sábado, 27 de noviembre de 2010

ANTONIO CASADO DA ROCHA [2.131]


ANTONIO CASADO DA ROCHA

Donostia – San Sebastián, España (1970). Comenzó a no romper poemas en 2007, por culpa de un segundo premio en el “Villa de Pasaia” con la edición de Filósofos y películas (San Sebastián, Bermingham, 2008). Al año siguiente, accésit en el “Ciudad de Zaragoza” por Apología del aurresku (y otras danzas), al igual que en el “Villa de Ermua” por Cerebración. Ha publicado poemas y traducciones de Fernando Pessoa, Billy Collins y Wisława Szymborska en las revistas Bitarte y El invisible anillo. Tres de sus haiku fueron seleccionados para la antología Perro sin dueño (Albacete, Universidad de Castilla – La Mancha, 2008). Tras obtener el premio Iparragirre con el libro Quién me mandaría a mí (San Sebastián, Bermingham, 2009), ha publicado la colección Al pormenor en una antología hispano-chilena (Crisol poético, Santiago, Lom, 2009).


MUSEO NAVAL

En lo tocante a comunicarse jamás se equivocaban
los antiguos habitantes de mi ciudad, la antigua
amiga de Pasajes, la hermana guapa de Biarritz,

hasta qué punto comprendían su lugar en el mundo
en lengua vasca y castellana
y gascona hasta 1918
fecha esta que acabo de apuntar en mi cuaderno

de bitácora entre cazadores de ballenas y corsarios,
pescadores y turistas
como el que envió una postal
que puedo ver en el tercer piso de la exposición

bajo una ola como una coliflor, una nota
escrita con estilográfica inglesa y celeste:
“He dicho a Sydney que te envíe otro pájaro.”


EL MAPA

Un niño acepta
un billete de vuelta
al siglo quince:

esta mi pesadilla
(siglo más, siglo menos)

la cuenta Gil
de Biedma en un poema
sobre la guerra

y yo la anticipo
casi todos los días

cuando acompaño
a mi hijo (el mayor)
a la ikastola

donde me espera un mapa,
donde le espera un mapa.

(Filósofos y películas)



ALTO EL JUEGO

Hay cosas que siempre han estado ahí,
como el lanzamiento espacial
de una catedral gótica.

Hay cosas que van y vuelven,
como las golondrinas que bajan
en tobogán por el aire sin tobogán.

Pero hay cosas que parecían eternas
y sin embargo desaparecen en un instante
sin dejar más rastro

que nuestro asombro
al preguntarnos
cómo pudimos
vivir así.

(Al pormenor)



FINAL EN VILLANELLE

Quién me mandaría a mí
escribirte, o leerme
quién te mandaría a ti.

Porque alguien dijo que sí
ahora estamos frente a frente.
Quién me mandaría abrir

la ventana cuando vi
el rayo que dura siempre.
Quién te mandaría venir

con el abrigo ese de Yeats
que no abriga cuando llueve.
Quién me mandaría al fin

de la noche sin candil
un primero de diciembre.
Quién te mandaría aquí.

Y al cabo de este trajín
todo, cuánto depende
de quién me mandaría a ti
y quién te mandaría a mí.

(Quién me mandaría a mí)




Poesía sin gesto 
(Antonio Casado da Rocha: Vida en los márgenes)


La lucidez en el amor no es razón suficiente para existir y la vida sólo se encuentra plena en compañía del dolor limpio y salvaje.
Emilio Varela


Al regreso de alguno de sus innúmeros paseos por los campos de Villeneuve-sur-Yonne, el escritor sin libro que fuera Joseph Joubert apuntaba en su cuaderno el mal literario de su tiempo:

“El gusto en literatura se ha vuelto tan doméstico y la aprobación tan dependiente del placer que, para empezar, buscamos al autor de un libro, y en el autor, sus pasiones y sus humores; si estos son parecidos a los nuestros, los apreciamos; si son distintos, los rechazamos. Lo verdadero y lo bello solos no nos interesan, porque son bellos y verdaderos en sí mismos; ya no es la paz del corazón y del espíritu lo que buscamos en los libros, sino la confusión de las emociones. Ya no es un sabio a quien buscamos y deseamos hallar en un autor, sino a un amante y a un amigo, o cuando menos a un actor que se representa a sí mismo y cuyo papel y manera de actuar seducen nuestro gusto más que nuestra razón. No deseamos que los libros nos vuelvan mejores, sino más felices que aquellos que los hicieron; que tengan carne y sangre, ingenio y alma. Odiamos –o, cuando menos, ya no sabríamos admirar– los talentos puros”.

Entiende Antonio Casado da Rocha (San Sebastián, 1970) la urgencia de este otro lector de que hoy está necesitada la literatura, tal como desde los tiempos de Joubert se denunciara el comienzo de una usurpación que avanza hasta nuestros días: “Burdos intelectos, provistos de órganos robustos, han entrado de golpe en la literatura, ¡y son ellos los que pesan las flores!”, “La fuerza no es la energía. Ciertos autores tienen más músculos que talento”.

Para Casado da Rocha la poesía es una tentativa de persuasión e intimidad. La poesía ha de seducir, pero sin exhibicionismo. “Leemos –asegura Casado da Rocha– para aprender cosas de nosotros mismos, no porque nos interesen los secretos del poeta”. “Sé hospitalario pero sin prosaísmo – aconseja para la práctica poética”.


PARA UNA HISTORIA DEL CIELO AZUL

Los Primitivos
nunca lo vieron.

Los Antiguos tampoco,
empeñados como estaban
en escrutar el manto rígido

de Zeus, el cambiante
humor de Yahvé.

No aparece entre los diez
mil versos del Rig Veda
y el Corán te promete el paraíso

pero tampoco
lo contiene.

Los romanos lo confundían
con el color del nubloso invierno.
Los bárbaros con el gris y el pardo.

Es dudoso
que Kant lo encontrase,

asombrado por el cielo
estrellado sobre su cabeza
y la ley moral en su corazón.

Pero sí lo vio Henry Thoreau
tras una tormenta de nieve,

lo sé hoy por su diario
de 1851, donde escribió
un siete de enero:

“Del cielo azul en la Historia
no hay ni una historia.”

Así llegamos al siglo veinte
y un rincón vasco del país
llamado labio,

donde a veces también se bebe
de las estrellas este caldo azul.


La sombra del paseante

En una historia aún no escrita de la gravedad, podría medirse ésta atendiendo a la capacidad sedentaria de sus autores. Así, se resuelve que es grave quien permanece inmóvil. Y no lo es tanto quien vive bajo la urgencia de alguna huida.

Al escritor que no se mueve lo atrapan pronto la abstracción o los juegos de su memoria, o, peor aún, lo atrapa otro hombre. Quien, por el contrario, camina sólo tiene su gesto concreto y avanza hacia lo inmediatamente extraño, cumpliendo el sobrio precepto que siguieron paseantes, domésticos salvajes como Robert Walser o Henry D. Thoreau, y pronunciara Joubert en su búsqueda de una forma siempre acorde a su objeto: “Escribir de todo lo que es materia con solidez, y de todo lo que es sensible con espíritu”.

Las tentativas poéticas de Antonio Casado da Rocha responden a esa declarada renuncia a la gravedad. Parten de lo conocido y recorren el camino mínimo y lento que nos desplaza en un solo paso a esa lejanía inmediata que desconocemos, a ese espacio en los márgenes que es el mundo contiguo. De estos umbrales nada cierto sabemos. Ante las múltiples demarcaciones del mundo acaso tan sólo sea hábil un gesto: “Hay mayor aventura si caminas desnuda”.

Todo en Antonio Casado da Rocha es discreción, templanza, poesía sin gesto, sin amaneramiento, en la que nada se oculta y todo parece dicho. Y nada de lo dicho necesita de auxilio pirotécnico u ornamental. La metáfora es discreta. Tampoco cede al ingenio que tantas veces hace perder pié o doblega al poema. Poesía de un hombre en reposo; a salvo de sí mismo. Poesía sin zozobra ni ruido.

Lo que distingue a este autor de la extensa nómina de poetas adscritos a esa búsqueda de la intensidad en lo claro, la concreción y cotidianeidad de un ser urbano por todos reconocible, es el ahondamiento en cierta elegancia, una ironía serena que acompaña a la voluntad ética y sin afectación de cada verso.

La huella del paseante

La memoria no deja de ser una insignificante medida de arena que persigue su forma sólida y definitiva en nuestras palabras. La memoria quiere ser una piedra significativa, un umbral apacible desde el que poder asomarnos sin riesgo.

Yo estuve allí, rodando la tierra entre mi padre y mi hijo –decimos. Yo estuve allí, dando noticia del cielo que Thoreau registrara en su diario en 1851, indemne sobre su cabeza y la mía, sobre los bosques de Walden “tras una tormenta de nieve”. Decimos: Yo fui ese privilegiado que pudo acostaros cada noche, y despertaros después cuando fue el día. Yo he visto en un tren a dos mujeres cerrando al mismo tiempo los ojos “sobre el Charles cruzando el Longfellow”.

Todas estas cosas ha visto Antonio Casado da Rocha… ¿y quién no?

Recorre así cada pieza una fracción común de memoria. Rescata de este modo la idea en su estado elemental, en su formulación sensible. La idea en el estadio que precede a la máxima o la fórmula, redimida de los museos, como un fósil inscrito en la más común de las piedras. 
La poesía clara de Casado da Rocha renuncia a la gravedad, a la sombra que cada cuerpo deja adherido a su espacio doméstico, a la abstracción, a cualquiera de las maneras de lo sublime, e instaura, pese a lo concreto y cercano de todo cuanto en ella se nombra, la lejanía como principio; la distancia que surge siempre de la contemplación prolongada de lo común y obvio; cierta propensión a los límites de cuanto existe. Una doméstica extrañeza prospera con cada pieza. Entre los hombres en benéfica compañía. Ningún lugar es ya un rincón o un reducto. Extrañamos algo que nunca ha sido nuestro; nada hemos perdido. Todo está en orden, pero nada es suficiente. Estás aquí, a mi lado, y sin embargo es tanta la distancia… Poesía para salir indemne en el, a menudo, fatigoso trasbordo de un cuerpo a cualquier otro cuerpo.
Y es esta lejanía la que permite al poema alzar su estatura remontándose desde ese “realismo de vuelo rasante” que todo acto poético, al decir de Caballero Bonald, ha de superar.

Sea del signo que sea; practique la poesía que practique; revindique la abisal conciencia o la más insignificante de las experiencias, el poeta es un animal de intemperie. Y ante la intemperie los hay que gritan para escuchar su propio eco; quienes se lamentan aún crédulos por la ausencia de tramas más benévolas entre los hombres. También los hay que erigen con desigual fortuna una casa, se ponen cada día a resguardo tras los muros y aseguran que el mundo ha de ser cierto porque les duele; Y ese dolor no es otra cosa que su fe.
Otros como Casado da Rocha simplemente se esmeran en ser hospitalarios y dejar todas las puertas abiertas; practican cierto buen gusto al no quejarse de lo desatendida que ha dejado el hombre la realidad.
  
BIBLIOGRAFÍA 

Filósofos y Películas (2007) 
Cerebración (2008) 
Quién me mandaría a mí ( 2009) 
Apología del aurresku y otras danzas (2010)



FIDELTASUNA

Maitea, nire sistema eragile
bakarra zeu zara. Windows XP,
Linux edo Mac OS bezalaxe.
Nire Dokumentuak non dauden
dakizulako, Nire Irudiak.
Esaten didatenez, maitea,
sistema eragile berri-berriak
eskuragai daude merkatuan.
Ez ditut nahi, musu-truk balira ere.
Betiko teknologiak, onenak.


FIDELITY

You, my love, are my only
operating system. Windows XP,
Linux, or Mac OS—just like any of them.
Because you know where
My Documents are, My Pictures.
From what they tell me, love, brand-new
operating systems have come
on the market.
I don’t want them, even if for a song.
The old-time technologies, they are the best.

Translated by Elizabeth Macklin

Antonio Casado da Rocha: Esku ezkerraz (Utriusque Vasconiae, 2011)




.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada