miércoles, 29 de diciembre de 2010

2719.- ULRICH GRASNICK


Ulrich Grasnick, Pirna; Alemania 1938, ha publicado: „Der vieltürige Tag“, „Gespräch mit dem Spiegel“, 1973 „Ankunft der Zugvögel“, 1976, Pastorale“, 1978, Liebespaar über der Stadt“,1979 „Flugfeld für Träume“ (conjuntamente con Charlotte Grasnick) 1984. Textos para cinco Sinfonias de Siegfried Köhler (Edition Peters) 1985, también como producción de un disco de larga duración. Editor de la Antología „ Zwei Ufer hat der Strom“, Verlag der Nation, 1988, „Das entfesselte Auge“ 1988, „Hungrig von Träume“, 1990 „Lieder die colori“, conjuntamente con Simona Ciliana 1996,etc. Actualmente se destaca como el Director del Círculo Poético „Köpenicker Lyrikkreis“ de Berlín.




Los días de Muertos

Para José Pablo Quevedo

De pronto veo.....
las pesadas montañas
con alas blancas
que se elevan del invierno.
Allá, donde la nieve se tendió
sobre la red de piedra del volcán
se espera la llegada del pájaro de humo.

(“Del libro: „ Invierno en los Andes“)






Los días de muertos

Recuerdo:
Brasas humeantes por doquier,
la yerba calcinada,
pero el sol no puede quemar
el verdor del cactus valiente.
En su espinosa sombra larga
descansan perros negros
que parecen pertenecer
a todos y a nadie.
Ellos no jadean al calor
y comen de todas las manos,
y con sus ladridos
silba hasta el polvo de la calle.
Pero dentro de todo el ardor del verano
está la tenura de las madres.
En sus mantas azules
crece el asombro
acerca de este mundo,
en esas mantas
elevan los niños las miradas,
sobre esas mantas
que las madres usan día a día.

Por pertenecer
a la existencia del tiempo
en este mundo,
nadie debe de tener miedo,
la muerte
ella disuelve de pronto el tiempo
en la nada.

Toda una larga vida,
ella, prometió venir
Y hubiera sido bello
el haber aprovechado
los momentos de mi gran cansancio,
en los que apenas
apreciabala vida.

Pero fue
en uno de esos días de primavera
en los que ella me apartó,
justamente cuando el aroma
de las flores nuevamente
dejaban florecer en mí
una especie de reclamo
por la vida,
y sólo la canción de un pájaro
parecía superar esa aroma.

Todo fue como un relámpago
que ni siquiera
me dejó el recuerdo
del momento
de la muerte.

Pero, ahora el noviembre,
arrastra humo
de fuegos ya alejados
tras de sí,
incienso
de alegres entierros,
la eternidad en su aroma,
una procesión llena de esperanza
por la vida.


Despertamos
de la escuela de los sueños,
pasamos a las lecciones del día,
a los deberes
que la muerte nos invita,
a la fatiga
que nos entrega con cada
desgracia en las calles,
en las montañas,
en los mares.
Tenemos que trabajar para ella
en cada lugar,
pero en esos días de noviembre
bailamos,
celebramos con ella una fiesta.

Los días de muertos.






Hoy retornan todos los ríos
nuevamente del mar,
hoy los saludamos, muertos,
hoy se levantan de sus tumbas,
de los pálidos bordes de cera,
a ustedes muertos,
el tiempo les ha quitado
sus indumentarias,
pero hoy les regalamos nuevas sarapas
y vestidos de colores.
El telar ha entregado por ello
algunas noches de insomnio,
y su lanzadera ha cosido
las viejas heridas
entre el ayer y hoy,
día a día
crecía en la tela
la promesa colorida
para esta fiesta.

Los días de muertos






Vamos a saludar a los muertos
tal como vienen, étereos.
Se dejan llamar por sus nombres,
así estaremos todos más cerca.
Ellos bailan,
aunque es noviembre
y los árboles
enseñan sus venas negras
y sus tendones.

Invocamos a las almas de los muertos.
Ellos saben
que pensado estamos:
el aire les lleva el aroma
de sus platos preferidos.
Hoy, junto a ellos,
nos sentamos a la mesa.

En sus sueños,
despertaremos toda una noche.
No nos escondemos.
La muerte
con voces suaves
está esperando
detrás de las puertas cerradas
la comida terrenal,
al banquete
en su honor
para romper su cotidiana rutina.

También el sueño de los muertos
se empolva.
Y lo renovamos con colores,
los sacamos de su ancestral prisión
para despedirlos
nuevamente.
Para abrir su cielo
con nuestra alegría
en esta fiesta.

Trasponemos la tierra de nadie,
de la muerte.
Cosechamos de sus frutos.
Es el recuerdo
de los muertos.
Entro silencioso
en aquel círculo,
sin ejercicio aún
en aquellos ritos sonoros,
con los difuntos
que tienen que dejar la soledad
de sus escondites

Los días de muertos:
La muerte, esa faz
irradia
desde su negrura,
nos acompaña en las noches de vigilia,
en esas noches
en las que bailamos una y otra vez
con los muertos
y el metal de los instrumentos de viento
se iluminan como lámparas.
Siempre que quiero aceptar el ruido
tengo que regresar al silencio,
al coraje silencioso
a la soledad de mi meditación.
Porque sabemos tan poco
de nuestro futuro en la muerte,
de nuestra
ánima,
después de la vida mundana
podemos tranquilamente
bailar con la muerte,
abrazarla,
porque su misterio
nos abre
todas las fantasías.

El tiempo
es la muerte
detrás de la máscara del tiempo vacío,
igual como la muerte
es la máscara
detrás del tiempo vacío de ella misma.

Es la muerte
una carga deteriorada
del saber
en nuestro pesar europeo,
de taciturnidad estrecha
en los ataúdes,
esqueletos austeros
en el viaje al olvido,
mientras, en el noviembre mexicano
la obscuridad se expulsa
de las calles con colores de la luz.
Las llamas avivadas con el hurgón
cocinan los platos preferidos de los muertos.
Aquí en noviembre
es donde los vivos renuevan
la amistad con la muerte,
y el polvo se eleva por las calles,
cuando ella viene a oficiar su funcción.
Llenar de nuevo el alma
de los muertos con flores,
calentar sus soledades
con nuestras voces,
arranquemos el noviembre de su sueño.
Para agradar a nuestros mayores
nos detenemos un momento en nuestro afán,
para acercarnos a sus pasos lentos.

Las almas de los muertos, nos dicen:
Aún nos queda vida,
en nuestro presente
podemos comprenderlo mejor.

A los muertos hay que amarlos
con la fuerza con que el fuego
ama a la paja,
entonces, regalémonos en noviembre
esas pequeñas calaveras de azúcar.

Nachdichtug: José Pablo Quevedo






Aus dem Buch "Verteidigung des Lichtes"
( "Ankunft der Zugvögel")

Del libro “Defensa de la luz “
Llegada de las aves migratorias

Neruda

Ese puente de color,
arco iris,
pasión de tu poesía,
y una lengua
que tomó la fuerza
del indomable fuego.

También un iceberg
cuya quilla oculta
cortó
las más profundas aguas

Tus barcos rojos
que como soles
salen en el horizonte,
cargados con la fresca sazón
del lenguaje,
veleros
que no conoce
la melancolía
del viento en calma.


Nada fue en vano,
ninguna línea,
ninguna furia,
ningún luto –

Siempre nos has asombrado,
incluso
en las tensas cuerdas
de la luz
nos tocabas la guitarra.

II

Quién quería
impedir a la fuente
mostrarse,
quien quería
robar la fuerza
a la sangre del verso,
quién quería impedir
al picapedrero
dar lenguaje a la roca.

Futuro
ya han dado cuerda
a los manijas inquebrantables
de tus relojes
que hacen tictac sin cesar
aun cubiertos
de tierra y luto,
allá
donde las tumbas indefensas
recogen la muerte forzada
y la flor del mar
se retuerce en el polvo.


III

Mar,
espejo
de todas las emociones –

La fuerza de la tempestad,
el color sangriento
del lenguaje
que irrumpe
de los colores
del prisma
de tu corazón,
que no soporta
la pálida sepultura
del silencio
y la duración oscura
de ese septiembre.


Todavía la hora
de la despedida,
armada de emociones
esa noche,
armada con tus ojos,
que no pueden olvidar
la sangre,
que no pueden olvidar
a los muertos,
que flotan río abajo,
tampoco la hora
de la despedida,
armada con tus versos –

¡Quién hubiera podido
encadenar ese
crepúsculo matutino
de los corazones!


IV

En los puertos de tus versos
desembocan los ríos del lenguaje,
dejan ver en sus espejos
los fantásticos barcos
de las nubes,
llevan el luto en colores del otoño
y el alba,
cuyas rosas
iluminan el aire.

Tus paisajes,
donde respira la cabeza verde
de la hierba –

allá, donde el hielo se derrite,
iguala el río
a la serpiente, está mutando.


Tú amabas el silencio,
cuando al amanecer
la proa del sol
bifurcaba el horizonte,
tú amabas las tormentas:
las revoluciones furiosas de los mares ,
amabas las oscuras formas
de las rocas
y las expandidas y blancas telas
de los veleros,
tú amabas tu casa azul,
que queda destruída
con ventanas muy abiertas al mundo.


V

Registro domiciliario
en casa de un muerto

Ellos han demolido
tu casa,
han hecho todo
para demostrar,
que un muerto
no opone resistencia.
ofrecer resistencia.

Se han embriagado
de tu indefensa –
como ratas agreden
en los barrios pobres
a un niño durmiendo,
así han llegado.

En esa mañana
no tardó el sol
en su llegada.
Iluminó cuidadosamente
todos los crímenes
cometidos
ante
tu rostro pálido,
iluminó precisamente
los rostros de los asesinos,
para que no olvidemos
sus nombres,
tampoco las fotos rotas
en tu cuarto,
los armarios destrozados,
la cama acuchillada.

Que guardemos
tus palabras
en nuestro interior
como arma brillante
de la esperanza –
que distingamos el abismo
entre la luz y el dolor,
por eso vino el sol
esa mañana.



La guitarra

Homenaje a Víctor Jara

Igual como
un caracol roto en la orilla,
fragmento
de sonido y brillo
en septiembre
bajo los cardos
del recuerdo –


Un cántaro
lleno
de la oscuridad
del silencio definitivo –

Esa guitarra
una muralla
de orgullo y canto,
construido contra el sufrimiento,
contra la soledad,
contra el olvido.

Esa guitarra
que nadie más sabe tocar
sin que toque
la cuerda del dolor.




El país extraño

Desde muy lejos
vienen los que piden asilo
vienen en barcos,
en aviones,
en trenes,
caminan por la noche,
a través del calor y de la nieve,
encuentran en el frío
la soledad de su aliento,
escriben en las paredes
de su escondite la maldición
de su lenguaje de migrante,
lenguaje, lanzado,
esperando un eco
bajo el cielo diferente.

A lo lejos
desesperadamente los que huyen
buscan una morada en sí mismos
construyen de su nostalgia
el puente secreto del regreso.
Les queda creer
en el gesto amable
de alguien
les queda confiar
en el brillo
de los ojos de un desconocido.

Traducción: José Pablo Quevedo, Representante de la Casa del Poeta Peruano en Alemania
y miembro de la Dirección de MeloPoeFant (Sismo Poético Resistente).

Esta selección de poesías del libro “Defensa de la luz “, que lleva el título „Llegada de los aves migratorias“ del poeta alemán Ulrich Grasnick fueron escritos después del golpe militar en Chile en 1973, en homenage al gran poeta universal Pablo Neruda. Segun el mismo Grasnick, estas poesías fueron algunos de sus trabajos juveniles cargados por los sentimientos de emoción, de admiración y de dolor por la muerte del gran poeta chileno, pero al mismo tiempo, de repudio hacia la dictadura militar fascista que se establecía en el poder.






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