jueves, 3 de febrero de 2011

2965.- JOSÉ LANDA


José Landa, (Campeche, México, 13 de junio de 1976), escritor, periodista y pintor. Ha publicado los libros de poesía Tronco abierto (Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Campeche, 1993), Habitación del cuerpo (Ediciones del Artesano, 1996), La confusión de las avispas (CNCA-Fondo Editorial Tierra Adentro, México 1997), Álbum extraviado en aguacero (Mantis Editores, Guadalajara, Jalisco 2005) y Sonidos como los cascos de un galopar (Ayuntamiento de Campeche, 2005), así como compilador del breve volumen de narrativa erótica El tacto y el verano (FOMES, 1996).

Su obra aparece antologada en los libros: Poetas de Tierra Adentro Vol. II (Conaculta, México 1994), El manantial latente (CNCA, México 2002), Jóvenes Creadores, (CNCA, México 2005), Anuario de poesía mexicana (Fondo de Cultura Económica, México 2005), Un orbe más ancho (UNAM, México 2005), Proemio seis (Ayuntamiento de Loja, Granada, España 2006), Juegos Florales Hispanoamericanos Quetzaltenango 2007, Guatemala, entre otros.

Como escritor, obtuvo Primera Mención Honorífica en el Premio Nacional de Poesía Punto de Partida, de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), 1993; Premio de Poesía José Gorostiza, de Tabasco, 1994; Premio de Poesía Oscar Alberto Pérez García, 1995; Mención Honorífica en el Concurso de Ensayo Francisco Álvarez Suárez 1996, de la UAC; obtuvo de modo paralelo los premios nacionales de poesía de San Román, y de la Universidad Autónoma de Campeche, 2004; Premio Nacional de Poesía de los Juegos Florales de Ciudad del Carmen y el Premio Nacional de Poesía Ramón Iván Suárez, y Mención de Honor en el Premio Internacional de Poesía de la Ciudad de Loja, Granada, España, todos en 2005; segundo puesto en el Premio Nacional de Poesía de Papantla, Veracruz, así como Premio Nacional de Poesía de Ciudad del Carmen por segunda ocasión y el Premio Hispanoamericano de Poesía de Quetzaltenango, Guatemala, los tres en 2007.


En dos ocasiones ha ganado la beca del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes, primero como joven creador, en 1993 y en 2002 como escritor con trayectoria. También recibió la beca de Jóvenes Creadores, del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes 2004-2005.

Como periodista ha obtenido el Premio Estatal de Periodismo de Campeche 2000, y como pintor el Premio Nacional de Viñeta Punto de Partida de la UNAM, 1994. En 2008 aparecerá su libro Dicho está, en Mantis Editores, de Jalisco. Ha dado recitales en México, Guatemala y El Salvador.



Días de la sed

En el margen del arroyo se ponían a cantar sus
versos herencia de la tarde,
no les preocupaba el amanecer, sabían mirar a
través de las plantaciones de papaya,
los árboles eran un pretexto para entorpecer
las indicaciones de brújulas silvestres.
El próximo amanecer, sabían, les aguardaba. No
podían posponer sus rutinarios pasos,
el trabajo era un dios benévolo y el sudor una
esperanza inmutable.
Entretanto, el arroyo custodiaba las confesiones,
humedecía secretamente las palabras y cada una de ellas
debía recorrer los labios una sola vez.
Silbaban al mirar el crepúsculo como a una mujer
celeste que desnudaba su virginidad,
nada existía fuera de ellos en esas tierras hijas del calor,
la ropa volvía cómplices a las piedras y la hierba,
la desnudez era hija del agua al amparo de la primera luna.
El correr de un brazo de río entre los platanares,
el pasto en el festín de los anfibios,
el sudor como una caricia en las espaldas,
los muchachos que salen a orinar en el solar oscuro
de sus familias a medianoche,
el recuerdo de una emoción de pájaro en el vientre,
el tacto de una tortuga al fondo de un aljibe,
el horizonte en calma hacia el sur del rancho,
el gemir de los amantes del monte,
las bestias que sueñan con el fuego.
Todo esto viene a poblar las horas de una noche
insomne sólo porque alguien con olor a lluvia nos ha
mirado desde lejos.








(...)
Salmón dorado, huyes de la memoria por la corriente
de los días.
Tu nombre es un silbido de cigarra, tu cuerpo un
sembradío de aguaceros.
La casa que habitabas entre los platanares ya es
nido del verano. Gotea por las paredes la sombra de
tu sombra.
No vuelvas si no está escrito tu regreso,
tu piel sigue en las piedras del arroyo,
manso caudal de los deseos.
Vive si has de vivir. Muere si has de morir, entre
los pasos de marinos y turistas, en aquel puerto
refugio de la distancia.








(...)
Por las hojas de plátano goteaba la luz de la tarde.
Caminábamos a la vera del río, entre mujeres que
lavaban camisas de cañeros y palabras secretas.
¿Cuáles eran nuestros nombres, cuáles nuestras alianzas?
Desconfiábamos de la calma en los troncos de
árboles muertos bajo el tapiz de las hormigas,
nunca supimos cómo llamar a los pájaros bulliciosos
de los manglares.
Ahora llueve. El aire es un mal presagio de la soledad.
Los niños en el río son como apariciones de otro mundo.
No hay ruidos, salvo la noche en los cañaverales.
Esto sucede y ya no andamos aquellos ardientes
caminos. Esto sucede, ¿qué nuevos silencios pueblan
tu casa en el horizonte?








Alguien canta en la cruz de los caminos

Ruidos de la búsqueda.
Ruidos como hocicos de hienas y aletear de temores.
Ruidos oscuros.
Bajo los troncos secos,
a la orilla de casas abandonadas están,
en cada segundo del insomnio están.
Como hace breves años entran ahora en mí,
Sacuden lo que aún pueda habitarme de ramaje,
lo que aún me resta de sólida construcción.
Un raro escalofrío hace temblar las hojas de los
nacaztles,
viene a interrumpir el bullicio de pájaros festivos,
sus metales se ponen a brillar como presentimientos
y seducen el cuerpo virgen de la duda.
Es el ángel de la búsqueda,
sus feroces trompetas agrietan los muros del verano
–altas murallas de aire–
y recorren los frutos del manglar,
el laberinto de voces en el río,
el mudo grito del silencio en el corazón de las piedras.
Yo también vine
“a mirar los cerros que adoptó la lejanía”
y no alcanzo a tocar con la mirada el otro lado de
sus montes,
me admito preso de batallas imposibles, advenedizo de
guerreros olvidados.
Ahora los espejos pueden dar rienda suelta a sus ficciones,
escribir las bases de una genealogía aplicable a
cualquier advenedizo de Babel,
ofrecer la fórmula perdida de los alquimistas
para conocer el águila y el sol de una moneda con
sólo mirar de soslayo.
El hallazgo también es un espejo, un tablero de
ajedrez con recuadros infinitos,
también el ángel es susceptible de ser ánima sola,
blanco fácil ante el asedio de fantasmas futuros.
Tiemblan por eso los caminos,
los cuadernos con direcciones de familias lejanas,
los labios cuando pronuncian versos malaprendidos a la Biblia.
La noche de los temores y las búsquedas en el vientre están,
la noche de la búsqueda en todo haz de luz está.
La noche y la búsqueda pulimentan sus dientes,
ponen a cantar las cuerdas de sus gargantas,
son felices cuando alguien echa a andar los motores de
presagios y calamidades
con sólo deletrear la palabra Vida.









La noche en la mirada de una sola mujer

Tal vez porque los días transcurren desiguales
y una rama no copia a la otra,
tal vez,
ningún aliento se despereza en el jardín de la viuda,
ningún sonido ajeno al de las aves que ya de por sí rondan
el almendro solitario.
Lo que otros dicen del placer hace zumbar los oídos
de la viuda, serpentear como la ese del deseo por sus manos.
Su amante es el silencio de ciertas noches húmedas de calor.
No hay nada que temer, es inocente a falsos
testimonios de dulceras hostiles
y vaqueros ansiosos por tocarla,
no romperá el candado de su fidelidad al más allá.
Entra un “norte” en el pueblo y la gente se persigna,
el ventarrón golpea ventanas, puertas,
corazones mudos de soledad,
invade los dominios de la calma en un afán por
transformarlo todo.
“Es el muerto –dicen– que viene a proteger a la viuda”
Ni gorrión usurpador de horizontes,
ni chuparrosas compañero de las miradas vacías,
ni muchacho buscador de vírgenes a la sombra de los
guásamos en el campo.
Es el deseo.
La fiebre humedece el pubis de la viuda, se asoma
al jardín y luego reza padresnuestros,
avesmarías con las manos abrasadas.
El ventarrón se cuela por la ventana abierta, desordena
sus sentidos,
pero también se marcha.
Tal vez porque no hay fuego sin orillas, ni gemir sin eco
en una habitación oscura,
el silencio hará crecer un musgo todavía primaveral
en la entrepierna de la viuda.










Preludio al treno por la tumba de Celestino Landa

Desde una casa vecina al Cementerio Mayor,
miraste de soslayo una luz cenicienta colarse entre
la hierba de cualquier tumba infame,
ciertos pájaros cómplices del silencio
–del olvido que dibuja su huella, casi reflejo de cruces
en el muro–,
cualquier animal como cualquier mitología,
la noche y su duelo infinito,
el Mal –viento sagrado– que a veces se aparece
a prolongar la vigilia,
y tu futuro reducido a escombros bajo tierra.
Entonces el insomnio, que sabe escudriñar los más
laberínticos secretos,
llevó hasta el barandal de aquella casa,
en medio de escalofríos parecidos al tacto de serpientes
sobre la piel del miedo:
Imágenes y objetos del pasado,
leyendas de familia,
el odio alacrán rojo hacia el corazón difunto de un asesino
cuyo rostro desconoces,
y otras memorias ajenas a tu presente –pertenencias
del imperio de los años.
Muy pocos, imaginabas, eran tus muertos, demasiados
tus vivos.
Pero aquellos fantasmas que de pronto inundaron
tus pasillos sanguíneos
al contemplar, ya de frente, ese paisaje digno
del más sacrosanto olvido,
rozar tu espalda con su osamenta.
Jamás empuñaste una espada y casi te siega la luz
de su metal,
nunca tus índices dibujaron sudores en la delgadez
de los gatillos
y la ceniza de otros días formó esferas de pólvora,
era mentira que hayas muerto en la madrugada
de otra muerte
y pese a todo, era verdad que el frío limpiaba el verdín
de tus escudos,
la llovizna de abril recorría en su caída tus deseos
de huir hacia otra noche,
lejos del territorio donde entonces temías que fueran
ciertos tus temores.
Y ante el anonimato de aquella cruz –posiblemente
legendaria–
en el Cementerio Mayor de cierta calle, sentiste,
acaso sin saberlo,
el aliento de un hombre asesinado a principios de siglo
en cualquier cruce de caminos benditos por el diablo,
el aliento de aquel, cuyo apellido, verdinece las letras
de tu nombre.








Treno por la tumba de Celestino L.

No vuela el pájaro, el aire se posa en una rama.
En su quietud, la tarde amarillea como espesura
del más viejo cedro
y cae, tapiza el suelo del amargo silencio.
Junto a la tumba nace un coro de ayes. Trenan
los descendientes con ardor de vaciedumbre:
Antaño, fumabas habaneros a la orilla de lagos donde
el tiempo se detenía,
eras el bravucón viento-del-norte que se arremolinaba
sobre los pueblos
y ponía a temblar las raíces de los nacaztles,
hacías bajar a tierra las flores de los delfas blancuscos,
sacudías los huesos de árboles carne-de-perro
y abrías con tu caravana de bestias los ríos más profundos
de lado a lado.
Viejo comerciante, vaquero piel de haya, coraje de toro demoníaco,
rubio pez,
aquí encendemos un relámpago en tu nombre,
gritamos de furia y dolor por tu muerte de treinta y cinco
lunas,
nos arrancamos las sombras a pedazos, nuestras uñas
gotean oscuridad,
padre de mil generaciones,
por tus manos de sorda lumbre,
por tu pecho de rumoroso río,
por tu andar de fiera nómada,
por tu mirada ansiosa de montañas,
por tu mordida infelicidad morida a solas,
por tu queja de eterno insatisfecho.
Aquí encendemos un relámpago en tu nombre,
nos aliamos para quemar los corazones de quienes
quemaron tu corazón,
para cobrar tu sangre.
Nuestra rabia es infinita. Nuestra rabia es infinita
como infinita es tu distancia.
Aquí estamos todos, encendemos un relámpago
en tu nombre, somos tu descendencia.

[http://www.artepoetica.net/jose_landa.htm]

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