sábado, 19 de febrero de 2011

3087.- JOSÉ ANTONIO GÓMEZ-CORONADO


José Antonio Gómez-Coronado Vinuesa (Sevilla, 19 de marzo de 1978). Poeta español, ganador del Premio Adonais en 2001.
Se le considera representante de la nueva poesía andaluza. Es médico de profesión y actualmente realiza la especialidad de ginecología. En paralelo con sus estudios se aficiona a la poesía y frecuenta tertulias de jóvenes mientras empieza a componer sus primeros versos.
2001 sería su gran año. Recibe un accésit del VII premio Universidad de Sevilla en la categoría de poesía con su libro Números. Poco después, es galardonado con el prestigioso premio Adonais de poesía por El triunfo de los días. Participó en la antología Veinticinco poetas jóvenes españoles. En el 2005 se publica su tercer libro, La derrota del sol.
Obra
Números, Universidad de Sevilla, 2001.
El triunfo de los días, Editorial Rialp, 2001.
La derrota del sol, Fundación José Manuel Lara, 2005.





X

“huyó lo que era firme, y solamente
lo fugitivo permanece y dura.”
QUEVEDO


Como los ríos, huyes y te escapas.
Como los ríos, siempre permaneces
porque en tu nombre están todos los nombres
y en tu llanto las lágrimas
de todos los que lloran,
porque en tus ojos miran mil miradas
y en tu sueño se apagan mil pupilas.
Tú te transformas incansablemente.
Tú te transformas para ser el mismo:
de la ciudad en ruinas
sólo el río es igual a su principio
pues sólo lo que cambia permanece.
De la transformación
lo eterno es ella misma.
Lo que no fluye y cambia y se convierte
muere en su propio cuerpo, que es su tumba.
Lo que está quieto pierde siempre el nombre
porque el tiempo lo asume en su silencio.
Pero tú ganas vida y te renuevas
cada vez que otras vidas te conforman
y te usurpan la voz y te construyen
y te abandonan luego en otras manos.
Como los ríos hablas y te escuchan
y tus palabras no las sabe nadie,
tan largas en tu boca porque nunca
son las mismas que antes pronunciabas.
Como los ríos son tus largas manos
que dan forma a la tierra donde pisan
para labrarse así su propia forma.
Como los ríos naces y renaces
porque el agua es la misma entre tus dedos:
siempre huyendo de ti, siempre llegando,
siempre mirada sólo en un instante
de ese instante continuo que te observa.
Siempre buscada dentro de ti mismo
asumiendo los nombres que te asignan.
Como los ríos buscas y no encuentras
más que tu propio fin, que es tu principio.
Después de andar los meses y los años
y de correr tan lejos como el viento
ves que tu luz es siempre la primera
y que la edad no ataca tus dominios
porque el tiempo no sabe
destruir lo que fluye.
Como los ríos nadie te conoce,
nadie sabe quien eres, todos dudan
de ese instante continuo que te mira.
Escapado del tiempo, transformado,
nunca hallado en tus aguas ni en tu cambio,
huido hasta de ti mismo, dí, ¿quién eres
sino una multitud de un sólo cuerpo
sino un nombre habitado por la nada?








( Números )

III

Me asomo y oigo al viento, y es el aire
lo que mis ojos ven hacia lo lejos,
como si en estos campos, todavía,
hubiera nombres nunca pronunciados,
como si fuera nueva para mí
la vida en cada rama, en cada hierba
y el tiempo en los caminos. Desde el alto
todo es volar al fin, todo es silencio,
cada lugar es todos los lugares
donde fui derramando con mis huellas
el recuerdo feliz de un paraíso
que se perdió callado en el olvido.
Me asomo y, a lo lejos, en su calma,
las encinas parecen mil soldados
aguardando tal vez nuevas batallas
y una voz que las lleve a la victoria.
Me asomo y veo el mar, y son los trigos
susurrando el secreto de la vida
que de lejano, suena ya perdido,
como el sueño tal vez, como el silencio
de las piedras. Y mientras, contemplado,
todo es quietud y todo se transforma
todo nace al instante, todo muere,
todo sabe su oficio y sólo el viento
lentamente se escapa y lo repite
para que todo sepa cada día
su principio y su fin, para que todo
sepa llegar viviendo a su infinito:
desde un ocaso a otro, desde un alba
hasta la eternidad de cada vida.

( El alba, El triunfo de los días )






XXIII

Nuestros ojos, que rompan el sol de medidodía,
nuestras manos al viento del invierno
para oírlo decir nuestras palabras,
y nuestros cuerpos,
vivos aun más allá de sus prisiones,
que hagan suya la luz,
que sean luz y norte
para amar tus caminos.

Por nuestros labios todo será eterno,
por tus calles la voz de nuestras almas
seguirá otra vez más por lo que fuimos,
mundo,
desde tu fondo al cielo
por el sol infinito de unos ojos cerrados
que aun quieren florecer.

Nuestra voz, que retumbe, nuestros días
que lleguen,
y en su pozo más hondo
que despierte la tierra,
y en su altura más honda
seremos lo que fuimos
para amarte, sí, para amarte.

Tus palabras son sólo
tu eternidad, tu noche, tus contornos,
la inmensidad de cuerpos que te habitan,
pero yo soy tu voz por donde el viento,
por donde el ser convoca nuestros pasos.

(Alma que vuelve y huye
y va lamiendo
con su lengua los párpados que se abren
al mundo antiguo
donde siempre tus labios fueron tuyos
y tus palabras tuyas
y tu condena tuya
y nuestro sueño tuyo,
de ser libres y libres, sí,
pero en tu mismo cuerpo y con tu alma.)

Nuestro cuerpo, que sea
larga orilla en tus playas solitarias,
mío ya de tan tuyo, nuestro,
y a la luz sólo uno
y en el nombre ya uno, siempre,
desde su mundo al mundo y para siempre.

Y a los ojos del mundo y a la tierra
y a la luz de tu noche, grita
que regresen a mí, como en el tiempo
en que seremos uno, como fuimos
ya tantas veces, dioses
por otro afán más alto,
para amarte, sí, para amarte
como dos labios que susurran
una misma palabra.








XXIX

El sol de los derrotados
brilla sobre nuestras almas.
La luna de los vencidos
sobre nuestros cuerpos. ¡Alas
por donde nace la luz
para otra luz más lejana!
¡Labios, para gritar en silencio
siempre las mismas palabras,
los mismos sueños al viento,
al fuego, a la tierra, al agua
que repiten nuestras bocas
sin descanso. Cuando el alba
sea nueva aún y eterna,
naceremos; cuando el alba
rota de voces secretas
nos junte eternos, nos abra
su luz para nuestros ojos,
naceremos.

Y otras voces y otros siglos
-al sol de los derrotados
y a la luna-, ya sin almas,
serán cuerpos que recuerden
en ti, todas tus palabras
y tus nombres,
y que traigan por el viento,
sobre sus cuerpos, el alba.










XXXII


A Paula Copado


No moriremos nunca tú y yo:
seremos luz.

Nos salvará el dolor, la vida
tantas veces negada.

Cruzaremos los campos
eternos del otoño,
la fatiga del sol por el invierno.

Seremos luz. Los años
no rendirán nuestros cansados cuerpos.

Tú y yo por los caminos,
escapados, huidos de nosotros,
no moriremos nunca;
no podemos morir
después de tanta sombra en nuestros ojos,
después de tanto abismo en nuestros pasos.

Seremos luz para otros ojos ciegos,
orillas para el mar de los perdidos,
como fuimos nosotros tantas veces.
No moriremos nunca,
ni tú ni yo: luz ya, sin cuerpo.






1

Ver esta luz es ver que te has marchado,
es otra luz distinta,
otro cuerpo cayendo a su silencio.

Miro y veo la noche
incendiarse al recuerdo de tus ojos:
lejos de mí, muy lejos
estará tu mirada
sosteniendo crepúsculos
desde su ocaso triste,
escrito entre tus dedos, hasta el fondo
callado de la noche.
Allí te busco, allí,
río de viento verde,
allí donde has nacido
solamente naciendo de ti misma,
parecida a ti misma, en otra luz
acaso más lejana,
silenciosa, distinta.
Allí te busco, allí
juntos todos tus nombres
estarán inventando
ríos nuevos, colores,
alegrías, estrellas, universos,
solamente naciendo de ti misma.





2

Nada guía mis pasos,
sólo tu ausencia mueve
alrededor de mí las estaciones.
Junio llegó con hambre de nostalgias,
ebrio de luz, cansado,
recorrido mil veces,
acabado sin luz para mis ojos,
sin tu boca besada entre mis labios.
Marzo fueron palabras:
ecos, cartas, poemas,
melodías,
una a una y a miles
esperando tu voz que me dijera:
"Sólo mi voz para tus tristes pasos";
tan lejana, tan alta, tan ansiada,
repetida mil veces como un sueño
al que llego cansado cada noche.
Nada más que tu ausencia mueve al tiempo.
En enero, las sombras; puñalada
nacida en mis entrañas,
sangre que busca sangre y agonía,
una sangre sin nombres ni contornos,
sangre en mi pecho, en todos mis costados,
metal largo de labios que se afilan
al entrar en mi cuerpo como tristes
naufragios.
Y noviembre,
oscuridad sin nombre, laberinto
sin salida ni rumbo,
madrugada de ciegos
incendiados de voz en el recuerdo,
llanto, grito, desgarro silencioso.
Eras tú nada más y era noviembre,
sueño ajeno, perdido,
faro de luz lejana
en medio de la noche,
río de viento al fin
al filo de unos labios
siempre en fuego: los míos.
Y yo viéndote arder en cada grito
tendida vertical entre la lluvia.





3

Ya no estarás. Te habrás ido.
Y al salir del laberinto
oiré tu ausencia. Y el viento
navegará nuestras noches
a través de sus distancias.
Una voz irá a lo lejos,
fuera ya de nuestros labios,
recorriendo lentamente
a mi través, otras playas
gastadas por otros mares
olvidados.
Entre mis huellas, un río
navegará nuestras albas;
entre mis huellas, que aún pisan
las sendas tristes,
los labios tristes que buscan
otra voz y otra morada.
Sobre los rostros del viento,
a través de tus palabras
lentamente pronunciadas,
madurarán
incendios, nacerán noches,
renaceremos. Y el viento
a través de nuestros nombres,
repetirá lentamente
tus palabras y las mías
en su voz. Y moriremos.



No hay comentarios:

Publicar un comentario