domingo, 28 de noviembre de 2010

2156.- FRANK CASTELL


Frank Castell
Nació en Las Tunas, Cuba (1976). Poeta, narrador y dramaturgo. Es licenciado en Español y Literatura. Entre los libros de poesía que ha publicado se encuentran: El suave ruido de las sombras (Editorial Sanlope, 2000); Confesiones a la eternidad (Editorial Sanlope, 2002); y Corazón de Barco (Editorial Letras Cubanas, 2006). Sus textos poéticos forman parte de las siguientes antologías: Cuerpo sobre cuerpo sobre cuerpo (Editorial Letras Cubanas, 2000); Los parques (Editorial Reina del Mar, 2001); Antología de la Décima Cósmica de Las Tunas, Cuba (Frente de Afirmación Hispanista, A.C, México, 2001); Antología Cósmica de la Poesía Cubana (Tomo 2) (Frente de Afirmación Hispanista, A.C, México, 2002); La Estrella de Cuba (Editorial Letras Cubanas, 2004); La Estrella de Cuba (Editorial electrónica Cubaliteraria, 2004); y La Estrella de Cuba (Monte Ávila Editores, Venezuela, 2005). Su poesía aparece en publicaciones nacionales e internacionales. Ha recibido diversos premios y reconocimientos por su obra, entre los que cabe destacar: el Premio A.H.S. en el Concurso Nacional Décima Joven de Cuba (1997), Primera Mención Concurso Nacional Décimas para el Amor (1998), Premio Concurso Nacional Décimas para el Amor y Premio Concurso Nacional Décima y Ecología (1999), Primera Mención Concurso Iberoamericano Cucalambé de Décima Escrita (2000), Premio Nacional Décima y Ecología (2001), Premio en concurso de reseña Eduardo Barciela (2002), Gran Premio en Concurso Nacional de Reseña de la Revista Quehacer (2003), Primer Premio en Concurso de Décima Espinel- Cucalambé (2004), Mención Especial en el Concurso Internacional de Poesía Nosside Caribe (2005), Premio de la Casa Iberoamericana de la Décima Concurso Nacional Villazul (2008), Mención en el IV Concurso Literario Bonaventuriano de Poesía 2008 (300 Años de la Fundación de la Universidad de San Buenaventura), Colombia (2008), y el Primer Premio del V Certamen de Poesía “Herencia”, España (2008).






LA FE

No tengo motivos para celebrar. Soy un esclavo de la Literatura, que se traduce en miedo a ser un hombre oscuro. Mi capital consiste en un tomo de las obras completas de César Vallejo, algunas revistas y el raro don de exorcizar demonios.

A veces gano algún premio y los días se abren y puedo repartir entre los míos esas migajas. La realidad es cruda, pero no encuentro una razón para olvidarla. Es sonreír con las mejillas pisoteadas pensando siempre en la virtud. No soy de los que añoran banderitas y palabras nada comprensibles. Salvo mi nombre de las bienaventuranzas y de los traidores porque al final la calle me espera como al peor de los transeúntes.

Quien se pierde de una ciudad y escribe poemas difíciles no queda exento del olvido, ni de Dios. Por eso me arranco la piel y busco la libertad o el gozo de no doblar estas rodillas. De todas formas existe el mar y es suficiente.






CONFESIONES DE LAZLO ALMASY
MIENTRAS LA LLUVIA CAE SOBRE SU ROSTRO

A Katharine, por aquella madrugada de 1841

Me escondo bajo un aullido
alrededor del silencio
y ya desnudo presencio
las voces que se han ungido
(Oh Dios vuelve el estallido
a encadenar la osamenta)
nubes golpes ¿Quién presenta
mis ojos ante el estrado?
¿Quién será crucificado
a espaldas de la tormenta?

Alguien precisa una aguja
(el prólogo se disfraza)
La muerte es débil coraza
que nombra el tiempo y estruja
los cánticos Mi burbuja
esparce lo irremisible
Como lámpara intangible
vuelve a saltar el espejo
Sombra y luz son un reflejo
final rostro indefinible

Katharine soy un boceto
mudo de tanta quimera
He perdido la bandera
que tuve por amuleto
¿Dónde guardé mi esqueleto
sin hostia ni encrucijada?
Katharine sigues tatuada
en el reloj mientras llueve
Tu imagen se torna breve
miedo salto cruces nada

Ya nada importa el desierto
Inglaterra es sólo un triste
disparo por donde existe
mi nombre ¿Sigo despierto
con la inocencia o voy muerto
a naufragar? Recorrimos
cada historia decidimos
morir a todos los dos

Cuando lleguemos a Dios
nadie sabrá que vivimos






EL ESPEJO

País, qué triste el rostro de quien muere en el alma y no sabrá si Dios le perdona tanta irreverencia. Qué triste el himno del paria y su estrechez.

Sueño, país, y por soñar estoy más preso que un verdugo. Sueño las aves que no existen, el pasto milagroso y el rocío.

¿Adónde iré sin tu ventana, nube quejumbrosa, pequeña isla del dolor a la intemperie?

Aunque me arrastren, cuando escribo soy la inmensidad, el viento y el amor, la sílaba final de la batalla.

País, qué triste ver la huella de la fe y no vivirla.







LEJOS DE DIOS

Ninguna causa salvaguarda un verso.
A nadie un verso la razón despierta.
Tanta grafomanía desconcierta.
Ninguna causa vale tanto esfuerzo.
Ronel González

Por escribir me pierdo de la gloria
porque la gloria no me pertenece.
Sólo concibo el mar que no obedece
y sigue siendo el tiempo y la memoria.
Por añorar la luz, tan ilusoria,
estoy lejos de Dios y el Universo.
Por no vender mi canto soy reverso
de una heredad, de un nombre y un país.
Yo no puedo olvidar la cicatriz.
Ninguna causa salvaguarda un verso.
No quise el horizonte, ni la duda.
Tampoco entristecer mi ignota casa.
Mi madre me enseñó que todo pasa
cuando la suerte se marchó desnuda.
Hoy nadie me bendice, nadie ayuda.
Tal vez la lluvia es una luz incierta
y yo un espantapájaros, la puerta
que lo divide todo sin ser cumbre.
Yo no concibo tanta podredumbre.
A nadie un verso la razón despierta.

Entre premonición y lejanía
asisto a la ebriedad del falso muro,
y me estremezco al ver que hay un conjuro
de frente a mi confusa geografía.
Difícil comprender esta agonía.
No es que el destino sea un alma abierta,
ni una pupila insomne, pero muerta
detrás de los misterios y el milagro.
Ya nada importa, a nada me consagro.
Tanta grafomanía desconcierta.
La calle y su dolor indiferente
me hace mirar la vida con tristeza.
¿Será que el mundo esconde su belleza
para obligarme a ser intransigente?
No es necesario el odio si hay un puente
encima de la fe y el canto adverso.
Pudiera ser divino o ser perverso.
Pudiera estar conforme con la vida.
Aunque al final yo gane la partida
Ninguna causa vale tanto esfuerzo.





CERTEZA

No es respirar lo que me hace feliz, ni alimentarme como un hombre sin conflicto.

Es la fe, para muchos, palabra vacía.






RÉQUIEM POR EL MAR

para mi amigo Héctor,
muerto en el mar en 1994

Mi infancia fue un tropiezo
—diría mi amigo.
Yo lo escuchaba desde mi sombra ingenua
con los pies cansados
y la sentencia del hombre que ahora soy.
Mi amigo —recuerdo—,
me presentó a los Beatles aquella tarde de 1984.
También recuerdo que soñé su música
en el vientre de mi madre.
Mi amigo estuvo al lado de lo ignoto,
de la profunda sed que censuraron.
Él y yo, pequeños puntos en el horizonte,
apenas comprendimos que el mar
es la razón de nuestras vidas.
Los Beatles fueron
más que el grito real,
el verdadero grito,
el que siempre hemos buscado.

Los años, feroces centinelas,
han escondido el mar de nuestros ojos
porque el presente sigue siendo esa franja inalcanzable.
¿A dónde iremos cuando los Beatles
guarden su brújula
y el camino precise de banderas
y el mundo sea una balanza?
Nuestra verdad, hermano, ya no existe,
como no existen John, ni Harrison.
Nuestro dolor, hermano,
parece un ave migratoria
a quien las alas no le alcanzan
para encontrar la luz,
la ausencia,
el yesterday, que muchos ya olvidaron.
Siempre el futuro será una máscara,
necesariamente un vía crucis
donde aguardarán los años
como únicos testigos.
El corazón apenas reconoce
nuestra soledad
y tanto recuerdo puede herir este poema.

Es cierto, soñamos con el mundo
perfectamente incomprensible,
perfectamente loco.
No existieron ventanas,
ni mujeres en el éxtasis del mito,
sólo una rodilla ciega
sin la patria triste de las calles.
Hoy, cuando los ojos buscan
la siempre anhelada lejanía,
regresan los acordes
a desafiar las pequeñeces
que nos legó el destino.
Cantemos Let it be,
para que el agua,
nuestro hogar,
alce sus brazos
sedientos de cordura.

Ahora, después de esta canción,
dejemos que la lluvia
renazca sobre nuestra sombra
con toda la nostalgia del olvido.



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