jueves, 2 de septiembre de 2010

ROSA SILVERIO [831]



Rosa Silverio

Rosa Silverio es una poeta y narradora dominicana cuyos escritos expresan el punto de vista femenino. Nació en Santiago de los Caballeros, República Dominicana el 30 de agosto de 1978, pero reside en España. Coordinó por varios años el Taller Literario Tinta Fresca y trabajó como redactora cultural y de revistas para el periódico Listín Diario.

Su escritura ha sido premiada en varios concursos literarios, destacándose el XXI Premio Internacional Nosside que organiza el Centro de Estudios Bosio en Italia, convirtiéndose en la primera persona no-europea en recibir ese galardón, y el Premio Nacional de Poesía de su país natal. Sus cuentos y poemas figuran en varias antologías y han sido publicados por revistas y suplementos culturales de diversos países. Su obra ha sido traducida a varios idiomas: italiano, portugués, catalán, inglés y francés.5 

Obra

2005 – Desnuda, poesía. Editora Cole. Santo Domingo, R.D.
2002 - De vuelta a casa, poesía. Editora Centenario. Santo Domingo, R.D.
2007 - Rosa íntima, poesía.Editorial Santuario.
2010 - Selección poética, poesía.
2012 - Arma letal. La destrucción de las palabras.Ganador Premio Nacional de Poesía 2011 de la República Dominicana
2012 - A los delincuentes hay que matarlos.Prisa Ediciones.
2014 - Matar al padre, poesía. Huerga & Fierro Editores.

Premios

2011 - Premio Nacional Salomé Ureña, Santo Domingo, República Dominicana.
2005 - Vencedora Absoluta5 del XXI Premio Internacional Nosside de Poesía que organiza el Centro de Estudios Bosio de Regio de Calabria (Italia).
2003 - Primer lugar en el concurso de cuento, poesía y ensayo que organiza la Alianza Cibaeña por su relato “La canción rota”.
2001 - Mención por el cuento “La mueca” en el concurso de cuentos de Radio Santa María.
1999 Tercer lugar en el concurso de cuento Colorín Colorado por su relato “La caja donde Alicia guarda sus secretos”.
1999 - Mención especial por su cuento “Niki” en el concurso de cuento, poesía y ensayo de la Alianza Cibaeña.
1998 - Primer lugar en el concurso Terminemos el cuento por terminar el relato “Más triste que su canto” del reconocido autor dominicano Andrés L. Mateo. Certamen organizado por el periódico Listín Diario, Unión Latina y el Centro Cultural de España.
1997 - Mención especial por el cuento “El ave que no podía volar” en el concurso de cuento, poesía y ensayo de la Alianza Cibaeña.






Este poema

Este poema viene desnudo y transparente,
delgado como un hilo,
liviano,
imprescindible,
cotidiano como los enseres de la casa.
Este poema viene sin sexo y sin horas,
sin drogas y sin amigas,
de espaldas,
con cuchillos en sus fauces,
sin faldas y cigarrillos,
como un pájaro,
una caída
o un alumbramiento.
Este poema viene con latidos
y sangre,
dentro de un panal de abejas asesinas,
doloroso y nauseabundo,
salvaje y con pelos en las piernas.
Este poema viene de adentro,
trae la ingravidez del alma
y las rosas que dormitan en el pecho,
trae la tristeza en un frasco pequeño
y lo destapa,
y lo huele,
y se enamora de su fragancia lacrimógena.
Este poema viene del fondo,
se me escapó de un resquicio del alma
y ya no consigo hacerlo regresar.





Hay que ponerle nombre a esta tristeza

Hay que ponerle un nombre a esta tristeza
hay que ponerle un corazón,
un ojo de gato o de serpiente,
hay que ponerle un vestido
tacones
maquillaje
y sacarla a pasear
emborracharla
y cogérsela en una esquina
o en un motel de mala muerte.
Hay que golpear a esta tristeza,
darle latigazos,
enseñarle quién manda,
amarrarla a un poste eléctrico
o deshojarla en una tarde de septiembre.
Hay que saber que el mundo
es una telaraña o una sombra ancha
dispuesta a devorarlo todo,
a tragárselo todo de una bocanada
o de un zarpazo.
Hay que entender que las cosas
tienen un lugar geográfico, un nombre,
una textura exacta y una forma
y que dentro de esas cosas
está desnuda y en silencio
la tristeza,
como una corriente de aire frío
o el mar cuando se han dormido las olas,
como un conuco solitario,
un rancho de tabaco a oscuras
o Matanzas a las cinco de la tarde.
Hay que saber que la tristeza existe
como existe la casa, la tacita de té,
el reloj, el árbol, los recuerdos
o la fotografía de mi abuela
con una blusa llena de pájaros blancos
y una mirada que me hace recordar
a todos los muertos que ha tenido que llorar
mi pobre abuela.
Hay que saber que la tristeza no sólo existe
sino que también tiene su espacio,
su rincón en el interior de cada cosa,
su propia coloratura, sus exigencias
e incluso sus horarios
y que a veces uno se cansa,
se harta de tanta mansedumbre,
de tumbarse en una cama,
de tomarse un frasco de pastillas,
de pensar en sogas, en puentes
o en desahogos sentimentales,
y de repente uno se levanta
y dice coño
y decide cambiar el orden del mundo,
ponerle un nombre a la tristeza,
etiquetarla,
mandarla a la mierda,
y seguir hacia delante,
siempre adelante,
como el que va en un tren
o en un motoconcho,
aunque el vacío siga en el lugar de siempre,
aunque nada sea como antes,
aunque el amanecer sea luminoso,
aunque la tristeza jamás desaparezca.





Fernando Sabido Sánchez y Rosa Silverio




Leer un libro

Leer un libro de pie,
sentada,
llorando,
haciendo el amor,
desnuda,
con el café en la mano,
con un poco de droga en los bolsillos,
con un cuchillo entre las venas,
sin ganas de aprender, sin horarios,
sin ruta de navegación y sin remos.
Leerlo con ganas,
a prisa,
sudando,
acongojada.
Leerlo en los parques, en los aviones,
en los edificios públicos,
en las peluquerías y los trenes.
Leerlo con hambre,
sin fe y sin justicia,
leer por leerlo,
leerlo entre el pan y la mañana.




Mata a la gallina

Llegó la hora de la enfermedad y de la angustia
el tiempo de los gusanos
la hora de los aullidos
de la sombra y las enredaderas
Llegó el momento de descargar la pistola
de matar a la gallina
Nadie podrá encontrarte
nadie podrá señalarte con el dedo
o condenarte
o vengarse por tu crimen
El velo miserable de la noche te protegerá
en ese instante
y todos los lobos estarán contigo
Así que lanza tu telaraña seductora
mete a la presa en el corral
engórdala
y cuando haya transcurrido
la estación de los crisantemos
cuando no haya luz, ni un caracol,
ni una descarga eléctrica en el horizonte,
mata a la gallina
destrúyela
mátala
mátala
mátala.





Somos tú y yo nada más

Somos tú y yo nada más
entre estos mares azules, la escarcha
y el deshielo.
Somos nosotros solos como dos náufragos
que han sido olvidados,
devorando las migajas de lo que ha quedado luego
de la guerra.
Somos tú y yo todavía vivos entre las cenizas,
unidos por el destierro y el fuego abrasador
de lo que ha sido,
atados por un antiguo nudo de marinero
experimentado,
vaciados uno dentro del otro en medio de la noche.
Somos tú y yo temblando de frío en esta gran nada,
esperando un bote salvavidas o un milagro,
reconstruyendo en el imaginario lo perdido,
pensando en segundas o en terceras oportunidades,
ocultando las llagas para que no se burlen de nosotros.
Somos tú y yo nada más,
tú y yo reinventando lo imposible,
con la gran sombrilla llena de balazos,
refugiado cada uno en la desvalidez del otro,
fingiendo, como siempre, que el final no se aproxima.
Somos tú y yo nada más,
tú y yo abandonados a la suerte,
tú y yo mirándonos con miedo
mientras desde arriba nos observa un viejo buitre.



Un hombre sabe cómo partirte en dos

Un hombre sabe cómo partirte en dos
ha estudiado bien dónde hacer el corte
el lugar exacto en donde debe enterrar el cuchillo.
Sabe también que antes de desplumarte
debe retorcerte el cuello
calentar el agua
luego podrá guisarte con sus especias favoritas.
Un hombre conoce los trucos para ganar la partida
para quedarse con el botín
y huir sin dar explicaciones.
Siempre memoriza tus puntos cardinales
siempre te engatusa
te caza
te domestica
y luego te corta como una naranja
que reparte con presunción entre sus amigos.
Un hombre actúa como un dios
te trata como un pastel
y sabe cómo partirte en dos
sabe cómo hacerte infeliz
sí que lo sabe.



La mujer transparente

De repente, como por arte de magia,
mi cuerpo comienza a volverse transparente,
desaparecen mis manos, mis piernas ambulantes,
se vuelve invisible la sonrisa
y al asomarme al espejo descubro
que hace falta mi imagen,
que mi cabello negro se ha escondido
en el mismo lugar en donde se esconde el alma,
y me sorprendo porque sé que estoy ahí,
que sigo siendo la misma,
que no me he ido a ninguna parte,
que esto no es un sueño,
que simplemente me he hecho invisible
y salgo por el mundo para ver si no estoy delirando,
camino por la calle El Conde, me siento en el parque,
y saludo a un turista que enamora a una muchacha,
pero ni él, ni el limpiabotas, ni las palomas hambrientas
se fijan en mí, no advierten mi presencia,
no saben que estoy aquí sentada,
totalmente desnuda, como una recién nacida o un fantasma
que se detiene a escarbarles las imperfecciones y las sombras.

De repente me doy cuenta de que esto es en serio,
de que a partir de ahora nadie reparará en mí,
y quizás tampoco nadie me extrañe.
Nadie dirá “¿dónde está María?”, “¿por qué no llega?”,
“¿le habrá pasado algo?”, “¿estará enojada esta María?”.
Nadie se preocupará, a nadie le dolerá,
nadie irá a rescatarme,
nadie irá a derribar la puerta y a devolverme la vida.

Desde hace mucho tiempo,
desde antes de que mis líneas se borraran de esta historia,
yo había empezado a desaparecer para todos,
había ido, poco a poco, borrándome a mí misma,
despojándome de todo lo que no me hacía falta,
descarnándome con el viejo cuchillo de cocina,
dejando en la goma rosada toda mi negrura.

Y qué felicidad la de ser transparente,
la de no existir, la de no ser para nadie,
qué manera de enfrentar el mundo,
qué forma de salvarme, qué crueldad,
qué método,
qué solución más extraña he encontrado.

Mientras tanto la vida sigue su curso
y nadie sospecha que un pez se ha escapado del acuario.




Lúgubre

Se ha hecho tarde.
Es hora de agrupar las pastillas,
de acariciar el borde del vaso,
de empujar con mi lengua el bálsamo
que silenciará este enorme vacío.
Nunca mis ventanas estuvieron tan blancas
como en este momento en el que la vida se agota.
Se me ha hecho tarde para hilvanar mariposas,
para encender la lámpara que está sobre la mesa.
Ya se acabó la leche fresca del gato,
ni siquiera cuelga la lluvia de los tejados
ahora que se chorrea el alma
por las grietas de mis ojos.
Se me han muerto todas las cosas:
el lápiz, el papel, los libros y la música.
Sólo ha sobrevivido mi mano a esta hecatombe,
mi mano donde se confunden las aguas,
la misma que le da los granos a esta gallina
hasta llenarle el buche de hastío.







Mi mano

Mi mano nunca siembra,
mi mano mata,
se suicida lentamente,
como la última nota de una marcha fúnebre.
Mi mano es un racimo de balas,
cuchillos afilados que cortan las venas,
pastillas que dan alas a la muerte,
corales rotos inundados de rocío.






Renacer

Por fin amaneció y yo no estaba conmigo,
era otra la que disfrutaba la mañana,
no era yo la que contemplaba el día de las flores,
era otra la que silenciaba a las fieras
y se sentía dichosa
porque nació una mejor,
más inocente y más blanca,
sin el labio profanado,
sin heridas en el cuerpo
que asustaran a la aves.






La mujer dormida

Silvia salió a recorrer caminos,
a beberse el mundo de un sorbo,
a soñar y hacer el amor
hasta que desaparecieran las estrellas.
Silvia salió dormida,
con los ojos abiertos pero dormida,
con las pestañas tiesas de tanto rimel pero dormida,
con el vestido de fiesta pero dormida.
Dormida y quieta
como un cisne en la mañana.
Y sin saber que dormía anduvo los cinco continentes,
escaló montañas, destruyó poblaciones,
se bebió todo el licor del planeta
y se acostó con príncipes y ratas.
Ella siguió rodando como una pelota por el mundo,
saltando charcos, matando peces,
inventando nuevos explosivos.
Así descubrió el hambre y la locura,
el juego en los casinos,
la tristeza de la lluvia
y la asombrosa primavera.
Silvia vio, tocó, degusto, olió y sintió de todo,
y aunque quiso escuchar poco
mucho tuvo que escuchar.
Y los días se hicieron semanas,
y las semanas meses,
y los meses años,
y los años canas, arrugas, heridas, cicatrices,
achaques de más, dientes de menos,
pero nada impidió que Silvia siguiera
ajada y dormida,
cansada de hacer el amor y dormida,
experta en bombas atómicas y dormida,
con lentejuelas y dormida.
Como un copo de nieve aún sin derretirse.
Como una rosa joven
sin manchas ni fisuras.
A veces triste.
En ocasiones sola.
Nunca inalcanzable.
Pero siempre dormida.






Sueño estéril

Anoche soñé que estaba embarazada.
Pasaron noventa días y una gota rojiza
salió de mi sexo y se deslizó suavemente por mis muslos.
Mis entrañas no querían aquella cosa que cortaba,
arañaba y se abría espacio,
y exigía,
y se alimentaba de mí como una pulga o una solitaria.
Pero yo no lloraba.
Debe constar que lloro a menudo
y me regodeo de las cursilerías.
Sin embargo, en mi sueño yo reía,
reía a carcajadas ante la sangre
y me alegraba de mi vientre estéril,
de mi tierra seca, de mi ánfora inútil.
Reía por el fruto perdido,
por las ventanas abiertas,
y me burlaba de Hera y de Juno
mientras éstas derramaban lágrimas en mi nombre.
Yo era feliz en mi sueño,
yo era una Isis invertida y poderosa,
una serpiente que se había envenenado a sí misma,
un vientre segado ante cualquier posibilidad de vida
que no sea la propia,
una antorcha quemante y solitaria.
Me reía de los hombres, del mar, de la estrella,
del mito de Dios y sus prohibiciones,
del frondoso árbol que da frutos
y alimenta a la mujer y su manada.
Me reía de la flor valiente y sensitiva
de mi fantasía loca y perversa.
Aunque ahora me estremezco cuando pienso
que todo es mentira,
que quizás bajo la risa haya una lágrima,
un agujero hondo, una lámpara rota,
una lechuza herida,
una pantera que se filtra por las rendijas de la noche
en busca de otro sueño,
de otra carcajada,
de otra víctima,
de otro salto hacia la nada,
del último zarpazo que le dará la oscuridad.




El parque

Siempre que voy al parque termino
yéndome abatida,
sintiéndome ajena y solitaria,
fantasmal y enferma,
molesta por la risa de los niños,
acosada por el ladrido de los perros.
El parque se me antoja triste,
parece una ballena grande perdida entre las aguas,
parece una pequeña isla, un cementerio,
un corazón sin sangre y sin amigos,
una embarcación rota en medio de la nada.
¿Habrá un sitio para mí para mí en esta fosa?
¿Habrá una lumbre para mis manos frías
o un banco para las espadas y los sueños?
No lo sé. De lo única que estoy segura
es de que cuando se adormece la tarde
y mis pasos se pierden por las calles,
termino en el parque de siempre,
como un río que llega a su desembocadura,
como una rata que huye a su cloaca,
como un animal que se acuesta en su guarida,
como una mujer anónima que se arrima
al lugar adonde van a morir todas las cosas.


(Referencias: El Wrong Side de Daniel J. Montoly)

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