jueves, 20 de octubre de 2011

4995.- ROBERT PENN WARREN


Robert Penn Warren (24 de abril de 1905 - 15 de septiembre de 1989) fue un poeta estadounidense, novelista y crítico literario, así como uno de los fundadores de la Nueva Crítica. Fue también miembro fundador de la Fraternidad de Escritores del Sur. Warren es la única persona que ha ganado un Premio Pulitzer en los géneros de ficción y de poesía. En 1947 ganó el Pulitzer de ficción por su novela Todos los Hombres del Rey (1946) y, posteriormente, ganó dos premios Pulitzer en poesía, primero en 1957 y luego en 1979.
Robert P. Warren nació en la localidad de Guthrie, Kentucky, el 24 de abril de 1905. Se graduó de la Universidad de Clarksville en Tennessee, la Universidad de Vanderbilt en 1925 y la Universidad de California en 1926. Más tarde asistiría a la Universidad de Yale. En 1930 comenzó su carrera docente en la Southwestern College (ahora denominada Rhodes College) en Memphis, Tennessee. Ese mismo año, Robert se casa con Emma Brescia, de la que se divorciaría en 1951. Posteriormente al divorcio con Emma, contrajo matrimoio con Eleanor Clark en 1952. Juntos tuvieron dos hijos, Rosanna Warren Phelps (nacida en julio de 1953) y Gabriel Penn Warren (nacido en julio de 1955).
Aunque sus obras reflejan fuertemente la temática y el pensamiento sureño, Warren publicó su obra más famosa, Todos los Hombres del Rey, mientras ejercía de profesor en la Universidad de Minnesota (estado fronetrizo con Canadá) y vivió la última parte de su vida en Fairfield, Connecticut, y en Stratton, Vermont. Murió el 15 de septiembre de 1989 debido a unas complicaciones derivadas de un cáncer óseo.
Obra
El caballero de la noche (1939)
En las puertas del cielo (1943)
Todos los hombres del rey (1946)
Promesas: Poemas (1954 – 1956)
Poemas escogidos (1923 – 1943)
El circo del desván (1968)
Mundo y tiempo (1950)
La gruta (1959)
Recuerda El Álamo (1958)
¿Quién habla a favor del negro? (1965)
Poemas escogidos: Nuevos y Antiguos (1923 – 1966)

En el cine
Artículo principal: Todos los hombres del rey
En 1949, el director Robert Rossen la lleva al cine.
En 2006, el director Steven Zaillian la lleva al cine con un excelente reparto en el que figuran Sean Penn, Jude Law, Anthony Hopkins y Kate Winslet.





Democracia y poesía (fragmento)

Lo que la poesía celebra más considerablemente es la capacidad del hombre para enfrentar la profunda y oscura interiorización de su naturaleza y destino. Al mismo tiempo que hemos tomado y ocupado nuestro continente, nuestros poetas han explorado la crisis del espíritu estadounidense que forcejea con su destino. Ellos han enfrentado, a veces de manera inconsciente, la ambigüedad trágica en el hecho de que el espíritu de la nación que prometimos crear ha sido una frecuente víctima de nuestro asombroso éxito objetivo, y de que, en nuestro éxito, hemos empeñado la esencia misma de la nación que prometimos crear.







MERIWETHER LEWIS

Tú sabes por qué fui.
Por qué fui con tu carta en el bolsillo,
escrita en el Día de la Libertad,
el 4 de julio de 1803, que decía:

Y para dar una más entera seguridad & confianza
a todos aquellos que estuvieren en disposición de ayudarle,
yo Thomas Jefferson, presidente
de los Estados Unidos de América, escribo
esta carta de recomendación general para usted
de mi propia mano y firmada con mi nombre.
TH: Jefferson.


Pero eso no pudo salvarme.
Salvarme de la mentira. Más tarde. Y entonces fuimos.

Yo y mi querido amigo Clark, y cuarenta y tres
hombres—
Soldados, lancheros franceses, ruda gente de Kentucky,
y mi buen negro York, que dejó su progenie
en todas las tribus del continente—
y fardos de baratijas para halagar a los salvajes,
taparrabos y paños de grana y lentes para hacer fuego,
polainas rojas, mantas, medallas y pendientes.

Y así partimos; era en el mes de mayo; nos hicimos a la
vela
con la brisa del atardecer, acampamos en la primera isla.

Y así me adentré en mi vida. Y en mi muerte.
Nos adentramos en la tierra donde el cielo vuela hacia el
Oeste, como con alas.
Entramos en la tierra del aire inmenso.
Avanzamos durante un año hacia la tierra de las Montañas
Brillantes.
Así se llaman. Así se llaman todo el día bajo el sol.
Habíamos dejado hacía tiempo la tierra de las abejas de
miel.
Ni una sola después del Osage, aunque sí flores dulces en
su estación.
Y después vino la golondrina abejera. Eso no lo
entendíamos.
Había muchas cosas difíciles de entender, las montañas a
la derecha, al Norte y a la derecha de nosotros, resonaban
como campanas,
una gran campanada solitaria, y después más, y rápidas
como descarga de artillería, cañones de a seis, bien
calculada la batería.
Los Minnetaríes nos lo habían dicho. Nosotros no les
creímos.
Pero hemos oído los ruidos y no presumimos de entender.
Eso les toca a los filósofos. Nosotros éramos soldados,
y sencillos. Pero anotábamos todos los días los
acontecimientos pequeños, y los grandes.
Como cuando matamos un lobo: Hoy fue matado un lobo
amarillo.

El invierno llegó:
Los arces están chorreando miel; los
cisnes vienen volando del norte.

Mayo vino otra vez:
Los gansos tienen crías, los alces
comienzan a tener crías
los antílopes y los ciervos todavía no tienen,
las especies pequeñas
de chotocabras empiezan a chillar
Apenas hay truenos
Las nubes son generalmente blancas y acompañadas de
viento solamente


Avanzamos en la tierra. Resistimos mucho.
Y después de resistir, los gruñidos del motín. Yo lo azoté.
Él gritaba con los azotes. El indio que estaba viendo lloró.
Y yo hubiera llorado en mi corazón, porque yo lo conocía,
y sabía que no era más que uno de nosotros, en el largo
viaje.

Y sufrimos el rigor de las estaciones, rocío blanco,
insolación, y el tiempo
en que los hibernantes se retiran a su único refugio
en un mundo férreo. Y la nieve en el picacho distante
tenía reflejos azules
por el exceso de luz, y ninguna huella de animal en la
tersa
blancura de la altiplanicie, ningún brillo de ala en el aire,
y en aquel relumbrante silencio del continente
yo oía claramente el latido de mi corazón, y decía,
¿es esto la dicha? ¿Es este el nombre de la dicha?
Sufríamos las exigencias de la carne.
Tumores en las piernas, y flujo. Diviesos y postemas.
Algunos escupían sangre

Y enfermedades vergonzosas por cohabitar con la hembra
del salvaje.
Los salvajes hacían un cocimiento de lobelia y de zumaque,
las raíces.
Lo tomamos para ablandar ellúes. Da algún remedio
aunque no soberano.
Vimos y describimos los animales nuevos. Matamos al
gran oso,
uno horrible, es oso gris y no perdona.
Los hombres ven sus huellas en el banco de arena y les da
miedo.
Nosotros observamos su color y cómo sus testículos son
grandes y les cuelgan extrañamente debajo del vientre.
El corazón es de gran tamaño, y la muerte les llega muy
despacio, y con furia.
Comimos carne de perro, pero nos deleitó. Comimos
carnes raras

Y así seguimos, y yo me senté en la manta con caciques.
Dibujaron con un bastón en el suelo la disposición de las
tierras del oeste.
En un blanco cuero de alce Cabello Retorcido me dibujó
un mapa,
cómo los ríos convergían hacia el oeste buscando el gran
lago de agua amarga.
Este es el nombre que dan al océano. Pero ninguno lo
conocía.
Esto es lo que Cabello Retorcido nos contó. Nosotros
llegamos.

Estábamos acostados en nuestras esteras bajo la lluvia y
oíamos el retumbar de un océano,
pero no lo habíamos visto todavía. Al día siguiente lo
vimos.
Y Clark, mi amigo, escribió en sus papeles:
¡Oh, Océano a la vista! ¡Oh! El gozo.
Era una exclamación de orgullo ante una hazaña realizada.
Nos había costado mucho, y eso no se nos puede negar,
y el orgullo de haber resistido no se le puede prohibir al
hombre.
¡Oh! El gozo, exclamó Clark, pero la intimidad de aquel
gozo
de nuestra larga travesía juntos no fue revelada todavía.
Fue revelada hasta el regreso
cuando yo dejé de ver los rostros de mis compañeros
y tan sólo la imaginación podía decir la verdad de nuestra
experiencia común.¿La verdad? No: el último engaño.
Pero eso fue después.

Ahora era en noviembre.
Invernamos junto al mar,
y oíamos el gran retumbo uniforme cuando se abalanzaban
las tormentas.
Fue un largo camino de vuelta, y al regreso recorrimos
todas las estaciones.
Después St. Louis, y yo compartí el pan de los civilizados.
¡Los civilizados!
Y ojalá que yo me hubiera quedado
gritando con los salvajes y nunca hubiera vuelto.
El pan de los civilizados— bueno, yo había visto
al salvaje desgarrar las tripas humeantes, y la sangre
untada en los pómulos

y ojalá me hubiera hundido allí, y me hubiera quedado
con ellos,y nunca hubiera vuelto. Pero volví,
y descubrí que en los lugares urbanos del contrato civil
se exhala la vida con el aliento cívico. Tú habías mentido.
Tú me mentiste persuadiendo a mi corazón indigente
y me invocaste razones nobles para mi esfuerzo supremo.
Y por eso fui. Y volví. Y después
por un breve instante, mi experiencia pareció confirmar
todo lo que tú dijiste, y lo que yo había esperado,
porque en mi imaginación resonaba la voz del océano de noche
y los días del largo viaje juntos, y yo creía que ahora
sabía cómo los hombres pueden viajar juntos mucho
tiempo
y avanzar a través de la tierra y el tiempo,
y ser felices,
porque fui seducido por tu gran mentira de que los hombres
son capaces
de la hermandad de la justicia.
Fui hecho gobernador.
Gobernador de todo el Oeste, la sede en St. Louis.
Y las mentiras pulularon. Eran invisibles, pero zumbaban
como mosquitos en los lodazales, en el mes de las fiebres,
y la traición relumbraba como la lama verde en el agua
estancada.
Aquel Bates, con su infernal corazón que es un sumidero
y una cloaca
—aquel Bates, se sonreía. Hedía bajo el sol.
Pero Bates —
él no era sino uno de los civilizados

Y entonces huí.
No al Oeste, como debía haberlo hecho,sino al este,
y llevé mis papeles como prueba.
A la Ciudad Federal —claro está, en la capital
donde tú te habías sentado a escribir tu carta, enviándome
a la expedición,
allí iba a encontrar justicia. Por eso huí hacia el Este,
sin sospechar quién era el Gran Traidor.

Llegué a Tennessee, a Chicksaw.
Bebí en Fort Pickering, contra mi costumbre.
No comprendía mi embriaguez.
Y después encontré en el bosque el Rastro Natchez,
y huí. Huí de mis compañeros, de sus voces
De mi criollo, mi negrito, el buen Mayor Neeley.
Huí del rostro humano y de la sonrisa, y cabalgué.
Cabalgué hacia la Justicia. Iba a matar la calumnia
de que yo había malversado los fondos y medrado, de que
yo—que había dormido bajo las grandes estrellas—
había picado a los dólares como el gorrión al estiércol.
Sí, eso dijeron. El propio Gobierno
negó mis libranzas, rehusó a mis fiadores,
me devolvió aquel documento para fastidiarme, y yo
pagué.
Pagué de mi bolsa. Pero las mentiras crecían. Yo huí.
Al atardecer llegué a la posada miserable.“Grinder's” se llamaba.
Una mujer con chiquillos, enferma
de trabajar.
El marido fuera. Dos chozas solitarias en el monte.
El angustioso maizal lleno de troncos quemados.
Pedí agua y la tomé, pero no mucha.
No comprendía mi agitación.
Me senté en la puerta a contemplar la tarde
mientras retornaba la paz por un breve rato.
“Es una tarde hermosa”, le dije a la mujer,
pensé en la belleza de la tarde, avanzando a través de la
tierra hacia el oeste.
Ahora en mi cabaña la mujer extendía mis ropas,
pieles de oso y de búfalo. Me acosté sobre ellas.
Pero no dormí. Meditaba en la justicia.
Me levanté y hablé en voz alta y dije las verdades.
En medio de la agitada oscuridad dije las verdades.
Porque de pronto comprendí que no había Justicia.
No, no para mí, ni para nadie, porque el corazón humano
odia a la justicia porque es humana.
Oye, si yo hubiera conocido la verdad del corazón.
Si no hubiera soñado que el bien se alcanza, aunque no
fácilmente.
Si no hubiera soñado que el hombre al fin es el amigo del
hombre
y que pueden viajar juntos largo tiempo y gozarse en la
constancia.

Si no hubiera amado y vivido tu mentira, entonces no
hubiera ido desprevenido y desarmado
a encontrar el fin —¡Oh, la vida salvaje era bella!—
pero a encontrar, en el fin, la impenetrabilidad del corazón
humano.
El descubrimiento llegó tarde, y yo no estaba preparado.
Por ti no estaba preparado. Yo te odié.
Y cogí el arma cebada y cargada, y destrocé
de un tiro el cerebro, y liberté la mentira
para que se fuera volando, y me dejara dormir.
Pero no podía morir. Y grité pidiendo agua.
Me arrastré a la luz de la luna y restregué la calabaza en
el cubo.Pero el cubo estaba vacío, y nadie venía.
No podía morir. Grité: “No soy un cobarde,
no soy cobarde, sino que soy fuerte, y me cuesta morir.
”Me acordé entonces de cómo había muerto el gran oso,
despacio y con furia, bajo los ciruelos.
Yo lo conocía.
Al alba morí.


(Fragmento de Brother to Dragons)





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