lunes, 28 de febrero de 2011

3203.- LUIS O. TEDESCO


Luis O. Tedesco nació en Buenos Aires en 1941.
Editor de larga trayectoria, es sobre todo una de las voces poéticas más personales de la Argentina.
Ha publicado los siguientes libros de poesía:
Los objetos del miedo (1970), Cuerpo (1975), Paisajes (1980), Reino sentimental (1985), Vida privada (1995), La dama de mi mente (1998), En la maleza (2000), Aquel corazón descamisado (2002), Lomas del Mirador (2006), Hablar mestizo en Lírica indecisa (2009)
En el año 2005, el Fondo Nacional de las Artes publicó su Antología Poética.






Hablar mestizo en lírica indecisa I


De Hablar mestizo en lírica indecisa, Ediciones Activo Puente, 2009.



APIO NUEZ AJO ALMENDRA PEREJIL
huevo aceite morrón carnaza albahaca

lave corte cuele refrite bata
cocine a fuego lento saborice

lo bueno de la vida, Catalina,
es mezclar la materia disuadirla
penetrar su pureza cincelar

el resplandor el aura el belicoso

saber de dios saber de nuestra muerte






LA DEVOCIÓN CEREBRAL, EL IDIOMA
que embiste draga manotea purga,

el idioma sin madrecita buena,
sin padre ni país sin casa propia,

vibrante como el tomate,
compadre como el asado,
suntuoso como el durazno,

tenso como el sabor del mate amargo,

el idioma cabrero del despojo,
el rigor de sus voces amarradas,

livianito inestable dentrecasa

el recluso sin dios, el pensamiento.







DENTREGA ALGUNA VEZ EL MALABAR
en aqueyos recintos de la mente
donde la nada y dios los abundantes
conviven en eterno remolino,

cariñosa en dación la finta leve
su suavidá de línea que alboroza
incierta firme hendida pronunciada
voz que en lo mudo tiéndese palabra,

si entonces eso nuestro la cursiva
del hacer desplegando cualidá
como el puro chiflar de la alegría,

digo es apenas un decir apenas
desenvuelto el idioma de su choza
sólo trino tensar en lo imposible.

A Aquiles Ferrario








DE VEREDA EN VEREDA LA PELOTA
de pie a pie de cabeza a cabeza
con tres dedos de chanfle y sombrerito
o de taco al pie de cabeza al pecho
de taquito decíamos un lujo
la rabona el caño el acariciado
sinfín de la redonda en las alturas
la pausa el toque la visión del otro
el espíritu alerta la destreza
la voltereta el pique siempre más
sin dueño la pared sin dueño l'ansia
lejos más lejos todo era potrero
los pibes en la noche
la gracia gambeteando
el marcador abierto para todos.

A Jorge Jinkis







Es MI REFUGIO CALMA QUE TRASTORNA,
lo leve entre las ramas, lo más leve
silba su altura de arboleda fresca
y caya como lo inasible caya.

Así se me va clásica de barrio
la osadía, tan quedo de universo
es mi decir en derredor instante,
tan de sonso cultivo mi pobreza.

Tengo patio, maleza y la petaca,
tabaco rubio, café negro, pan
y el queso duro que Victoria compra.

Mi mujer es un ángel, me desarma,
de noche me alborota, me despliega,
luego ríe cuando la nada estaya.








A LA RASTRA YEVO
los fracasos de mi viejo,

su desorden, su hipoteca,
su fuerza de trabajo, su torpe
generosidá, su colon irritable,

murió a los 72,
perdedor en todas sus fatigas,

menos en mí, donde sueña despojado.

A Cristina Piña









JUGAMOS CON MAMÁ, COMO NUNCA ANTES
jugamos con mamá a las palabras
en árabe, en tano, en argentino,

yo digo chabón, ella dice sharmut,
yo digo stronso y ella se ríe
como debió reírse de chiquita,
como muchas veces se rió de grande
ante el sonido cómico, metafórico,
de lo real profanado de espesor,

mamá es muy anciana, muy dependiente,
eso de jugar y reír con las palabras
es bueno, es como si aun maniatados
algo de nosotros piruetase espiritual,

como si fuéramos, de pronto, un poco más
que piel ajada, que la liviana corteza
del corazón, del cerebro, del mucho dolor,

del cuerpo en el mandato que da muerte.








LA MANO DE MAMA TIEMBLA
cuando toma la cuchara,

la boca de mamá vacila
cuando oprime su bocado,

está rico, me dice,
suave, tierno, tibiecito,

lástima que mi cuerpo ya no pide.








VENGO EMBALAO, TUYIDO DE SOFRENO,
el bizcocho está riente y pa' mojarse
do quiera lo demande una tulipa.
Es viernes, madam, vengo a remediarme,
la plata sólo sirve en el quilombo.
Véala por ahí, en los divanes,
apenas de tanguita mi sanguanga
me envara hasta las muelas que no tengo.
Deme un turno, no más, es suficiente,
me la relamo toda y su perfume
se hará manjar de boca en la semana.
Si de veras compongo el monedero
un día se la compro, che madam,
será el Colón su culo en mi piecita.








ACERCA DE LA FINTA, LA CUALIDÁ,
EL CORPULENTO EMPUJE DEL ABRAZO

necesito olvidar, necesito
desligarme, desencarnar
el chapoteo de mí mismo,

desencontrarme, desenpoyarme

del pibe que fui,
del muchacho que se fue,
del tipo que aún persiste,

así, pegado como estoy
a la minuciosidá de mi rastro,
a la lógica madre de los hechos,

mecido por tanta cosa
visible, documental, verificable,
por tanta pedrería espiritual,

mi traza, véala, eso que aparezco:
atleta sombrío, puro nervio, perejil
mi ser enser metido en su campera,
mi ser en ser de garra dependiente,

necesito olvidar,
desarraparme, descorazonarme,

así como estoy, cubierto
de vastedá, de pliegues, transiciones,
de quietas tesituras amigables,
como bola metasíquico reboto
sin manija la mente correctora,

el ojo insomne, la mirada
apichonando el ansia,

yo contra mi yo que maniatado
narbola su lírica semblanza,
tan escasa de brechas insurgentes,

necesito olvidar,
trote largo, caña fuerte
necesita el anca de mi sueño,

desparramarme, desconocerme,

dar con el floreo,
con la finta, todo cualidá
la línea corpulenta del abrazo,

el ansia que avizora su materia.








CRITERIOS PA' FRENTEAR
CON LA EXTRAÑEZA

rajale a la cordura, al juicio nato,
rajale al peluquín del pensamiento,

lanceate tayador sin mazo propio,
lanceate pa'l crujir de lo que venga,

metele dedeté a la nostalgia,
que ruja su albañal el inconsciente,

tu morir vendrá solo, no le amagues,
no te extrañes cubil de las esencias,

sos al hablar tu propio aparecido,
ese que ves, el mismo que te ve,

rajale a l'hinchazón de tu alcancía,
no usurés la medida de tus fuerzas,
dale a lo más, a su fragancia dale,
sin pezuñas el fife tiene gracia,

comé con ganas, simple, un solo plato,
no yenés con gordura tu esqueleto,

comé siempre con eya, sonrisala,
dejá tu aliento en su sabor, cuidala
si su voz enferma,
si su sangre es mala,

el metejón urdilo, dale cuerda,
metele frenesí a la materia,

tus estroles jugalos aunque suerte
chupe de vos tonsure desengaño,

aunque ardan taloneando los dispares
y hojarasca, maleza tus versitos
se te junten jadeando en la tragata,
tu yumba meditala con gardeles,
metele al do re mi aunque la flema
torniye raspe sones pa' desgracia,

ah frituras del habla, disonancias,
crudele camposanto del idioma,

pa' frentear con rigor a la extrañeza
buscate en el idioma asesinado,

no transés con la purga del silencio.








Lomas del Mirador

(inédito)



NATURALEZA MUERTA

Hay un horizonte básico, hay explanadas de cielo y líneas radiantes, inconclusas, márgenes dentados sobre los techos del caserío, hay árboles lejanos y árboles cercanos, unos y otros rígidamente doblegados por el volumen perpendicular de las alturas, hay parvas, molinos, hay moderadas lagunas ramificadas en zanjones, coágulos de barro blando en los terrenos bajos, blanco barro sepulcral en los cauces atormentados por la seca, hay alambrados, púas, vértices trenzados de la demarcación diabólica, hay caballos, hay jinetes jactanciosos, hay jinetes postrados sobre el anca partida del destierro, hay gente violada, gente simplemente asesinada, hay vacas gordas como nubes, como quietísimas nubes vaporosas, hay perros, perros de dientes deslumbrantes, hay carne de perro ya negra, carne abombada, hay también carne irreconocible, carne de cualquier cosa, carne incluso no carne de seres fabulosos, hay neblinas, la neblina frenética de algún dios, hay basura, hay ceniza de basura, gasas, vendas encaramadas en el humo que asciende hacia el sol del mediodía, hay maleza quemada, hay maleza briosa sobre el paredón momificado de la fábrica, hay aves, cientos de aves, aves en promiscuidad libertaria, acoples feroces de masa voladora, hay el ruido inmenso de la copulación natural, hay aves cautivas, aves martirizadas por el orden, aves cuyo único canto estalla en el único silencio del patio que fue mío.



ALEGRÍA

Voy desde Ella hacia mí, es Ella la que viene, voy desde mí hacia Ella, es Ella la que está, regresada de mí, que sigo en Ella, recorrida en el cuerpo de ambos, en esmerada propagación que viene y va, que recorre en Ella lo que en mí retiene su cavidad que llega, soy Ella en el cuerpo que la toma, soy yo en su estremecimiento, en la alegría que nos lleva a ser cada uno el cuerpo del otro, más y más sumergidos, más y más penetrados por la gran cavidad que nos alaba, somos continuamente llamados, continuamente incluidos, somos un único recorrido y su alabanza, la tensa expansión de los gerundios, no hay empeño, no hay comienzo ni fin, no hay ninguna posibilidad para lo imposible, hay la unidad amante, yo sobre mí en Ella sobre mí, Ella sobre sí en lo mismo de mí que la contiene, no hay recuerdo, no hay postrimerías, no hay presente ni pasado, nada se aleja en pose de descanso, no hay combate, es el único suceso en la actualidad de su único suceder, vos en mí, yo en vos, cada uno en pos de sí en el otro que posee, sólo apariencia, interior de la apariencia , profundidad de la apariencia, vos y yo en nuestro único suceder de límite apetente, más y más demorado a medida que su celeridad avanza, más y más denodado a medida que nuestra apariencia crece.



CERCOS

La posesión real de un terreno, su trazado en la extensión que lo contiene, exige de usted una firme escisión entre vida propia y vida circundante. No se mira el terreno propio como se mira el de los demás. Hay zozobra, recelo, y una alegría nerviosa que ante la menor contrariedad se convierte en angustiosa introspección. No se preocupe, a todos nos ocurre algo parecido. En los días calmos y felices, cuando la veleidad amorosa hace pie en las zanjas de Libido, la superficie irá hacia usted, prodigará sobre sus ojos la imagen cautiva que necesita para proyectar muros cariñosos de robusta certidumbre. Ya no tendrá paz: si antes de ser propietario no tenía donde caerse muerto, ahora, en su pequeño predio bonaerense, conocerá el vacío emboscado en el pastito neurológico. Sea cauto, su terreno acumula milenios de murmullo intraducible, y es, también, recinto poseído por el rugir de animales fabulosos y el temporal que desvanece la materia en ráfagas de aire feneciente. Tomar posesión, ser voz de mando, activar en usted la presencia del demonio patronal es hoy su activo prometeico. Hay varias opciones, ninguna desdeñable. Está el cerco tradicional: tres tiras de alambre común sostenidas por postes erguidos metro y medio sobre la demarcación asignada. Hay quienes prefieren el alambre de púa; en este caso suelen achicar la distancia entre los postes, elevándolos según la postración del vértigo prisionero. Está el ligustrino, el cerco de tilos, y toda la variedad vegetal que sugiere el encanto progresista para proteger los latidos del entierro. La solución más efectiva, sin embargo, es la ominosa: cuatro paredes altas, algo así como un cajón de muerto con vidrios amurados sobre el perímetro silente de la subjetividad. De este modo, cualquier intromisión de vida circundante, antes de posarse en su dominios, dejará rastros de la herida en los ángulos filosos de la demarcación. No se asuste si en los días de lluvia la sangre lavada se desliza sobre el revoque de los muros, si un cuerpo cae y otro lo persigue, si la estructura del acontecer lo fastidia con sus quistes desolados. Usted es el dueño y la ley lo protege, la Máscara, tan violenta como su miedo, tan astuta como su deseo de ser alguien.



DEUDA

A tu viejo le pasó lo que al mío: la deuda lo estragó, le partió el mate, le demacró su única sonrisa, esa de andar en casa, entre las nimiedades cariñosas de su casa, como soberano del aire construido. Nunca se perdonaron. Para ellos, si uno debe, uno no es, uno es una lacra, un pedazo de carne invadido por la plata que no tiene, tomado por la voz que dice y dice, por el síncope, por el terror de despertar. Tu viejo no fue un malhechor, tu viejo, como el mío, no se patinaban el sueldo en farras de champán. Tuvieron sus quimeras —la parra, la tranquilidad del patio, el fondito, la parrilla, sembrar unas verduras—, todo se lo llevó el pagaré, la hipoteca, la parca grúa de la deuda. Miralos, se les torció la boca, se les agusanó el idioma, el pronunciado nombre de las cosas. La deuda es así, te da lo que no tenés pero te mella el paladar, te quita el aliento, la masticación, el sosiego natal del alimento. Miralos, tan adentro del silencio, apocados, encorvados, trizados por el torno de la vida, tan adentro de la rabia, y sus piernas, que alguna vez driblearon en el potrero de los goles majestuosos, sus piernas escalantes, bienhechoras, fuertes en el azul de los andamios, tan compradres, tan proclives a la altura, miralos, si es para no creer, para no decir, para callar y callar, para nunca más dejar en las palabras el revuelo de los hechos. A tu viejo le pasó lo que al mío, a vos te pasa lo que a mí: cada cual vive en una casa cercada por la deuda, cada cual ocupa un cuerpo tironeado por la zarpa del trabajo. No hay sentido para esto, no hay significado que nos llame, todo es escozor y grieta, lastimadura, infinito desdén de lo posible. Nos prestan, somos prestados, no importa para qué, ellos nos prestan, ellos están para eso, para tomarnos con el peso de la deuda, para dejar en nosotros el monto enajenado de la que ya no somos. A vos te pasa lo que a mí, tenés ganas de matar, matar, sí ¿pero a quién? No tienen cara ni voz reconocibles, tienen papeles, edificios, constancias del Imposible Lacerado. No hay modo de escabullirse, no hay modo de atacar, nuestra fuerza se agota en el merodeo de su propia corpulencia, nos adecuamos, nuestra deformación no cesa, nos carcome la celeridad de los días, el anuncio fatal del vencimiento. A vos te pasa lo que a mí: el manoseo del orden nos da risa, nos tiramos a reír en la cama del espanto.



LUZ

Es domingo, las seis de la tarde de un domingo de invierno. Las cosas se añaden entre sí, vagamente tumultuosas, luego se apagan. No les debo trazo de imagen, pero nada hago para salir del letargo de la casa. Veo sobre la sombra lo que la sombra ve. Muchísimo tabaco y muchísimo café se agregan al grave licor concedido a la quietud de mi cuerpo. Todo está donde debe estar, todo cayó en el lugar dispuesto por la hegemonía del Maniatar Sucesivo. Esa es la norma: preservar lo constante, restañar lo desasido de su forma. Es domingo, es una fría tardecita de invierno y anochece. Crezco y decrezco en claroscuro silencio, sin extensión, sin vorágine de lucha la encarnación que soy, esfumado contorno de alguna consistencia. Me prefiero así: impreciso, postergado, desprovisto de lámpara, lejos, por ahora, el simulacro de luz que retiene lo constante.





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