domingo, 16 de octubre de 2011

4940.- DIEGO CAZAR


Diego Cazar y Yuliana Marcillo




DIEGO CAZAR
(Quito, ECUADOR 1977). Comunicador social y periodista, autor de los poemarios Más Caras tras Máscaras (2002), Telarañas las pupilas (2004) y Caleidoscopio (2005). Miembro del colectivo artístico Locomotrova, con el cual ha presentado recitales en Ecuador y Argentina. Ha escrito para varios periódicos del Ecuador y recibió la Mención de Honor 2008 del Premio Jorge Mantilla Ortega de periodismo, en la categoría Crónica. Ha sido parte de numerosos proyectos musicales locales. Parte de su obra poética ha sido publicada en revistas de EE.UU., Cuba, Venezuela, Colombia, Perú, Argentina, y recogida en compilaciones de obras hispanoamericanas.



¡QUÉ BOCA TAN GRANDE TIENES EN LA ENTREPIERNA!

asesina gruta dentada
ánfora de cartillas de lotería
arcas anarcas parcas narcóticas
velludas agudas estalactitas
enormes.
rugen ante mis dedos
y mordiscan mis uñas
no soy yo quien se las come
es tu boca tan grande
en la entrepierna falsaria
que sorbe
chupa garrapata
espera la embriaguez
para dejar caer los dientes
como nuestras madres
tierra leches ubres meses
mareas
pero a gritos.









SEPELIO

quédese bajo tierra el polvo y la basura,
con gusanos enfermos y flores plásticas.
incinérese en sudores cada herida,
cada puñalada,
una por cada embestida (el clímax quema cien).
si hay llanto, no es necesario guardar luto.
cúbrase con cal.









ESCENA DE PARTO

la mujer se quitó un pedazo de seda
que cubría sus pechos, se dejó caer
sobre la cama en primer plano,
vuelta nada,
transformada en alaridos animales,
en celo,
a toda voz.
embestían violentos todos los faros,
sus ojos perdían órbita,
sus labios, queriéndose comer,
se cortaron y lloraron como cerezas,
del cuello al vientre pueril
que cantaba un orgasmo.










para escribir en un poema la vida,
me excuso ante mis muertos
—que de todos son los vivos—
les suplico a sus hálitos,
a las psicofonías heredadas,
que me enrumben y me enviuden
de tumba en tumba,
por la guadúa guadañera que me guarda.

les ofrezco disculpas,
para qué mirar hacia atrás;
inclino su jolgorio,
derramo su plasma sobre mi rostro,
imploro.

que no me encuentren, entonces, los huaqueros
para que me profane sólo mi amada,
alma felina,
y me ame el aire que escondí
con su aire estelar desnudo,
como cuando nos vimos galaxias.

yo le escribiré mis nombres en sus senos,
y con los lápices de mi esqueleto,
la muerte,
para que el beso febril
al fin sea nuestra adenda.

así es como se hizo el universo.

después,
recuerdo cuando moriré
y me sosiego en el orgasmo único,
onanista,
muy a pesar de mí,
hasta que entiendo al uno que éramos mañana.

comprendo los parlamentos de cada instinto,
de cada víscera,
de toda fugacidad,
del big bang genital al que confié mi ser
a costa de ser insurrecto,
porque adoré las ventanas esféricas
debajo de pestañas
y los tejados naturales
sueltos al viento
y las columnas de muslos jugueteados
y la puerta de madera boscosa
húmeda, tropical
y el sagrario sensible-carne viva
y el atrio sudoroso de dos manos
y la redonda sacristía detrás
con su división insinuada,
y las copas atadas, de cabeza, a un pezón
—dos—
y las campanas de cada mareo
y la hostia profana de la boca
y el altar en donde adoré
cada clímax pretérito
mientras sentía morirme.

¡cuánto adoré morir!











el cantautor empuña la guitarra
como en los tiempos de juglaría,
apunta,
dispara,
hiere,
taconea las palabras
y quiebra la voz.

como todo quiebre,
suena sedes y hambrunas
y mira el sol del cañón
que se avienta sobre su coronilla,
y enfoca objetivos
sin ver enfrente más que mar adentro,
intuitivo.

como toda quebrada
suda y gimotea;
aplauden mareas,
plasman chasquidos,
placeres se plagian
placentas
plantas de plexos plenos
con sus dendritas ávidas.

la trayectoria del proyectil se bifurca,
arranca risas,
compás de la luz sobre la escena;
hace de las palmas aleteos,
regocijos en las silbatinas tribales,
la terapia avanza trepidante
y circunda:
mi
si
sol
re
la
mi

con la nota de-caída
besa la frente de la canción
y sorbe su afable lengua,
a quemarropa el recital.

el cantautor sostenido desnuda y deshalaga,
como el muerte-metal,
diciendo tinieblas horrores,
sangre, leche y desarraigos;
¡qué no queremos ver, pues!

que ciegos vemos más lejos
y cojos marchamos combativos,
y mancos
—así en Santiago como en el cielo—
nos perpetuamos;
y ancianos...
ancianos en bemoles
y menores.

ronronea, cantautor,
arrima la culata de tu guitarra en mi hombro,
que voy llorando.













me pongo a mirar a los hombres andar
sobre sus pies de plomo,
contemplo la baba que dejan sus pasos
y huelo aromáticos humazos
cuando vislumbro los trazos de cada trayecto.

hay uno que es circuito y se humedece,
una caterva besuquea lo que queda de aire
y levitan revesados sus pajarracos cabellos.

otro tanto escandaliza mi tumbado
con la marcha de gamonales con que se dan de comer.

pudiera relatar tantas veces aquel cuadro,
alterar a mi antojo sus pseudocolores
y las direcciones hacia las cuales no van,
callarles la levedad...

me siento sobre una tiniebla a mirarles
sin intención de desmentir sus asuntos,
sin desmerecer sus empresas,
sólo fumo y miro.

escribo en esperanto las palabras prescindidas
y las digo en murmullos
cuando las mujeres se desgranan la tersura
y se impregnan en cada aro de mis bocanadas;
ya están solas con su sequía,
aunque crean perseguir el retiro
al soltar sobre el tablero mil y una glándulas,
y creo que no hay máscaras más fastuosas que ellas,
suicidas.

saben tanto que prefieren olvidar.

las costras de casimir
son avalanchas sobre la imaginería,
horcas las corbatas que ironizan la sensibilidad del nudo.

los miro desde el subterfugio de mi propio sacrificio
para evadirme,
me miro pasar desapercibido,
fumo y participo del contrargumento con mi nube.

con el paso de las horas,
trocamos luz,
yo piso sus pies,
agachado para ver;
estoy cara o cruz,
pero no tengo guarismo;
no me comprendo binario.

el movimiento viste sombreros de toquilla
para simular a la brisa,
para bailar sin compás,
entonces los miro en su orden
y hablo con voz clara de elipsis.

es hora de cantar,
hay que ungir el aljibe del roído ser con miel,
hay que sembrarse jengibre en las tetillas
y darse a los poros,
amigarse con el vértigo.

ya no hay qué mirar allá abajo,
este abajo basta en el canto
como basta el miedo domesticado,
compañero;
hay que sacar la voz y esperar que se siente,
que fume
y que se mire salir.

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