jueves, 30 de septiembre de 2010

JUAN GUSTAVO COBO BORDA [1.317]



Juan Gustavo Cobo Borda


Es un poeta, crítico literario, periodista y diplomático colombiano nacido en Bogotá, Colombia en 1948. Su obra poética, crítica, antológica, investigativa cultural y editorial, constituye referencia obligada en la literatura colombiana de las últimas décadas. Fue director de publicaciones del Instituto Colombiano de Cultura, Subdirector de la Biblioteca Nacional de Colombia, Secretario Cultural de la Presidencia de la República, Asesor cultural de las embajadas colombianas en Argentina y España así como embajador en Grecia. Dirigió por varios años las revistas literarias Eco y Gaceta. Su poesía ha sido traducida al inglés, francés, alemán, griego y otros idiomas.



Obras principales:



Consejos para sobrevivir (Poemas, 1974)
Salón de té (Poemas, 1979)
Casa de citas (Ensayos, Caracas, 1981)
Ofrenda en el altar del bolero (Poesía,1981)
Todos los poetas son santos e irán al cielo (Poesía, 1983)
Historia portátil de la poesía colombiana (Ensayos críticos, 1984)
Poemas orientales y bogotanos (1992)
La musa inclemente (Poesía, Madrid, 2002)
Lengua erótica (Antología poesía erótica hispanoamericana, 2004)
Cuerpo erótico (Antología poesía erótica hispanoamericana, 2005)



Tiene además, numerosas antologías, monografías y otras compilaciones sobre poesía colombiana e hispanoamericana, así como ensayos y estudios críticos sobre importantes pintores del país.




Epitalamio

Dame luz que yo seré tu sombra.
Dame agua que yo seré tu sed.
Es tan corta la eternidad
para empezarnos a querer.

Acúname
en la desvalida tibieza
con que todos nos sabemos
inermes y desnudos.
Cobíjame con la fuerza
que yo te daré.

Abre siempre el día
con un vibrante
sonido de trompeta.
Cierra siempre el día con la flauta dulce
que aviva el fuego secreto
de la intimidad.
Conjuguemos un plural
tan férreo como libre.

Déjame ser la niña que corría en el jardín.
Déjame ser el niño que ganaba el mayor premio
y seguía jugando indiferente y feliz.
Mis sueños más oscuros se han hecho clarividentes para ti.
Respeta mi utopía, que es la tuya también.





Búsqueda

¿Qué aguijón
nos obliga a ir
tras espejismos?

¿Con qué fuerza
irreprimible
la sugerencia
de la dicha
nos encadena
a imágenes obsesivas?

Mares que rugen
dejan abierto un abismo.

Aquel que conduce
al más vasto
continente desconocido.

Las feroces selvas
donde late
el corazón imbatible
a la espera de quien
vuelva música
su delicado,
su atroz latido.







Las madres terribles

Se creen perpetuamente jóvenes
y amigas descomplicadas de sus hijos
pero los castran con sevicia.

Expertas en el chantaje afectivo
proclaman a los cuatro vientos
lo invaluable de sus sacrificios.

Hasta que un día,
con la cara manchada por el cigarrillo,
reciben el portazo
con que sus hijos se van,
rotos pero felices,
escupiendo sobre su falacia
de carceleras honestas, francas y comprensivas.

Se quedarán atónitas
en busca de un almuerzo, una salida,
una misa, un psicoanalista.

Las comidas con bolero,
guitarra y amante efímero
que aleje por pocos días
el espectro de su rostro
ya roído
por la grandeza inconmensurable
de su infinito vacío






Grecia de nuevo

Playas ásperas de piedra
y el sol y la luna
conviven bajo un mismo cielo.

Aroma de cordero
y las estatuas caídas,
al desgaire,
entre los matorrales del museo.

Tiendas de dulces, recargados de miel
y siempre el tropel bullicioso
de empleados públicos en huelga:
Maestros, médicos, oficinistas.

Pequeñas iglesias
saturadas de incienso
y en los muros,
del génesis al Apocalipsis,
la historia integra
con su dorada aura
de icono bizantino.

Los ritos ortodoxos
se vuelven aun más puros
en el recoleto jardín de los monasterios.
Ese silencio venció a los turcos

Grecia zarpa de nuevo
para detener, hoy como ayer,
los toscos ídolos persas
y sus reyes rudos.





Confesión

Tu olor
-el incontrovertible
y brutal olor del amor-
permanece intacto
mientras los besos
se volatilizan
en su propio júbilo
y la humedad
se hace una con la piel.
Tu olor, en cambio,
impregna hasta la médula.
Hasta ese lugar recóndito
donde el deseo anida
y obliga a dejar intactos
los platos del almuerzo
y a danzar de nuevo
hacia la cama,
muertos de hambre
de amor.





DE VIVA VOZ

El amor es monstruoso.
Ya no recordamos
si alguna vez
fuimos otro distinto
de quien sólo existe
para escuchar una voz,
una exigencia brutal,
la dulzura inenarrable
de un "te adoro, te adoro, te adoro",
un sarcasmo helado,
un sol bajo el cual
todo florece de nuevo.
(Cuando ella gritaba "loco"
y la espuma de su vientre
desbordaba fresca y ávida).


El amor es mortal:

te congela los pies
si huyes de él.





AUTÓGRAFO

A los poetas de antes
les pedían, generalmente, un acróstico.
Sólo que ahora,
cuando el rencor es la única palabra
que sé pronunciar,
¿con qué enrevesada caligrafía
(letra palmer, ¿no?)
lograré transmitir el profundo desprecio
que hay en mí?
Aprieto los dientes, y sigo,
exento de todo romanticismo:
mi tarea consiste
en redactar notas necrológicas
dos o tres veces al año.
A quien se debate, también,
entre el abandono y la lástima:
tal podría ser la grandilocuente dedicatoria,
y luego los prolijos catorce versos,
llenos de almíbar.
Qué decirte
que no te hubieran dicho ya,
la muchacha de la casa, la tía solterona:
resignación y experiencia.
A los libros, quítales el polvo;
ordena el closet, y consigue aquellas matas
que siempre has querido para el balcón del
apartamento.
(La tragedia consérvala en secreto).




POÉTICA 

¿Cómo escribir ahora poesía,
por qué no callarnos definitivamente
y dedicarnos a cosas mucho más útiles?
¿Para qué aumentar las dudas,
revivir antiguos conflictos,
imprevistas ternuras;
ese poco de ruido
añadido a un mundo
que lo sobrepasa y anula?
¿Se aclara algo con semejante ovillo?
Nadie la necesita.
Residuo de viejas glorias,
¿a quién acompaña, qué heridas cura?




CAVAFIS

Las calles de Alejandría están llenas de polvo,
el resoplido de carros viejos y un clima
ardiente y seco cerrándose en torno a cada cosa viva.
Incluso la brisa trae sabor a sal.
En el letargo de las dos de la tarde
hay un ansia secreta de humedad
y el tendero busca en sueños, con obstinación,
la áspera suavidad de una lengua inventando la piel.
Bebe con avidez el agua amarga de la siesta
y despierta cansado por ese insecto que vibra insistente.
La frescura de la tarde desaparece también
y su única huella fue este sudor nervioso
y el bullicio que minuto a minuto agranda los cafés.
Pasan los muchachos, en grupo, alborotando
y aquel hombre comprende
que ninguna palabra logrará atrapar sus siluetas.
La noche devora y confunde
haciendo más largo su insomnio,
más hondos sus pasos por sucias callejuelas.
El amanecer lo encontrará contemplando
ese velero que abandona el muelle
y atraviesa la bahía, rumbo al mar.




Retórica

Que tus errores no sean frutos del azar o del prejuicio
sino que tú los elijas
como quien elige su remordimiento
y el consiguiente castigo.
Y que conozcas, por fin,
tu íntima flaqueza y una abyección distinta.
Inútiles tus disculpas ante eso que aflora:
la cursilería, tan mal gusto.
Y que ojalá la libertad, arduamente conseguida,
te devore y te anule
concediéndote la dicha inadjetivable
de ser tú mismo
o sea nadie, nada;
apenas algo que se repite, y se repite.



Consejos para sobrevivir

I

Tu recuerdo me acorrala
y un animal, débil y acezante,
cura sus heridas con paciencia.
Me huelo buscando en mi piel
huellas de la tuya
y hay algo ciertamente espantoso
en dormir sin ti.
Repito,
un poco cansado de recalcar lo obvio,
que te quiero y ojalá nunca me olvides.
Pero esto es, o pretender ser,
un poema de amor.
Borra el énfasis,
diluye todo grito patético
y recuerda que la mayor sabiduría
consiste en desaparecer a tiempo.

II

Ahora, cuando mi vida
se parece cada vez menos a mi vida,
recorro las calles de piedra del pasado
y contemplo, turbio de asco e ira,
cómo todo se reduce a la muy larga torpeza
de incesantes comienzos.
Recuerdos enmohecidos, malas costumbres
y ese desasosiego que nos acoge
con rubor inevitable: la cobardía.
Repugnancia por días inmundos
y el seguir, con terquedad,
prisioneros de nosotros mismos.
Vieja y sagaz
la tristeza adivina nuestro único rostro valedero.
Entretanto, en el bosque nocturno,
el cadáver florecía de deseo.


Nuestra herencia

En verdad sólo los viejos odian con razón.
Sólo ellos han hecho el duro aprendizaje
de la trampa doméstica
Oponen así un aire paternal a la usura de los días
y logran llegar inmunes
al tumultuoso desorden de la fiebre,
la boca llena de flemas,
escupiendo sangre y maldiciones
mientras las visitas comienzan a retirarse, en voz baja,
y reanudan su charla en la habitación vecina:
pésames y condolencias.


¿Perdí mi vida?

Mientras mis amigos, honestos a más no poder,
derribaban dictaduras,
organizaban revoluciones
y pasaban, el cuerpo destrozado,
a formar parte
de la banal historia latinoamericana,
yo leía malos libros.
Mientras mis amigos, las más bellas,
se evaporaban delante de quien,
indeciso, apenas si alcanzaba
a decirles la mucha falta que hacen,
yo continuaba leyendo malos libros.

Ahora lo comprendo:
en aquellos malos libros
había amores más locos, guerras más justas,
todo aquello que algún día
habrá de redimir tantas causas vacías.


Ofrenda en el altar del bolero

¿Habrá entonces otro cielo más vasto
donde Agustín Lara canta mejor cada noche?
¿O seremos apenas el rostro fugaz
entrevisto en los corredores de la madrugada?
Aquel bolero, mientras el portero bosteza
y los huéspedes regresan ebrios:
aquel que habla de amores muertos
y lágrimas sinceras. Los amantes
se llaman por teléfono para escuchar
tan sólo su propia respiración.
Pero alguien, algún día, cambiándose de casa
encontrará un poco de aquellos besos
y mientras tararea:
Déjame quemar mi alma en el alcohol de tu recuerdo
escuchará una voz que dice: La realidad es superflua.


Salón de té

Leo a los viejos poetas de mi país
y ninguna palabra suya te hace justicia.
Ni nube, ni rosa, ni el nácar de tu frente.
El pianista estropeará aún más
la destartalada melodía,
pero mientras te aguardo,
temeroso de que no vengas,
Bogotá desaparece.
Deja de ser este bazar menesteroso.
Ni la palabra estrella, ni la palabra trigo,
logran serte fieles.
Tu imagen,
en medio de aceras desportilladas
y el nauseabundo olor de la comida
que fritan en la calle,
trae consigo algo de lo que esta tierra es.
En ella, como en ti, conviven el esplendor y la zozobra.



El 25 de febrero de 1984, siendo las seis de la mañana, Aurelio Arturo se me aparece en Buenos Aires

Tú estás muerto pero sobreviven los versos.
La ciudad que fue la tuya quizás también esté muerta.
¿O acaso Bogotá continúa en un inhóspito juzgado;
en un encorbatado oficinista
que toma tinto y lee El Tiempo?
Tu amistad, que conmigo fue buena,
no requiere de anécdotas.
Sobrevive en la alta prosodia
con que soñaste un país verde.
En el gesto, casi negligente, con que pusiste,
sobre la página en blanco, “lunas de cáscara de huevo”.
Ciertas gentes que como tú en la luz se desvanecen.
Lo dice Bergamín: Poesía es convertir
un momento histórico
en un instante eterno.
Bajo tu ancha sonrisa de seguro alentaba el mal genio
—esas cosas se advierten—
pero me aburre intentar tu silueta.

Corbatín, sombrero y chaleco: viejos tiempos.
No fuiste guía ni estrella
pero nos enseñaste a callar a tiempo.
Lejos de minucias estériles continuabas leyendo.
No citaré tus poemas.
No los usaré en contra de los necios.
Sin tener a mano tu poesía, te veo en sueños.




Retrato al óleo con sombrero y bastón del poeta cubano Gastón Baquero

Allí está, con su isla a cuestas
evaporada cada noche en el sueño
y reconstituida en el verde amanecer del poema.
Escrito a mano, cada verso
se baña en el aceite original
de un escalofrío nuevo.
No rompe con el pasado:
se limita a agregarle una palmera.

La brisa pasa por el sonajero
mientras monedas y llaves
tintinean en sus bolsillos cada día más anchos.
Más generosos de juguetes traviesos:
un galeón de Manila dentro de una botella, por ejemplo.
El café con leche manchó su corbata
pero su ancho sombrero
de pastor presbiteriano
recompone el equilibrio del universo.

Astuto como un leopardo de Kenia
lo acompañan un negro, una mandolina
y un ajiaco
con el hervor de todos los frutos de la tierra.

Lo inventó todo
y todo le hace genuflexiones con su cabeza
asintiendo ante el danzón de su palabra,
cariciosa y alerta.

Que las diosas del mar lo preserven.
Que la luz del Caribe
fecunde, por fin,
el pedregoso camino que no termina en Salamanca.
Que allí reine, ancho, plácido, terrible,
como cualquiera de sus certeros poemas.



Borges sueña el otro descubrimiento

La runa es una huella
sobre la superficie de la tierra. 
Siémbrala con palabras
que sean granos de centeno, ajonjolí o avena,
Semillas más duras que la muerte.
De allí brotan las diosas
y con leve pie
salpican de girasoles
todo cuanto tocan.

Los héroes, dorados al fuego,
llenan de brío
la página ruda como cuero de carnero.
Por ello, entre hielos,
barcos daneses descubren América

Eric el Rojo, con espada de hierro,
trae un sol anterior a Dios.

Pero también el olifante
para beber un arroyo de lúpulo
o convocar a la guerra.

El largo cuerno, de toro o reno,
anuncia invierno o primavera
pero el otoño es tiempo
de amarillos pergaminos
con sus trazos elocuentes
y su caligrafía de erguidos árboles verbales.

(Sólo que ese dibujo de conceptos
se ve salpicado por diminutas hojas verdes.
Lenguas que vibran impacientes
caldeando el vaho de una boca
al exhalar el poema).

Antes que las naves,
la imaginación toca tierra.




Entrega

Ninguna fue más seductora.
Ni tuvo piel más tersa.
Ni se entregó con más abandono
al besarla debajo de la barbilla
ni irradió más alegría
desde las cinco de la mañana
hasta las diez y media de la noche.
Ni conversó con más entusiasmo
en su propio idioma.
Ni descubrió tanto mundo
—las luces del semáforo,
las gotas de lluvia
en el vidrio—
como esta mujer
de cinco meses apenas
a cuyos pies
caigo rendido




A Paloma


SHERAZADA

Es solo una historia
que invento ahora
para mantenerte
encantada.
Encadenada.

La de quien quiso
estar presa
y bendijo sus llagas.

Llama que arde
sobre piel que llama.

Eso te cuento,
Sherazada.





BÚSQUEDA

¿Qué aguijón
nos obliga a ir
tras espejismos?

¿Con qué fuerza
irreprimible
la sugerencia
de la dicha
nos encadena
a imágenes obsesivas?

Mares que rugen
dejan abierto un abismo.

Aquel que conduce
al más vasto
continente desconocido.

Las feroces selvas
donde late
el corazón imbatible
a la espera de quien
vuelva música
su delicado,
su atroz latido.




CINCO SENTIDOS

Te hablaré con música.

Así tus ojos
escucharán el asombro.

Al saborear la fruta prohibida
sentiremos
como bajo la piel
se palpan
nubes, arroyos, lejanías.

Exhalas el turbador perfume
de la aquiescencia consentida.

Inventamos nuevos sentidos.




LÍNEAS

Quisiera detenerme
en este día.
Permanecer en el mapa
de una piel
recorrida por milímetros.

Ardida y consoladora
como
la caricia de un niño.

Piel que obliga,
en hospitales y clínicas,
a que la muerte pase de largo
encandilada por ese fanal
al rojo vivo.



ORIGEN

La tarde se derramaba
morada y húmeda.

Un aire tibio
cura
las pieles fatigadas del día.

Y algo imprevisto
trae consigo
las incipientes ansiedades
de quien se asoma a una búsqueda.

Otea el ritmo
de tantos cuerpos
que en la pista de baile
de las calles
se intuyen
fulgurantes y únicos.

Pulidas las máscaras
para resistir así
el inmisericorde rayo
de una sola mirada
que nos traspasa desnudos.

Es la vida misma
quien te marca y te busca.

Asoma en los intersticios.

Se vislumbra en lo que tachaste
con transparente blancura.

Dice todo cuanto no dijiste.

El nombre que la saliva
amasa en la lengua
para hacerlo suyo,

El légamo de la vulva
abriéndose para recibir
esa fluida sustancia
que siembra y vivifica

La palabra errante
clavada en su sitio.




PACTO

Si ahora solo hay
plazos fijos
y amodorrada fatiga
porque me sacudes
con el vibrante latigazo
de tu risa?

Y pones sobre tantas
y tan erosionadas ruinas
el airoso pendón
de tu belleza imprevista?

Como cuentas de servicio
que llegan inexorables cada mes
—la luz, el agua,
la palabra y el fuego—
pareces naufragar
entre deberes ineludibles.

Pero traes también consigo
aquella legendaria ilusión
que caldea el pulso
y nos obliga a mirar,
con distracción obsesiva
el vasto enigma de la lejanía.

Por ello me consagro
a tu servicio,
honor y herida.,
entre desfallecimientos e ímpetus
para reestablecer ese sucio amasijo
de podredumbre y dulzura
de donde brota
un jardín y un circo.

Lo muy poco perdurable
que sobre esta tierra subsiste.





 .


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