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jueves, 21 de agosto de 2014

AÍDA MORENO LAGOS [12.991]


Aída Moreno Lagos

Nació en Talca en 1896. Hizo estudios en la escuela normal hasta lograr el título de maestra. Después de haber servido en varios establecimientos de educación, fue designada secretaria de la Escuela Normal Nº 1 de Mujeres de Santiago.
Falleció en Santiago el 28 de diciembre de 1943.




¡Y ES BUENA LA VIDA ASÍ!

En el meditar doliente
de la tarde que se va,
hay algo triste y silente
que está en todo y que no está

en ti, no obstante mi empeño
de hallarlo en tu corazón ... 
Haz que despierte el ensueño
repicando tu emoción.

La vida es mala, ¿verdad?
Pues buena es la vida así:
sobre la fatalidad
luz de arriba y desde aquí

humos de ensueño... Después
sobre una pena algún llanto ... 
y así una vez y otra vez
alegría y desencanto ...

¡Y es buena la vida así!







¡COMO OLVIDARLE! ...

¡Cómo olvidarle si dejó en mi vida
todo el encanto del primer amor 
si él me dejó la senda florecida,
si sus besos menguaron mi dolor!

¡Cómo olvidarle cuando el alma pena
por la mirada de sus negros ojos;
cuando aún el eco de su voz resuena
rememorando prístinos sonrojos!

¡Imposible olvidarle! Su sereno
mirar será en la eternidad mi historia ...
¡Amar, sufrir!... Que vierta su veneno

la vida en mi existencia transitoria,
¡mis manos mustias, al finir mi éxodo:
han de alargarse a perdonarlo todo!




CRÍTICA APARECIDA EN EL DIARIO ILUSTRADO EL DÍA 1944-08-06. AUTOR: 
CARLOS RENÉ CORREA

El espíritu de Aída Moreno Lagos a través de su poesía está con nosotros; la verdadera poesía envuelve el secreto de la eternidad, de la permanencia que no está condenada a la contingencia de la materia. Ella alentó en sus versos un divino ensalmo, una poderosa visión de la ternura, de la tristeza, de la soledad. Fue siempre peregrina y viajó ilusionada en busca de la serenidad que le negaban los hombres. Su poesía nos trae el mensaje de un alma que conoció el cilicio de la desventura y que a pesar de ello venció a la sombra con la luz de su lámpara que desafió tantos vientos.

Solo nos queda de ella un libro de poemas; “Dolidamente”, publicado en Montevideo en 1925. Es lamentable que su obra posterior no la reuniese en un volumen, porque quedará condenada al olvido y a una muerte aparente. Tal vez ella así lo quiso por un humilde deseo de permanecer solitaria, desconocida, rodeada de sus cantos que fueron los únicos lazarillos en el viaje.

Aída Moreno Lagos entregó su vida a dos grandes y sublimes menesteres: la poesía y la enseñanza de los niños. Fue maestra como Gabriela Mistral y en la escuela se engrandeció su espíritu. El cansancio de la vida la llevó a la soledad, a cierto retraimiento que solo tuvo término en una muerte también silenciosa.

En la poesía de Aída Moreno Lagos no debe buscarse nada extraño, porque ella es la expresión de una sencilla mujer que amó la belleza, la ternura más honda, el canto que se pierde en recintos anímicos y cósmicos.

Iba por la vida poseída de temores inauditos; una inquietud permanente la perturbaba; para ella la alegría estaba siempre distante, pero en cambio tenía a su hermana la tristeza, junto al camino, habitando en su misma casa. Por eso nos dirá en “Dolidamente”:




“Pensativa, doliente
me acerco hasta el frescor de la vertiente
y me miro temblando en la corriente.
Como inextinta pira
mi conturbado corazón suspira.
Gimen las frondas y la tarde expira.
Vuela desorientada
sobre la tarde inmaterializada
y ungida de tristeza, la bandada
de mis sueños errantes.
¡Oh, las trémulas alas anhelantes
que en la inquietud mancharon los instantes
en que el amor fluía
como rayo celeste y me decía
su clave misteriosa y sonreía!
¡Oh, mis alas heridas
que en el silencio de la tarde cruzan
zonas desconocidas
y plúmulas de ensueño desmenuzan!”




Se convirtió su vida en un ala herida y para ella fueron todas las zonas de sombra. Este hecho no es extraño en la vida de los verdaderos poetas, cuyos caminos siempre cruzan por inciertas regiones. De lo desconocido ellos extraen milagrosamente la raíz de su emoción, de su adivinación de la belleza. Y por eso, ciertamente, la poesía suele ser para algunos oscura, inaudible; suele estar transitada por unos personajes extraños. En Aída Moreno Lagos encontramos siempre al alma que sufre la desolación del amor; si ella nos pinta la naturaleza, si ella penetra en lo subjetivo, si ahonda en lejanas reminiscencias espirituales y humanas, habrá una tortura a flor de labios, una desencadenada furia de viento iracundo que sacude su casa; es el amor que llega:



“Amor llamó a mi puerta dolorido…
Fui hasta mi puerta para abrirle yo,
y se quedó mi corazón dormido
oyendo cómo habló”.



Caminaron juntos; hubo hermandad entre la poetisa y el amor; reverdeció el sendero; tras el pinar se adivinaba la paz serena, pero había también un anillo de espinas que la llagaban. Vino hasta ella el amor dolorido y sus ojos alcanzaron la montaña.

La lectura de sus versos nos regala el placer de conocer la sinceridad de su espíritu y de poder apreciar cierta sutil elegancia de versificación y una fuerza poderosa para coger el símbolo, la imagen de múltiples facetas.

La poetisa quiebra su sollozo de amor frente a la soledad; él no la ha oído, acaso, y ella en medio de su angustia, entrega su canto atormentado y tiene palabras de absolución:



“Porque iba ilusionado, perdónale Señor…
Llevaba en sus pupilas sortilegios de luz…
Porque iba ilusionada, perdónale, Señor…
Si él me dejó sus rosas, ¿qué ha de pesar mi cruz?”




Para ella la vida entera fue esa cruz misteriosa de que nos habla el poema; gracias al canto y a la ilusión no extinguida, fue una cruz ligera, pero a pesar de ello, de agonía. La poetisa llenó entonces de interrogaciones el camino y salió a la inmensidad con su voz enloquecida, pero sin vana estridencia. Era muy humana y soñadora; la visión se engrandecía como sus lunas y sus océanos; el viento llegaba incansable hasta su huerto y estremecía sus árboles. Es el mismo viento de que habla en su delicado poema “Momento Fraterno”:



“Tengo sed, madre mía. Estoy cansada.
Me hace falta beber en la cisterna
de tu blanda mirada.
La vida es breve y la inquietud eterna
en las almas sonámbulas.
El viento
de negra tempestad me ha sorprendido
en el camino, madre. Y de tu acento
llega hasta mí el mensaje conmovido!”




El aria del viento, la voz que se ha quedado suspensa, las rosas que caían en sus manos, la harán exclamar:



“Hermano mío, viento,
sé mi hermano y mi amante:
quiebra en las soledades mi tormento
y arrástrame como a una adelfa errante!”




Fue Aída Moreno Lagos una “adelfa errante” que un día se quedó marchita, el día de su muerte. Se cerró la ventan de su corazón, enmudeció la voz, se trizó la simbólica campana de su amanecida.

Después de este breve peregrinar por sus caminos de poesía, cómo podemos compenetrarnos del profundo sentido artístico que en ella vibraba; no buscó la gloria humana, porque sabía que es perecedera; en cambio cómo procuró entregar todo su espíritu en cada verso, humana y mística expresión de su pasión, de su noble emoción, de su ritual ofrenda a los hermanos viajeros.

La poetisa se ha ido sobre el mar y su navío todavía nos hace señas desde la otra orilla.


CARLOS E. KEYMER [12.990]



Carlos E. Keymer

Nacido en Santiago de Chile en 1878, fue alumno de los colegios de Radford y de San Ignacio. Al término de los estudios de humanidades siguió la carrera de leyes y obtuvo el título de abogado en 1903. Falleció en Santiago, en 1949.

Obras:

Sentimientos. 1898.
Fénix. Sonetos. 1922.
Emblemas de luz. 1945.
Anfora l1rica. 1949. 
Esta última obra es una recopilación póstuma de toda la producción del autor.




IMAGEN DEL RECUERDO

Un soplo de mujer la niebla esfuma
sobre el obscuro río del olvido;
y las ondas, rizándose sin ruido,
besan la exhalación que las perfuma.

Dibújase, ya libre de la bruma,
en el líquido espejo conmovido,
un semblante risueño, adormecido
entre burbujas de fugaz espuma.

La imagen del recuerdo poco a poco
despierta, iluminada se incorpora,
enciende el alma en vívido deseo.

¡No la quieras asir, corazón loco!
¡Ahógala en el agua engañadora,
sepúltala en el fondo del Leteo!






EL CORAZÓN

Traspasando lo denso y lo difuso,
dejando atrás la esfera más distante,
corazón, tú te arrojas anhelante,
aunque dentro del pecho estés recluso.

Más y más del recuerdo en lo confuso
húndese tu latido penetrante;
más y más lo futuro fascinante
es invadido por tu ardor intruso.

¡Dilátate aún más! Tu luz te guía.
Llevado en tus fosfóricos reflejos
irás siempre adelante de ti mismo.

¡Contráete con íntima energía!
El misterio sin fin no busques lejos:
¡contémplate, que tú eres ese abismo!




CUANDO ...

En la paz de mi espíritu dormitas,
en los pliegues de mi alma estás envuelta,
en mi vida, en mi sangre vas disuelta,
en mis sensibles células palpitas.

Eres fuego en mis ansias infinitas,
en mi mente, venusta forma esbelta,
plácida luz en la mansión revuelta
de los sueños, las sombras y las cuitas.

En el humo, en las nubes te transformas,
en el aire suspiras y me abrazas,
tus encantos en todo están impresos.

Parecerás cual eres, sin las formas
ni velos con que siempre te disfrazas,
cuando como mujer me das tus besos.




ÚNICO AMOR

Unico amor sin gotas de amargura,
sin espinas sangrientas ni temores,
sin recuerdos cargados de dolores,
sin ansiedad por la ilusión futura.

Si haces llorar, es llanto de ternura
que da alegrías cada vez mayores;
rompes las trabas sin dejar rencores,
formas íntima unión sin ligaduras.

Mi alma en tu llama primordial asciende,
que anima al universo y lo renueva,
surgente de lo obscuro del abismo.

y cuanto más se eleva, más se enciende;
y cuanto más se enciende, más se eleva;
y se pierde en el seno de Dios mismo.




NUNCA

Hay versos que no pueden ser escritos,
delirios que no saben ser nombrados, 
anhelos que en el alma sepultados 
la despedazan con secretos gritos.

De la vida misterios infinitos
por el aire y la luz no profanados, '
por quién los inspiró ni vislumbrados,
y a fuego, llanto y soledad proscritos.

Y el corazón conoce y desconoce
la fuerza que lo agita y paraliza,
y sus grandezas agiganta y trunca.

Y en el propio martirio encuentra el goce:
lo sagrado en sus fibras agoniza
sin extinguirse ni expresarse nunca.




Fénix, sonetos por Carlos E. Keymer


RÍTICA APARECIDA EN EL MERCURIO EL DÍA 1922-09-18. 
AUTOR: OMER EMETH

Según Boileau, “Un sonnet sans défaut vatu seul un long poéme”. De común acuerdo todos los tratadistas admiten que, en este verso, está expresada una verdad definitiva.

Por otra parte, Jules Lemaitre, hablando del poeta francés José María de Heredia, insuperable “sonetista”, dice: “la forma del soneto exige la sobriedad e impone casi la perfección. De ahí que al soneto no le sea lícito ser más o menos bueno. Es forzoso que sea soberbio o exquisito, so pena de no existir” (“Il doit éter superbe ou esquís sous peine de n’être pas”).

Ahora bien, el problema que tengo entre manos, es este: ¿cúmplese, por ventura, en los 172 sonetos de la colección intitulada “Fénix” la ley de Boileau? ¿No hay defectos en ellos? ¿Vale cada uno de ellos por sí solo un largo poema? ¿Diría Lemaitre que son soberbios o exquisitos? En una palabra, ¿existen o no existen en cuanto sonetos?

Después de leer a “Fénix” y antes de fallar he querido leer de nuevo los cuatro sonetos que, a juicio de muchos, son verdaderos dechados de perfección: uno en inglés, “Mysterious Night” de D. José Blanco White, el famoso “soneto de Arvers”, el más famoso aún (pero muy manoseado y “cursificado”) “Vase Brisé” de Sully-Prudhomme, y, por fin (“last but not least”), los “Conquistadores” de J. M. de Heredia, que es a mi juicio el más maravilloso de todos.

No los analizaré uno por uno ni los compararé unos con otros menudamente, aunque sería esto tan provechoso como ameno. La brevedad del tiempo y la estrechez del espacio me obligan a adoptar un método más práctico, que consistirá en convidar a mis lectores a comparar el mejor soneto de “Fénix” con el peor de los cuatro arriba citados.

El peor es “Mysterious Night”, mas no en el original inglés, sino en la versión castellana de Pombo, la cual dice así:



“Al ver la noche Adán por vez primera
Que iba borrando y apagando el mundo,
Creyó que, al par del astro moribundo,
La Creación agonizaba entera.

Mas luego, al ver lumbrera tras lumbrera
Dulce brotar y hervir en un segundo
Universo sin fin… vuelto en profundo
Pasmo de gratitud, ora y espera.

Un sol velaba mil; fue un nuevo Oriente
Su ocaso, y pronto aquella luz dormida
Despertó al mismo Adán, pura y fulgente.

…¿Por qué la muerte al ánimo intimida?
Si así engaña la luz tan dulcemente
¿Por qué no ha de engañar también el día?”



Temor ante la noche no prevista; admiración ante el esplendor repentino que de ella nace; lección de valor y de esperanza, he ahí todo el soneto de Blanco White. El que lo lee y relee, no tarda en compartir, primero el temor y luego la admiración de Adán y piensa: si hay paralelismo entre el hombre y el universo, ¿por qué la muerte tan temida no sería un engaño? ¿Por qué o sería ella para nosotros una iluminación como aquella que Adán contempló asombrado después de la muerte del sol?

Y esas imágenes evocadas lentamente se convierten en un pensar inagotable… ¿Por qué? Porque existen en el soneto; porque cada palabra de este es como una imagen de película cinematográfica que, iluminada por luz propia, y, a la vez, por la imaginación del lector, se proyecta en la pantalla viva que es nuestra mente. Quien lea “Mysterious Night”, no la olvidará.

Con este soneto compararemos el siguiente, cuyo tema no deja de tener alguna lejana analogía con el de Blanco White.



Las estrellas

Soles gigantes, albos y bermejos
chispas iridiscentes que en la altura
quiso esparcir el Único que dura,
y está en nosotros, y buscamos lejos

sois simbólicos, místicos espejos
de la inmanente luz de la Natura
en la insondable inmensidad oscura
brillante en innúmeros reflejos.

Con mirada lucífera y atenta
os demando el arcano que sigilo
en lo más elevado, en lo más hondo.

Una fuerza os anima y me sustenta:
al adorar su sola esencia, oscilo
entre vuestro esplendor y el propio fondo.



Leo “Las Estrellas”; vuelvo a leerlas una y otra vez: las leo, más no las leo. En el soneto de Blanco White las veo brotar lumbrera tras lumbrera y hervir en un Universo sin fin… El día, cual un velo, me las escondía: la noche, merced al poeta, rasga el velo y poco a poco, acuden esos soles (que son gigantes, albos y bermejos, dice el señor Keymer, hablando como astrónomo no como poeta) y que a mis ojos maravillados son meras chispas de luz.

¿De dónde nace la diferencia de impresión? En Blanco White, todo nace del contraste entre el día que muere y la noche que empieza. Nos ponemos fácilmente en el punto de vista adánico: no conocemos sino el día. De repente este cesa: ¿qué va a suceder? Estamos mudos de espanto, pero he aquí, una estrella aparece y después, otra y otras… un ejército sin fin… un ejército luminoso que derrama sobre nosotros la paz con la luz.

En el soneto del señor Keymer hay afirmaciones astronómicas, filosóficas; y hasta teológicas, pero nada más. Aquello es nítido y frío como una tesis escolástica o una fórmula algebraica. De mí sé decir que nada evocan en mi mente esas “Estrellas”.

Su único efecto práctico, muy ajeno, por cierto a la poesía, sería despertar en ciertos lectores esa pugnacidad natural que no puede permanecer quieta ante la nebulosidad, la vaguedad y el verbalismo de estos sonetos.

Desde el punto de vista técnico, no son, en cuanto a forma, ni peores ni mejores que la mayor parte de los sonetos publicados en diarios y revistas. Los tres defectos que acabo de apuntar no son propios de ellos; pero se intensifican y agravan en “Fénix” por influjo del Teosofismo. O mucho me engaño, o todo en ellos, desde las ideas hasta el lenguaje, viene más o menos directamente de la India vista a través de los lentes de la señora Blavatsky, de Mrs. Annie Besaub y de los “Tagoristas”. De ahí viene en el soneto arriba copiado, ese “Único que dura y está en nosotros”, esa “Fuerza”, esas “Fuerzas” (pág. 72) que, hablando de sí mismas dicen:


“No el bien somos ni el mal, ni luz ni sombras
no rápidas ni lentas vibraciones
ni efluvios, ni conciencia ni inconciencias.
Aunque evocarnos sepas, no nos nombras;
ni entramos ni salimos: las regiones
profundas habitamos de tu esencia” (pág. 73).



Este verbalismo y esta niebla vienen del país que el Ganges riega…

Pero, he de confesarlo francamente, lo que para un enamorado de la claridad griega y latina es vicio, resulta virtud para otros que, en vez de luz, piden mera música verbal. Para estos, el libro del señor Keymer será el más rico de los banquetes, algo como las bodas de Camacho en punto de sonetos.






PEDRO EMILIO GIL [12.989]


Pedro Emilio Gil 

Nació en Valparaíso, Chile en 1875, y desde muy joven ingresó al periodismo y cultivó la literatura en diversos géneros. En 1902 fue secretario de redacción de El Diario Ilustrado, en 1905. Colaboró abundantemente en La Comedia Humana, de Valparaíso, y en 1907 fue redactor de sucesos de la misma ciudad.
Al fundarse la revista Zig-Zag, en 1905, comenzó a colaborar en ella. En 1923 fue, por poco tiempo, secretario de redacción de El Mercurio de Santiago.

En 1924 fue director de El dia de Chillán. De regreso a Santiago, siguió escribiendo en El Mercurio, donde además desempeñó hasta su muerte el cargo de corrector de pruebas.

Abrazó también el teatro, al cual contribuyó con El otro (en colaboración), 1906; El Rey Consorte, 1914; Alessandri sí (en colaboración), 1920, etc.
Es autor de una producción inmensa de breves artículos y de poesías ligeras y humorísticas de ocasión, que ha quedado en las muchas revistas y diarios que le contaron como redactor y colaborador. Empleó casi siempre los seudónimos Antuco Antúnez y Zenón Evero (éste sobre todo en El Mercurio en sus últimos años), para firmar sus trabajos.

Murió en Santiago el 15 de junio de 1934.

Bibliografía:

Sin son ni ton. Prólogo de Ricardo Valdés. Santiago, 1923.




GALERÍA

Donairosa hija de Eva
de tonos aristocráticos,
y que en vez de mangas, lleva
dos globos aerostáticos;
beldad que entera se esconde
bajo blindajes de seda,
¿en dónde la he visto, en dónde?
En la Alameda.

Grata aparición gentil,
que, envuelta en el manto leve,
tan sólo muestra el perfil
de un rostro de rosa y nieve,
y que, arrobado, no chisto
si alguna vez la contemplo
¿en dónde, en dónde la he visto? 
En algún templo.

Insulso nieto de Adán,
hueco y vano como paja,
embutido en un gabán
que es exótica mortaja,
y a quien para duque o conde
sólo le faltan... modales,
¿en dónde le he visto en dónde?
En los portales.

Recomendable sujeto
(que es del último el revés)
que dibuja el alfabeto
Con los vacilantes pies,
y que, en verdad, me contristo
al verle los ojos turbios
¿en dónde, en dónde le he visto?
En los suburbios.

Única visión radiosa
que tesoros de miel deja
en donde sus labios posa
(¡Dios mío! ¿Si será abeja?).
Ángel del cielo bajado,
que al ser que el crimen enfanga
lava de todo pecado
(ya ven ustedes que es ganga).

Visión que el alma extasía
cuando el recuerdo la evoca
¿dó se halla, oh memoria mía?
-En tu loca
fantasía.






CERCA DEL BUEN DIOS

Un domingo, de mañana,
volvía Ignacio de misa
con su abuelita, una anciana
de bondadosa sonrisa.

Charlaba el chico de un modo
tan vario, que, a la verdad,
era un compendio de todo
su infantil garrulidad.

Y entre la abuela y él mismo
(¡Dios mio, qué abuelas éstas!),
formaban un catecismo
de preguntas y respuestas.

-Abuela.
-Di, mi tesoro.
-¿Qué es eso que veo allí
que reluce como el oro?
-Un torreón o cosa así.

-y el sol por encima corre
¿Qué es un torreón?
-¡Preguntón!
Pues .. , algo como una torre.
¿No ve tú mismo: torreón?

(A las luces matutinas,
lanzaban áureos reflejos
las cúpula bizantinas
de un palacio, allá a lo lejos.)

-Di, abuela, ¿quién allí habita?
-Hombre, el dueño del palacio.
-¿Tendrá mucho oro, abuelita,
que así lo tira al espacio?

-Pero, ¡vaya una salida!
¡Me pones en cada aprieto!
(Y acaricia enternecida
la cabeza de su nieto.)

-¡Oh, quién fuera rico!
-¡Ignacio!
¿por qué ese capricho, di?
-Así tendría un palacio
como el que diviso allí.

Treparíamos de un salto
al torreón ése, los dos.
y estaríamos muy alto ..
¡Casi a dos dedos de Dios!

Sonrióse la buena anciana,
y con emoción muy honda,
bajó su cabeza cana
hasta la cabeza blonda.

Y al mostrarle con el dedo 
a un triste, muerto de frío,
dijo en su oído, muy quedo:
-¿Ves aquel hombre, hijo mío?

Pues, llégate a él, le das
al pobre un centavo o dos,
y de este modo estarás
mucho más cerca de Dios.





SOBERBIA HUMILDE

Dios sabe si, no obstante mi orgullo desmedido, 
no soy yo más humilde que penitente alguno;
Él me perdone el gesto con que siempre he querido,
pareciéndome a todos, no emular a ninguno.

A manjares de gloria contrapuse el ayuno,
los repudié aún creyendo que era yo el escogido,
y si grité en la plaza mis vicios uno a uno,
calculé en cien virtudes mi tesoro escondido.

Soy la más rara antítesis; amo a quien más ofendo.
Juguete irremisible de mi sino estupendo,
quisiera dar la muerte para brindar la vida.

Y un día, cara a cara con el Crucificado,
presa de innobles ímpetus, herirlo en un costado,
y luego con mis besos cicatrizar la herida.








ANA MARÍA GÓMEZ VÉLEZ [12.988]


Ana María Gómez Vélez

Poeta y gestora cultural
Vive y trabaja en Cali, Colombia.  Hace parte de Encuentros de Abril grupo de poesía, del colectivo internacional Poetas del Megáfono y de la mesa Cali vive la poesía.

Ha sido invitada a encuentros de escritores y presentado recitales en varios lugares del país. Participa en todas las acciones que visibilicen a las mujeres y las niñas, sus actividades y sus derechos. 
Invitada a la IV Semana mundial de la poesía, Manizales 2013
Invitada al XXVIII Encuentro de mujeres poetas en Roldanillo 2012
Ponente en X JALLA 2012 congreso mundial de Literatura con el simposio La escritura desde el cuerpo. 
Coordina en Cali el Festival internacional de poesía Grito de Mujer y el encuentro Escritores por Ciudad Juárez.
Monitora del taller de Escritura creativa de Mincultura durante tres años.

Publicaciones

Retazos de tinta y de papel, poemas, 2012

Revista La manzana de la discordia Vol 6, No. 1 Universidad del Valle, 2011 Click aquí 
Antologías Vive la poesía Universidad Central de Tuluá 
Cuaderno de Renata, Cuentos 2010, La plana y Palimpsesto, publicados por Mincultura.

Cuenta con tres libros de poesía y uno de relatos aún inéditos.




Incertidumbre

Somos incertidumbre. Una montaña de sensaciones y decepciones.
Las manos vacías con lápices o con teclados para escribir la realidad, para contárnosla, para tratar de entenderla, para mostrarnos que existimos. A pesar de todos los intentos.
La luna llena me habla. Esta mañana, salí a caminar bajo su lumbre a las seis de la mañana –aún no se escondía en un cielo azul sin nubes– su fulgor me llenó de esperanzas que se disiparon con la llegada del sol.





Melodía en luna menor

Es noche 
todo en calma
camino a mi refugio
cartas y comida caliente 
me esperan,
los edificios, los cerros, 
el río, la luna y las estrellas 
me acompañan.
De repente llega 
una melodía 
todo cambia
una anciana sentada en el piso
toca la flauta
pide pan y monedas.
Y mi vida me parece dura… a veces.

Mira un video de la lectura en público del poema Receta 





La brisa se detiene poco a poco

la brisa se detiene poco a poco
se acerca a ti sin que lo notes
te besa y no la sientes
la brisa se posa en tu mano
trae flores y semillas
la brisa te despeina
roza tu nuca
te sorprende y se desliza
te besa y no la sientes
la miras, la buscas
y ya no está.





Descubrimiento

¿Quién teje el delicado hilo
que va desde el camino hasta tus pies?
¿Cuántas estrellas caben
en la cuenca de tu mano cerrada?
¿Cuántos sueños vuelan en un suspiro?
¿Cuánto amor contiene una lágrima?
¿Es verdad que aparecen
cientos de ángeles en una sonrisa?
¿Cuántas veces en un abrazo
están el cielo y el infierno
mezclados e intactos?





¿Cómo desapareció el desamor?

I. 

La caracola que recogió en la playa
sirvió para que la hechicera de la tribu
hiciera un collar
y anudara el silencio a su costado.


II. 

Y de repente todo volvió a su sitio.
Los jarrones antes hechos añicos en el piso,
ahora estaban enteros.
Igual su corazón,
el amor estaba intacto.
El desamor había dejado de existir.


III. 

Ella era una mariposa
y murió al posarse
sobre la flor del color del sol.
A la mañana siguiente
apareció la flor-mariposa:
Era un pájaro tan pequeño
como un dedo meñique
y tan liviano como un copo de algodón.
Besó la flor deshojada
y todo empezó de nuevo.





Sueños

Sueños consentidos
corazón agitado
sentidos atentos
fluyen en mi sangre
deseantes burbujas
suspiros leves
sueños fluyendo
flores deshojadas en mi espalda
manos en mi vientre
aliento cálido
murmullos
sueños y sedas.





Flores en mi ventana

La tarde se viste de rosas y malvas
mientras pienso en ti
flores en mi pelo
la veranera en un florero
tarde de rosas y malvas
enciendo una vela
tu amor persistirá junto al mío
como la brisa
cuánto extraño un abrazo esta tarde
que se hunde en la noche
abismo de estrellas y luna menguante
mañana tal vez la prisa no se imponga
nos daremos un beso con aroma de rosas
eterno como las astromelias.
Flores en mi ventana
promesas de amores que regresan.





Confusión de identidades

Camino por la calle
sigo huellas
rastros
encuentro signos que me hablan
miro el grafismo de los pájaros
leo las nubes y los árboles
que me recuerdan
momentos que no he vivido
aunque los sueños se recortan
contra el cielo azul
con leves velos de nubes blancas
siento que la brisa enreda mi pelo
y recuerdo una mano que juega
en otra época que remite
a momentos que viviré cuando sea mayor
y pueda soñar despierta.

Los anteriores poemas hacen parte del libro Retazos de tinta y de papel, publicado en Cali, Colombia, año 2012.




Quién hace la paz

La paz la canta un pájaro al escuchar la trompeta
contestando a su trino.
La paz la arrulla una mariposa que estira su alas
al sol de la mañana.
La paz la dice la vendedora de chontaduros
que me saluda: niña cómo está de linda, parece una rosa.
La paz la anuncia el hombre en la plaza: Lustro sus botas, bien brillantes.
la paz la alimenta Don Marino como lo hace con los perros sin-dueño de su pueblo.
La paz la tejemos con las vecinas cuando me explican qué hago
para que mi hombre no se vaya con “la contraria”. 
La paz se hace cada día entre yerbabuena, zapayo y maíz.
La paz se aroma con anís, cardamomo y canela.
La paz se hace cada día en la cocina, en el mercado, en la carpintería.
La paz se canta y se labra en el diario afán.
Poeta di el verso y convoca la paz.



Teatro de los acontecimientos

No es en los muertos
no es en los desmembraros
no es en las casas destruidas
no es sobre la tierra
es dentro de mí.




Adiela


para todas

Adiela ultrajada,
Adiela desplazada
Adiela vejada, atacada, mancillada.
Adiela no es una estadística
Adiela es una mujer con la que conversé
varias tardes.

El horror cotidiano
sigue siendo horror.
Trato de sobreponerme
mirando la luna
y escribiendo poemas.

Adiela mejora
Adiela teje sombreros
Adiela se peina y camina.
El horror cotidiano
sigue siendo horror.

Tengo pesadillas
afuera los pájaros
anuncian la aurora
y mis ojos
tienen sombras violetas.

Adiela pinta una rosa y sonríe.
Adiela me da la mano
y siento que a pesar del horror
Adiela anuncia mañanas.