domingo, 21 de noviembre de 2010

2024.- ROCÍO SILVA SANTISTEBAN


Rocío Silva-Santisteban (Lima, Perú 1963) ha sido becaria de la Rockefeller Foundation (2004-2005) y es doctora en Literatura Hispánica por la Universidad de Boston (Estados Unidos). Ha publicado los poemarios Asuntos Circunstanciales (1984), Ese oficio no me gusta (1987), Mariposa negra (1993, 1998), Condenado amor (1995), Turbulencia (2005) y Las hijas del terror (2007), y el libro de relatos Me perturbas (1994, 2001). Además, ha editado dos libros de crítica: El combate de los ángeles (PUCP, 1999), y Estudios culturales. Discursos, poderes, pulsiones (RED, 2001), con G. Portocarrero, V.Vich y S. López-Maguiña. El libro Nadie sabe mis cosas: Ensayos en torno a la poesía de Blanca Varela, escrito con Mariela Dreyfus, se encuentra en prensa en el Fondo Editorial del Congreso. Textos de esta poetisa han aparecido en diversas antologías, como Las Horas y las hordas, El turno y la transición, ZurDos, Poésie Peruvienne du XXe siécle, Prístina y última piedra, La mitad del cuerpo sonríe, Lavapiés, Escritoras mirando al Sur y Εμφάνιση από Ελλάδα επάνω σε Ισπανόs Αμερικανός. Como periodista, ha publicado en diversos medios de Perú, América Latina y España. Es actualmente columnista de La República. Trabaja actualmente en la Universidad Jesuita de Lima.





SACRIFICIO

Teniendo como carcelero a un ser nocturno formado de Éter y Vacío,
el cazador trenza con finísimos hilos de oro y plata el lado más
luminoso del universo

sabe que siempre hay algo azul que nos penetra

“algo azul" repite, mientras exhala el humo
del cigarrillo a través de las rejas

sin dejar de mover las manos, levanta la mirada de
Puma, la pupila transparente y profunda, y desde su
escondite divisa el vuelo caprichoso del colibrí

y permanece callado mientras contempla el rastro
misterioso de ese aleteo.

Conoce la importancia de la cacería

pero continúa hilando ese rincón de la galaxia

desprendiendo con paciencia los hilos brillantes del
imperdible que ha ensartado a su jean
su castigo era tejer una luz interminable

días de días hasta que al fin aparezca aquélla que lo salve.

En una tarde fría, una maraña de nubes creció hasta
disolverse en un rayo de nueve colores

debajo la selva oscurecía

una finísima gota de lluvia cayó a la tierra recorriendo
el antiguo camino del viento

al chocar con la roca más alta, la diminuta gota explotó
en miles de chispas enfebrecidas por el contacto con el
Caos

y de una de ellas la figura de una muchacha en sombra
emergió como si se tratara de una Prisionera.

El cazador alzó los ojos

una flecha hirviendo penetró su pecho acorazado

abrió el cazador su hermosa boca rosada para gritar
algo antes de que la sombra anochezca
y dijo:

te amo, te amo de rodillas
te amo erguido como el sol más alto.

Pero la muchacha en sombras no pronunció palabra
alguna

permaneció sobre el barro, desnuda, con los pequeños
pechos virginales aguardando el primer contacto de
luz

el cazador, intranquilo, dejó a un lado su trabajo
interminable e intentó levantar la superficie de la tierra
para esa criatura

y un rayo que llegaba atravesando las llanuras oscuras
del tiempo penetró en los cabellos de la muchacha

él, un hombre aprisionado, se inmolaba por amor

y la Prisionera en un gesto inesperado arranchó de las
cuencas sus inmensos ojos que hizo rodar hasta los
pies del cazador

tímida y ciega, la muchacha volteó su cuerpo entero
hacia el otro lado de la noche, su pelo negrísimo
resbaló como un pez oscuro por su espalda

el cazador con la pericia de sus dedos tomó los ojos y
se los llevo a los labios que posó delicadamente sobre
ambas pupilas

la mujer apenas pudo esconder una sonrisa que se alzó
como el antojadizo vuelo del colibrí sobre el abismo

fugaz evanescencia

pero de pronto la tierra enrojeció con la descarga









Danzar sin equilibrio

A Daniel

Esta ciudad está hecha a la medida del amor.
Tú estabas hecho a la medida de mi propio cuerpo.

Marguerite Duras



Las murallas altas de esta cárcel que enrosca nuestros cuerpos. Las paredes encaladas, engomadas, todo nuestro furor sobre estas paredes ardiendo.

Esperaba esto. Esperaba tu mano blandiendo en la oscuridad los cuatro deseos. Los cuatro temores. Esperaba la caricia precisa, al final. Las pestañas en el ángulo adecuado, el calor del vaho, el sabor de tu lengua amarilla, violácea. Mi nombre como una humedad que te persigue. Mi nombre siempre te perseguirá, cada amanecer, cada espera frente a una pared blanca, quizás.


Las huellas del amor sobre el piso, sobre el piso de astillas, los zapatos, la falda, la pequeña libreta de notas, en azul, todo esto en azul y tonos borrosos y sutiles de rosa Azul, blanco, rosa; siento que después de aquello tus colores permanecerán sobre mis uñas, sobre las marcas intolerables que dejaste en mi cuerpo.

Afuera todo puede parecer oscuro, las sombras no son ya más sombras sino piezas de luz engañadas por nuestro deseo. Nuestro deseo.

A las seis de la tarde el baño termina de aniquilarme. He tratado de limpiarme, amor. He tratado de huir a través de innumerables sueños repetidos. Pero el agua me hace recordarte: tu piel de miel, tu piel de algodón de pacae, tu piel de libros tras libros tras libros y una búsqueda desesperada de ardor y deseo.

Y he recordado. La línea vertical de tu dedo sobre mi espalda. El olor de la cerveza, la visión de la espuma subiendo eternamente. He recordado. Tu voz cabalgando cansada, sin tropezar jamás. Tu voz. Estoy inventando. Todo esto es cierto, pero yo lo invento. Los ruidos elementales, el perro que nos persigue, las yeguas, tanto animales apareándose a nuestro alrededor. Tanto ruido triste dándonos
vuelta.

Aléjate, me dicen. Déjalo. Yo regreso, siempre, busco la huella de tu cuerpo sobre estas paredes y ya no son las paredes que alguna vez amamos.

Te encuentro. Dentro de cada estaca.

Niños juegan a mi alrededor, niños sucios. Dentro de ellos veo tus ojos de hierbas, tus ojos eucaliptos, tus mis ojos, negros, clavados en mi dolor como una gran y extensa pradera. Es cierto, no te conozco. Esa suavidad al morder mi cuerpo después del amor, la recuerdo apenas. Pero hoy, tú en otro espacio, no sé. He presentido el miedo de tus manos. Tú en la oscuridad buscando una razón para tu miedo. Pero todo es mentira. No hay razones, no hay excusas. Ven, ven.

Danzar. Mover el cuerpo, las caderas, la falda vuela. Danzar, tu forma misma danzando, el deseo en mí. Arrojar al demonio a través de los olores, del sudor. Enrosca tu lengua, mi memoria te fija así. No recuerdo tu boca, amor. Sólo el calor, ¿para qué más? Sólo la respuesta que no sé, la llama, la hoja, el fuego, anaranjado, amarillo, el fuego rojo. El alcohol subiendo y bajando. Tus brazos no los recuerdo, amor. Sólo la humedad, no, los restos de esta tuya mi humedad.


El viento. El viento golpea los cristales, tengo miedo. El silencio después, la calma.

La lujuria viene. Soy obscena, amor. Necesito ser voluptuosa y sentirme. Necesito palpar con cuidado mi lujuria y morder tu sexo hasta saciarme. Amor, quiero jugar contigo, embarrarme de tu cuerpo hasta la vergüenza, hasta que el día de la vergüenza llegue y nos aplaque. Como un relente, veo tu cuerpo sobre el mío, de espaldas. Tu boca respirando, tus uñas desesperadas, clavadas, hinchadas. Esta llaga quemada siempre en espera. Jalar, jalar y jalar las sábanas. Tus manos tantean. La flor que pasas con cuidado por mi sexo me eriza, tu deseo me eriza aún hoy cuando estás más lejano que tu ausencia.

El pasto quemado allí donde nos amamos. Cerré los ojos para grabar al río en mi memoria. Una tarde apagada fue, cerré los ojos largo rato. Imaginé no estar allí. Intenté cerrar los ojos y no pude precisar tu figura. Estoy inventando, amor, ¿qué sé yo de tus pisadas?, ¿qué sé de la forma redonda de tus nalgas?, ¿qué sé yo?, ¿tu nariz la puedo dibujar?, ¿tu armonía? Sólo puedo inventar entonces invento.

Bebíamos vino después del amor. No recuerdo el sabor de ese vino, ni el sonido en tu garganta apurándolo. Con tus largos dedos mojabas mi cuerpo de vino blanco, lamías mi cuerpo de vino blanco, bebías mi cuerpo blanco. Amabas mi manera de voltear la esquina, mi manera de pegar estampillas, amabas esta mirada herida, mi forma de poner los ojos dulces.

Estoy aturdida. Veo mi cuerpo y brilla. La estela de calor me agobiaba y ahora brilla. Temo perder mis ordinarias formas de vergüenza. No te buscaré. No dejaré más notas bajo la alfombra. Je connais ta follic, je connais ta pudeur. Sé lo que pides de mí. Todo esto es eterno, mi amor, desde que está aquí es eterno. Tu cuerpo nunca morirá.

Quítame este deseo que me está marcando, que me hará perder el equilibrio.






Al otro lado del mar camina él por los surcos
su taco estrecho y largo se hunde
como una vara dorada

Una vara dorada señala el ombligo del mundo.
Ahora El Sucio lleva los pies negros
Porque toda oscuridad lo ata a la tierra
Y el tiempo es negro porque es implacable.

(Él lo había señalado: "no intentes
convencerme de lo contrario, estoy anclado,
soy un profanador y mi obsesión es descifrar tu enigma...")







La acción se toma el tiempo necesario para ser efímera

Otro sentido


No tenemos adonde ir
somos como un área devastada



Sobre la tarima de madera el muchacho cierra los ojos, las ojeras
—delineadas con khol negro— le dan una imagen extraña, como si
fuesen dos ojos aplastados.
Él se calla y me dice: "el paradero y las varas amarillas, recuerdo
el parque de diversiones y el carrusel con los caballitos de madera
descascarada o los conejos, gigantescos y rosados, la Montaña Rusa,
un enjambre de rieles y chatarra, apiñados. No sé dónde estábamos,
si en Buenos Aires o en Viena. Me tocaste la mano helada y yo boté
el humo del cigarrillo que se levantó en una vorágine de vapor,
bajaste la mano y deslizaste tu puño hasta mi bragueta. El aire frío
me hincó la nuca. Tus labios rosados de frío me perturbaban, me
siguen perturbando..."



Los tres planos


Mental: provoca la conocida sensación de letargo:

("déjame, quiero seguir así, no me provoques...")

Anímico: los seres se asemejan por afinidad o por desconcierto, bajo
la influencia de esta Carta son felices pero jamás podrán librarse el
uno del otro:

("El ventilador sobre nosotros dos,
un ojo más allá que abre la escena al mundo
a través de las aspas me miras, tu ojo perverso...")

Físico: no hay casi nada por decir:

("¡aaaah! fue el aullido antes del dolor...")


Resumen


En su sentido elemental El Sucio representa un nudo bajo la piel, la
repulsión por los espejos, tu boca abierta sobre el final del grito, el
Hombre que por temor no es capaz de levantarse en las mañanas.


Final


En la nave que se aleja
sólo queda el eco del viento
atravesado por la bala.




La gracia de la maldad escoge un lugar pequeño para posarse, levemente

eso lo repite
lo repite con la boca entrecerrada:
la decisión final fue lanzarlo por la borda
tras el tiro de gracia.


(Yo lo vi todo:
sentada en la tercera fila con una gran bolsa
de palomitas sobre la falda, se escapaban
pero las cogía en el aire y luego cerraba los ojos
ante los sonidos crujientes)


Particularidades


El color azulado de la piel lo delata:
siempre será dominado
por aquellas pasiones.

(Él no puede soltarse, me lo ha dicho: "no puedo,
querida, vete tú y déjame aquí, junto al mar...")

La camisa blanca: una fuerza brutal escondida
en los ojos,
la inmensidad de un movimiento ingenuo
tras un golpe mortal.

Y los imperdibles al lado del corazón —azul, igual
que el de los hombres— no tiene otra razón sino:
olvidar el terror.



Selección: Eduardo Milán y Ernesto Lumbreras








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