miércoles, 19 de octubre de 2011

CHUEI YAGI [4.972]


CHUEI YAGI

Chuei Yagi [Niigata, Japón 1941], licenciado en artes de la Universidad Nihon, fue director de la revista de poesía Gendaishi Techo y la editorial Shichosha. Actualmente publica la revista Ichiban samui basho y enseña en el Colegio Femenino Universitario de Aoyama-Gakuin. Algunos de sus libros son Kinniku no uta, Yagi Chuei shishu, Kogarashi no do y Kumo no engawa.

Galardonado con el Premio Hanatsubaki.


El paraguas de Sakutaro*

Una intensa noche de lluvia
una voz llamó desde el jardín.
Era un hombre que lloraba
con un aire distraído
con el rostro borroso
por causa de la sombra de un paraguas.

¿Quién eres? Pregunté.

Con voz triste,
mostrando los dientes blancos
y una picardía en la sonrisa respondió:

Soy Sakutaro Hagiwara, dijo.

No estaba llorando, solo ebrio.
En una taberna del rio Ebigawa
había bebido mucho y no estaba a gusto.

Sube, dije, por un momento.

Cargando su dudosa sombra mojada
ascendió por el corredor de la casa
y sentados, las piernas en cruz,
sin decir palabra, bebimos copiosamente.

La lluvia cae más fuerte, sin cesar.
Entrada la mañana
el borracho Sakutaro duerme y ronca.
A su espalda, el ojo de la serpiente del paraguas,
se abre y se cierra.

*Sakutaro Hagiwara (1886-1942),
es el fundador de la poesía moderna en Japón.


Debajo del puente rojo

Debajo de un puente rojo
corre tibia el agua

Hay personas que tiemblan y fluyen
su alma vacila y fluye
botes pesqueros de algas se deslizan sin parar

-Marchen, marchen soldados marchen

Cruzando debajo del puente hacia el muelle
un viento hediondo derrumba triciclos y coches de niños
debajo de las faldas se ven piernas desconocidas
Aquí está el límite entre el calor y el frío
Aquí las gaviotas repiten
-Se desbordan, amor,
amanece

Debajo de un puente rojo
corre el agua tibia

Al abrir el armario hay un océano
que fluye y refluye en la memoria
El río y el mar se enredan, se acoplan
brincan las lubinas jóvenes
hay gritos de pescadores todo el día

Una barca vieja va arrastrando la historia de toda su vida
Brotan tarareos de un niño mocoso
Soldados, marchen...

Con un palo medio podrido
pico una flor de trompeta trepadora
¡Ay! Me duelen las tetas

Debajo de un puente rojo
fluye el agua tibia

Oye, todo se deforma con facilidad
se cae tan rápido
se vuelve lodo

-Déjalo,
Déjalo,
¡NO!


Primavera y peñas

Mi agitada respiración
no me deja dormir por más que quiera;
en una noche como esta
gatos salvajes mojados
atraviesan las paredes.
Un whisky tibio fluye por el pasillo
creciendo en surco
Las hierbas cercan el jardín
creciendo como agujas.
Parece que no puedo dormir
plop, plop...

Algo cae en el río detrás de mí
-¿Será una estrella?
Unas rocas se sienten solas
otras charlan sin parar
Encima del bosque al margen del río
se aglomeran algunos muertos
aullando un canto con olor a bestia

Los futones y las almohadas vomitan entrañas
algo frío atraviesa crujiendo el Tiempo
Sujetado por la noche de insomnio
¿no puedo hacer otra cosa que
cargar todo el peso de mi propia respiración?
Miro las peñas
¿lo que se oye es la caída de la estrella?
Plop, plop.

Bordeando los párpados de las peñas
la primavera retorna como si nada
Los futones dan saltos mortales
Las almohadas saltan
Los huesos salen del armario para jugar

El sueño está arrastrado por los gatos
y se hunde en el surco del whisky

Plop, plop
El río se lleva lejos
el sentimiento de las peñas
La ciudad acaba de abandonar
la lucha


Corre Kerouac

Un atardecer de otoño
estando de pie en Times Square
acaso yo intentaba cortar en pedazos
un sueño momentáneo
Grandes y tristes
se cruzan los vientos de la bandera de Estados Unidos
y las estrellas vocean

En medio de la animada avenida de los sueños
corre Kerouac
Siguiendo su sombra
una máquina de escribir, echando humo
habla sin parar
¡Plaf! se chocan los taxis amarillos
Desde el grueso brazo de un taxista
me hace guiños la tatuada América

Cada vez que sopla el viento cálido
la tierra se tambalea

Oh lunático
católico místico
vigilante del incendio forestal del Servicio de Silvicultura
Se derrumban las nubes de la cumbre
Una isla optimista da un alarido
lavada fuertemente por el río
¿De dónde he venido caminando?
En esta ciudad hay de todo no hay nada
policías a caballo
muslitos de mujeres

Ay, el dolor me parte la cabeza
Kerouac corre
Un perro corre arrastrando arcoíris y estrellas
Los vaqueros azules huelen a sudor
Alegres mexicanos se desmayan
En este continente también fluyen nubes ZEN
Los árboles negros susurran
Yo me detengo en Times Square para preguntar
¿Qué es el arcoíris?
Oh Señor; es el aro de los pobres.
Tú, viajero de verano a otoño
sé un madero humilde.



EL TREN

El tren sigue corriendo hacia el cabo de la península. Sumidagawa. Arakawa. Shin-nakagawa. Edogawa -ha atravesado ya cuatro ríos. Delante de la joven de abrigo rojo sentada al lado de una puerta, hay un hombre a un paso de la vejez, borracho, se mantiene de pie a duras penas, está tambaleando agarrándose al pasamano. Yo también estoy bastante borracho. Esta noche no lo he pasado tan mal. De repente, el hombre ¡Plaf!, pega su cara en la palanca del pasamano. A duras penas coge las gafas que se le resbalaban y las pone en su sitio. Por un instante asoma la cara atónita, y vuelve a bambolear. ¡Idiota! Puede ser jefe o subjefe de sección de alguna empresa. Detrás de las gafas sus ojos están atontados y es muy difícil para él mantenerlos abiertos. Quiere sentarse cuanto antes pero no hay ningún asiento libre. Yo también estoy de pie. La chica joven no parece cederle su asiento, no le interesa nada el borracho que está justo delante, y con la cabeza baja está acariciándose la punta de los dedos. Parecen ágiles y están pintados de rojo; me llaman la atención. ¿Cómo bailan y se desordenan
cuando su dueña está excitada? –una vaga idea ocurre a mi mareada cabeza. Están ardidos, su abrigo y sus uñas. En cambio, el hombre de mediana edad ya parece totalmente ajeno al deseo y con los ojos cerrados, está a punto de caer de rodillas -¡Chica, no le cedas tu asiento de ninguna manera! –y yo, observando a cada uno, me entretengo con ideas absurdas. ¿Está aquí después de hacer horas extras, o del cine, de una charla, o algunos amoríos? Cubierta por el abrigo rojo está tan cerca y es cálido el mar interior de  esa mujer. –Tío, ¡nunca dejes que la chica se apiade de ti! Puede que esté aquí después de una fi esta de fi n de año y haya bebido tanto refunfuñando de esto y de lo otro. El
mar seco en el interior del hombre ha declinado. De ese mar sólo emergen formas de canto helado y deprimente. Por nada del mundo los dos mares fl uirían. La cosa es así. El viento furioso atraviesa la península corriendo. Con innumerables mares ajenos, el tren se precipita a un océano oscuro. 



Los poemas incluidos en esta antología fueron
traducidos por Akiko Misumi.




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