viernes, 24 de septiembre de 2010

1246.- RAFAEL PATIÑO


Rafael Patiño. nació en Medellín (Colombia) el 13 de marzo de 1947. Poeta, pintor, traductor, bioenergético. Autodidacta, ha trabajado como profesor universitario en áreas tales como francés, inglés, arte cibernético. Colaborador de destacadas revistas y periódicos nacionales e internacionales. Ha traducido poesía de muchos rincones del mundo, para el Festival Internacional de Poesía de Medellín. Conferencista en el área de medicinas alternativas. Obra poética: El Tras-ego del Trasgo, o de las nueces astutas del desastre, 1980; Clavecín Erótico, 1983; Libro del Colmo de Luna, 1986; Canto del Extravío, 1990; Le Néant Perplexe, Bilingüe francés-español, 1999; Máscaras de Poesía Negra, Selección y traducción de poetas negros de África y las Antillas, 2006 y Opera quinta, 2006.




A la sombra luminosa de los hongos

Para Fernando Rendón

También yo buscaba el escarnio verbal,
El alfabeto de pieles de las incursiones nocturnas
Colgaba en jirones de mi conciencia,
Soñaba un caldero de oro
Todos los verbos hirviendo.
Era joven y cínico
La noche unía toda licencia en mi ojo
Dije lapso y silencio, vicio y sílice
Produje gritos y escalofríos
Bebí los venenos más variados
Para exorcizarme de mí mismo,
Pero en vano.
Como un animal que anhelara el sueño de un dios
Dejé que el blanco paraguas me devorara ser adentro;
Del sol descendió una membrana viviente
Y entre el hervor verde de la hierba
Empujando la tela de la vida
Un yo monstruoso vociferaba
-El rumor quebradizo del agua
Me ayudó a proscribirlo-.
Sobre la colina, con los brazos extendidos
El ser escindido murmuró espirales
Bebió grandes pulmones de fantasma
Y entre la niebla comprendió
Que la realidad razonable asfixia los sentidos.

Al regreso hallamos llameantes flores;
Habíamos atravesado otro abismo
E inclinando la cabeza
Recibimos la mañana.






¿De qué habla tu boca cuando callas?

Vienes desde el silencio y tus pasos quedos llenan el ámbito de la alcoba
Y mi boca rompe tu cristalino silencio
Y me acerco quedamente como si no fuéramos más que labios agitados moviéndose en la pecera del aire
Todo está quieto incluso los corazones se agazapan para tomar el aire enloquecido del deseo y tu boca me toma y me deglute y me convierto en lábil labio de tu boca y te vas muriendo allí donde sabemos, en ese lugar oscuro y tibio y húmedo donde nace tu océano velludo, allí donde comienza el mundo y se teje el quejido y el desmayo y voy chupando tus montañas y sorbiendo tus valles y la noche se inocula en tus ojos para que el grito pueda urdir la locura de tenernos, así de lejos como Estambul y Oaxaca y cabalgo la noche sobre tus muslos donde la espuma habla de otras olas más espesas y lunares y tu boca se desnuda en un lenguaje de pétalo y me dices lo indecible que te desgarra la entraña y por tus pechos lloran mil faraones y se desbocan todos los corceles del desierto y me murmuras un poema lascivo y las palabras atan con cintas todos los cuerpos del mundo para que tú y yo nos desatemos




IV

Vine yo a pisar
Las piedras cariadas
De mi senda
Cuando un escalofrío arreció a mi espalda,
Algunos fósforos asfixiados
Con sus brillos fugaces
Esplendieron en la ranura de mi mirada,
Un rock que gemía en un ático
Fue apagando los gritos citadinos
De mis muertes sucesivas.
(De los Cantos de Orodissi)






Una letra

Una letra cuyo nombre nadie conoce. He aquí que me aproximo con ojos incrédulos para agarrarla con mi boca pero ella se evade y se vuelve un sonido imposible. En cuclillas, todos mis sentidos intentan descifrarla pero en vano. Elle se vuelve gorda y enferma con la luna llena pero cuando la ola la llama ella viene a mojar su esqueleto invisible entre su luz. Me impongo una total concentración a fin de hallarla e incluso de revelarla pero ella se esconde entre mi cerebro con tal fuerza que la suma de mis músculos no sirve sino para exacerbar el sentimiento de impotencia de mi búsqueda vana.



Una letra que resume las letras del alfabeto de Sumeria, cifra quieta donde todos los océanos de pensamientos se allegan. Yo la sumo, yo la extraigo con total cálculo geométrico y cuando estoy a punto de murmurarla, se desliza por la pendiente de mi lengua y entra en el laberinto del silencio donde me extravío una vez más. No es de verdad. De buena gana te la diría mi aventurero lector. De buena gana te la murmuraría lectora hechicera. Entonces os invito a entrar allí en ese laberinto donde los cinco elementos componen el cuerpo humano con total delicadeza.



Cuando la noche se aproxima con su metalurgia yo espío entre los árboles su fugacidad semejante a la velocidad con la cual se desplaza un rayo de luz al levantarse del sol entre las ramas de un bosque sagrado. Mis pupilas convertidas como en espejos la reflejan pero aunque yo pudiese encontrar entre mi pensamiento su reflejo no puedo ni siquiera describirla o reproducir sobre el papel su huella impalpable.



Algunas veces entre esta noche ancestral de mi obsesión se escucha el sonido –semejante a aquel que el viento hace al atravesar el patio vacío-, de los pasos ligeros de esta letra que se desplaza con tal velocidad que no se podría medir la altura o el peso que tiene. Últimamente ha adquirido la costumbre de chupar mi sangre, operación increíble a la cual yo me entrego de buena gana porque un sueño recurrente me vacía luego que esta letra vampira huye escalas arriba de mi cuarto. En este sueño la letra se metamorfosea en mujer que cabalga mi pecho conduciéndome a una especie de sofocación que me hace desdoblar en escritor de poesía.



Yo bebo las perlas lechosas de sus senos mientras que mi alcoba se ilumina con el poderío de sus ojos. Hechicera y amante a la vez ella se disfraza con un vestido de sombra transparente, de forma que se la podría suponer vestida de seda sub lunar. Unos músicos dementes vienen a descortezar sus canciones sobre el borde recamado de la noche para seducirla, pero en vano. Sólo la poesía que le susurro calma su inaprensibilidad. En cuanto se duerme los timones interiores que sostienen su delicada estructura de letra fingen una calma dudosa, el presagio de la tempestad sobre los débiles tallos de mi emanación.



Es entonces cuando me encuentro en la encrucijada, mis sentidos confusos, como un paciente acabado de eterizar veo desfilar, semejantes a perfiles de hierro a mis vecinos de antaño. A punto del escarnio mi boca murmura una palabra increíble que una vez pronunciada no se puede asegurar de nuevo que haya sido lanzada por los dientes y la lengua y el paladar y esta garganta humana a punto de cantar. Pero no hay canción, ni palabra, ni letra, la noche recurre a un camino invisible y yo corto el paso a mi sombra.



Sangrar, he aquí la ocupación arrollante de un ser obsesionado en recorrer los pasillos del deseo. Uno cabalga el viento fiel de la pasión, uno sangra a cada instante. Uno bebió los venenos que la noche exuda al comienzo del amanecer y de inmediato el escalofriante deseo viene a repetir su operación aritmómana. Es entonces cuando nuestra mirada prendada por la intoxicación negra que la noche ha dejado allí percibe el contorno de esta letra que no me atrevo a murmurar.




Al contemplar las múltiples formas con las cuales la pasión ocupa el aire de mis pulmones, debo hacer un esfuerzo de más para restringirme cuando todas las vías de mi ser que allí conducen no hacen sino subrayar mi costumbre. Oh boca palpitante cuyos cuchicheos y murmullos, los silbidos provistos de pequeños pedazos de alma que vienen a decir muchas más cosas que todos los diccionarios donde se encuentra escondida mi palabra imantada que para siempre habita en mi carne.






Balada de Juan Arturo el Galo

Desértico el ojo se queja de la noche
Y un perro asirio husmea en la garganta

Aunque antes me creyeran loco
Por mi costumbre vesperal de jades humeantes
La loyolesca risa de Verlaine, sus amigos idiotas
Irritaban mis noches de glándulas y gemas

Es que no comprendían que yo era en todos ellos
El olímpico afán de la inconstancia






El invitado de mí mismo

Soy el invitado de mí mismo; la sombra bajo mis pies se mueve como un río cuyas orillas se encuentran lejos de mi cuerpo.
Soy anfitrión que a mí mismo me asiento, la luz sobre mis pies acecha mi sombra cuando viene a mojar su hocico en un rayo de luna.

¿Habría de ser un caballero en la lid consigo mismo cuando duermo junto a los clavicordios del inquieto estanque?

Soy el invitado de mí mismo y juntos cavaremos aquellos invisibles recintos que nos hospeden con su hermoso escalofrío.



*

Yo soy el invitado de mí mismo, vivo entre el vacío que he dejado para alojar mi sombra;
Alcanzo mi menuda verdad cuyas marismas brillan entre semillas de islas para plantar sobre la frente del día,
Entonces vengo a mí mismo como vendedor de atrevidas alquimias; me esfumo y vuelvo a ser navaja de brillante luna que corta la tinta roja de un beso entre la sombra…
Vengo y voy al pie de hierbas y matices y me pregunto cómo vino a ser trazado el vuelo del sinsonte o la larga cinta arco irisada del colibrí en ese soto de bosque donde habitan nuestras almas, pero no hay respuesta, todo es misterio ahora en este mundo innumerable…

Yo es otro distinto a mí que mide el pequeño mundo desde la ventana
Alargando inútilmente balbuceos, intento fractal entre deseos de desconocidas identidades
Menesteroso hijo de Adán en la encrucijada donde florece la mustia palabra,
un tulipán con pétalos de muerte.






Los Cantos de Orodissi

II

Bajo el imán de su mirada,
Mi ser, de súbito en trance
-como bajo la lámpara desmaya
la mano que escribe-
Caía anonadado entre el remolino
De un beso,
-eran esos ojos fieras joyas de un vértigo-
A partir de entonces
Adjetivos pezuñados se clavaron
En la sustancia luminosa del ser
Costosos poemas susurraron escalofríos
A espaldas del púrpura.







Balada del Conde Cortanucas

Regresando de la hermosa llanura del éxtasis
Un par de brujas tocan el laúd
Empeñadas en ahuecar un poco más
La mano incendiada del destierro
Hablan del Conde Cortanucas
Murmuran, gruñen, lanzan ceniza al viento
Precioso instante para que esta urraca
Doble su bufanda de trébol
Y casi de soslayo…te quiera




III

Antaño
Solía soñar seres horribles
Con fauces provistas de tijeras;
Aun
Cuando una luna múltiple
Enlechece el cielo
Comprendo al borde de mi lecho
Con el corazón palpitando en la boca
Las diversas maneras del vampiro
Desolada e invisible presencia,
Corpórea madeja que atraviesa siglos
Para visitar a los poetas de cabellos erizados.

(de Los Cantos de Orodissi)







Stultifera Navis

En el Callao me embarqué en la nave de los locos para que
El amor danzara sobre una dura costra en el corazón
Entonces vi un amanecer de blanco fuego en Terranova y la noche almizclada
Tendió un tapiz para que desembarca en Patagonia
Pero el amor seguía abriendo surco en mi rostro
Abriendo senda en la selva de mi espíritu donde
Cantaban estridentemente los pájaros de la obsesión
Un loco me dio a beber la luz de su daga halconera
Otro más me hechizó con el vino delirante que mana de la oscuridad
Y yo penaba pensando en ti y giraba el timón hacia Java y Borneo
Y el amor no se moría sino que penaba al lado de la quilla y se quejaba
Con una voz doble y extraña que simulaba una muerte burlona
Y mi pecho no soportó tu nombre escrito con tinta emponzoñada
Y me entregué a las aguas oscuras
Pero las aguas me devolvieron a esta playa donde las olas
Van repitiendo, van repitiendo entre mi sangre
Un eco cascado que borda con su viento repleto de agujas
La eterna mañana de tu nombre







Encuentro en el espejo

Luego... te rompes como cántaro
Como si una nube tu cara

Vida con sabor a boca
Te hundo el lado dulce de los gritos
Me ajusto de tu grieta

Pastoso alud del deseo
Te encuentro en el espejo
Vestida de agua

Rema la respiración el aire
Muslo... labio.

Paisaje con ninfas caireladas

Venía desnudo entre las esposas del alcohol
Y ante sus estertores
Acudía un manjar rebañado
De asustadizas damas
Y si bien
No traía una flor de Asia





Zona salvaje

Habituados a pasar de estepa a aurora boreal
de sextante a brújula
los bordes dentados de la locura
sometían a su engranaje de hueso pulido
un agua dura venida de la noche
donde
unos dedos afilan los sonoros alfileres de una voz
que esparce un rock de relámpagos


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