viernes, 24 de septiembre de 2010

1250.- UMBERTO SENEGAL


Umberto Senegal nació en Calarcá, Quindío, Colombia, en 1951. Poeta, cuentista, ensayista, educador y editor. Libros de poesía: Pundarika (poesía zen, 1981); Ventanas al nirvana, 1986; Dejé las flores en el sueño, 1994; Antología del haiku latinoamericano, 1993; Blanco sobre blanco, 2008; Sunyata, 2009. Obra narrativa: Desventurados los mansos, 1977; Cuentos atómicos, 2006; Microrrelatos, 2006; Minicuentos, 2006; Haikuentos, 2006; Relatos para un enano, 2008; Visitantes, 2009. Ensayo: Papeles y razones, 1989; Ítaca de Cavafis, 2009. Varios de sus minicuentos fueron incluidos en las antologías de minificción Por favor sea breve 2, 2009; Comitivas invisibles, 2008; Antología del cuento corto colombiano, 2004 y Segunda Antología del cuento corto colombiano, 2007. Fundador y Presidente de la Asociación Colombiana de Haiku. Coordinador del Centro de Estudios Bizantinos y Neohelénicos, Miguel Castillo Didier. Codirector del Centro de Investigación y Difusión del Minicuento, Lauro Zavala. Vicepresidente de la Fundación Pundarika. Asesor literario y coordinador de Cuadernos Negros Editorial, de Calarcá, Quindío. Ha recibido varias reconocimientos y medallas de oro al mérito literario en el Quindío. Ha editado y dirigido varias revistas y periódicos literarios entre ellas la Revista de arte y literatura, Kanora. Ganador de varios concursos regionales de cuento y poesía de Comfenalco, Quindío y el SUTEQ, entre otros. Coordinador de talleres literarios dentro y fuera del Quindío.





ALGUNA PUERTA PARA ALEJANDRA

UNO

Cuando decidiste abrir aquella puerta,
atemorizada por la insistencia de tantos golpes
y tantos susurros,
-no era la voz de tu madre, ninguna muchacha
que desearas, ni Cortázar ni Olga Orozco-
nadie había afuera. Nadie adentro.
Olvidaste el camino para cerrarla,
cuando las llamadas reanudaron sus gritos.
Esa puerta sin abrir sin cerrar.
Esa habitación donde nadie llamó,
nadie llamaría nadie abriría.
Puerta entornada abierta cerrada
y tú indecisa para abrirla,
aunque insistan los golpes.

DOS

No extiendes tus manos para abrir.
Prefieres llorar sola
interrogar sola agonizar sola.
Entre papeles sola con tus palabras.
Al lado de esa puerta,
cualquier puerta que te encuentres
por la vida o por la muerte,
nadie tiene manos y sin embargo tocan.
Nadie tiene ojos y sin embargo lloran a tu lado.
No te dejan dormir.
Pero tampoco quieren que sigas despierta.

TRES

Cada verso tuyo es iluminación.
Ignoras la naturaleza del dichoso estado
y por eso regresas
siempre melancólica a tus pesadillas.
Duermes. Duermes. Duermes, Alejandra,
aunque tu poesía y tus vacíos
te despertaron por momentos.
Nadie te dijo que cada poema era fruto
del abrupto camino de iluminación que elegiste.
Tocan a tu puerta. Tocan. No para que abras.
No para que te quedes ahí adentro.
Tampoco para que abandones la habitación
por alguna de sus ventanas.

CUATRO

Te lo advirtieron todas las palabras
y sin embargo abriste brazos y corazón
dejándolas andar desde el principio.
Hasta el final las dejaste crecer,
mientras tus silencios
seguían en silencio donde todo el espacio
era para las palabras que venían a herirte.
Venían a condenarte. Venían a salvarte
a su manera: enviarían el seconal a redimirte.

CINCO

No te apresures hacia la puerta.
Los muertos no creerán que fuiste
quien llegó.
Los vivos no creerán que fuiste
quien se marchó.
Unos y otros querrán hablarte y escucharte.
Pero no abras. No abrirás.
De todas maneras no recuerdas
dónde está la puerta.

SEIS

Hubo en el mundo una Alejandra
y hubo en América del Sur una Alejandra
y hubo en Argentina una Alejandra
y hubo en Buenos Aires una Alejandra
y hubo en su habitación una Alejandra
y hubo frente al espejo una Alejandra
y hubo por la hoja en blanco una Alejandra
y hubo entre Alejandra y Alejandra
otra Alejandra otra Alejandra otra Alejandra
que nunca se encontró con todas estas
Alejandras nunca en ningún sitio de la vida
en ningún recodo de la muerte
y sin embargo hubo una Alejandra hubo una
es cuanto creemos todos
que Alejandra y su poesía y sus palabras
y su muerte pensándolo bien nadie tiene
la certeza de que hubo una Alejandra
aunque llamemos a su puerta
para averiguarlo

SIETE

Nadie se engañe.
Lo tuyo Alejandra
no fue irte de este mundo
porque nunca viviste en él.
Lo tuyo, confesado está de sobra,
no fue arribar a otro mundo
porque siempre viviste allí.
No se hable de vida porque la muerte
se ofende. Tampoco se hable de muerte
porque allí están tus poemas.
Allí te esperaban todos como vivos
mientras aquí te despedían todos como muertos,
sin extrañarse con tu ausencia de 36 años.
En este lado de la puerta
todos te creían viva porque ensayabas
rostros a la palabra.
Aunque siempre dijiste la verdad,
les gustaba creerte viva.

OCHO

No vengas, Alejandra: quédate tras los espejos.
No te vayas, Alejandra: quédate tras los espejos.

No huyas, Alejandra: finaliza el verso de ayer.
Huye, Alejandra: deja sin interrogación el poema.

No hables, Alejandra: rásgate los ojos al amanecer.
Habla, Alejandra: teje tus ojos al anochecer.

No supliques, Alejandra: desborda el vino seco.
Implora, Alejandra: pinta una boca en tu rostro.

No abras la puerta, Alejandra: hay fantasmas desterrados.
Abre la puerta, Alejandra: hay fantasmas desterrados.

No comiences el ritual, Alejandra: los faunos tienen temor.
Comienza el ritual, Alejandra: toda plegaria es un descanso.

No camines, Alejandra: las palabras son abismos.
Camina, Alejandra: las palabras son puentes.

No llores, Alejandra: gente inútil, sonámbulos…
Llora, Alejandra: la esfinge sonríe y murmura.

No sueñes, Alejandra: la lluvia apaga tu cigarrillo.
Sueña, Alejandra: es lo único cuando llueve.

NUEVE

Ven, Flora Alejandra Pizarnik Bromiker,
abramos la puerta aunque nadie llame a ella.







EL ÚNICO PAR DE MISERABLES

Yo, que he sufrido la angustia de las pequeñas
cosas ridículas,
verifico que no tengo igual en este mundo.
Toda la gente que conozco y habla conmigo
jamás ha cometido un acto ridículo.

Fernando Pessoa: Poema en línea recta.



Bueno, Fernando,
fuiste el primero en confesarlo y hoy, también yo,
con pudor frente a los pudibundos,
me desnudo para que sean dos, por lo menos dos,
sólo dos en un mundo con millones de personas,
los únicos corruptos y los únicos fracasados,
los únicos miserables,
las únicas basuras humanas entre incontable
gente virtuosa,
al lado de tanto consentido de Dios y de la vida.



Tú y yo,
el único par de miserables tantas veces cerdos
y canallas irredimibles entre hombres rectos,
entre hombres salvos que ya tienen asegurado
un lugar en el cielo,
mientras nosotros
hasta en el mundo continuamos exiliados.

Yo y tú:
tantas veces desentonando entre ángeles
y virtuosos, creo
que podremos mirarnos directo a los ojos
sin ruborizarnos.
A los dos nos quedará el consuelo
de pensar —no pensamos;
de soñar —no soñamos;
de imaginar —tampoco imaginamos,
miserables que somos, que alguno de los dos
puede ser mejor o peor que el otro.
No deja de ser una vaga esperanza
nuestro miserable optimismo, Fernando,
en medio de tanta gente que sí sabe pensar,
que sí sabe soñar, que sí sabe imaginar,
que nunca tiene un mal pensamiento,
el hecho de considerar que alguno de los dos
sea un poco más miserable que el otro.

Espalda contra espalda, iremos
por el universo de los virtuosos incomodándole
su éxtasis a tanto redimido, sin ruborizarnos.
Porque hasta el más miserable está obligado
a reconocerlo: todos ellos son santos
o están en camino de serlo, o hace tiempo
son mucho más que santos, mientras nosotros
día tras día, nos volvemos más repugnantes
y pecadores.

Sobre todo cuando me juzgan, Fernando,
no levanto mis ojos sórdidos
hacia estas humanas potestades
para no empañarles la pureza.
Mucho me extraña que la vida haya sido capaz
de brotarnos juntos
para compartir el planeta con seres tan puros,
seres tan inmaculados que nunca saben qué es
una tentación, cómo nos adoptan de fácil los pecados.



Somos los condenados y sacrificados
por todos los dioses y por todos sus sacerdotes
y profetas y creyentes.
No me engaño, Fernando Pessoa,
y creo que tampoco alguien estaría dispuesto
a prestarle su inteligente filosofía
a un miserable como yo,
para que se defendiera de gente inocente,
de gente que nunca ataca primero.
No hay dudas de que me hicieron
con el único objeto de contrastar con mi bajeza
la nívea pureza de sus vidas.
Sí, Fernando, creo ser el único malvado
porque así me lo repiten todos los días
quienes llevan en su destino la dicha de ser
perfectos, intachables,
íntegros, honrados, triunfadores, realizados,
justos, dignos y bondadosos.

Leyendo tu confesión, encuentro que no fui el único
al que la naturaleza hizo al revés
como me lo gritan quienes en sus ojos de ángel
no tienen briznas de paja ni vigas.
¡Qué bien!
Resulta entonces que Dios omnipotente
se equivocó dos veces: la primera, cuando te hizo;
la segunda, cuando me hizo.
Es un consuelo, ¿verdad, Fernando?...
No estamos solos entre tanto virtuoso.
No estamos solos, entre tantos elegidos
no estamos solos, Fernando.
¡Qué pena, nosotros dos creando
tanta carga de maldad
en un mundo de gente tan virtuosa!






POSIBLEMENTE

¿Eres mi mujer?
La que teje con agua
flores en la arena,
y sabe dónde crece
mi presente para plantar
sus besos y mis caricias.
La mujer que no teme
al tiempo y sabe que los años
son fugaces instantes
donde se decide el amor.
¿Eres mi mujer?
Que va con el vuelo
de la abeja y no se queja
ni se aleja, simplemente
se deja. Eres mi mujer,
aunque no te des cuenta
y yo no lo sepa.






AFRODISIA

Amada, entrando por entre tus nalgas
de durazno,
debo asirme a lamentos silenciados
para no hundirme tan de prisa.
¿Alargar un dolor es convertirlo en placer?
Reclamas —leve queja de labios sobre la almohada—
la tardanza del viaje. Un siglo
masticándola para sólo saber del jugo
de la manzana.
Entrando poco a poco,
es el largo viaje del cual Odiseo no desea regresar.
¿Dónde aprieta más?
Sobre la concavidad de tu espalda,
desaforado el eco de mi corazón.

No sigas escalando hacia adentro.
¿Lo lamentas?
¿Estoy pensándolo?
Rechazarte aquí atrás, es hundirte más y más
dentro de mí.
Ignoraba que tan constrictora puertecilla
la custodiaba un pudoroso arcángel violado.
Continúo mi camino tu estrecho sendero.
¿Quién explica este éxtasis
si sólo hay espacio y tiempo para la agonía?
Tu espalda, caracolcillo conmigo a cuestas.
Remolino de uvas rituales.
Llego con mi antorcha encendida,
ofrenda que no se extingue en la honda plenitud
de las turgencias.
A tu surtidora fuente llego siempre
por cualquiera de los dos caminos.
Llego y desgrano, inmisericorde contigo y conmigo,
la luz dentro de ti.
Blanca luz que nos desintegra.
Y que nos funde hasta quedarnos
unidos en el sueño: tú sin querer huir de mí,
yo sin poder salir de ti.






Y SIGUEN AQUÍ

O se van los poetas
o se van sus poemas.
O ambos se silencian
pero esto no puede
seguir así, con unos
y otros confundidos
entre la poesía.
Esto no debe continuar así,
desde el perro callejero
hasta las flores marchitas.
Estos poetas volando
cuando deben caminar,
muriendo cuando es preciso
vivir y sosteniendo el mundo
con palabras y palabritas,
explicándolo con imágenes.
Y lo más grave: el silencio
atentando contra el silencio;
las palabras intentando
demoler las palabras.
Pero los poetas no se van.
Ni se irá la poesía mientras haya
un hombre sin prisa.






AGUA, TÚ

Penetrarte, amiga, igual que la piedra
se hunde en el agua.

Penetrarte sin quedarme con nada tuyo
y sin que te apropies nada mío.

Penetrarte, yo piedra porque piedra nací
tú agua porque agua morirás.

Diferentes ambos: tú, abriéndote
para dejarme llegar hasta el fondo
donde posiblemente nos encontremos.

Y luego, sólo agua serena sin señales
de piedra, mientras continúo húmedo de ti.

En el fondo la piedra sola
y sola tal vez
junto a otras piedras solas.







CREO QUE ERA YANNIS RITSOS

No he visto la cara del poeta,
cuyos poemas cambiaron un poco mi vida y mi poesía.
Anoche, mientras leía los poemas de Kavafis
traducidos directo del griego
por mi amigo Miguel Castillo,
Yannis entreabrió la cortina
procurando no atemorizarme.
Pienso que no quería distraerme de la lectura
de Una noche, Vuelve, Candelabro y Voces.
Sobre todo del poema Voces, de Kavafis,
porque en el cuarto verso:
“a veces hablan en nuestros sueños”, vi su cara.
Su rostro estaba allí, cerca de la cortina.
Creo que era Yannis Ritsos
porque me miró silencioso. Miró extrañado
no sé si por encontrarse esta noche
lejos de Monembasiá, en una alcoba atiborrada
de viejas revistas, o por reconocer en mis ojos
la misma tristeza que nos legó
el viejo asceta alejandrino.
Estaba frío mi café, como para ofrecerle un sorbo.
Vino griego no había en mi casa. De ninguno.
Aquella mujer quebraba las botellas
y los vasos y rasgaba los libros
donde había poemas al vino.
Creo que a Yannis sí lo había visto.
Pero anoche, ese melancólico
anciano ocultándome que había fallecido
y que era Kavafis quien vivía,
me hizo olvidar por un momento
el libro que leía. No lo aseguro, pero creo que fue
Yannis Ritsos y pienso que yo también,
esa noche, debí haber sido yo,
a pesar de todo lo mío que se escondió
entre los poemas de Kavafis.







VERSSÍCULOS DEL DEMONIO

1 Si el árbol se confi-esa, no sigas de largo: conviértete en ave o estrena plumaje. 1 Dios puede ser ese perro callejero que se rasca las pulgas. Acarícialo.

2 Toda piedra del ca-mino tiene 2 No vayas a la mon-taña. Espera que ella decida venir a ti. Es cuestión de siglos.

3 Descubre los jueves en cualquier aguacero. 3 Cierra pronto los atardeceres aunque te ardan las llaves y aúllen los cerrojos.

4 Recuerda los verdes –sin gritos- cuando se vayan por la fruta descompuesta.
4 Podrías contar de tres en tres, recordar a Blake y anudarte la corbata.


5 No todos los pasos van hacia la muerte. Hay huellas de cuanto viene.

5 Cuando te extravíes recuerda que ya esta-bas perdido.


6 Verás que la gente camina y se saluda o se odia de alguna mane-ra.

6 Al final del sótano encontrarás una almo-hada de seda o la tumba de un sufí.


7 Pregúntales por qué a las bicicletas blan-cas.

7 Las viejas cortinas siempre colgarán blancas aunque no haya ventanas.


8 Encuentra palomas o arañas de cualquier color sobre los techos grises

8 Bésala cuando se silencien las campa-nas.


9 Desconfía de las miradas que expresan los automóviles y los sacerdotes.

9 No olvides que tú y ella tuvieron cita en el recuerdo.



En la cañada,
juntos el silencio
y el canto del búho.





Hacia la casucha
abandonada, corre
el flaco perro.





La mariposa
de alas rotas falleció
sobre la flor marchita.





Del fondo
de la oscura cañada
sube la luciérnaga.





Aroma de pino.
Sigue el Buda
con sus sermones.





¡Qué placentero!
En pleno sermón del monje,
estornudé.





Desde la silla
viendo llover
toda la noche.





¿Para dónde van?
-Preguntó el anciano
a las dos ardillas.





El mendigo y su perro.
¿Cuál de los
murió primero?





A pesar del día
y de todo… me cansa
la gente.





No me obliguen
a saludar: se van
los pájaros.





Húmedo de rocío
llegó el conejo cerca
de la fogata.





Me tomé el vino
sin pensar en Buda
ni en Jesús.





Sobre agua
verde, más verde
la libélula.





Un grillo…
¡dos grillos! en la solitaria
banca del parque.





Apenas es martes
que sigan cayendo
hojas del abedul.





Ese perro viejo,
sin ningún motivo
me ladra.




Toda la luna
llena, sobre el verde
cucarrón.







Silenciaste
a los canarios por
ponerte a cantar.





¿Para dónde
va la montaña
entre la niebla?




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