domingo, 9 de octubre de 2011

4886.- MOISÉS CAYETANO ROSADO


Moises Cayetano Rosado
Nacido en La Roca de la Sierra (Badajoz) el 18 de diciembre de 1951.Casado. Dos hijos; cuatro nietos. Maestro de Enseñanza Primaria. Licenciado en Geografía e Historia. Licenciadoen Filosofía y Ciencias de la Educación. Doctor en Geografía e Historia.Profesor de Enseñanza Secundaria. Ha sido profesor colaborador de laUniversidad Nacional de Educación a Distancia (España), de la Escuela de laAdministración Pública de Extremadura y de Centros de Formación delProfesorado de Extremadura y Portugal.Poeta, con siete libros de poemas publicados entre 1972 Y 2006: "He tenido sujeta la palabra entre los dientes" (1972), "Noticias infundadas" (1976), "Poemas en Amor Mayor" (1977), "Gritos de existencia" (1978), "Siempre Abril" (1999), "Guía de La Habana" (2000) y "Amaneceres y otros poemas en la Raya" (2004), así como dos antologías poéticas: "Primera Antología Poética" (1968-1970) y "Segunda Vuelta" (1968-2008). Premio Valbón de Valencia de Alcántara y finalista del Internacional "Apollinaire"; traducido al portugués y al francés.Narrador, con dos novelas y un libro de cuentos editados (Premio de novela corta Rosa de Oro en Bilbao y novela y relatos Felipe Trigo, en Extremadura).Ensayista e investigador, con casi dos decenas de libros editados, destacando:"Alquimia: antología de narradores extremeños"(Editora Regional, 1985);"Emigración Extremeña durante el desarrollismo español" (UNED, 1990; tesinade licenciatura); "La Emigración a Europa de la provincia de Badajoz" (UNED,1995; tesis doctoral);"Cuba: la boca del caimán" (Servicio de Publicaciones dela Diputación de Badajoz, 2000); "Abril 25: el sueño domesticado. Revoluciónportuguesa de los claveles" (Fundación de Investigaciones Marxistas, 2001);"Un paseo por la raya" (Gabinete de Iniciativas Transfronterizas deExrtremadura, 2003); "La emigración extremeña en el siglo XX" (Juntade Extremadura, 2007).Es director del Servicio de Publicaciones Transfronterizas O PELOURINHOy de la REVISTA DE ESTUDIOS EXTREMEÑOS. Colaborador de prensa periódicacomo las publicaciones españolas NOTICIAS OBRERAS, HOY, EL PERIÓDICO... o elnicaragüense NUEVO AMANECER, y publicaciones portuguesas como DIARIO DENOTICIAS, EXPRESSO, DIARIO DE ALENTEJO, LINHAS DE ELVAS, CALLIPOLE yla REVISTA ALENTEJO (de la Casa de Alentejo en Lisboa).







CIGÚEÑAS SOBRE EL CASCO HISTÓRICO DE CÁCERES.

Por encima de las torres,
y de los altos sueños de batallas,
y de las grandes letanías,
se alzan los vuelos y los nidos
de cigüeñas que reinan y gobiernan
la paz de la ciudad.

Te acompañan, curiosas, y rebasan
el Arco de la Estrella,
rondando los palacios, descansando
en los pináculos agudos
del rosario de iglesias, donde asientan
sus enormes nidales, el tesoro
de las crías que reclaman su alimento.

Todo es entrechocar de picos generosos,
aleteo gigantesco, magnífica
presencia por el cielo, aterrizaje
que adorna los contornos, los perfiles
más altos y más monumentales.

Pasear de mañana entre el silencio roto
por su insistente crotorar,
nos lleva a un mundo viejo,
redescubierto cada día,
en toda su grandeza y majestad.






Primera antología poética (1968-1970),

de Moisés Cayetano Rosado.



NOTICIAS INFUNDADAS

Tengo frío. Pero un pájaro canta. Risas
descuidadas suenan
por lo largo del mundo.
Dicen que ayer murió un muchacho
chico y la madre lloraba
solitaria. Temblaban
las maletas de tristes y vacías.
De heladas.

(Y nadie

fue capaz de encontrar una paja
para hacerle cosquillas
de muerte
a algún monstruo inhumano.)

Pasaban
Impasibles
las sombras
de
los
seres
más
diversos.


(Por mucho que te afanes, hombre,
serán siempre una brizna
que ha de dar gracias
hasta por conservar
la vida.
Y
siempre
encontrarás
indiferencia. )



Aprieta el frío.
También el viento se lamenta de ser viento. Y nadie
da por alegre su destino.
Cas-
tañean
los dientes de un chiquillo,
y se hiela su mano extendida:
Aún nadie
le entrega
una
m
o
n
e
d
a







RECORDATORIO

Yo, solitario en mi cuarto oscuro,
en mi cuarto de siempre,
donde sostuve a pulso mi dolor
y mi alegría,
me he puesto a dialogar con el recuerdo
y saltan
a la escena
los años niños, a-
ños de risas, juegos en la calle
con amigos que ya no están,
que ya no son, porque este tiempo
pasado nos distancia.
¿Dónde estará aquel carro de juguete, el pilón
de la plaza
donde a escondidas fumábamos de chicos,
jugábamos
a ser mayores, sin saber,
sin comprender
lo que los años significan?
¿Dónde el amor primero,
aquel que fue creciendo sin palabras
y se perdió
como los globos cargados de nitrógeno?
Me han vuelto de nuevo sin querer,
y no se van tan fácilmente
como se fueron los trenes,
cargados de manos
al viento,
pañuelos en el último adiós,
promesas que nunca se cumplieron.
«Te escribiré. Nunca podré olvidar
los ratos que pasamos

juntos,

tantas travesuras como hicimos.
Jamás podré olvidar.


Pero ¡no!, el hombre no se alimenta de pasados,
y más
si tiene que buscar

el pan

que la tierra le niega, y huye.
¡No! Aquello terminó y ahora,
sólo de vez en cuando,
en esta habitación de siempre,
cargada de recuerdos escondidos,
sólo de vez en cuando
puedo volver, con lágrimas
que nada justifican,
que nada pueden
adelantar,
a aquellos años
en que creíamos que el cielo estaba ahí,
ahí mismo,
y se tocaba con la mano.







NOSTALGIA

Hay palabras que ayudan. Esta tarde
hace sol; es sábado. En mi casa
dicen que «nunca
hay sábados sin sol ni mozas sin amor».
Palabras
que sostienen a pulso nuestra vida.
«Hijo,
si no fuera por ésto,
¿qué sería de nosotros en los pueblos
dejados de la mano
de Dios y de los hombres?»
Viene
un viento fresco. La montaña asoma
su cuerpo de metal por los rincones
del alma.


Hay palabras que ayudan.
Palabras que te mueven,
que te dan un golpe en las espaldas,
para que sigas tu rumbo sin pararte,
y te acarician el labio y la mirada.
Palabras como: «Amor», «Herma
nos», «Compañero».
Esta tarde recuerdo muchas cosas.
Puedo decir,
llorando de alegría,
de incertidumbre o pena,
puedo esta tarde
decir
palabras que levantan,
que acompañan al hombre
y que enseñan un poco
las rosas que podemos
lograr
entre tantas espinas del camino.






Siempre abril, de Moisés Cayetano Rosado.


ANCIANAS DE LUTO REPOSANDO A LA SOMBRA.

A las velhotas de Alentejo, con sus lutos superpuestos.
Llegaron las palabras
y no se las creyeron.
Llegaron las consignas
y tampoco quisieron convencerse.
Eran siglos allí,
amparadas ante el aire,

ante el frío,

por el lienzo ruinoso del castillo
que pueblan tijeretas, lechuzas, saltamontes,
salamandras, autillos,

murciélagos, vencejos,

confundiendo la noche con el día.
Sus manos sarmentosas saludaban al sol
pegándose a las cejas como cuencas vacías,

socavadas,

acentuando el rictus de sus labios,
insondable, profundo como el mundo.
Los lutos superpuestos
no sólo ennegrecían sus ropajes
sino la débil luz de su mirada
y las bocas inquietas, desdentadas.
¿Acaso alguna vez tuvieron esperanzas?
¿Les brillaron los ojos
pensando en las promesas, algún tipo
de alegre porvenir?
Boa taaaaarde. Dicen boa taaaaarde
cada vez que te acercas,
y a nadie reconocen.
Es pura cortesía; amables, dulces siempre,
intemporales.


¿Quién pudo pensar en removerlas
de entre sus piedras duras y sus sombras?
¿Quién en ilusionarlas
con algún tipo de canciones?
Y sin embargo,
se produjo el milagro con el grito de “Abril!”
corriendo por los campos,
pisando los barbechos,
sembrando los posíos. Ellas

fueron también

a empuñar con sus manos las azadas,
a regar con su sangre los plantíos.
Volcaron en la empresa
toda la fuerza acumulada,
todo el coraje retenido,
una pasión de madre desbocada
que huele el pan

cociéndose en el horno

y el aceite a punto en la sartén.


Ahora, todas de nuevo,
cuando aquello se fue por las cloacas
de leyes y decretos,
reposan como piedras a la sombra
del castillo que sigue

en pie, pese a su ruina.

Son otra vez sarmientos desnudos del invierno
que no confiarán más

en un nueva primavera.







Guía de la habana, de Moisés Cayetano Rosado.



HABANERA EN LA PLAZA DE LA CATEDRAL

BAJO los ojos,
de larga experiencia acumulada y brillo
de metales antiguos con lustre recién dado,
el humo surge firme; los rebasa.
Apura con los labios arrugados el tabaco;
parece que sonríe.
Mueve las carnes,
generosa presencia en el portal,
luciendo los colores chillones del ropaje
lleno de filigranas y caprichos
de niña consentida.
Los años le han pasado por encima
como un velo suave que todo lo insinúa,
pero no deja margen al acierto.
¿Desde cuándo está ahí?
La he visto tantas veces;
la he visto siempre bajo el sol implacable,
tan fresca, tan jugosa.
La he visto como entabla conversaciones largas
con sólo la mirada,
con sólo esa expresión,
la mínima expresión de su nariz alzada,
de su boca esponjosa.

Quizás arriba, el lazo,
rematando su pelo ensortijado,
sea la reliquia última del tiempo en el bohío,
de los años aún más apretados,
más sedientos si cabe,
pero con toda la vida por delante.
Ahora tan sólo un ascua,
el resplandor rebelde
de esos ojos inmensos,
delatan rebeldía
cuando pasa bailando tontamente
el comprador de falsas aventuras
y se pone ante ella
haciendo piruetas y arrumacos.
La inmensa bocanada de humo blanco
que lanza hacia la sombra que se exhibe,
refleja su desprecio.
Y hasta ese gesto es festejado
como parte integrante de su función pagada.
Ahí reside el encanto para todos.




MALECÓN

EL MALECÓN atrapa los brillos de la puesta
como una madre antigua y relajada.
Allí está la sonrisa del trabajo
de una mulata inmensa, repetida,
y la humilde oferta del maní,
la delicada mansedumbre del portador
subido a su triciclo,
la solícita presencia del que vende
lo más inusitado con tal de subsistir.
Bajan los rayos como lanzas vencidas,
arrastrando entre sus luces últimas
balseros con una carga mínima
para prender candela por otra noche más.
La curva inacabable se hace oscura
y se destacan, prendidas de luces y reflejos,
gigantescas moles cedidas al placer.
Aquí, más cerca del principio,
entre los arcos pintados de colores,
columnas, atrios, corredores, escalinatas
que de milagro se sostienen,
una chiquillería espanta lo funesto
tocando la botija, sacudiendo maracas,
bailando el son. En tanto,
aparecen las olas golpeando el rompiente,
como invitadas puntuales
a la reunión inacabable de cada atardecer.
La noche se apodera de la luz,
la vence, la doblega;
pero el agua prosigue
rebelde, ensortijada,
gritando en sus tremendos latigazos.
Brillando como brillan los ojos de fatiga,
el sudor palpitante derramado
Habana Centro adentro
desde el abrazo cálido,
desde el oscuro amor del Malecón.





HOMENAJE DEL MAR AL MALECÓN

UNA vez más,
la magia convocada acude
puntual a la cita.
Y lo que viene -por el mar-
se acerca y ruge,
es el clamor del oleaje
que acaricia y azota al Malecón.
Enciende con su luz
el perfil abombado de La Habana
y arranca con su música
las risas desatadas de sus gentes.


Esa espuma, que asciende embravecida,
sostiene la luz en desafío
pero al instante cae,
es su corona de princesa y su quimera,
con la que se pasean
amantes encendidos que dominan el mundo.

Se ha apartado la reina del maní
-mojado el cucurucho,
húmeda su ofrenda,
rebosante de sal
su cesta de placeres humildísimos-.
Se ha desviado el soberano
que sueña y pedalea
con el turista a cuestas
camino del Vedado, flor
de placeres comprados, de lujuria.
Ha dejado su puesto
de ajustado traje,
de tacones brillantes y carmín,
la amazonas que estaba recreando
un cuento de hadas que no existe,
a la sombra extranjera
vestida de colores alquilados.


Queda la soledad
y una pareja se acerca al monumento
del barco inconfesablemente hundido
un siglo más atrás:
sirvió para justificar un cambio de dominios.
Brilla con fuerza el sol.
La tarde en su final ofrece luces
de naranja encendida,
de fuegos salpicando los manglares.


Está resplandeciendo todo el Malecón
y es momento de fotos:
son las armas de la nueva conquista,
que puede ser comprada a plazos por cualquiera.
Manisera, porteador y muchacha
de ensueños renovados
recuperan sus tronos
de afanosa lucha por la vida:
la magia ha terminado
y el mar dormita nuevamente,
en tanto que maquina
otro golpe de látigo que todos esperamos.






Amaneceres, de Moisés Cayetano Rosado.


IV

AMANECER DE PRIMAVERA


Esta luz,
esta luz renaciente y olvidada,
envuelta en mil olores y el zumbido de abejas
que se ha enseñoreado del jardín,
está llenando de pájaros mi alma,
de cantos mi garganta, de alegría
el costoso vivir de la jornada.
Me crece la hierba en los zapatos,
me levantan los rayos
de un sol naciendo sin barreras,
un cielo de azul que se despierta
en la paleta de niño sin pasado.
La mimosa,
entre ramas de flores desvaídas,
atesora los mínimos cobijos, nidos
de paja, de hojarasca, dejadas allí por el invierno,
por la mano paciente de los vientos,
por el latido esperanzado
de unas alas que nunca se detienen
y vuelven otra vez al sueño del hogar.
Un caracol delata su camino
por el cristal que me separa del bullicio,
que aplauden mariposas de múltiples destellos.
Voy hasta la ventana, saco
los brazos a la vida
y vuelo hasta una flor que estaba a punto
de perder con el día su gota de rocío.






VI

AMANECER DE OTOÑO


Viene de alguna parte
un olor de dulces madreselvas y un temblor
de secos corazones que han caído
sobre el verdín de filamentos, recubriendo la charca:
conservan aún el débil tintineo
del chopo azotado por el aire,
envuelto en un lamento llegándome de lejos,
del río alimentado con las primeras lluvias.
Hace frío,
pero un pájaro canta.
Suenan las risas descuidadas que aún confían
en años de eterna juventud: así revelan
su fiesta interminada. Los granados
convocan también a otro festejo
que aprovechan
las alas zumbadoras de miles de mosquitos.
Va quedando
devastado el jardín, desnudas las higueras
que levantan sus brazos desde la lejanía,
en una despedida llorosa, desolada.
La claridad ya apenas puede
abrirse algún camino entre la lluvia fría
que está cayendo ahora sobre el campo,
una vez más,
renovando insistente su promesa
de otra explosión de vida,
que se comienza a concebir.


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