miércoles, 19 de octubre de 2011

TETSUO NAKAGAMI [4.971]


TETSUO NAKAGAMI

Nació en Osaka, en 1939. Se graduó en la Universidad de Economía de Tokio. En 1979, de otoño a invierno, participó en el Programa Internacional de Creación de la Universidad de Iowa, Estados Unidos. 

Empezó a escribir poemas bajo la infl uencia de la Generación Beat (décadas de los años 1950-1960), componiendo poemas que exploran
la sensación de velocidad, y su grupo fue llamado “La escuela callejera”. Sigue escribiendo como “beatnik” sus poemas líricos y refl exivos.

Ha publicado nueve poemarios, entre ellos: ¿Por qué el cabello de las bellas suecas cambia de rubio a verde? (Premio de la Asociación de Poetas de Yokohama), La noche del día en que murió Elvis (Premio Jun Takami y Premio Yutaka Maruyama), y otros. Además, ha traducido al japonés y publicado varios poemas y novelas de Jack Kerouac, Richard
Brautigan y Charles Bukowski. 



¿POR QUÉ EL CABELLO DE LAS BELLAS SUECAS
CAMBIA DE RUBIO A VERDE?

Cuando cae la lluvia ácida
y se infiltra en la tierra,
las aguas subterráneas se vuelven ácidas,
y con esto
las aguas de la llave también
lógicamente
se vuelven ácidas.
Y
con las aguas ácidas
se derrite el cobre de los tubos
para mezclarse con las aguas.
Por lo tanto,
el cabello de las bellas suecas
(y de las no tan bellas)
al lavarse con las aguas mezcladas de cobre
cambia de rubio
a azul

¿Me entendiste?

(1991)



Hermano mayor

Mi hermano era alto y guapo,
estrella del baloncesto,
rodeado de chicas.
Claro, era un galán.
Íbamos a diversas escuelas
(él a Shibuya, yo en Kokubunji),
y aun cuando no estuvimos mucho juntos
me enseñó el nombre de los cocteles,
como hacer un nudo a la corbata,
como empeñar un objeto,
hablar a una chica,
varios bares y cafeterías de Shibuya y Shinjuku.
Cada mes me dejaba Men´s Club.
Todo iba bien hasta el día
que despilfarrando el dinero
empezó a empeñar mis cosas
y perdió mi reloj de pulso.
A la casa de préstamos llevaba el traje colgando del perchero.
Mamá se quejaba diciéndole que arruinaba su vida,
con tan mala fortuna que acertó:
a raíz de un fallido suicidio de una de sus admiradoras
dejó la universidad y el baloncesto.
Cuando decidió irse de casa grité de júbilo.
Una vez me dijeron que vive en un pueblo lejano
cerca a un puerto y que lleva una vida de juicio.
Muerto o vivo, mi hermano es una espina
clavada en mis dedos.



En la cama del amanecer

En las mañanas
a veces, me doy cuenta,
que tengo mojada la pijama.
A juzgar por la tensión de mis músculos
he debido caminar sobre el agua
con pasos inseguros.
Algo pegajoso hay en mi rostro
y cuando acerco las manos a mi nariz
siento un olor a pescado,
he debido haber agarrado algún animal.
La cara ardiendo y la garganta seca
son resultado de una fuerte insolación.
Cuando trato de ver con claridad
me duelen los ojos,
quizás porque he tratado de mirar fijamente
algo en movimiento.
Yo mismo me veo inmóvil,
como si estuviese envuelto en una sábana
y cuando quiero moverme,
suenan mis músculos, mis brazos.
Quizás haya hecho un esfuerzo inapropiado.
Sin embargo,
recordando el agua que corre en el rio
y los susurros de las hojas de los arboles
me siento bien,
así tenga mojada la pijama como un trapo de cocina.


Para el visitante de la madrugada

A la hora en que trata de acostarse, cansado de escribir poemas, se le acercan en línea recta unos pasos, triturando hojas
secas. Vienen hacia la casa del hombre. Desde muy lejos.
Alguien mete la cabeza por la ventana del estudio para leer
los manuscritos, todavía no terminados, que están sobre el escritorio. Con entusiasmo. Sólo para eso viene él desde muy
lejos. Noche tras noche. Y se va al terminar de leerlos. Hacia
el fondo del bosque.
Cada vez que escribe un poema, el hombre se siente afligido,
pensando que nadie lo leerá por más que escriba. Pero ahora,
él recuerda con felicidad que sí tiene un lector: el único lector,
cabezón, del mundo.
Esta mañana, el hombre se quedó dormido encima de los
manuscritos de sus poemas. Por el cansancio del día. Él aguardó con paciencia a que se despertara el hombre. Fuera de la
ventana. Pero se marchó sigilosamente antes de que Venus
desapareciera en el cielo oriental. Hacia el fondo del bosque.
¿Quién es él? El hombre no tiene la menor idea. Nunca lo
ha visto. Sólo percibe su presencia con seguridad, debido a la
mancha en los manuscritos y el fuerte olor de su cuerpo que
siempre deja tras su paso.



El invierno de Iowa

De la ventana cae en diagonal un tenue rayo del invierno sobre la cama. Una niña corre patinando sobre ruedas alrededor
de la cama. Un gato pequeño de Sabatra se esconde debajo de
la cama para escapar a la persecución de la hija de la dueña. Mi
esposa y yo permanecemos juntos, desnudos sobre la cama, mirando todo esto con una sonrisa. Un adorno de navidad en la
pared. Y el dibujo de sus padres, colgado con un alfiler, hecho
por nuestra niña.
Mientras arrecia el viento helado del norte, el interior de la
casa se mantiene tan cálido como un día primaveral. En nuestra habitación, ubicada en el sótano, la superficie de la tierra
queda justo a nivel de los ojos, y las ventanas se encuentran a la
misma altura. El viento ha acumulado un montículo de hojas
secas en el marco de las ventanas. Las hojas murmuran bajo el
viento. De cuando en cuando una que otra ardilla se asoma a
mirarnos y se va corriendo sobre las hojas secas con ruidos susurrantes. Una manada de estorninos cruza el cielo por encima
del techo.
Un paisaje así de sencillo se hunde bajo la primera nevada
del año que empieza a caer a medianoche, como si se sumergiera al fondo de la memoria.



El bar del caimán

Cuando vayas a Nueva Orleans,
pasa por el Bar del Caimán.

En las afueras del pantano
se ve una lámpara roja solitaria.
Ése es
el Bar del Caimán.
En la noche,
cuando sube la luna en el cielo,
los caimanes
despacio
salen del pantano
y se posan en la percha
para tomar cerveza en silencio.
Luego,
cuando la luna se desplaza hacia el cielo,
con pasos tambaleantes
vuelven al pantano.
Qué caimanes tan pulcros,
son los bebedores más silenciosos del mundo.
Cuando vayas a Nueva Orleans,
pasa por el Bar del Caimán.

Los caimanes posados en la percha
toman cerveza en silencio.



Un día ofrecido como regalo

Como dejé el equipo de pesca en casa,
regresé por el camino del rio
y los pantalones se llenaron de cadillos.
Luego, en una hondonada donde había remolinos
escuché murmullos de insectos y discursos de pájaros.

Un par de ojos se sobrecogieron
ante el color violeta de las flores de arrurruz
y el plata de las espigas.
Cuando me puse en marcha,
voló una comadreja de mis pies,
y atravesó el vado un faisán.
No es cierto:
voló un faisán de mis pies
y atravesó el vado una comadreja.
Vi a lo lejos unos niños que lanzaban
y recogían
sucesivamente
los señuelos del estanque.
En el cielo planea despacio un milano,
y me quedé viéndolo hasta cuando
me dolió el cuello.
Pronto un hombre gritaría
al encontrar un nido de ruiseñor
entre las cañas.



EL VALLE, EL JAZZ Y LA FRAMBUESA

En memoria de una amistad
Las nubes veraniegas
en las aguas dulces
hay peces dulces
(La Casa Pantalón)

Cuando despierto en la mañana, ha comenzado la temporada de lluvia en el mundo. Acostados en el lecho de la posada de pesca, escuchamos el intenso repiqueteo de la lluvia contra el alero de zinc. Abstraídos. A la cabecera, los instrumentos de pesca, la comida y el libro de temporadas.

Siguen lloviendo perros y gatos. Entre nosotros habrá uno que atrae lluvia. Pero escampa de repente a las once de la mañana. Con el viento que empuja la neblina hacia la cima de la montaña, se asoma el sol, como un milagro.

El valle es un libro de donde nadie sabe qué puede emerger. Escalamos el valle como si hojeáramos un libro, para ver los peces dulces de aguas dulces. Avanzamos quitándonos telarañas que se nos enredan en la cara y en las manos. Las cachipollas salen una tras otra de las crisálidas para despegarse de la superfi cie del agua. Los peces brincan en seguida para atraparlas. Contemplamos la escena, abstraídos. Luego llega un martín pescador para cazar los peces. 

Los peces siempre son un poco más inteligentes que los pescadores; es decir, mucho antes de que los descubramos,  nos descubren ellos. Lo único que podemos hacer es desearles buena suerte.

Cuando escalamos el valle, contándonos la historia de un hombre, a quien el espíritu del agua le desgajó los testículos de una mordida, un monstruo se salta del río para exigirnos la licencia de pesca. Luego, desaparece de nuevo en el río, sacudiéndose la cabeza.

Encontramos un bosquecillo de frambuesos en la vertiente del valle. Al lanzar las cañas de pesca, invadimos el bosquecillo para devorar las frambuesas hasta quedarnos ensopados en el jugo placentero de las frutas. Pronto las cestas se llenan de frambuesas.

El sol cae en línea vertical por encima de nosotros. Nos metemos en el río para echarnos agua unos a otros, como si fuéramos niños. Con el agua que se nos escurre de la cabeza, nos reímos a carcajadas, sumergidos en el río.

Soñando que el río se convierte en un chorro de whisky, tomamos sorbos de whisky a pico de jarro. Se escucha la melodía de jazz con sonoridad por encima de los hombros. Bajo el viento y la luz de mayo, estamos tan felices como lombrices.

(2000)





Los poemas incluidos en esta antología fueron traducidos por Ryukichi Terao.


.

No hay comentarios:

Publicar un comentario