sábado, 26 de febrero de 2011

JUAN PABLO PEREIRA [3.162]


Juan Pablo Pereira 


(Santiago, 1978) es egresado de derecho de la Universidad de Chile. Participó en el taller de Gonzalo Millán, en el Centro Cultural de España (Santiago, 2002) y el taller Premio Mustakis/ Biblioteca Nacional, a cargo de Elvira Hernández (Santiago, 2003). Algunos de sus poemas aparecieron en la antología de autores de dicho taller, (SIC) (Valente Editores, 2004). Participó asimismo en los encuentros de poesía joven "Violento Sur", en Temuco, y "Riesgo País", en Valdivia. Ha publicado reseñas y críticas es diversos medios impresos y digitales. Blácbuc (Alquimia Editores, Santiago, 2010) es su primer libro.





Para un proyecto realmente oscuro
que abandone los versos pintados de color
y se entregue sin más a la desidia de la siesta;
para coger sin pausa los retazos negros
que sabemos abandonan los maestros
y nos mantienen vivos y con hambre;
para olvidar nuestra falta de propósito
y decir de nuevo sí, es posible,
como un poeta intenta otro empleo que lo teche
frente a la tempestad que derrama de la boca,
débil pero fría
y por ello susceptible de matar;
para incluir la enseñanza que recuerda,
que no entiende
y recita como un mantra frente a una tumba abierta
florida, poblada de hongos,
de sentidos que no encuentran su verso
pero que se describen en él,
sin desperdiciar nada.


*


No me creo, pero puedo redactar desde un error.
Estoy solo y soy fuerte. He caminado
desde de mi pieza a la calle y vuelvo cada vez.
No he matado a nadie. Miré todo lo que pude.
Me movía como un mudo, pero ya no.
Los caracoles siguen mereciendo mi piedad
y eso no ha salvado a dos o tres de mi torpeza endurecida.
Pero me saco los zapatos para subir a tu lado
y una vez traje una rama quebrada
que puse en tus manos. Lo he hecho mal

pero lo hice.


*


Quizá porque los puercos se dirigen hacia el río
innumerables mis vecinos recogen ya sus ropas
y sin volver atrás más que los ojos al cerrarse
preparan sus cuchillos y los guardan en su toga
con el filo y las pezuñas vertidos hacia adentro.


*


A veces me temo por las noches
pues creo que mi ojo oscuro acecha
y en ellas pretende derribarme, a bastonazos
alguien que se ríe de mis lentes
y procede.


*


El creciente y luminoso candelabro que jugara
con nosotros en el cuarto a sus chinescas figuras
si bien está (parece) a punto de cubrirnos
en realidad ya va a apagarse de un momento a otro.


*

                                 Para Alejandra

Fue hace un día el mar se entregó a tu perfume
en que las luces de la frente calcináronse a sí mismas
y una pequeña puerta colindante a nosotros mismos embriagados
cerróse de golpe y para siempre.


*


Mentiras: habéis sido mis hermanas
larvas en el cuerpo, y las mayores



*



y los catecúmenos
de légamo arrancado
piedras pulidas de hueso
hasta la madre.



*


Rotura de cristales
destellan gaitas y se yerguen
pierden la piedad por las ranuras su terror



*


paredes amargas borrones
de mármol aterran las casas
de otros las mías
se cubren de moho


*


Se veía venir lo aplastante de la vida
otoño del noventa y seis lo recuerdo
daba náuseas ser adulto mercenario estudiante
solitario de una causa más sola que la calle
república infame y mis drogas
callejeados libros ululando.






XIII?

Un hijo
bombardea el viñedo

un hijo

se lleva
cántaros
a
su guarida

bombardea

el sueño
en demostraciones de celeridad

para un brazo amputado










Poemas de blácbuc
(Alquimia ediciones, 2010. 100 p.)



[Cuando yo oscurecía…]

Cuando yo oscurecía
también se cerraban las puertas de lo oscuro
detrás mío. Era una grieta inescalable, separada del viento
por el odio al azul que se paseaba, y recuerdo
haber fotografiado a un burro
que miraba en mis ojos. Pero pasó de largo
para comer en un lugar tranquilo. Desde ahí
casi siempre por mi cuenta,
durmiendo sobre arcilla que sólo yo secaba.
No distinguía en esa época
el amor del odio. Todo era posible de mirar,
aposando al mismo tiempo en mis rodillas, en mi pelo
y picaba de igual modo. Sólo sus frutos eran diversos,
todos inquietantes. Con facilidad
me confundía, sonreía como escudo
y me resigné a equivocarme dos de cada tres.





Para la construcción de un nuevo árbol de pascua

caíste. Fue tan fácil.
Te dormiste en la estación que lleva al árbol de la horca
donde hombre alguno cuelga,
pero el que pasa deja ofrenda de hongos
o un puño de azúcar para herir la tierra
y la tierra abre sus ojos cada tanto,
toma nota
con la regularidad de un pulso en la cabeza: luz,
y luego luz de nuevo, un bulbo
cada vértebra quebrada.





[Supera esta traba. Es una falsa traba…]

Supera esta traba. Es una falsa traba. Los escritores al servicio
de la mantis religiosa bien lo saben. La comezón
no es su tema. La proliferación de emperadores los deja sin cuidado,
la epifanía es su patio trasero. El pie,
la columna invertebrable de estos nudos en tinta,
la conjunción de un codo ortopédico
con la carne más o menos fresca; nada de eso
les duele, ni un poco. No hay aquí ni allá
verdaderos artífices. Así que en vez de ellos
seamos asaltantes escondidos
debajo del camión, los rastreadores
de este cargamento mísero, lleno de palabras resonantes
el remedio para ansiosos de sentido,
buscadores de culpables
u oradores tristes que han perdido su púlpito.





[Pondera el amor que has recibido…]

Pondera el amor que has recibido
y cállalo ante extraños, procede
a cuantificar el placer dado
y recibido, y verás que no se puede.
Sólo acércate, entonces
al error que es corregible,
a la flor reparada
inclinada sobre el rostro bienamado,
así de cerca, pásalo
a esta tierra en contrabando, pulsa
mi temblor como un botón dañado
que tendrá que funcionar, que abre tus puertas
y las mías, que se hace
tanto más que cierto bajo un ausente ritmo
de tambor, de tierra húmeda,
de plazas requemadas
de uno como tú o como yo
que se toma a sí mismo de la mano.
Todo es así, reducible al reposo
y espera a su despertador.





war without war

O es que verte no parece afectarme
o es al lado de lo real en que en verdad duelen los brazos
de un peso increíble por cargar: las bolsas de basura
reunidas en el patio tras un año
preparando esta pira. No es el volumen
lo que podría impresionar a los hablantes de esta tarde
minuciosamente bulliciosa. Tampoco la eficacia
del amontonador, quien se ríe de su obra.
Más bien es esa disposición al martirio
ajeno, por supuesto, que transita como un gato en la alegría de vernos
y parece pedirnos disculpas, con tranquilidad,
esperando la caída de una oscuridad propicia
y (por cierto) a que alguien aparezca acelerando el fuego
para no tener que arrojar a alguno de nosotros
a buscar en el fondo de esta acumulación
un último fósforo que podamos mojar.





[Salimos a esperar la caída de un avión…]

Salimos a esperar la caída de un avión
con helados en la mano, los rostros bien abiertos
a las trazas de ceniza, como un tajo
de jirones de alegría sobre el cielo: aquí vienen los jets
en formación de hombre ausente. Que se callen los ciegos
porque mirar no cuesta nada, valer la pena esta caída
nada en absoluto.





Interinato

Abandonar. Tal vez es necesario
cada cierto tiempo abandonar, dinamitar las provisiones
e irse silbando de una casa en ruinas. No pretendo describir
al que se va y deja cosas sin hacer. El que se va
para volver sabe que nada
es esencialmente irremediable. Ni la muerte de tus muertos
ni el diente que es trizado al trizar dulces.
Pasamos como todo. Y queda el papel sucio.
Quejarse es tan vacuo que asquea.




Sobre Blácbuc de Juan Pablo Pereira

Por Ernesto González Barnert


A uno le cuesta hablar de los libros que ama, que solo quiere para sí, cuyos versos a uno lo llevaron de un lugar que creía final a nuevo, más cerca de sí mismo y a la vez más lejos de todo lo que creía hasta ese entonces. Uno de esos libros que obligan a seguir acostado leyéndolo. Que algunos sé no terminan para mantener ese estado de azoramiento lo más que se pueda, hasta que comparta con otro, cientos de otros, ese lugar de cabecera. 

Blácbuc (Alquimia ediciones, 2010) es uno de esos libros.

…Creo que en Blácbuc se reinstala y posiciona una poética de la intimidad en su más alto nivel, es decir, una conversación privada, digamos en voz alta, en su máxima expresión y potencia, consigo mismo y abierta, no sin recelo, a la posibilidad de lectores, a la vieja usanza. A contrapelo o derechamente a rastras del discurso público que todo lo invade y domina… y de cualquier público objetivo, expectante. Pereira sabe que ninguna obra grande se hizo pensando en el lector. Y se autovigila de la fórmula –que tanto éxito da en Chile-, del gran poema que viene a hablar por boca de los que no, políticamente correcto, de conciencia social… esa challa grandilocuente y vacua atosigada de buenas intenciones y agitación de utilería. 

Una poética de la intimidad que se sirve de la conciencia crítica del oficio tanto como de la familia, de su experiencia personal y literaria para lograr un libro que se equilibra con astucia entre una Obra selecta y un poemario redondo. Y donde cada poema no es la descripción de un hecho, es un acontecimiento en sí –como manda Robert Lowell, complejizando como pocos su dimensión interior y resistencia a propósito del poder, el dinero, la iglesia, la literatura, la familia, el colegio, la universidad, el trabajo, la navidad, otros poetas, la amada, la biografía, el derecho, la historia, la fama, el fracaso, etc. Un libro que sabe que la obra mira hacia fuera desde dentro. Un libro terriblemente familiar. Indiferente, pero lleno de atención. Y como tal conciente de la canción de Crass, Punk Is Dead, “Los escorpiones pueden atacar, pero el sistema robo el aguijón". Por consiguiente, Juan Pablo Pereira (Stgo, 1978) levanta una resistencia sin la menor concesión a la fatuidad e insipidez del discurso público y su corrección política, sin recurrir a una literatura abyecta como respuesta o de acento mesiánico y víctimizante, sin ningún asidero en el poeta de carne y hueso. Por supuesto, sin perder lo esencial: tener algo que decir… esa cosa que paraba a los abuelos de sus abuelos como a mongoles y águilas al borde de un risco donde claramente no valdría vivir si no fuera por algo.

Ese “algo” que esta presente y a la vez velado en cada poema, es su propia posición donde como Hanshiro Tsugumo en Harakiri: “la mente suspicaz conjura sus propios demonios”. No sin heridas, cicatrices, oscuridades. Con la verdad a cuestas.

Ese lugar “donde sólo el arte es capaz de ir más allá de las apariencias, permitiéndonos adentrarnos en una realidad más genuina que la que nos rodea (…) El valor de la literatura estriba en saber encontrar ese universo fundamental, duradero y esencial en que se funden vida y materia" como escribe Saúl Bellow y lo reconocemos en la poesía de Pereira.

Sobre todo hoy, en que la dimensión pública de la realidad…de la ficción que constituye nuestra realidad se ha hecho cargo con todo su poder del lenguaje y la visualidad, de la sonoridad y expresión física del mismo, incluso en nuestro silencio interior. Sin duda, libros como Blácbuc, mis queridos lectores, son los que debemos leer y poner de cabecera porque nos salva del vacío y la nada en que mucha literatura de nuestra generación acampa al principio del Everest creyéndose en la cima, berreando de la manera más ridícula, aburrida y sin ideas propias “Generación de mierda”

La poesía debe resguardar algo más que un mundo hecho de lenguaje. Y estas palabras han sido dichas pero no lo suficiente. Con Blácbuc nos levantamos del asiento y asentimos con aplauso esta máxima, al paladear su universo rico y complejo en el que todo tiene sentido, te envuelve, sugiere, implica y conmueve. Aquí no avanzas una página sin que no veas nervio, fibra. Fascinante en su despliegue variopinto de imágenes que queman en la memoria y la lengua. Un poemario que nunca se te echa encima ni puedes echarle el guante. Tan contundente, tan dramáticamente estimulante, tan cruelmente exacto que duele. Francamente un libro negro en los campos de algodón de la poesía castellana. Verdaderamente apabullante, nada de mezquino, con gran acabado formal, de áspero trazado. En fin, uno de los mejores libros de estos últimos diez años yendo de un pueblo a otro, de noche, con solo una vela para iluminarse.






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