sábado, 19 de marzo de 2011

ENZIA VERDUCHI [3.545]



ENZIA VERDUCHI


(Roma, Italia, 1967). Reside en México desde los cinco años. 

Estudió Periodismo y Ciencias de la Comunicación en el Instituto Campechano. En 1992 fue becaria del Centro Mexicano de Escritores. En 1993 obtuvo el Premio Nacional de Cuento "Efraín Huerta"; ese mismo año la Universidad Nacional Autónoma de México le publicó, en la colección El Ala del Tigre, el poemario Cartas de usurpación. En ciclos 1996-97 y 2002-03 ha sido becaria del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes en el rubro de Jóvenes Creadores. Ha sido antologada en distintas publicaciones y ha colaborado en diversas revistas y suplementos culturales como La Jornada Semanal, ‘El Ángel’ del periódico Reforma, ‘Sábado’ de Unomásuno, Tierra Adentro, Alforja, Blanco Móvil, Periódico de Poesía, en las revistas Cambio y Arcana, entre otras. Recientemente Ediciones Sin Nombre publicó su poemario El bosque de la hormiga (2002).



RADIO DE ONDA CORTA

A oscuras mi padre sintonizaba la radio:
una pelea de box en japonés,
la crónica de un atentado en italiano
o la caída de un avión en ruso.
Aunque los periódicos al día siguiente
desmintieran sus versiones, él se entendía
con la frecuencia y la estática.
Fiel receptor de hechos incomprendidos
a lo largo del cuadrante, insomne
en las ondas de alguna estación.
Mientras, junto a él, mi madre
soñaba encontrar un interlocutor.



GEOGRAFÍA FAMILIAR

La familia sólo coincide en bodas o entierros,
los parientes se reparten estrechos abrazos,
retoman una conversación nunca concluida:
las mismas preguntas, las mismas respuestas;
como si el domingo hubieran compartido la mesa
o el miércoles se prestaran el hilo dental.
Nos hemos convertido en una tribu aburrida
que se escandaliza cuando alguno
decide ser alpinista o bailarina de cabaret.
Pero siempre tenemos presente a nuestros muertos,
aquellos que no harán las mismas preguntas, quizá
porque no tendremos que dar las mismas respuestas.

de El bosque de la hormiga


SEÑORA LEXOTÁN

Qué son seis miligramos
tres veces al día si con ello
se pueden anestesiar los sentimientos,
si controla la ansiedad del todo.
No ríes, no lloras, no percibes
ni el principio ni el fin del mundo.
Basta con abrir la boca:
el ama de casa no es indecisa
ante la gama del supermercado;
los adúlteros no discuten
la orfandad en el tálamo;
nada agrede al taxista
sólo el alto que obliga el rojo.
Señora Lexotán, con usted
no hay cabeza que perder.


Ciego En Plaza De Toros

A la memoria de Alberto Acuña E.

Un paso adelante, y puede morir el hombre;
un paso atrás y puede morir el arte.
José Alameda

Porque la tarde apenas nacía
en el reflejo de tus lentes oscuros,
la barbilla reposada en las manos
y las manos aferradas al báculo.
Invidente ante la acción de la liturgia
pero atento del rito y el sacrificio
de la lidia en la arena.

Porque a través de mis palabras imaginaste
todo tipo de suertes que la muleta y la espada
ofrecen -desde la suelta del toril hasta el arrastre-
cuando están empuñadas con arte.

Y entre jirones de humo
recordabas colores inventados
por la luz en el caudal del Mississippi,
la marea lenta bajo el sol de siete mares,
la voracidad del relámpago en el horizonte.

Barbaján y siervo del mito que te acompañaba,
sabías que no es lo mismo ver el toro desde la barrera:
la agonía del escualo quebrado por el arpón,
o el nombre del hijo muerto bordado en los labios.

Abuelo, la sangre agraz hizo de ti
un rostro adusto bajo el ala del sombrero;
porque tu vida fue como la vida:
partiste plaza dando palos de ciego.



Dudas Del Astronauta

todo regreso es imán
de la posición de equilibrio.
José Carlos Becerra

Desde el balcón del universo
el astronauta acaricia en la pantalla su virtual Oklahoma.
¿Qué hace un vaquero en la exosfera
exhibiendo sus debilidades y virtudes
por circuito cerrado en Cabo Cañaveral?
No es tiempo de ermitaños en busca
de la dentadura postiza
entre la presión y el volumen;
ni de héroes en misiones orbitales que no logran
un cuarto de página en los periódicos.
Es cierto, el mundo es breve,
pero este pequeño paso para el hombre
no parece un gran paso para la humanidad.




Humo Sobre Belgrado

(marzo, 1999)

Para Vladimir Arsenijevic

En espera de una señal,
un chasquido de nuez
bajo el peso de un tacón.
Dicen que no volveremos
a estar tendidos sobre la hierba
del parque Kalemegdan;
que no se escuchará ladrar a los perros
en la calle Todorovica
y nadie contestará al teléfono
en el departamento del quinto piso.
El sueño contaminado
por la neurosis de un hombre
se traduce en la histeria de un pueblo.
Espesa neblina en la confluencia
del Danubio y el Save:
señales de humo sobre Belgrado.




Las Trasterradas

Regresamos a la tierra nunca propia
huella de patria imaginaria. Llevamos
por dentro la casa, el árbol y el sueño.

En una pared rentada
mi hermana retiene una fotografía:
fragmentos mediterráneos.

Hablamos el idioma donde no existe
posesión de las circunstancias.
nuestra infancia sólo son palabras.

Hermana, la alegría del viaje nos abandona.
Sin geografía que nos sostenga
soñamos con el árbol y la casa.



Pietralunga

Para María Volpi 

Regresaste, María, a la tierra cansada
que aún engendra la semilla de anís:
Pietralunga del terco dialecto.

Las mujeres manchan sus dedos en el aroma
de las almendras, detienen la vista
ante la colina preciada por su reserva de caza.

Regresaste para olvidar la sombra inútil
de un avión, tender al sol sábanas blancas
como hermosas banderas.

Umbria es el ciprés camino a Gubbio,
son los hombres que fuman en la plaza,
nombres ocultos bajo piedras:
Pietralunga son tus manos entre un nido de águilas.



Dino Campana sueña con Montevideo

En el despunte morado de la noche,
se escucha una marejada de palabras esféricas,
suspendidas en el gas hilarante de los corredores.

Cierro los ojos:
«Andábamos, andábamos, durante días y días: las naves
imponentes, de velas empapadas de cálidos soplos,
venían a nuestro encuentro».

En el sur amanece un continente ignoto.
Crece una palmera en las márgenes del río,
huele a sal, huele a niña, el viento sabe a presagio;
una capital nace en los ojos del viajante.

Yo vi una novia sin novio, aprisionaba
un ramo de rosas sangrándose el tacto,
desposeída, intoxicada de amor.

Novia descalza, flotaba en círculos,
con la cola de tul arrastró la llanura
y afogó la alianza en las aguas del puerto.

Montevideo, inasible en la fiebre y el delirio,
esta noche eres el sueño de un sueño.



El suicidio del “Dr. Muerte”

El más prolífico asesino inglés se victimó
con las sábanas en su celda de Wakefield.

El doctor Muerte se dio muerte. Difícil
era vivir sabiendo de tanto cordero cansado
pastando en las llanuras de Gran Bretaña.

Sin mano airada, aplicó 215 sobredosis de morfina,
observó en cada paciente la armonía del sueño,
y mientras se adelgazaba la contracción del pulso,
se decía: “Bendita medicina del propio Dios
que lleva a la sonrisa y al reposo eterno”.

Los siquiatras hablarán de la falta de remordimiento,
los criminólogos sumarán sus facciones suaves
en los tratados sobre el deicidio,
la prensa le dará su lugar entre los estetas
que repugnan y atraen con morbo.

Era invierno en West Yorkshire,
eran las 6:20 de la mañana cuando el doctor
vio por la fisura del hielo en la ventana,
ligeras huellas en la nieve y recordó
que jamás había visto el mar.





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