miércoles, 2 de noviembre de 2011

5054.- ROSENDO TELLO AÍNA


Rosendo Tello Aína (Letux, Zaragoza, 1931). Doctor en Filología Hispánica, crítico literario y, fundamentalmente, poeta, galardonado en 2005 con el Premio de las Letras Aragonesas por toda su trayectoria lírica.
Cursó estudios de Filología Hispánica, doctorándose con una tesis sobre la poesía de Juan Gil Albert. Fue toda su vida, hasta obtener la jubilación, catedrático de Instituto de Enseñanza Secundaria. En su juventud formó parte del grupo poético de la Tertulia del Niké, al que pertenecía Miguel Labordeta.

En su obra poética se pueden distinguir tres periodos:
El inicial, de 1959 a 1969, abarca sus tres primeros poemarios: Ese muro secreto, ese silencio (1959), Elegía de la piedra (1968) y Fábula del tiempo (1969). En esta época se aúna una percepción barroca o surrealista a una voluntad de ordenación y armonía en el mundo, que hunde sus raíces en un carácter clasicista y otra querencia de trascendencia metafísica que se concentra en la tierra.
Al periodo de madurez (1970-1990) corresponden los libros de poesía recogidos en Del vigilante y su fábula y su estructura remite a los estadios de Kierkegaard: estético, ético y religioso. En este libro colectáneo se publicaron sus poemarios Paréntesis de la llama (1975), Libro de las fundaciones (1973), Baladas a dos cuerdas (1979), Meditaciones de medianoche (1982) y Las estancias del Sol (1990). Su época inicial individualista y trascendente se transforma ahora en una voz épica y colectiva que aspira a la comunicación y comprensión del mundo. Aparece también la reflexión metapoética y metalingüística. Sus constantes de tierra, mujer y poesía tienden en este periodo a fundirse.
Si hay un rasgo identificador de toda esta poesía ese sería el de la tierra, concebida simbólicamente como centro ideal donde se fusiona todo el cosmos, reuniéndose historia, tiempo, individuos y humanidad, sobre un paisaje de raíz geológica, pero dinámico en su historia y arte. Finalmente, todo ese mensaje se proyecta en la comunicación con la sociedad, como crítica y aun a veces como sátira. Todo ello conforma la fábula de ese ser humano (el vigilante) que, sin embargo, nunca contemplará la tierra ideal buscada.
Con Más allá de la fábula (1998) Rosendo Tello comienza un tercer periodo más universal si cabe, y extenso en espacio y tiempo, que se desarrolla en Augurios y leyendas de un tiempo que se va (2000). El regreso a la fuente. Prames. Colección: As tres serols / Las tres sórores / Las tres sorors. Zaragoza, 2011.


Reconocimientos
1969, Premio San Jorge de Poesía por Fábula del tiempo.
2005, Premio de las Letras Aragonesas.





Me he buscado, rastreando,
las huellas de mi existencia,
y al fin, soy uno y distinto,
mas completo en transparencia.

(Publicado en Heraldo de Aragón 21.12.2008)







Hay días en que ocurren cosas raras:
el aire azul negrea de repente
y se quiebran los muros del jardín,
una blanca carroza arranca pedernales
de las nubes sombrías y las almas sombrean,
destiñendo la luz y cegando los ojos,
y los cuerpos se cubren de cerda transparente...
El tiempo que creímos ya desaparecido
resplandece de nuevo
a la luz virginal de la mañana,
con la música íntima de las rosas que aspiran
las fragancias del aire que regresa
para orientar los pasos borrados por la lluvia.
Eso tiene que ser y no un milagro
o fenómeno raro de la naturaleza.
Que el desconocimiento que tenemos
del alma de las cosas
no nos permite oír voces indescifrables
que suenan en el fondo de nuestras experiencias
cotidianas. Así en las soledades
de amarga despedida que sentimos llorando,
o en la materia frágil de una fotografía
que el tiempo amarillea y amarilleó la sangre
sagrada de los muertos y despiertan riendo
y diciendo en silencio:
"La vida sigue si el amor perdura"
Seres extraviados que en los trances de luz
reconocen la huella de sus almas ausentes
hablándonos en sueños y despiertos guiándonos.
Eso debe de ser y no tristeza,
según la convicción de que nunca entendemos
tantas cosas extrañas, o la melancolía
ahogada en el sollozo del recuerdo
que nos dice: "Sólo el amor perdura".
Rosas que mueren, piedras que germinan
y verdean al sol con fulgor de esmeraldas.






Meditaciones de medianoche
Olifante. Ediciones de Poesía,1982



Vengo desde una tierra de palomas

violentas y de espejos hechizados
por cielos minerales. Soplo un polvo
de abrasadas miradas de interiores
con puentes de caliza, tasco un hielo
de niebla y cal con labios descarnados.

Vengo desde mi tierra, manos toscas
forjan el alma y me agarrota un cuerpo
de huesos deslumbrantes, soy un árbol
en mar de magra de esculturas,
crezco en la adolescencia de la piedra
y el vacío con dientes del espanto.

Vengo desde mi tierra, al desvarío
de pájaros lunáticos en dólmenes
de fraguas saturnales que me empujan
a abrir la boca, entrecerrar los párpados,
crispar las manos, doblegar las piernas
en un bloque de sol de ojos vacíos.









Ásperos dedos, manos arrugadas

modelaban la tierra en su caricia
de sueño por palacios encantados
de escarcha. Golpeaban en el hueco
del corazón del árbol y alcanzaban
pálidos dones. Descendía el cielo
muy lentamente hasta las copas bajas
y el viento deliraba. Blancas noches
en ávida tensión ante el hechizo
violento de la luna y las estrellas
adormiladas. Negros los viñedos
surgían de la niebla entredorada
por frágiles campanas aurorales.








Penetro en mi aposento la llamada

de un mar en sueños y sonó la luna
como un timbal ahogado entre las aguas.
Había entrado el alma de un lamento
con nubes bajas y llovía al fondo
de todos los caminos interiores.
La imagen que de mí se desprendía
se reflejó en un muro sin cadenas.








Acerco a este paisaje la mirada

de cielos verdes y caricias de árboles
y empiezo a sonreír. Vendrán con márgenes
doradas y con siega de esperanzas
otras canciones, limpios corazones
más imaginativos. No la ronca
voz de los grajos que no cesa. Cielos
pulsados por la cuerda de unas albas
menos hirientes, mañanadas libres
sin piedras rencorosas, otros soles
rodando con los carros de la tarde
tierna de hierbas ágiles. Y un viento
que ha de sonar en otros pechos nuevos
menos ventrudos y unos ojos frágiles
para el amor y el sueño. Así, quien viva
verá que de estas piedras macilentas
no ha de quedar ni el polvo bajo el sol.

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