sábado, 27 de noviembre de 2010

2133.- VICENTE NÚÑEZ



Vicente Núñez Casado 


(Aguilar de la Frontera (Córdoba), 1926 - Aguilar de la Frontera (Córdoba), 2002) fue un poeta español. Está considerado como uno de los más importantes poetas andaluces de la segunda mitad del siglo XX. Además de poeta, su obra literaria está compuesta por aforismos y diversos textos en prosa. Estuvo vinculado al Grupo Cántico.
Nació en Aguilar de la Frontera, Córdoba, el día 8 de junio de 1926.
Estudió Bachillerato en Cabra (Córdoba), en Lucena (Córdoba) y en el Colegio de los Jesuitas del Palo, en Málaga.
Pasó el Examen de Estado en la Universidad Central de Madrid, en 1947. Comenzó los estudios de Derecho en la Universidad de Granada que luego continuó en la Universidad de Sevilla.
Durante las milicias universitarias, en Ronda (Málaga), entabló amistad con los escritores Carlos Barral y con Antonio Gala.
A partir de 1951 comenzaron a aparecer poemas suyos en diversas publicaciones.
Entre 1953 y 1959 vive en Málaga, formando parte del grupo de poetas reunidos en torno a la revista Caracola.
En el Tercer Congreso Internacional de poesía de Santiago de Compostela, celebrado en 1954, entra en contacto con los poetas del grupo Cántico, vinculándose a la estética de este grupo de poetas y colaborando en alguno de los números de la revista Cántico.
Publica sus dos primeros libros de poemas en 1954 y en 1957.
Durante un corto periodo vive en Madrid, donde colabora con la revista Ágora.
En 1960 regresó definitivamente a Aguilar de la Frontera, su pueblo natal y tras largos años de silencio, justificados por la crisis que desencadena la muerte de su madre y la decepción del mundo literario que conoce durante su breve estancia en Madrid, volvió a publicar en 1980.
En 1982 obtuvo el Premio Nacional de la Crítica de Poesía Castellana con su poemario Ocaso en Poley.
En 1984 se le nombró Hijo Predilecto de Aguilar de la Frontera.
En 1990 le fue concedida la Medalla de Plata de las Letras Andaluzas.
Socio fundador del Ateneo de Córdoba fue nombrado Ateneista de Honor en 1990.
Falleció en Aguilar de la Frontera, Córdoba, el 23 de junio de 2002.
En mayo de 2002 le fue otorgada la Medalla de Oro del Ateneo de Córdoba y el mismo año, ya fallecido, y a título póstumo, se le concedió el Premio Andalucía-Luis de Góngora y Argote de las Letras.
En su localidad natal, se constituyó el 15 de julio de 2005, la Fundación Vicente Núñez, ideada por el propio poeta, quien planeó la creación de un espacio donde organizar actividades literarias. Orientándose tras su muerte hacia la promoción de la literatura y, en particular, de la obra del propio Vicente Nuñez, además de prestar atención a la difusión del flamenco.
Un premio anual de poesía convocado desde el año 1991 por la Diputación Provincial de Córdoba lleva su nombre.

Obras literarias

Poemarios individuales

Elegía a un amigo muerto. (1954)
Tres Poemas ancestrales. (1955)
Los días terrestres. (1957)
Poemas ancestrales. (1980)
Ocaso en Poley. (1982).
Cinco epístolas a los Ipagrenses. (1984)
Teselas para un mosaico. (1985)
Sonetos como pueblos. (1989)
Himnos y texto. (1989)
La cometa. (1989)
La gorriata. (1990)
Rojo y sepia. (1987, publicado en 2007)

Antologías poéticas

Poemas. (1987)
Antología poética. (1987)
Poesía (1954-1986). (1988)
Poemas. (1993)
Poesía (1954-1990). (1995)
Poemas (1997).
Viaje al retorno. (2000)
El fulgor de los días. (2002)
Mío amor. (2003)
Dime que te quiero. (2004)
Carmina. (2005)
Plaza octogonal : poesía reunida 1951-2002. (2008)
Poesía y sofismas I : poesía (2009)
Aforismos
Sofisma. (1994)
Entimema. (1996)
Sorites. (2000)
Nuevos sofismas. (2001)

Prosa

Teoría del acto. (1989)
El suicidio de las literaturas: ensayo, crítica y otros textos (1952-1999) (2002).




OCASO EN POLEY

Si la tarde no altera la divina hermosura
de tus oscuros ojos fijos en el declive
de la luz que sucumbe. Si no empaña mi alma
la secreta delicia de tus rocas hundidas.
Si nadie nos advierte. Si en nosotros se apaga
toda estéril memoria que amengüe o que diluya
este amor que nos salva más allá de los astros,
no hablemos ya, bien mío. Y arrástrame hacia el hondo
corazón de tus brazos latiendo bajo el cielo.



ANTE UNAS RUINAS

Si entre vosotras yo permaneciera
solamente un instante, ruinas, en la noche,
de las oscuras gradas se alzaría
el ave aquella roja, el sol fecundo
que bajó una mañana al coso de la muerte.

La ortiga, la columna, el llanto
en el descenso sepulcral de ornamentos,
la túnica de piedra que ciñó como lava
la desnudez intacta de unas formas,
negando están mi vida, superviviente a ellas.

Esta fue la que un día,
fábrica entre atavíos y guirnaldas, tan frágil
imperó, que unas flores, devueltas a la noche,
rondando irán sus grietas: las tumbas que no usaron.
Y de aquella mañana, alto sillar del tiempo,
perdura sólo, incorruptiblemente,
mi noche a solas, mi temblor sin tumba.

Dura, la piedra; el arco, firme;
la honda galería de patricios visajes
la verdad de la tierra compendiaron;
el trono inconsumible del hombre, su energía,
sus plazas como un horno
que al corazón no abaten.

¿Estabas allí prevista, entre todas, mi piedra?
¿No obtuve yo en la fuerza de los arcos mi fuerza?
¿No contraje con ellos mi derecho a ruina?
Un soplo nos levanta
a una altitud conjunta,
pero signos adversos,
venturas inexactas
hunden o perpetúan más allá de su estirpe.

Yo era invisible entonces,
indiferente al ritmo de opulencia y catástrofe;
o tan visible acaso
como el destino del león, externo,
único, dilatado,
puntual y solemne en la suerte postrera,
que hace su hazaña, se derrumba y muere
a las altivas plantas de quien le reemplaza
con una prontitud tan semejante
que llega a ser el mismo, resurrecto, en la arena.

Una traición se cumple de mano inexorable
que, feliz y pretérita,
de un golpe alzó a una fama
sobre el umbral de su ciudadanía.
Despierta en lo futuro, por entre los sillares
de su antiguo edificio, de su solaz, descubre
un tiempo inofensivo bajo el signo del riesgo
popular, como el sol,
siempre obediente
a los jinetes de la valentía.

Quien fue engañado entonces
también lo será ahora.
Salir fue fácil por la puerta aquélla:
estos vestigios son su testimonio.
Salir del ningún sitio
requeriría de nuevo la muerte de otros muchos.
Pero en la tierra yacen sus estelas,
su corazón perdura,
su muerte ha sacudido idénticas ruinas.
Como la vais cantando,
sin mí, que sobrevivo sin corazón, oh piedras.



OTOÑO

¿Y cómo te diré, amor, que ya es otoño
desde esta lejanía que hace bello al deseo,
si la lluvia que moja mis hombros es lo mismo
que todos los recuerdos dulces y las promesas,
y las nubes tan grises no son como tus ojos?

¿Qué tristeza que sabe a una antigua alegría
tiene el parque alfombrado de crujientes serojas,
si tú vives lejísimos y mi vida no tiene,
cual las oblicuas tubas de los talados árboles,
otro destino ahora que la desnuda espera?

¿Es algo quizás nuevo o es solamente el tiempo
que otra vez de improviso vierte sus caravanas
de humedades y olores de papeles y tierras,
de viejos palomares y de tejas oscuras,
el tiempo que regresa como un joven desnudo,
mojado y casi ebrio de un viaje larguísimo?

Pero yo sólo sé, amor, que ya es otoño,
que tu recuerdo este día triste me empuja
al final de los parques donde estuvimos juntos,
los parques de otras tardes claras en que el perfume
de los tilos en flor era igual que un abrazo,
y una caja de música morada las Descalzas,
cuando los barrenderos lentamente volvían.

Y también sé, amor mío, que desde mi tristeza
vanas serán las rosas que prepara la tierra,
que nunca la melisa silvestre volveremos
a coger por las lomas leves de los ejidos,
que indiferente a este pecho que se me muere
sus flores el ciclamen volverá a dar tan bellas.

Y por eso, quisiera expirar junto a esas
húmedas avenidas de alerces solitarios,
porque una vez jugamos donde una fuente ahora
con la ilusión de mayo contentísima gime.

En Dónde
Ni en tus ojos,
ni en tus brazos,
ni en tu pecho.
En dónde me albergarás.

Ni en tu sangre,
ni en tu alma,
ni en tu cuerpo.
¡En dónde me enterrarás!




EN LOS TIEMPOS ANTIGUOS

I


EN los tiempos antiguos,
se escindía el fulgor.
Yo amé ese sable súbito
que incendia o que destruye.
Amé nuestra ceguera
de agresivos jazmines.
Sólo nos vemos en lo que se apaga.



II


SIEMPRE enredándote
en futuros tardíos.
No esperes otra cosa que el pasado.
Haber sido el llanto
y aspirado un aroma
bajo el cielo de mayo...
Entre los almendrales
de seda, haber huido
una tarde de otoño...
El amor es memoria.



III


CUANDO escribas, olvídate
de ti. Tan inasible
como tu hermosura
es la orquídea del mundo.
Olvido es mi fragancia.



IV


¿CÓMO podría amarte si no fuera
por la ignorancia de ti?
¿Cómo podría entonces extasiarme
en lo invisible de tus uñas?



Tus manos

Yo sé muy bien que no serán tus manos
rojas, de irrefutable arcilla humana,
las que han de herirme a su pesar mañana.
¿Suyo es mi ensueño? Míos son sus vanos

reinos de laberintos y de arcanos.
Yo sé muy bien su condición rufiana,
y cuánto pierde aquel que siempre gana
salvo ante dos asaltos soberanos.

¿Qué valieron sin mí, qué ha perdurado
de cuando se incendiaban como estrellas,
de cuando las besaba sin quererte?

Una ceniza de oro desplomado,
unos destellos que no fueron de ellas...
Rosas de trapo en manos de la muerte.

De "La Gorriata" 1990




Tres poemas

Homenaje a Pablo García Baena

I


Cuan largas, tortuosas, miserables e inútiles
son siempre las congojas del amante obstinado.
Su pensamiento yerra aunque acierte su instinto,
su corazón se aprieta de agresivos venablos
sin objeto, a no serlo de su propio veneno.
Pero es tanta su cómplice alianza con todo,
es tan fuerte su abrazo solitario al hastío
que se inmolan ligeros en fragmentos de gloria,
desnudos, en la hoguera de una pasión sin nombre.
Oh, qué yerta corona de pavesas altivas,
qué confín tan oscuro de heroicas cintas mustias.
Todo se prometía tan risueño, tan dulce...
Fueron tantos aquellos vehementes deseos...
Como raros y ajados estandartes de escarnio
flamean. Son beodos de elegantes maneras,
sordos a la ternura que ya no reconocen.


II


Cuando ayer me pediste que escribiera unos versos
de amor, para regal0 de quien tú tanto amas,
sentí que no debía negarme a tu deseo,
pues con él me brindabas la ocasión, tal vez única
de revelarte todo el que por ti yo escondo.
Y así, cuando en el pecho de tu dulce criatura
mis palabras estallen como encendidas rosas,
yo no estaré del todo ausente a ese perfume.
Yo vibraré un instante tan cerca de vosotros
como de ti lo está, mientras viva, mi alma.


III


Esta hermosa sortija, cuyas piedras un día
fueron entre tus dedos mortecinos jacintos,
hoy me ciñe del vago recuerdo de tu carne,
del intenso y oscuro aroma de tu alma.
Quién, entonces, podía imaginarlo, amor mío:
alma y cuerpo en un solo y unísono destello.

De "Poemas ancestrales" 1980



De "Poemas ancestrales" 1980:

Aria triste

Homenaje a J. R. J.
Meeting at night


Antes de que se cierre la cancela y el faro
rasgue con su guadaña el estor de la tarde,
hay un jazmín sombrío que aguarda unas pisadas
entre la celosía otoñal de una cita.

Los muchachos que vuelven de la playa, la ronda
última de los novios que atenúa la niebla,
la red de los silencios y su copo doliente
rozan por un instante esa amarga clausura.

Pasan como vencidos del rigor de los besos,
tú que esperaste en vano de una noche a otra noche,
y dejan en la agreste baranda de la arena
el áspero geranio de un sollozo votivo.

La barca en que un arráez se pierde entre las rocas
es sólo un vago indicio, bajo la luna llena.
Tras el balcón abierto hay un libro, unas flores...
Un timbre casi anuncia la ausencia de sus manos.

Y el amor, que salvaba la verja y los rosales,
lejos de la corola de su ser se evadía;
y en los acantilados su sangre decoraba
la ruda y pavorosa soledad de las olas.





La limosna

Una noche de invierno, de tantas en la vida,
sintiéndome el más pobre de los pobres del mundo,
me arrojé por las calles en busca de sustento
mientras la lluvia hería mi rostro como un látigo.
Como pude, arrastrándome en aquel torbellino
de vértigo y de frío, logré alcanzar su casa.
Llamé con la ternura que precede a la muerte;
besé, con el helor que en mis labios traía,
aquellos aldabones que yo soñé imposibles.
Salieron a la puerta tus hijos, como rosas
en el trono encendido del hogar que vibraba.
Yo no sé qué limosna pedí ni con qué harapos
quise ocultar mi fiebre, mi amor y mi miseria.
Del fondo de la casa, del fondo de la vida,
sentí su voz decirme, mientras agonizaba
mi corazón: perdone. Por Dios, perdone, hermano.

Libros

En el gabinete de Walter Wartburg

En el frío papiro de turbios editores
volqué yo aquellas ansias de una pasión sin límite.
¿Era eso mi vida? Asco me dio de ella.
Con qué clarividencia sentí que estaba muerto.




Nocturno

¿No fue mía la noche? No era mía. Sus lágrimas
¿no fueron en mi vida murallas como llantos?
¿Qué hacía la hermosura, la burda; allí, qué hacía?
¿No eran mías las lóbregas noches suyas? Ah, nunca
fueron mías. ¿Y aquellos ojos rojos que ardieron
como extáticas lámparas de amor, en la apacible
e infinita tersura de una noche de estío?
Pavesas para tiempo de miseria y memoria.




Y una noche, a las doce... La terraza era un friso
de espaldas y organdíes que agitaba la música.
Y el mar siguió vacío, y la playa desierta,
y no se oyeron pasos, y no vino a la cita.





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