miércoles, 11 de mayo de 2011

3842.- MIGUEL CALVO MORILLO


Miguel Calvo Morillo, poeta y escritor y cronista oficial de Martos (Martos, 30 de junio de 1930 - Jaén, 14 de febrero de 2010).

Miguel estudió el bachillerato en el colegio de la Inmaculada. Sus primeras publicaciones poéticas aparecenen la revista Advingen, de Jaén, en la década de 1950. A esta ciudad se trasladará en 1967, donde vivió hasta su fallecimiento.

Trayectoria
Fue uno de los fundadores del grupo Olivo. Participó en el consejo de redacción de senda de los Huertos. Miembro de la Academia Bibliográfica Virgen de la Capilla, colaborador del Diario Jaén y Cronista oficial de su localidad natal, Martos, de la que también sería pregonero mayor.

Reconocimientos
Le fue concedida la Medalla de Bronce de la Cultura Italiana y la Ardilla de Oro de la Sierra de Segura. También ganó diversos premios de periodismo, relato y poesía.

Obra
Poemarios:
Pueblo de Cal y Tierra (Jaén, 1969)
Palabras en el pueblo (Jaén, 1978)
Epístolas a Cástulo (Jaén, 1983)
Retablo de la Memoria Encontrada (Ed. Diputación Provincial de Jaén, Colección Poesía, 1991)
Martos a golpe de soneto (Ed. Diputación Provincial de Jaén, Colección Poetas, 1996
Al aire de tu vuelo (Ed. Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Jaén, Colección Señales de Poesía, 1996)
Memorial de mi sombra (Ed. CajaSur, Córdoba, Colección Cuadernos de Sandua, 1998)





La Alameda

Paseo por la Alameda. Nuevamente
los recuerdos caminan a mi altura.
Quimeras de romántica hermosura
que acuden al concilio de mi mente.

El viento me saluda alegremente
con manojos de rosas. Se apresura
la mañana y despierta la frescura
del agua silenciosa de la fuente.

Acaricio al olmo solitario
a cuya sombra acude con presteza
el tañer de un lejano campanario.

Transmina las Bernardas su nobleza
y la Puerta del Ángel es notario
que testimonia de Jaén tanta belleza.







CALLE ABAJO.

La calle es un silencio
por donde cruzan
los esqueletos del olvido.
Amo el silencio
porque me siento más humano
escuchando el latir de mis venas
mientras contemplo
el rescoldo del día apagándose
como el leño
cárdeno de mi memoria.
Al contraluz, los murciélagos
se apoderan del ocaso
para tejer una malla
de hilos invisibles.
La noche se disfraza de luciérnaga
y tiene aromas de pan
de cada día dorándose
junto a las ascuas encendidas
en la antigua tahona
de mi pecho.
El tiempo se detiene
sobre las tejas de la ermita
para rezar el paternóster cotidiano.
Estiraza la farola su luz
rompiendo la intimidad secreta de la noche.
Prosigo mi camino
perseguido por el eco zumbón
de mis pasos.
Para qué abandonar mi sombra
en la penumbra de la última
esquina.











CALLEJÓN SIN SALIDA.


Porque todo es a veces tan sencillo
y tan imprescindible
como cerrar los ojos en lo oscuro,
repertirse hacia adentro la mirada
igual que un nombre nunca pronunciado
o iniciarse en un juego del que a solas
siempre acabas venciéndote,

(porque todo es a veces tan sencillo)

uno se encuentra con que, al fin de un día,
la luz fue únicamente ese espejismo
cotidiano que miente a la ceguera,
un reflejo de nada hacia el que hundirse
despacio y en silencio, un espejismo.
Por callejones sin salida
la sombra se adelanta al paso y sabes
que algo te empuja hacia su abismo (algo
que reconoces cuando ni recuerdas
siquiera la palabra en que pervive).
Y callando
con la mudez de un grito intrascendente
te entregas a la vida sin pensarlo
como a un amor oculto y su desorden.






Hacia el olvido

se me han muerto en las manos
un puñado de palabras.

Se me han muerto
trillo, barcina, bieldo, narria.

Se me están muriendo
asno, carbón, cal, cencerro.

Apenas si respiran
alhóndiga, algibe, alcuza, albarda.

Quizá hoy se me mueran
amistad, amor, entrega, sacrificio.

1 comentario: