jueves, 23 de diciembre de 2010

SOHRAB SEPEHRÍ [2.621] Poeta de Irán




Sohrab Sepehrí

(1928-1980), considerado uno de los mayores líricos de Irán, crea una obra que, como puente múltiple, es nexo entre la gran tradición poética escrita en lengua persa (concretamente la poesía de Rumi y la de Hafez) y la universal contemporánea y entre la cultura de Oriente y la de Occidente. Sepehrí nació en los oasis de Kashán y ese fértil "espacio verde" y su búsqueda sin fin (viajó a la India, Japón, Francia, Italia y España), le llevaron a adentrarse en los invisibles nexos entre humanidad, naturaleza y amor.


Dentro del panorama lírico actual de su país, sus poemas, desbordantes de imágenes inusitadas y de pensamiento, por su carácter filosófico, resultan excepcionales.



vlibro.jpg

Traducción de Sahánd y Clara Janés.
Prólogo de Darius Shayegán.
Publicado por Ediciones del Oriente y del Mediterráneo.

-Poemas -


Y ahora la caída de los colores

Semejante a los misterios del nacimiento
los instantes escoltaron al año entre dos parpadeos.
En las mojadas cumbres del encuentro
se levantaba poco a poco
el santuario de la luz.
El suceso se tejía con la materia del pavor.
Un pavor
que penetraba en la estructura primordial de la piedra.
En la fresca gravedad del viento
murmuraba una garganta
la nostalgia del Amigo.
Desde el principio de la lluvia
hasta el fin del otoño
fluían huellas de palomas.

Cuando cesó la lluvia
el paisaje estaba desguazado.
Las vastas extensiones mojadas
quedaron sin aliento.
Y en nuestra boca de paciencia
se fundió
el arco iris.




Tan línea como blanca


Es de mañana.
El gorrión, todo presencia,
canta.
El otoño se deshace
en la compacta unidad del muro.
El avance gozoso del sol
arranca del sueño
el cuerpo de la corrupción:
Una manzana se pudre
en la insistencia calada
del azafate.
Una sensación semejante
a la extrañeza de los objetos
cruza los párpados.
Entre el árbol y el verde efímero
el azur sin cesar renovado
se mezcla con el ansia de la palabra.

Pero,
¡Oh respeto de la blancura inmaculada del papel!,
el pulso de nuestras letras late
hasta en la ausencia de la tinta del calígrafo.
En la mente del ahora
la atracción de la forma se desvanece.

Hay que cerrar el libro.
Hay que levantarse
y andar siguiendo al tiempo.
Y contemplar la flor,
prestar oído a la ambigüedad.
Hay que correr hasta el fondo de la existencia.
Hay que seguir la llamada perfumada de la tierra funeraria.
Hay que llegar al cruce donde se encuentran el árbol y Dios.
Hay que sentarse
en el umbral de la expansión
en algún punto entre el éxtasis y la revelación.


Presencia hasta el final


Esta noche
un sueño extraño
abrirá el acceso a las palabras.
El viento tendrá algo que decir.
La manzana caerá
y rodando sobre las virtudes de la gleba nutricia
alcanzará la presencia de la ausente tierra de la noche.
El techo de una quimera se hundirá.
El ojo
verá la triste inteligencia de las plantas.
Una hiedra trepará
enroscándose a la visión de Dios.
El misterio desbordará.
Las raíces de la ascesis del tiempo
se pudrirán.
En el camino de las tinieblas
los labios proferentes del agua
emitirán destellos
y el corazón del espejo desvelará sus misterios.

Esta noche el hálito del Amigo
hará temblar el tronco de la esencia
esparciendo el asombro pétalo a pétalo.

En lo más recóndito de la noche
un insecto experimentará en su fuero interno
la fértil porción de la soledad.

En el interior de la palabra alba
el alba se elevará.




Oasis en el instante

Si venís a buscarme
estaré más allá de la tierranada.
Más allá de la tierranada hay un lugar.
Más allá de la tierranada las venas del aire
están llenas de vilanos mensajeros que nos traen noticias
de una flor recién abierta en el arbusto del extremo confín de la tierra.
En la arena hay dibujos de cascos de caballos,
de sutiles jinetes que al alba se dirigieron hacia
las alturas ebrias de la asunción de la amapola.
Más allá de esa tierranada, el guardasol del deseo permanece abierto:
Y cuando la brisa de la sed corre por el fondo de una hoja
se oyen las campanas de la lluvia.
Aquí el hombre está solo
y en su soledad
la sombra de un olmo se extiende hasta la eternidad.

Si venís a buscarme,
venid, pues, lenta y suavemente
para que no se raye
la porcelana de mi soledad.

[http://www.adamar.org/numero_14/000048.janes.htm]




Más allá de los mares

Construiré una barca,
La lanzaré al agua.
Me alejaré de esta tierra extraña
En la que nadie despierta a los héroes
En la arboleda del amor.

Con una barca sin red
Y el corazón sin desear la perla
Seguiré navegando.
No ataré mi corazón a los azules
Ni al mar ni a las sirenas que asoman fuera del agua
Y esparcen el hechizo de la punta de sus cabellos
En la luminosa soledad de los pescadores.

Seguiré navegando.
Seguiré cantando:
‘Lejos hay que ir, lejos.
El hombre de aquella ciudad no tenía mitos.
La mujer de aquella ciudad no tenía la plenitud de un racimo de uva.

Ningún espejo de ningún salón repetía la alegría.
Ningún charco de agua reflejaba una antorcha.

Lejos hay que ir, lejos.
Cantó su himno la noche.
Ahora les toca a las ventanas.
Seguiré cantando.
Seguiré navegando.

Más allá de los mares hay una ciudad
Cuyas ventanas están abiertas a la aparición.
Los tejados son el lugar de las palomas que contemplan las
Fuentes de la inteligencia humana.
En esta ciudad, la mano de todo niño de diez años es una rama de conocimiento.

La gente de la ciudad mira al muro
Como a una llama y a un sueño suave.
La tierra oye la música de tus sensaciones
Y en el viento se oye el sonido de las aves mitológicas.

Más allá de los mares hay una ciudad
Donde la extensión del sol iguala a la de los ojos de los madrugadores.
Los poetas son herederos del agua y de la sabiduría y de la claridad.

!Más allá del mar hay una ciudad!
Hay que construir una barca.


Dirección

‘¿Dónde está la casa del Amigo?’.
Fue al alba cuando el jinete hizo la pregunta.
El cielo se detuvo, el transeúnte entregó a las tinieblas de arena
La rama de luz que tenía en los labios,
Luego señaló con el dedo un sauce blanco y dijo:

‘Antes de llegar al árbol hay una alameda
más verde que el sueño de Dios,
donde el amor es tan azul como el plumaje de la sinceridad.
Irás hasta el final de esta calle que aparece pasada la adolescencia,
Luego torcerás hacia la flor de la soledad.
A dos pasos de la flor,
Te detendrás al pie del eterno surtidor de los mitos de la tierra.
Allí te envolverá un pánico transparente;
En la intimidad fluida del espacio oirás cierto crujido:
Verás a un niño encaramado en un pino alto
Dispuesto a coger los polluelos del nido de la luz
Y le preguntarás:
‘¿Dónde está la casa del Amigo?’.


Noche de la buena soledad

Escucha, es el pájaro más lejano del mundo el que canta,
La noche fluye unificada, expandida.
Los geranios,
Y la rama más alborotada de la estación, oyen la luna.

La escalera delante del edificio,
La puerta sosteniendo con la mano una linterna
Y en el fresco derroche de la brisa,

Escucha: el sendero llama a tus pasos desde lejos.
Tus ojos apenas son el ornato de las tinieblas.
Sacude pues los párpados, ponte los zapatos y ven.
Ven al lugar donde el plumón de la luna despierta tus dedos,
Donde el tiempo se sentará sobre la tierra dura, junto a ti,
Y absorberá los salmos nocturnos de tu cuerpo como fragmentos de un canto.

Allí hay un místico que te dirá:
Lo mejor es alcanzar una mirada impregnada todavía del súbito
Acontecer del amor.

Sohrab Sepehrí, Espacio verde, todo nada, todo mirada. Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, Madrid, 2010.






No hay comentarios:

Publicar un comentario