domingo, 8 de mayo de 2011

3818.- JOSÉ DI MARCO


José Di Marco nació en Río Cuarto, Provincia de Córdoba, Argentina en 1966. Es Profesor y Licenciado en Lengua y literatura y Especialista en Ciencias del Lenguaje. Entre 1992 y 2002, integró el grupo "Poetas del Aire", junto a Marcelo Fagiano y Ernesto San Millán, con los que editó la revista de poesía "La Mosca Muerta". Actualmente comparte con Pablo Dema la dirección del proyecto editorial "Cartografías". Algunos de sus poemas fueron recogidos en los siguientes volúmenes colectivos: "Premio Publicación Homenaje a César Vallejo" (Municipalidad de Córdoba, 1992), "50 poemas rotos tirados en la calle" (Ediciones Poetas del Aire, Río Cuarto, 1992), "Poesía en la fisura" (Ediciones del Dock, Buenos Aires, 1995), "Premio Publicación Poesía" (Editorial de la Municipalidad de Córdoba, 1997), "Poemas de humo. Antología 10 años Poetas del Aire" (Editorial de la Fundación de la Universidad Nacional de Río Cuarto, 2001).



Mundo Sublunar

La música

para Tadeo (sobre un poema de Denise Levertov)

Él no se adelantó: algunas noches pateaba
desde adentro el vientre de su madre
ensayando los pasos de su condición futura.
Nos educó durante nueve meses
en la escuela del nacimiento
y cuando al fin se abrió en su boca
el grito externo de la vida,
entendimos por qué. Trajo
a este mundo el suyo:
materia que refulge,
alegría de lo diminuto,
un idioma de fulgores impensados.
Algún día tendrá que pagar impuestos,
memorizar largas cifras,
afilarse los dientes.
Mientras tanto corre por la casa,
una luz en movimiento.
Todavía no aprendió a silbar
pero ya es toda la música.









Cosa

Esa cosa no era una piedra instalada en el interior
de la cabeza que pudiera extraerse con pinzas al rojo vivo.
Tampoco era lo que se dice una cosa.
Más bien un daimon, incansable diablillo,
soplo que encendía tornados en su alma
y le enredaba la lengua hasta llenarle de espuma la boca.
Llamaron al exorcista. Estudió el caso. Dijo:
déjenlo que hable con el viento,
que escupa sus furias sobre este pueblo extraviado.
Que vaciándose disperse por el aire su memoria.
Que nos devuelva con vida nuestros sueños.










Ruido

Puestos en la tarea de darnos un sentido
inventamos historias que nos sitúan en el núcleo
de la conspiración o del milagro.
Espléndidas construcciones de la mente, relatos
que rastrean el origen y nos devuelven
con un grito al instante en que nacimos.
Para que el pensamiento no se derrumbe
y a las palabras no las devoren sus silencios
es necesario que ignoremos las fisuras,
las filtraciones, las pérdidas, los nudos, los vacíos.
Esas pequeñas catástrofes que anuncian que
tal vez no seamos vidrio, labrada transparencia
sino materia opaca, un ruido
en la conversación que anima el mundo.










Insomnio

Puede ser el vino ácido
o el tabaco ardiendo en el esófago
o una incómoda conjunción de ambos.
Para un hombre pequeño, vicios
a la medida de su estirpe, modestas
obstrucciones del sueño que lo obligan
a inventariar los motivos de su insomnio.
Hay un momento en que nuestro nombre
es una historia oscura, restos de una memoria vacilante.
Un relámpago mudo alumbra nuestra permanencia
inmotivada entre cosas inertes, tan a gusto en un reino
que desconoce la extinción y la condena.
Se oyen pasos en el pasillo del hotel donde
un cuerpo se piensa a la deriva, abandonado
a los chispazos de un entendimiento que se agota
como una estrella en la noche encallada.









Voz

Ningún lenguaje que nos incite
a extraer de los sueños puna joya intemporal: destellos
del ser, la belleza entrevista en los íntimos agites de la noche.
Ninguna mitología santa que nos arranque
a los suplicios de la historia: en el barro de los días, amasado
con la sangre de los que no tienen altares ni fortuna,
hunde sus raíces tu árbol de letras.

Aquí estamos para ser una derrota que habla.
Una voz que inscribe sus muñones
en los desfiladeros de la náusea.











Hoy

a Diego Formía

Cuestión de tonos, de colores que suenan
o de gemidos que encienden las palabras.
La llovizna tiene un páncreas,
la torta aplaude la soledad del compañero,
la cama es un bote inmóvil en el invierno del alma.
En el reino del símbolo, a sí misma se excede
cada cosa y los nombres son una red hambrienta.
Lo que vale para uno no vale para nadie
(o algo así) escribió el filósofo
antes de dormirse. Tal vez quería pan para sus dientes,
del que se hace con harina, sal y levadura.
Una cama tibia y quieta, quería, tal vez. Hoy
que el agua se dispersa liviana,
la soledad se acuesta con sus huesos
y el mundo, como siempre,
no es un capricho del lenguaje.










Poética del jote

El poeta tiene una jauría en el corazón.
Pero no le importa el perro.
Ni el conjunto ni el que ahora yace en la banquina.
El jote tampoco tiene nada personal
contra el que solía perseguir liebres o perdices
atravesando la ruta en dirección a las zarzas.
Tensas las patas,
nervioso el ojo y atento a las luces que flotan veloces
sobre el asfalto, el jote
hunde su pico en el revoltijo informe de tripas y pelos
buscando la víscera de la vida.












El suicida

Como un reto
a la ruindad de la memoria
a sí mismo se instaló en la nada
anticipándose a la usura del tiempo.
Escueta fue la crónica policial
y menor la congoja de los deudos.
Ni una nota que explicara
el abandono, la molestia súbita
de una vida a ciegas.
Qué pueden decir sus huesos subterráneos
de lo que buscó con una bala en la quijada.
Apenas constan,
en la nube turbia de la culpa,
el roer de nuestras conjeturas,
la temblorosa baba de los que sobreviven
a quien no quiso prolongarse en vano.

(De Mundo sublunar, Cartografías, 2007)




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