, with my love,
and bound in her own lunar vellum. 









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