lunes, 29 de noviembre de 2010

2167.- ARÍSTIDES VEGA CHAPÚ


ARÍSTIDES VEGA CHAPÚ, Poeta y escritor cubano, nacido en Santa Clara, Cuba, 1962. Miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). En el 2002 se le otorgó la Distinción por la Cultura Cubana. Sus últimos libros publicados son En Narrativa: Te regalo el cielo (2007); en Poesía: Después del puente sobre las aguas (2007), Que el gesto de mis manos no alcance (2008), Dibujo de Salma (2010) y la novela Un día más allá (2009).




De: Dimensiones de la Cotidianidad


REFLEXIONAR A SOLAS

Detrás de los hierbazales ocres dispuestos a arder
a consecuencia de una resequez muy antigua,
absorbiendo el agua que emana de la tierra
me dejo hundir por los vericuetos del fango.

Pocas veces recorro el borde seco de mi boca
que no tiene a quien decir en toda esta tierra
cuyos aromas estallan
al paso de los silvestres animales
que nadie ha intentado domesticar.

Miraba hacia atrás buscando complicidad en las aves
que no dejaron de volar, consumiendo el eterno tiempo
de los frágiles animales.
Por mucho que intenté imitar sus sonidos
ninguna respondió.
Con sus eléctricos cuerpos traspasaron
las abiertas puertas
y quedé aún más solo, hundiéndome en el fango
como cadáver que a nada se resiste.





CAMINO A CASA

El paisaje es mucho más veloz que mis pasos,
apenas puedo retener las sensaciones que producen.
En corta travesía desde los ojos
al centro de mi corazón las olvido.
En las tardes y por los raíles
con que el sol se afianza al pavimento
los pájaros descienden solo para mostrar la rigidez
con que la muerte se apodera de sus diminutos cuerpos.
Escucho el áspero sonido de su agonía, el desamparo
de sus patas adormecidas
que no encuentran superficie a la que aferrarse.
Caen lentamente, sin fuerzas para flotar
sobre el pequeño espacio de sombra
que proyecto a mi paso.
No hago otra cosa que intentar avanzar
entre personas que desconozco y me saludan afables
como si contaran con mis sensaciones
para comprender los disímiles paisajes
que se muestran camino a casa.
De espaldas al Palacio de Justicia
altísimas columnas de grisáceo mármol
o polvo de hueso humano,
que muestran sus grietas como viseras,
no podrán seguir sosteniendo la estatua
de José Miguel Gómez.
Bajo este vigoroso sol su hierática pose parece tan falsa
como la mirada que esculpieron
en el hondo vacío de sus ojos.
Hay un árbol, en alguna de esas escasas imágenes
que conservo,
cuyas hojas secas persisten en permanecer
delante de la luz tal y como si fuesen la contención
entre el paisaje y ese otro paisaje
que distorsiona el horizonte.
Todos sabemos qué ha de ocurrir
cuando el áurea de luz,
cruzando como ejército victorioso,
se apodere de la fragilidad de las hojas
destinadas a caer y conservar las huellas de aves
que escogieron la sombra del árbol para morir.








EL DÍA DE HOY

Yo creí me pertenecía la ciudad,
su falta de espacios para acoger un cielo tan vasto
que se desplaza dando tumbos
como un recién despierto
que bien conoce los pasillos de su casa.
Quedar así, mirándolo sin intentar interpretar nada,
sin hacerme cargo de imagen alguna
para luego sustituir las flores de la jarra
que por manifestarse eleva su fragancia
hasta lo más alto de un techo colmado de agujeros.
Girando en torno mío grazna el humo
que se desprende del carbón
en que hierve el agua del endeble caldo.
Me siento cerca de su vapor
aún mirando el cielo en que nada aparecerá.
Dibujo con el pie una estrella
que luego intento desaparecer,
con el movimiento cansado de mis manos.
La abertura se esboza como una sombra en la pared
por la que se percibe un árbol
tan alto que puede desviar el cauce original del cielo.
Entre paredes inseguras,
los ruidos reciben la recompensa del eco,
sonidos que se enfrentan tan solo para disfrutar
de su resonancia.
Apenas me escucho si es que alguna vez me dije algo.
No es que mienta, es incapacidad a revelar la emoción,
imposibilidad de poseer alguna verdad.
Mis ojos no encuentran otro atractivo
y siguen fijos al bello relieve del cielo
en espera de la puesta del sol.








EL DÍA DE MAÑANA

Conservo aún vida en mis ojos
que me ayuda en la oscuridad a trazar una estrategia,
conducta que impide permanecer paralizado
cuando es obvio que nada podrá inquietarme.
Igual que en la niñez me dejo sorprender
por los sitios sin límites
que muestra el agujero en la pared.
Llegan hasta mí las voces de los que avanzan
hacía ese otro lugar que desconozco
y solo veo a través de la abertura.
No puedo apartar los ojos, no estoy dispuesto
a una pérdida más.
Sigo el curso de las voces, a veces tan débiles
que parecen proyectadas desde mi boca inhábil
hasta ese espacio que por momentos se hace inexistente.
Alguno de los dos está en lado equivocado,
escribes en una carta que a ratos leo.
Aún no la he podido responder.
Aún no sé cuál de los dos conserva la cabeza,
no puedo saberlo si la oscuridad sigue aferrada a mí.
Estado perfecto el de no habitar ningún sitio real,
escuchar voces y poderse acercar a la abertura
de la pared en que escribo con dolor
algunos razonamientos de tu carta.
En el lado equivocado, escucho repetir
desde el impreciso espacio que existe
en esa otra dirección de la abertura.









ANTICIPÁNDOME AL AMANECER

Despierto intranquilo, dudoso
de permanecer bajo el húmedo techo de siempre.
No es mi culpa ser adivino, es mi ventaja.
Saber que existe un cordón a ras del suelo
conduciendo mensajes entre mi cabeza y esa otra
de mi anterior vida.
No todos los sueños predicen,
ni tienen en cuenta los días más esplendorosos.
Vi llevar en mis brazos el desvanecido cuerpo
dispuestos, como brazos de un guerrero,
a defender a toda costa la pasión que intentaron arrebatarle.
Prefiero la vigilia, escuchar el tenaz sonido de los trenes
que se enfrentan a la noche.
Peculiar rugido estremece mi casa.
Me acompañan las sombras
que provoca el movimiento de la noche,
los ojos aún cerrados de mi amada
como si tuvieran pudor
de poseer la luz que ahora falta.
Probablemente ningún ave recorra el cielo
bajo el que estoy dormido
desconociendo que pronto amanecerá.
Prefiero la vigilia, el cielo que desciende
sobre mi pecho dispuesto a dialogar
con el impreciso ritmo de mi respiración.
Amo a la mujer que está a mi lado,
es mi asidero en este instante en que la madrugada
me hace creer que soy el único testigo de su esplendor.








EL APAGÓN

La oscuridad me ata al silencio
soy parte de su inercia, sin amarras
a un mundo que no logro comprender
con la nitidez de una secuencia real.
Nada me será posible
sino fuese porque la memoria es testigo
de lo que no alcanzo percibir.
Por mis escasos recuerdos cuán difíciles será retornar.
Veo cómo la oscuridad desciende
en territorios desconocidos
justo cuando intentaba enmendar mi vida.
Disfruto de ese instante
en que todo permanece a ras de mi cabeza
guillotinada tantas veces que apenas siento su peso.
No debo dejarme atrapar, tampoco exponerme.
Cierro los ojos y puedo imaginar lo que sucede
en la otra dimensión.
Lo que parecería imposible rodeado de aguas
por cuyos flujos se han marchado
los que ahora definen la nostalgia
con incomprensibles palabras.
A la mitad de mi vida sigo entusiasmado en descifrar
todo cuanto se ha sumergido junto a la aniquilada luz.








EL DISCRETO ENCANTO DE LA COTIDIANIDAD

Me place el pan, la gracia de saberlo fragmentar
con equidad.
Raro instante en que uno cree poseer sentido de la justicia.
Con los ojos fijos puedo detener cualquier cielo.
Aún cuando me proteja de la crueldad de tanta luz
diluida por toda la casa, me aferro a la mesa tambaleante
como el horizonte triplicado
por la vocación de orfebre de esa luz
que recorre los límites impuestos a sí misma
hasta ocupar el vacío espacio de su propia sombra.
Fluye el tiempo, el que ya me pertenecía,
con su poder voraz y su roce imperceptible,
pero demoledor de cualquier idea contraria a lo efímero.
Miro a mi alrededor, hacía lo que está signado
a depender de mí,
hacía lo que supuse poseer de antaño;
accesorios y objetos aparentemente insignificantes
para una vida en común.
Si me dejo llevar por el arraigo, por la advertencia
de un linaje, en anterior vida, me convertiré en deudor.







SUJETO DE LA MANO TUYA

Sujeto de la mano tuya aíslo mi suerte.
Atrás quedan nuestros rostros flotando, como imágenes
dispuestas a dejarse beber en aguas
que sabemos con un fluir diferente, un ritual desconocido.
En sus márgenes olvido la ruta
del pez sangrante que aguarda en la profundidad
el disparo mortal de la noche.
No retornará hasta que su cuerpo en el oscuro silencio
se concilie con las aguas que nada reflejan,
salvo la sombra parpadeante del puente de Tirry.
Maneras de hacernos saber que estamos en sus predios,
regidos por su ley.
Reconozco en este mundo lo irreconocible
por tus ojos; derruidos edificios
que sostuvieron el linaje de esta ciudad
hasta el último instante.
Me apasiona saber que me pertenece
todo cuanto nos rodea,
incluso el pez que dramatiza su muerte bajo el agua.






VERSIONES DE UN RITUAL

I

En la difícil hora de juntarnos alrededor de la mesa,
los dedos reconociéndose pequeños para tantear
el borde que nos limita a estrecharnos las manos.
La rugosa textura cubierta por un paño reciclado
que cubre las coloraciones
con que el tiempo deja constancia de un lento paso.


Sujetos al milenario calor
y la conversación de apenas dos o tres palabras
que pronto se olvidarán.
Advertidos de la guerra, entre canción y canción
que escapa de los orificios de la radio
que nadie ha tenido el valor de silenciar.
No hay un sitio mejor para atender la duda del hijo,
simular que no es mi duda.


Al retirar el mantel, de un gesto,
flota la vajilla sobre lo inexistente.
Acerco el oído a la mesa,
conciente del temor que provoca
el gruñido del hacha en la madera húmeda.
Estoy llorando y nadie lo sabe,
ni siquiera que me entreno para lanzar una maldición
por no poder disfrutar nunca más de la belleza
de una vajilla tan antigua
que todos olvidamos cómo llegó a esta mesa.

II

Se derrama la sal en común descuido.
Con superstición vivo la escena.
Sobre la madera y bajo el vacío que crea la luz
la sal retiene un especial brillo
que ni el golpe de mi puño dispersaría.
Por sobre ella, intento suprimir el temor
del que se sabe despojado de la suerte,
conversamos sobre lo que sabemos merecer.
La codicia se refleja en mis ojos,
lo aprecio en los ojos de los que me acompañan.
Miro el techo húmedo de la casa
y puedo respirar el oxigeno del cielo,
Las paredes ya habían sido derribadas
y la sal, al centro de la mesa,
traza un círculo ilusorio, como todo límite,
con suficiente diámetro para que deposite la cabeza.
No es posible abandonar la creencia
de estar constantemente amenazado
por convertir todo suceso en una señal.








HERENCIA

Recibo de herencia el cuchillo
con que mi padre arrebató a tantas reses
la ebriedad de sus cabezas.
Sin limitar la ira, ni la torpeza
que provoca el espectáculo de la muerte,
sin permitirse revelar el dolor.

Pastaban sin sentido, de un lado a otro,
insatisfechas y quejosas, secas de leche.
Del otro lado de la cerca de alambre
mi padre quebraba los frágiles dibujos de la hierba
deforme y descolorida por la ausencia de lluvia.

Es un campo minado, le advirtieron
con cierto tono de angustia. Es un campo minado.
Pero el hostil aire de adviento no le permitió escuchar
y en señal de arrepentimiento se deshizo de su cabeza
como si fuera una de las reses
que se alejaban con la soberbia lentitud
de los animales domésticos,
intentando no ser alcanzadas por la sombra
con que la noche hoya las tierras de nadie.








DISTANCIAS DE LA NOCHE

Nada me parece tan real como las grises nubes
que se anuncian,
No es justo que me deje alcanzar
por la abrumadora oscuridad
tras la que uno no podrá recuperar el aliento,
ni el rumbo de la piedra que eché a rodar
por lo que creí una pendiente
y no la oscuridad reposándose sobre la tierra.
Desde el silencio dudo que sus estrellas me elijan.
No es justo dudar de la realidad, de los paisajes
que desconozco y que me producen un marcado terror
por las distancias.
Camino por la vacía carretera.
Sin mirar hacia los pastos, escondite de los animales
que rugen como imprecisa señal de vida.
Con temor de no poder traspasar de una oscuridad a otra,
como capas de colores que no se perciben, camino
a sabiendas de que algún acontecimiento me detendrá.
Debe existir algún sitio, no importa su nombre,
en el que pueda reconocer una casa por casa mía
y alguien esperando por mí, algún testigo
de que pese a todo he resistido.








FUNCIÓN DEL DESEO

También quise vivir a orillas de un río
que me ofreciera un mensaje preciso
como si hablase con la voz de Dios.
En su búsqueda me establecí en diversas ciudades,
algunas he olvidado sus nombres,
pero nunca escuché el bramido de un río,
al menos uno semejante al de los deseos.
Aún cuando tenga que cubrirme el rostro
ante el esplendor de sus aguas
que podrán trazar el sendero del retorno.
Lo he deseado tanto
que puedo escuchar el silbido de sus peces muertos,
el chasquido de las piedras
que reposan en su parásito fondo
simulando ser la sombra de un astro.
Un río semejante a un cuerpo
que no guarde huella de crudeza alguna,
ni venganza en sus ojos.
Quisiera poseer el valor
que uno precisa para expresar su verdad.
Mi cabeza sabe hacia dónde puede dirigir su meditación,
conoce los sitios disponibles.
Me hace creer que soy su presa,
que todo cuanto me proponga quedará asentado
con la fuerza de las palabras bruscas
que consumen mi defensa.
Por eso rasgo las enormes paredes
que limitan con desproporción mi casa
y cuidan de esta soledad.
Puedo avizorar lo que he puesto en juego
lo que podré perder si traspaso la frontera.
Manteniéndome sereno, los ojos cerrados,
pero enriquecidos por el instinto de conservación
que acude en las trágicas circunstancias.
Con los ojos cerrados,
como el que decide prescindir de las imágenes,
he sentido que al menos un afluente de ese inmenso río,
a orillas del que he querido vivir,
va cubriendo toda la visibilidad de mi ventana.
La puerta de casa permanece abierta
como manera de pedirle se apodere de tanto vacío.








SIMULANDO UNA VIDA COMÚN

Un ave regresa picoteando el vientre de la noche,
la in visibiliza para ofrecer su testimonio.
Añade el trino a los diversos sonidos
con los que se puede intuir la belleza,
a pesar de que tiempo y espacio se juntan en la penumbra
para volverse en sí mismas un cielo vacío e indiferente.
El ave lo bordea creída de que todo cuanto ha caído
en lúgubre fondo le pertenece.

No había escuchado su trino,
pocas veces expongo mis oídos
cuidándolos del ruido creciente del universo.

He enmudecido las imágenes,
empeñándome en repetir estrictamente
los movimientos más silentes, más necesarios
de cuanto suceso se repite en mi cabeza.
Mi cabeza atiborrada de sonidos
que ya apenas puede identificar.

Vi el ave reproducir una y otra vez igual recorrido,
a intervalos, como sucede en toda secuencia
extraída de la realidad por el simple deseo de disfrutarla.
He tenido cierta razón en no aguardar por la luz
que sobre el horizonte sirve de pretexto a la noche
a permanecer.
Pero no escuché el sonido de su respiración profunda,
ni el de su canto presagiando las cosas que van a suceder,
ni percibí en sus ojos la secuencia irreal
de quererse lanzar desde la noche
que ha permanecido estática sobre nuestra común vida,
con un simple gesto impensado,
en busca de un vacío diferente.









PASEO DE DOMINGO

A Sonita y Hernando

Miro la húmeda pared de la iglesia La Pastora,
sus puertas cerradas
como si no hubiese nada que pedirle a Dios.
A la hora del mediodía,
cuando más se agradece el silencio de los árboles
que han crecido justo para propiciar sombra
a los bancos desiertos de ancianos
que olvidaron la costumbre.
Por la calle Cuba el sol traspasa las nubes
hinchadas por el aire
cuyo rugir es mal augurio
para los que saben interpretar los sonidos.
Al otro extremo de la calle, la pérgola
ya sin músicos
esparce la densa penumbra sobre el parque Vidal.
Hundiéndose en ella las ruinas
de los eclécticos edificios
que mis padres contemplaron en todo su esplendor,
cuando aún no había sucedido veloz el tiempo,
e intactos desafiaban su propia sombra
bajo la que conversaban sobre la felicidad.
No había nacido
pero ya era tema de aquellas conversaciones
en la que se me había destinado esta ciudad
de escasas luces
que pueden confundirse con una constelación
lejana y tan antigua
que no es posible situarla en el mapa del cielo.








DÍAS CONCEBIDOS PARA MÍ

Buscando alguna consecuencia avanzo
por dormidos paisajes que perdieron su esplendor,
el peso de la luz sumergida en su vacío.
Corro con la velocidad que propicia la alegría
por huidizas calles
que van más allá de cualquier sitio distante.
Mi corazón, como manera de pedir clemencia,
irradia precisas señales
que arrojo a la complejidad del silencio.
Deseos y palabras escritas o no
en cualquier tiempo que pasó inadvertido.
Hay días que han sido concebidos para mí
y acudo a la lluvia
por encontrar consuelo en la perfección de su caída.
Luz que se esparce sin el estruendo ni el artificio
de las estrellas que se dejan seducir
por la infinita distancia.
Inmedible su destino salvo para las aves
que se acercan al horizonte
desgastando la superficie nocturna.
Quién reconoce la realidad, pasado y presente
de ese territorio en que nos acomodamos
para permanecer juntos.

ANALECTA LITERARIA

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