viernes, 24 de septiembre de 2010

CAROLINE BIRD [1.255]



Caroline Bird 



Nació en Inglaterra en 1986. Poeta y dramaturga. Ha obtenido diversos reconocimientos, entre ellos: The Foyles Young Poets of the Year Award, 1999 y 2000 y The Peterloo Poets Competition for Young Poets, en 2002, 2003 y 2004. Obra poética: Looking Through Letterboxes, 2002; Trouble Came To The Turnip, 2006; Watering Can, 2009. Ha leído poesía y hablado sobre la misma en muchos programas de radio de la BBC incluyendo Finelines, Woman’s Hour y The Verb, y la BBC le encargó su relato breve, ‘Sucking Eggs’, emitido en 2003. También escribió y realizó dos películas para la reciente estación de poesía de la BBC. Dirige talleres de poesía en escuelas y ha sido profesora en the Arvon Foundation. Actualmente es presidente de la Sociedad de Poesía de Oxford.




UNA CANCIÓN DE AMOR

Mucho antes de atarnos al compromiso, se instala Divorcio.
Se sienta en la escala traviesa, palmeándose las rodillas.

Coronada con una toalla salgo de la ducha
y él está allí, me entrega el billete de una rifa.

Él juega a la pelota con los niños del barrio,
con una tiza hace cruces en sus puertas y les compra Big Macs.

Golpeando con su puño el interior de su sombrero,
él había abierto la puerta de una patada, ese día de sol en Leeds.

Mi madre no lo podía creer: “ella tiene sólo diez años,
es imposible que lo haya contactado.”

Miró atentamente mi joven rostro y me dio su tarjeta.
“Llámame cuando te enamores, estoy aquí para ayudar.”

Quizás haya olido algo en mis feromonas,
un cinismo alzándose desde mi dientes de leche.

Con chicle, pegaba notas en los ramos de flores de San Valentín:
pequeñas cartas de vida con tinta gris real.

El futuro tornea dos llaves para una nueva pareja.
A mis veintiuno, Divorcio ocupó una de las habitaciones.

Le encanta respirar a través de la boquilla de la tetera, hacer
que nuestro café matutino tenga un sabor maduro y triste.

Nos espera junto al auto dejando que sonoras Tic Tacs,
caigan lentas por su garganta, hemos pensado en apuñalarlo,

pero es un calígrafo tan talentoso: nuestras invitaciones
al casamiento lucen elegantes como perlas.

Él compró un novedoso juego de imanes para la nevera,
una muñeca desnuda con vestidos de novia intercambiables.

Divorcio y yo en ocasiones nos sentamos en la cocina
lanzándole extraños atuendos magnéticos a la nevera.

Él cocina, cuidando de la sopa,
introduce su cucharón como un mayordomo espectral.

Él recoge margaritas para mí, hace mixtos mis casetes, susurra
“dime D”, en breve levantará el velo.

Después de la luna de miel, arreglaremos el desván,
le haremos a Divorcio su propio apartaestudio.

Debemos mantenerlo dulce, afirma mi prometido,
mirarlo a los ojos, esconder sutilmente los fósforos,

recuerden que tenemos un pirómano en casa.
Los vecinos creen que estamos locos por mimarlo

como a un niño atesorado, calentando sus pies fríos,
sólo arrullamos a Divorcio con largas canciones de amor hasta que duerme.



HEY LAS VEGAS

Hey Las Vegas, ¿Nada puede salvarnos
de ti? Hey basureros de botellas y el Tesco Metro,
bostezos del lunes, síntomas de gripa,
la taberna en la estación Waterloo. Todos ustedes son Las Vegas
y yo soy su adicta.

Hey Las Vegas, eres una insolente salchicha
¿o no? Intercambiando mis amantes mientras
estoy bajo las sábanas, viendo cambiar tu tatuaje. Los besos comenzaron
en la ciudad del pecado- sea York o Durham-
moriré contigo, Las Vegas.

Hey Las Vegas ¿puede una muchacha de York
beber tanto como tú? Construí un casino en la habitación,
aposté mi Biblia de hotel y perdí una semana. Sólo una, Las vegas,
una pizca de estado de coma, polvo nariz arriba
y soy una reina para ti.

Hey Las Vegas, porto mi traje de Elvis
para ti, con lentejuelas para la camioneta de hamburguesas en Liverpool,
salón de la última oportunidad en Wheterspoons con amor andrajoso
vuelto glamuroso para los arruinados, Las Vegas,
Las Vegas en nosotros.




LA ALEGRÍA ES COMO UN CERDO HAMBRIENTO

La alegría es como un cerdo hambriento, pues siempre
hay una batea llena, y los niños se embadurnan con ella las narices
y los padres deben bañarlos con mangueras en el jardín.

Existe un rumor de que si demasiada alegría se te pega
a la ropa, empezarás a gruñir como un cerdo y tus dedos
se transformarán en pezuñitas, pero eso lo dicen

los hombres y mujeres del piso de arriba con sus cuchillos y tenedores,
tratan de hacernos sentir miserables, ellos no desean ver cerdos hambrientos
y felices haciendo cabriolas en sus boleras de inercia:

quién sabe, quizás las antiguas casas de té se levanten
de sus cimientos de concreto y comiencen a marchar
entrando en la Charing Cross, silbando con sus teteras ¡Soy joven!

“¡Soy joven! ¡ Soy Joven ¡” produciendo el pandemónium
del CERDO HAMBRIENTO, entonces (piensa en ello)
una bola de barro aterrizará en el mentón de quien te rechazó

y antes de que lo sepas, la loca alegría embadurnará las paredes
como si fuera excremento y tú serás la única limpia,
de pie en un campo seco junto a una carretilla vacía.



EL MARTES PASADO

Extraño tanto a mi Martes. Hoy tuve un
Martes, pero no fue lo mismo. Tenía un sabor extraño.
Había indicios de que ya había sido abierto.
El sello de seguridad estaba roto. Alguien lo había envenenado
con jugo de Miércoles. De hecho, pienso que hoy
realmente fue Miércoles, pero el gobierno
intentaba hacerlo pasar por Martes, retrasando
mi clase de tenis un día, reacomodando
las servilletas. Envié una carta al MI5, a la CIA
y al resto. Yo sé que tienen mi Martes.
Lo retienen para experimentar con él pues
era tan enloquecidamente feliz. Yo sonreía dormida
cuando dos hombres cubiertos de la cabeza a los pies con inmensas
medias negras lo hurtaron de mi mesa de noche. Estaba ahí.
Precisamente ahí. Pero, cuando desperté, había
desaparecido. Su miércoles hurtó mi Martes.
Ese jodido Miércoles, totalitario y tragamierda
cogido por nubes hurtó mi inocente
Martes. Ahora todo se torna realmente ridículo:
los días cambian cada semana, es como una avalancha.
Tan pronto comienzo a acostumbrarme a un día, conocer
los corredores, encontrar la llave del locker, suena la campana
y repentinamente es Jueves, o Viernes, pero no
el pasado Viernes o Jueves, ellos son diferentes,
con rodillas como pústulas, ojos sin gracia:
nunca sabrás hacia donde se precipitarán.

En la oficina de objetos perdidos, retrasé la cola,
mientras hablaba con el empleado, le dije : “Es verdoso,
con una boca que se abre hacia un patio trasero. Pero, sólo tenían una caja
de Viernes salvajes que algunos jóvenes habían extraviado en Tailandia.
(Tomé un par de esos para calmar el dolor) Luego
me rendí. Ignoré los días, y ellos me ignoraron.
Bebí Red Bull en las ruinas de los monasterios,
revisando calendarios de muertos realzados digitalmente:
Gene Kelly descargando una nueva versión de
Cantando en la lluvia en su delgado Apple Mac.

Ahora el tiempo a nadie le importa un carajo. El happy hour
dura toda la tarde. Puedes ponerle un sombrero a un cadáver,
enviarlo a su trabajo. Puedes enterrar a un bebé.

Sofisticados consejeros vistiendo chaquetas retro de lanilla
insisten en que mire hacia el futuro. Habrá otros Martes
para disfrutar, me dicen, nuevos prados de los Martes.
Mentira. Hallé mi Martes en la cama de otro.
Sus mandíbulas estaban embadurnadas en gel aterciopelado
y su voz se había corrompido. Fingió ser un Sábado,
sin embargo yo podía verme reflejada en sus ojos, un yo
más joven, soplando la brisa con mi trombón de plástico.
“Perdóname” dijo mi Martes, sacando su mano desde el interior
de una mujer. “No fue mi intención decepcionarte, pero tampoco
podía ser por siempre perfecto, tú me estabas sofocando.
Incluso los recuerdos más sagrados necesitan desahogarse.”



NUESTRA INFIDELIDAD

Los cisnes morían en la calle, los taxis
zigzagueaban para esquivar sus delicados
cadáveres y yo agitaba el vino en mi copa
a la luz de una vela en un restaurante mal iluminado,
un dolor entre mis piernas y una grieta
en la ventana, para la culpa.

Era tanto el calor humeante de nuestra infidelidad
que las camareras dejaban caer los platos, pasaban
sus dedos bajo el chorro de agua fría, y los cisnes
-como lo he dicho- estallaban junto al río.

No necesitamos besarnos: el firmamento ya había
comenzado a arder, la gente desnuda aullaba en
sus abrigos de gasolina a través de las luces navideñas,
un vicario parado sobre una caja de jabón, en algún lugar, juzga
nuestras almas y un niño mugriento -probablemente huérfano-
canta “¿dónde está el amor? ¿Estará bajo los sauces?”

Los sauces para entonces ya no existían,
sólo muñones humeantes y mitones carbonizados
colgando en el aire. Pero eras tan hermoso,
que casi no tenía importancia que un auto chocara
cada vez que sonreías. Yo, casi podía opacar
el sonido de las sirenas y el desasosiego apocalíptico.

En el paradero del bus, te dije -telepáticamente-
no fue culpa nuestra: los cisnes muertos,
las alcantarillas hirvientes, el calor. Mañana
regaderas gigantes colgadas de grúas derramarán sus aguas
en nuestros respectivos jardines donde nuestras respectivas
parejas bailarán humedecidas por la inocencia.



DEMACRADA

Agobiada,
rendida,
acarreé todos mis problemas
a la escuela,
compré una mansión de Lego
que nunca terminaron de armar,
pagué a través de la ventanilla
los veinte gramos de goma de pegar brillante,
bebí la leche achocolatada,
aprendí danés con el propósito de leer
El patito feo, en su lengua original,
no logré terminarlo, frustración, fracaso,
mi quinto cumpleaños un desastre total,
“Prefería tus primeros trabajos” me dijo una niña con sarampión
“Eran más crudos, más ricos,
estos pastelitos parecen estar demasiado cocidos,
los superiores intentaron calmarme dándome un pitico,
la plastilina se desintegró en luminosa ceniza,
mi novelita sobre el hipopótamo
fue mal interpretada como una comedia,
Miranda, esa zorra astuta,
leyó su poema en el aula,
se titulaba ‘Mi muñeca’,
una mierda pretenciosa:
inmadura,
torpe.





LOS DESTRUCTORES DE HOGARES

Con una palanca de hierro sobresaliendo de mi
mochila, deambulé con mi banda de golpeadores,
tirando cigarros encendidos en las pajareras,
masticando jaulas de conejos, incluso el aserrín,
peleando como gatos con los cercas. Si no desean
huevos en sus portalámparas no nos preparen
la merienda. Hemos sido expulsados de
Legolandia. Grrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr.

Nosotros sí construimos un centro, ‘Destructores de hogares
Anónimos’, pero Frankie cortó la cinta con una
motosierra, así que nos reunimos en un descampado.

El primer hogar que destruí fue cosa de principiantes.
Lápidas de engrudo honraban a aquellas
personas que yo presionaba desde nuestras pancartas,
una tetera desarrolló una fina sonrisa
fue entonces que me aventuré:
fue como si la casa se suicidara.
la lámpara introdujo su sombrero en el horno a gas.
Los árboles aullaron proyectiles de sabia,
y estaban tan pero tan tranquilos, sosteniendo
la desmembrada asa de una taza de café,
convencidos que todavía éramos agradables,
a pesar del fuego, a pesar del asbestos
cayendo sobre los tapetes como nieve de emergencia.

Histérica y necesitada entre los escombros, traté
de ser buena. Distribuir el amor con el que pinché
ese colchón inflable que no me pertenecía,
mantenerme a distancia de sirenas de oscuros ojos azules,
cruzar la calle para eludir el local donde venden petardos,
pero nosotros – me dice mi patrocinador-
tenemos un defecto en el ventrículo,
nuestro ritmo cardiaco va ‘tres, dos, uno...’

Un día me encontré con otro destructor de hogares.
Nos sostuvimos las manos sobre una paella carbonizada.
¿Me vas a dejar? Nunca.
¿Me vas a dejar? Nunca.

Y nunca lo hicimos, a pesar de que soldados color caqui se agazapaban
en laceradas piscinas de plástico y todo el lado oeste
ardió dejando las cenizas de una corista y la habitación
de mi infancia implosionó quedando de ella sólo un medallón
endulzado con una foto derretida y el noticiero nos declaró
una tragedia internacional y los Budas de plástico
lloraron lágrimas de sangre y nuestro olvidó entrelazó botellas de
Southern Comfort bebidas a grandes tragos por guitarristas y
mis brazos y piernas colgaron como tiras de pasta y las concavidades
de tus ojos fulguraban como cuevas carmesí sin embargo yo besé
esa mano sobreviviente y deslicé un tornillo en ella.





LA BOLSA DE VALORES

Tú puedes tener mi cuerpo, esa es la menor
de mis preocupaciones. Le he dado mi cuerpo
a lo horrible y sanitario, con la esperanza de que
podría obtener algo por mi mente. Sólo un maní.

Ella ofrece su mente, ese es el problema menos
apremiante. Ella entrega su mente al club intelectual de rugby
con la esperanza de obtener algo por su cuerpo.
Sólo la huella de un pulgar.

Él arroja lo atesorado, ese es el menor de sus
talentos. Él le brinda lo atesorado a una ciudad
de árboles huecos con la esperanza de obtener algo
a cambio de sus entrañas. Sólo una gota de sudor.

Yo di mi amor, esa es la menos vacía de mis
reservas. Di mi amor al bello y enfermizo rosa
con la esperanza de que podría obtener algo a cambio
de mi corazón. Sólo un instante afable para mí misma.





FLORES SALVAJES

Estaré sobria el día de mi casamiento,
mis huevos intactos dentro de mi cesta,
mi lengua dormida en su bandeja.

Levantaré mi pecho para remunerar
a los bebés con su líquida comida,
estaré sobria el día de mi casamiento.

Con mis manos, separaré la paja,
anidaré en mi cesta dorada,
mi lengua dormida en su bandeja.

Bailaré con las vacas y empalagada
haré girar mi ruleta cubierta de pasto,
estaré sobria el día de mi casamiento.

Caeré sobre rodillas enlodadas y rezaré,
retorceré las sábanas con fervoroso celo,
mi lengua dormida en su bandeja.

Las campanas de la iglesia se estremecen en la bahía,
los dedos del viento impulsan el acuerdo:
estaré sobria el día de mi casamiento,
mi lengua dormida en su bandeja.





TIRANO

Cuando nací, el tirano envolvió mi cuello
con una cinta roja y susurró, “Si te quitas esto
se te caerá la cabeza.”

Cuando cumplí los nueve, me quité la cinta y mi cabeza
permaneció en su lugar, pero los abuelos de todos comenzaron a morir.

Mi primer anillo de compromiso, a los quince años,
parecía un trozo de tubería. El tirano me dijo en esa ocasión
“Si te lo quitas, se marchitarán tus manos.”

A los diecisiete, arroje el anillo al drenaje
y mis manos permanecieron ágiles como pececillos
pero en todas partes niñas gordas se sacudían como tractores mojados.

Cuando conocí a X , una tuerca se aflojó en el cuello del tirano,
“Si te aplicas esto, el amor con líquido corrector blanqueará tu carrera.”
X me hacía feliz y al tirano eso no le gustaba.

Descubrí al tirano comiéndose mis formularios de ingreso a la universidad.
“Sólo deseo lo mejor para ti” me dijo,
con la boca llena de masticada ambición.

A los veinte, mi tirano engendró diez pequeños tiranos
jurados a la Biblia de las malas noticias.
X estaba malherido “Si salvas esto, te dejaremos por muerto”
dijeron los tiranos.

Sin embargo, tan rudo como los numerales romanos, X y yo marchamos con ímpetu por la nave de la iglesia como un vendaval. Sólo la verdad,
nada de brutales oraciones.

Cuando crecimos, los tiranos cruzaron un arco iris
a través de un agujero negro y dijeron,
“Si lo sacan de allí, se tambalearán.”

Cuando estuvimos serenos, retiramos el arco iris,
y sin anillos, cintas rojas o arco iris, nos sostuvimos.

Traducciones de Esteban Moore






COMPAÑERA DE APARTAMENTO

Mi sombra se remangó sus sueltas, sucias mangas
se deslizó del banco donde yo estaba sorbiendo jugo,
hurtó de mi bolsillo con su dedo en forma de gancho,
reptó de vuelta con panecillos y una costumbre peor.

Mi sombra permaneció fiel hasta la hora del almuerzo,
miró GMTV de cabeza en la cama,
accionó la rueda de su encendedor y desapareció.
El aire se expandió con hábitos fibrosos y fruncidos.

Yo no soy su madre, no puedo acecharla
desde la luz de la calle hasta la caneca de la basura con zapatos enmudecidos.
Volvió metiéndose por la trampilla del gato para cenar
masticando negros chicles de vino y luciendo su sonrisa lasciva.

Mi sombra apretó una bolsa de agua caliente
en mi costado abierto y me arropó.
Su celular temblaba como un hábito.
Un jirón de media velada engarzado en un portazo.

Mi sombra arrastró otra sombra hasta la casa
sus ojos dilatados con la podrida luz del sol.
Yo dormí debajo de la cama con los secretos
viendo como crujían los resortes de la cama por su fantasmal peso.

Por la mañana, empaqué mis cuadernos vírgenes,
mi muy limpia ropa interior, mis revistas de salud.
Mi sombra me dijo que yo era una amiga del buen tiempo.
Se burló de mí: “¿Quieres vivir como una palmera?

¿Quieres caminar con pelirrojas en la playa,
beber leche con hombres de trajes blancos y, petulante,
enorgullecerte de estar avergonzada de mí?
Mi débil muñeca tomó torpemente la manija de la puerta.

Sin sombra, los años siguientes fueron borrosos.
Las bendiciones se disolvieron en mi lengua como hábitos.
Un grado, una casa libre de humo, dos niños inteligentes,
un reloj de sol en el jardín trasero, indicando el mediodía.

Horas antes de mi muerte, hallé a mi sombra
tiesa, esquelética, en la mecedora.
Sus pies se habían palmeado de tanto caminar. El rechazo
había engordado sus costumbres, succionado sus huesos.

Yo le hice un ofrecimiento. Que preparara mis párpados
con pintura de guerra, sombreara mis costillas con murmullos,
y se colgara las llaves de la puerta en su cinturón. Y al caer la noche
estaba yo tendida bajo la cuna, presa del miedo.



DECLARACIÓN DE INDEPENDENCIA

Porque tengo un rostro honesto y una tendencia
a darlo todo hasta que el agua corra clara.

Porque para mí nunca se trató de una conversación.

Porque uno piensa que si lo menciona en un poema
el puente te amará recíprocamente.

Porque el puente te comerá viva.

Porque es algo como estar en un cuarto de hotel
con tu oreja pegada a la pared.

Porque todo el mundo está teniendo sexo en sus carros,
sin ningún control y nada de culpa.

Porque me quité la piel para poder sentir
los pétalos caer suavemente sobre mí.

Porque vine a ti sin piel.

Porque si todos nos quitáramos la piel
nada podría herirnos.

Porque la primera regla del baile de salón
es nunca besar a tu Némesis.

Porque la verdadera alegría es siempre mortificante.

Porque yo llevé mi amor y lo apreté
contra tu mano y cerré tus dedos
en torno a él y te dije: “Es un regalo. Cuídalo.
Es polvo de oro”. Y luego huí bajando
por unas escaleras mecánicas.

Porque los mentirosos tienen lenguas que saben a sorbete.

Porque la gente más peligrosa del mundo
piensa que son buenas personas.

Porque Dios nos dio el libre albedrío como un chiste.

Porque me morí y mi fantasma te envió correos electrónicos
tratando de venderte unas vacaciones en una casa flotante en el Medio
Oriente.

Porque yo llevaba una pica y tú un cincel.

Porque todos los adultos son hipócritas.

Porque yo tengo la intención de ser niña para siempre, incluso
si tienen que llevarme encajonada en una camioneta blanca.

Porque soy temeraria en todo lo que tiene qué ver con el dolor.

Porque mi maldito ingenio hace que las tapas de las canecas de basura
se me peguen.

Porque este es el último poema que voy a escribir sobre este tema}
por hoy.

Porque Charles Bukowski puede irse a la mierda.

Porque si una estrella del rock acuna a otra estrella del rock
las pinturas famosas se empiezan a borrar.

Porque la ira es causada por falta de mimos.




LA HIJA DEL MAESTRO HERRERO

Ella enterró a su padre bajo un monolítico obelisco gris
y luego avivó el fuego para un hombre que fabricó
motores rotativos para hilanderas, hasta que un día
él la encontró fundiendo un cañón en la sala.

“Los asustas”, bramaron las gárgolas,
asombradas ante su pecho de fundidora al volver
remilgada de la iglesia. Perforando sus orlados guantes
con sus dedos titánicos, santo Dios, ella trataba de ser paciente.
Pero ellos se desmayaban como bolos
y, cautelosos, metían los atizadores en sus altos hornos.

Después, en el centro de Holborn,
un orador en una plataforma improvisada
defendió la utilización de la turbina hidráulica
con tan inflexible fervor, que a ella se le puso la carne de gallina
como baldes en un cinta rotatoria.
Este predicador podría disfrutar su martilleo nocturno de herraduras.
Las llaves de gancho, sin embargo, dañan los nuevos diseños.
Su pecho de su alma gemela contenía una percha para senos.

El herrero le advirtió sobre los relámpagos
antes de morir, apretando el cuello de su hija:
“¡Nunca cedas!
El amor diluye la sangre de hierro, vuelve de caucho las vigas”.
Escudriñaba desde el ataúd hecho especialmente para él —el cajón
a su medida en el que durmió sus últimos años—
mentalmente quitándole el cuero cabelludo a sus potenciales amantes:
“ese marica ni siquiera puede hervir un solvente,
y mucho menos tu grandiosa, exasperante alma”.
Pero aquel predicador de la turbina hidráulica no era un hombre con fallas,
era una muchacha. Una muchacha con una caja de herramientas.

Intercambiaron planos durante la cena.
La comida se heló en sus platos
bajo las chispas de los escudos de sus rostros, soldándose.
“Ansío”, dijo la muchacha, “construir un artefacto”.
“¿Un artefacto’”
“Sí, un artefacto celestial”.
La palabra “artefacto” trazó calientes disertaciones en sus entrañas.

Compraron un terreno, se lanzaron besos
por los huecos de los mangos de sus picas,
mimaron entablados, como bebés a sus espaldas,
partieron los cordones umbilicales de tubos de desagüe robados,
hicieron girar un gancho de pelo de cobre gigante, trasplantaron
entonces las venas del río, en bellos jarros de latón,
se canalizaron en ondulada dicha.

Con las piernas cruzadas en un balcón
sostenido por escaleras soldadas, negociaron
palitos de zanahoria entre los felices y aglomerados dientes:
“¿Esto es una cita?”, preguntó la muchacha, pedaleando con la mano
una nube de lluvia.
La hija de hierro evadió
el balanceo del gancho de grúa. “¿Qué hemos construido?”
“Solo Dios sabe, pero el zumbido es maravilloso”.

Pasaron diez semanas, engranando cadenas con una rueda catalina,
oprimiendo grandes botones rojos cuando —¡ay!—
una lluvia terrible cayó sobre Londres. “Yo no soy fácil”,
sonrió la mujer de hierro, “un cementerio-recuerdo de hombres,
como lentejas de agua barridas por el viento; ¿estás segura de tu estómago?”
Desde torrecillas vibrantes, observaron cómo se aflojaban los goznes:
muescas que escupían tuercas adornando el azul con nuevo y excéntrico clima.

Un planteado diagonal tajó el aire, paraguas ensangrentados
ensuciaban a Piccadilly, peatones atravesados por perdigones celestiales.
Colgados de una cuerda de alambre, a la muchacha se le incrustó una puntilla en el cerebro
y entró en coma.

Junto a la cama del hospital, la mujer hierro tintineaba canciones de cuna
en un xilófono, mientras la muchacha, medio muerta, susurraba:
“¿Esto es una cita? ¿Esto es una cita?”.
La hija del herrero pensó en los hombres
que la amaban como macho con grandes venas en sus muñecas,
carne lista para ser herida, extática en la cabecera de la cama.
¿Qué estaba haciendo? Toda esta ternura, esta sensación
de culpa y de maravilla.
¿Por una muchacha? ¿Por una maldita muchacha —no hecha de hierro?

“Yo no quería construir un artefacto, ¿sabes?”,
dijo la muchacha, enferma y con su cuello de cisne sobre la almohada,
“Yo quería excavar un embalse.
¿Eso hubiera funcionado, no es cierto, excavar un embalse?
La mujer de hierro sólo por compasión le dijo:
“Sí, sí, mi amor, un embalse hubiera durado”.


Traducción de Nicolás Suescún






Virgin

If I was a virgin I could streak across your garden,
drape myself across your armchair like a portrait of a lady
who is unabashed and simple as a cherry in a bowl
and only dreams of ponies and weekends by the seaside,
sipping unchartered water from a baby-blue decanter,
sighing with her slender throat and saving herself.

If I was a virgin I could wear white in winter,
read your dirty magazines with a shy and puzzled look,
like I didn’t know a crotch from a coffee-table, darling
I could scream blue bloody murder
when you caught me in the shower,
snatch a towel around my outraged breast,
my eyes awash with droplet tears.
I wouldn’t hold your hand in public, if I was a virgin,
I would never spill spaghetti on my jeans.
My voice would be as gentle as an angel blowing bubbles,
I would be terrified by frisbees and sports of any kind,
I would always ride my bicycle side-saddle.

If I was a virgin I’d look great in a bikini.
I’d feed you grapes and rye bread
and my hands would smell of soap.
You would hold me in your arms like a precious piece of crockery,
I would sob into your jacket, you would gasp inside your pants.

If I was a virgin, you wouldn’t look at other girls,
you would spring-clean your apartment
before you asked me round for supper,
give me your bed, spend the night on the sofa,
dreaming of the gentle way I breathed inside my bra,
my nightgown would remind you of fragrant summer orchards,
and nobody would know my mouth tastes of peaches
and I thrash in my sleep like a baboon.




POEMS

You can find a selection of Caroline’s poetry below. Her new collection ‘The Hat-Stand Union’ is available to buy now.



THE DRY WELL

In the dry light of morning, I return to the well. 
You think you know the outcome of this story.

Sunshine is a naked, roaming thing like hurt. 
A well is a chance embedded in the ground.

The well was dry yesterday and the day before. 
You think you know the lot about sunshine –

an early bird knows sod all about perseverance. 
Good people, you lay down your curling souls

on the dust and surrender. I swing my bucket.
If the well is dry today I will come back tomorrow.

(from ‘The Hat-Stand Union’)






MYSTERY TEARS

A poem about hysteria

You could order them from China over the Internet. 
The website showed a grainy picture of Vivienne Lee 
in Streetcar Named Desire. 
It was two vials for twenty euros 
and they were packaged like AA batteries.

They first became popular on the young German art scene – 
thin boys would tap a few drops into their eyes then 
paint their girlfriends legs akimbo and faces cramped 
with wisdom, in the style of the Weimar Republic. It was 
sexy. They weren’t like artificial Hollywood tears, 
they had a sticky, salty texture
and a staggered release system. One minute, 
you’re sitting at the dinner table eating a perfectly nice steak
then you’re crying until you’re sick in a plant-pot.

My partner sadly became addicted to Mystery Tears. 
A thousand pounds went in a week
and everything I did provoked despair. 
She loved the trickling sensation. 
‘It’s so romantic,’ she said, ‘and yet I feel nothing.’ 
She started labelling her stash with names like 
For Another and Things I Dare Not Tell. 
She alternated vials, sometimes 
cried all night.

She had bottles sent by special delivery marked  
Not Enough. A dealer sold her stuff cut with 
Fairy Liquid, street-name: River of Sorrow. 
Our flat shook and dampened. I never  
touched it. Each day she woke up  

calmer and calmer.

(from The Hat-Stand Union.)




A LOVE SONG

Long before we tie the knot, Divorce moves in. 
He sits on the naughty step, patting his knees.

Crowned in towel, I step out the shower 
and he’s there, handing me a raffle ticket.

He plays kick-about with the neighbourhood kids, 
chalks crosses on their doors and buys them Big Macs

Socking his fist into the bowl of his hat, 
he’d kicked the gate wide, that sunny day in Leeds.

My mum was incredulous, “she’s only ten,
she can’t possibly have made contact with you.”

He clocked my young face and handed me his card. 
‘Call me when you fall in love, I’m here to help.’

Perhaps he smelt something in my pheromones, 
a cynicism rising from my milk-teeth.

With gum, he stuck notes on Valentine’s flowers:   
tiny life-letters in factual grey ink.

The future cut two keys for a new couple. 
On my twenty-first, Divorce took the spare room.  

He loves to breathe down the spout of the kettle,
make our morning coffee taste mature and sad.

He waits by the car, slowly tapping Tic-Tacs 
down his throat. We’ve thought about stabbing him,

but he’s such a talented calligrapher:
our wedding invitations look posh as pearl.

He bought us this novelty fridge-magnet set,  
a naked doll with stick-on wedding dresses.

Divorce and I sometimes sit in the kitchen,  
chucking odd magnetic outfits at the fridge.

He does the cooking, guarding over the soup,
dipping his ladle like a spectral butler.

He picks me daisies, makes me mix-tapes, whispers 
‘call me D,’ next thing he’ll be lifting the veil.

After the honeymoon, we’ll do up the loft,
give Divorce his own studio apartment.

We must keep him sweet, my fiancé agrees,
look him in the eye, subtly hide matches,

remember we’ve an arsonist in the house. 
The neighbours think we’re crazy, pampering him

like a treasured child, warming his freezing feet,
but we sing Divorce to sleep with long love songs.

(from ‘Watering Can.’)





VIRGIN

If I was a virgin I could streak across your garden,
drape myself across your armchair like a portrait of a lady
who is unabashed and simple as a cherry in a bowl
and only dreams of ponies and weekends by the seaside,
sipping unchartered water from a baby-blue decanter,
sighing with her slender throat and saving herself.

If I was a virgin I could wear white in winter,
read your dirty magazines with a shy and puzzled look,
like I didn’t know a crotch from a coffee-table, darling
I could scream blue bloody murder
when you caught me in the shower,
snatch a towel around my outraged breast, 
my eyes awash with droplet tears,
I wouldn’t hold your hand in public, if I was a virgin,
I would never spill spaghetti on my jeans.
My voice would be as gentle as an angel blowing bubbles,
I would be terrified by frisbees and sports of any kind,
I would always ride my bicycle side-saddle.

If I was a virgin I’d look great in a bikini.
I’d feed you grapes and rye bread 
and my hands would smell of soap. 
You would hold me in your arms like a precious piece of crockery,
I would sob into your jacket, you would gasp inside your pants.

If I was a virgin, you wouldn’t look at other girls,
you would spring-clean your apartment
before you asked me round for supper,
give me your bed, spend the night on the sofa,
dreaming of the gentle way I breathed inside my bra,
my nightgown would remind you of fragrant summer orchards,
and nobody would know my mouth tastes of peaches
and I thrash in my sleep like a baboon. 

(from ‘Trouble Came To The Turnip’.)




WILD FLOWERS

I will be sober on my wedding day,
my eggs uncracked inside my creel,
my tongue sleeping in her tray.

I will lift my breast to pay
babies with their liquid meal, 
I will be sober on my wedding day.

With my hands, I’ll part the hay,
nest inside the golden reel,
my tongue sleeping in her tray.

I’ll dance with cows and cloying-grey,
spin my grassy roulette wheel,
I will be sober on my wedding day.

I’ll crash to muddy knees and pray,
twist the sheets in tortured zeal,
my tongue sleeping in her tray.

Church-bells shudder on the bay,
fingered winds impel the deal:
I will be sober on my wedding day,
my tongue sleeping in her tray. 

(from ‘Watering Can.’)





PLAYING AT FAMILIES

When you can pick up your mother in thickset hands,
roll her over and tenderly remove her wings.

When you can rip off your father’s moustache
with a twitch of finger and thumb,

telling him, ‘It’ll never do good with the ladies,
not any more.’

When you can place them on your shelf,
like miniature models, knowing that every night

they search the bedroom,
looking for lovers and empty wine bottles,

but melt into the carpet when you open your eyes.
When you can arrange your grandparents in tiny velvet chairs

and gently put them in the embers of the fire,
soothing them through cooing lips

that you’re ‘Well fed and educated,’ so there’s no need to worry.
When you can put your relatives in separate boxes

to make sure they don’t breed or cut each other’s hair
while you’re out of the house.

When you can lift them, light as a feather, kiss them
and tuck them in matchbox beds,

making sure your family are locked in innocent slumber,
before leaving to go clubbing every night.

When you can do all this, then you have to face the guilt
when finally, after too many years, you creep back in

to find each wide awake and crying
that they hadn’t known where you were.


(from ‘Looking Through Letterboxes.’)





No hay comentarios:

Publicar un comentario